Incubación
Brote
Operación ocaso
Guerra mundial Z: Una historia oral de la guerra Zombi
Apocalipsis Z. El principio del fin
Septiembre zombie
Portada del relato El Ocaso de las Bahías
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


Salir de la tienda fue más complicado de lo esperado. La noche caía, y las primeras lenguas de neblina descendían por las cuestas como una marea fantasmal que todo lo borraba. Decidió evitar el Embarcadero y se desvió por Battery Street, entre oficinas desoladas y los restos de cafeterías. Pasó junto a un mural cubierto de grafitis: “Aguanta, Humanidad”, rezaba. Un símbolo de esperanza y rebeldía tosca en medio del apocalipsis.

Duración: 13:18

El Ocaso de las Bahías
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

21 de noviembre de 2024.

Las últimas sombras del crepúsculo caían sobre la ciudad cuando Nathan empujó con sigilo la desvencijada puerta de la vieja tienda de electrónica en el corazón de lo que alguna vez fue Market Street. Afuera, el viento arrastraba un eco inquietante de pasos y susurros indescifrables, mezcla de recuerdos humanos y el rumor de los muertos vagando bajo la bruma permanente. Era noviembre de 2024, y la ciudad que un día relució entre los rascacielos y la bahía, ahora respiraba penumbras, miedo y una brutal determinación por sobrevivir.

San Francisco no era ni remotamente la ciudad que recordaba de su infancia. Nathan creció en los suburbios del East Bay y solía cruzar el puente junto a su padre para caminar por Fisherman’s Wharf, comer pan de masa madre en Boudin o visitar las coloridas casas victorianas de Alamo Square. Ahora, en aquellas mismas calles, se erguían barricadas improvisadas hechas de coches volcados, contenedores y láminas de metal oxidado. El perfume salino de la bahía estaba teñido de olor a leña, metal quemado y, de vez en cuando, a muerte.

La tienda era uno de los pocos sitios en Embarcadero en los que quedaban suministros. Durante los meses anteriores, los exploradores de la “Alianza del Presidio” —el grupo para el que Nathan actuaba como centinela y recolector— habían catalogado todos los puntos de interés, clasificándolos por riesgo y potencial valor. Explorarlas era una carrera contra el tiempo y los invasores: no sólo había zombis en las sombras, sino también otros humanos, saqueadores orgullosos de vivir al margen de cualquier orden, implacables y armados. Las reglas del viejo mundo no aplicaban ya entre las ruinas.

La radio de onda corta crepitó unas palabras apenas audibles desde la mochila de Nathan. La ajustó, con la mirada puesta en la penumbra tras la vitrina rota:

—Adler, aquí “Halcón 1 ¡Respondes?”

Nathan presionó el botón con voz apenas contenida.

—Halcón 1 aquí, sin novedad por ahora, revisando tienda del Zoco.

—Recibido, pero date prisa. Oímos disparos cerca del Ferry Building, en el sector de la vieja Misión.

—Entendido, cambio y fuera.

Guardó la radio y resopló. Revisó su mochila: una linterna de manivela, un machete ciego y dos latas de frijoles. La batería de su pistola ya casi no servía, apenas un par de disparos más. En el cinturón llevaba un cuchillo oxidado y, en el bolsillo, una moneda talismán acuñada en 2018. Recordatorio de otro mundo.

Entró en la tienda en cuclillas, escudriñando entre anaqueles. Parpadeó ante la luz que se filtraba entre las tablas tapando la fachada. No tardó en encontrar algunas pilas, cables útiles, incluso un par de radios portátiles —cada aparato era ahora un tesoro que podría intercambiarse en alguna de las incipientes ferias de Fort Point o detrás de las barricadas de Chinatown donde la gente seguía, de alguna manera, agrupándose en comunidades protegidas por acuerdos armados.

Un ruido. Un chirrido breve, como unas garras arañando linóleo. Nathan contuvo la respiración mientras paralizaba cada músculo, la linterna temblando en sus dedos. Desde una sombra surgió una figura encorvada, vestida con harapos y piel pálida, parte de la cara disuelta. Un zombi lento, pero peligroso en espacios cerrados. Nathan retrocedió sigilosamente, hasta que un estante cedió bajo su peso y el ruido de latas cayendo atrajo al monstruo que se lanzó hacia él con un gruñido gutural.

El machete bajó, torpe, golpeando el cráneo blando una, dos veces, hasta que el cuerpo se desplomó disgustando el aire con un tufo dulzón. Nathan respiró agitado, consciente de que aquel ruido atraería a más criaturas, pero a la vez alivió sentir el corazón desbocado: aún estaba vivo. Empacó las radios con prisa y se deslizó hacia la trastienda.

