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Portada del relato El frío y el Muro: Crónicas de la Nueva Bahía
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Fragmento:


El viento cortaba la bahía con una ferocidad inédita aquel invierno, extendiendo una niebla helada sobre las torres espectrales del centro de San Francisco. El emblemático puente Golden Gate, otrora coloso naranja entre el azul del cielo y el mar, apenas era visible entre las brumas y, más abajo, en las calles desiertas, el silencio sólo era interrumpido por el sonido distante de pasos arrastrados: los muertos seguían caminando.

Duración: 12:07

El frío y el Muro: Crónicas de la Nueva Bahía
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Texto de ajuste de pausa.

28 de diciembre de 2020

El viento cortaba la bahía con una ferocidad inédita aquel invierno, extendiendo una niebla helada sobre las torres espectrales del centro de San Francisco. El emblemático puente Golden Gate, otrora coloso naranja entre el azul del cielo y el mar, apenas era visible entre las brumas y, más abajo, en las calles desiertas, el silencio sólo era interrumpido por el sonido distante de pasos arrastrados: los muertos seguían caminando.

Vivir en San Francisco ya nunca fue igual desde hacía meses, pero diciembre de 2020 había endurecido la supervivencia hasta dimensiones inimaginables. Tomás Torres observaba desde la ventana del tercer piso de un antiguo edificio victoriano sobre la esquina de Haight y Ashbury. El cristal empañado no conseguía aislar los lamentos del viento, ni apagaba el rumor sordo de la desesperación afuera.

Atrás habían quedado los días en que la ciudad era sinónimo de libertad y diversidad. Las calles, antes saturadas de turistas y vida urbana, se tornaron campos de caza, de predadores y presas, una ruina silenciosa repleta de peligros despiadados y hambre. Solo quedaban, repartidos en fortines improvisados, aquellos a quienes la suerte, el ingenio y la resignación no habían abandonado aún.

Tomás sostenía en sus manos una pequeña radio militar, un modelo ruso, reliquia rescatada durante uno de los primeros saqueos en una tienda de electrónicos de la calle Mission. Cada noche, junto a su grupo, giraba cuidadosamente la perilla buscando captar alguna señal más allá de la estática. Aquella noche la radio chisporroteaba con la misma impaciencia de siempre, mientras Lucía, una joven californiana de raíces mexicanas, revisaba los botes de conserva y daba el inventario a media voz.

—Tres latas de atún, cinco de judías, dos de sopa Campbell, y siete botellas de agua— enumeraba, con resignación.

A su lado, Delaney, el único ingeniero restante del grupo, se encargaba de revisar las tablas y estanterías que bloqueaban la puerta principal. Él les recordaba a todos que, si la barricada cedía, tampoco les quedaban muchas balas. El ruido de los zombis —o "infectados", como Lucía prefería llamarlos— había disminuido desde la ola gélida caída la semana pasada. Nadie lo celebraba, porque el invierno también traía muerte a los vivos: las tuberías congeladas, la imposibilidad de encontrar leña en una ciudad que no nació para resistir el frío, los dedos entumecidos al intentar encender una estufa vieja.

Cuando llegó la cronología del desastre, Tomás pensó que el apocalipsis zombificado sería tan sólo otro tropiezo pasajero —como las pandemias, las recesiones, los incendios forestales— pero el calendario sólo trajo peores augurios. Tras el colapso de los hospitales en primavera y la huida masiva hacia el sur, San Francisco cayó en el olvido mediático, reemplazada en los noticieros por la caída de Nueva York, Londres, Santiago o Moscú. Allí, sin embargo, miles quedaron atrapados: los muy viejos, los sin auto, los que no quisieron dejar sus familias, y los que no creyeron en el horror hasta tenerlo enfrente.

Podía escuchar a Margie, la anciana del piso superior, toser con aspereza, esforzándose por mantenerse caliente apenas con una manta y unas teteras oxidadas. Nadie tenía el descaro de pedirle que bajara el volumen de su radio en busca de noticias. Todos estaban hambrientos de palabras que no hablasen de muerte.

Tomás se volvió hacia su pequeña familia improvisada: además de Lucía y Delaney, había dos adolescentes filipinos, Ed y