Entre los estantes, encontró algo aún más valioso que comida: un mapa viejo de la ciudad. Alguien lo había anotado con rutas de escape y escondites seguros, con fechas de avistamientos de hordas. Un plano casi tan apreciado, en estos días, como una caja de balas. Sonrió para sí al guardarlo en su mochila, imaginando la alegría de los niños y adultos en el campamento del Presidio cuando él volviera con todas esas novedades.

Salir de la tienda fue más complicado de lo esperado. La noche caía, y las primeras lenguas de neblina descendían por las cuestas como una marea fantasmal que todo lo borraba. Decidió evitar el Embarcadero y se desvió por Battery Street, entre oficinas desoladas y los restos de cafeterías. Pasó junto a un mural cubierto de grafitis: “Aguanta, Humanidad”, rezaba. Un símbolo de esperanza y rebeldía tosca en medio del apocalipsis.

No lejos de allí, escuchó un grito humano, ahogado, seguido de disparos secos. Nathan tensó el cuerpo, considerando si ayudar o huir hacia la colina. En este mundo, la bondad era peligrosa y la crueldad una moneda de curso legal. Sin embargo, una parte de él, todavía apegada a recuerdos de la infancia y al código que regía su grupo, le impulsó hacia el origen del ruido.

Sigiloso, se acercó a la esquina donde divisó a dos figuras forcejeando junto a un coche volcado. Unos metros más allá, un grupo de tres saqueadores armados con bates y una escopeta recortada hostigaban a una adolescente con aspecto exhausto, la espalda contra el metal.

Nathan no dudó mucho. Sin mediar palabra, lanzó una lata cerca del grupo, haciendo que uno se volviera y le disparó a las piernas con la pistola. El disparo, sordo y seco, acertó en la carne. Los otros se giraron, sorprendidos, y Nathan aprovechó para abalanzarse con el machete al más cercano. El combate fue caótico: chillidos, sangre, puñetazos y culatazos. Al final, los saqueadores, heridos o muertos, dejaron de moverse. Nathan, jadeando, buscó a la chavala, que le miraba con ojos enormes y asustados, apretando un palo de golf como si fuera una lanza.

—¿Estás bien?—musitó.

Ella asintió y temblorosa respondió:

—¿Eres de la Alianza?

—Depende. ¿Tienes adónde ir?

La joven dudó y él se percató entonces de que llevaba un brazalete hecho con cables rojos: símbolo de los refugiados de Potrero Hill.

—Mi abuela está enferma… no tenemos armas —dijo la muchacha, mordiéndose el labio—. Los saqueadores vienen todas las noches.

Nathan tomó una decisión. No era la primera vez que recogía a algún rezagado, pero las normas de su comunidad prohibían incorporar desconocidos sin una cuarentena previa. Pesó los riesgos y, tras darle a la adolescente una de las radios de repuesto, le dio instrucciones para seguirle. Tenía un escondite temporal cerca de North Beach, bajo la vigilancia de un viejo compañero.

Avanzaron por las callejuelas estrechas, cruzando el laberinto de ruinas y vestigios de las viejas cocinas italianas y clubs de jazz. El peligro no sólo acechaba en la figura de los zombis; las bandas de saqueadores, convencidos de que la ciudad les pertenecía, dispararían contra cualquiera que llevara un símbolo ajeno a su grupo.

Después de media hora espinosa, llegaron a un edificio de apartamentos destartalado. Tocaron un código en la puerta de chapa —tres golpes rápidos, dos lentos— y una mirilla se abrió apenas lo suficiente para dejar ver el rostro receloso de su amigo, Malik, un antiguo reparador de bicicletas de Mission District que ahora actuaba como centinela del sector.

—¿Quién es?—gruñó Malik.

—Una refugiada —respondió Nathan. Susurró:— Estaba rodeada, no podía dejarla tirada.

Malik suspiró y abrió la puerta sólo lo justo para dejarles entrar. En el interior, unas velas convertían la estancia en una cueva tibia y acogedora. Un par de niñas dormían en un sofá destrozado. Sobre la mesa, un improvisado mapa de la ciudad mostraba enigmáticos dibujos de rutas y círculos tachados en rojo.

La chica cogió aire, como si pudiera confiar, y contó:

—Mi abuela ya casi no puede caminar. Vivimos hacinadas con otras ocho personas en el piso bajo. Hoy mataron a dos de los nuestros. Los saqueadores dicen que pronto habrá otro “tributo”.

Nathan y Malik se miraron. El “tributo” era la práctica infame de algunos grupos violentos: exigir alimentos, armas, medicinas o incluso personas a las comunidades pequeñas a cambio de no destruirlas.

—No puede seguir así —resopló Malik—. La última vez que fuimos a Tenderloin, perdimos a cuatro.

Nathan se sentó, frotándose los ojos. Pensó en la fortaleza de Marina Green, donde cientos vivían bajo acuerdos de protección, intercambiando comida por seguridad y armas. Allí, los techos de chapa y madera estaban tan reforzados que ni las lluvias ni los gritos de la horda les amedrentaban. Pocos podían aspirar a entrar, pero las reglas mínimas de justicia y cooperación que imperaban eran un rayo de esperanza en medio del caos.

Dejó los hallazgos sobre la mesa: radios, pilas, el mapa, un pequeño botiquín encontrado entre las ruinas, y reflexionó en voz alta:

—Quizá podamos ingresar a los de Potrero Hill en la Alianza, si superan la cuarentena. Si no, los mismos saqueadores los matarán en unos días.

Malik asintió en silencio. Los dos sabían que aquella ciudad, aislada del “viejo mundo”, sólo sobrevivía donde conseguían poner límites claros entre compasión y supervivencia. Aún así, la Alianza —una amalgama de antiguos policías, médicos, estudiantes y obreros— había logrado en dos años algo que a muchos les parecía imposible: llevar algo parecido al orden al caos inabarcable.

La noche avanzó y, con ella, el aliento frío e insomne de la ciudad. Nathan miraba San Francisco desde una ventana sucia. A lo lejos, el Golden Gate asomaba entre nubes, su estructura cubierta de improvisadas protecciones de alambre y paneles metálicos, convertido en uno de los pasos más codiciados del norte. Al sur, el brillante brillo de las primeras fogatas señalaba la posición de otros clanes, otras comunidades aferradas a una supervivencia feroz.

Aquella noche, Nathan no durmió. Vio cómo la chica dormía abrazada a su radio, como si fuera un peluche, y escuchó los leves ronquidos de su amigo Malik. Pensó en lo que significaba sobrevivir allí: la confianza, la traición, el miedo constante, pero también la chispa insensata de solidaridad. Recordó a su padre, caminando por Embarcadero en otros tiempos. Se preguntó si alguna vez el mundo, o al menos una fracción de él, podría volver a ser aquel lugar abierto y rebosante de futuro.

Al amanecer, partió rumbo a Presidio. Los caminos ya no eran seguros, pero tampoco lo era quedarse. Cruzaron la ciudad en sigilo, con las radios encendidas —emitiendo y recibiendo señales de otras patrullas, a veces sólo frases entrecortadas o avisos: “Horda al sur”, “fuego en Van Ness”, “zona limpia en Haight”—, y manteniéndose siempre atentos al menor ruido fuera de lo común.

El trayecto les llevó junto a la marina, donde lo que antes fueron parques verdes ahora eran huertos improvisados rodeados de muros bajos. Más allá, los supervivientes hacían filas para obtener raciones de sopa caliente distribuidas por los voluntarios de la Alianza. Aquella línea de famélicos rostros, niños, ancianos, jóvenes con cicatrices, era la nueva cara de la ciudad. Nadie preguntaba nombres; la solidaridad era muda y práctica.

Nathan entregó su botín y el mapa a los líderes de la Alianza. En el refugio, la comunidad recibió a la muchacha y a su abuela bajo estrictas reglas. Sabía que pocos serían aceptados a largo plazo —la capacidad era limitada, la desconfianza atávica—, pero prefería apostar por la humanidad.

Aquel día vio nacer una esperanza tenue: la comunidad había acordado construir nuevas fortificaciones en el distrito de Cow Hollow y preparar rutas de escape hacia Marin en caso de emergencia mayor. Algunas familias ensayaban, por vez primera en mucho tiempo, sonrisas. Los niños cantaban canciones sobre el “viejo mundo”, incomprensibles para ellos pero llenas de añoranza y promesa.

Desde las alturas de Presidio, contempló la bahía envuelta en neblina. A lo lejos, los restos de la civilización seguían en pie: la silueta del puente, las torres de la ciudad, e incluso los rascacielos ennegrecidos. Nathan pensó que sobrevivir no era sólo matar zombis o burlar a saqueadores, sino también recordar, y transmitir, lo que alguna vez fueron la dignidad y la compasión. Porque en esas pequeñas resistencias, San Francisco aún respiraba, aún luchaba por volver a ser.

Quizá, pensó Nathan al caer la noche, el futuro de la humanidad era incierto, pero al menos esta ciudad había decidido, pese a todo, intentarlo.

Incubación
Brote
Operación ocaso
Guerra mundial Z: Una historia oral de la guerra Zombi
Apocalipsis Z. El principio del fin
Septiembre zombie

Copyrights © 2025 zombieworld.es. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.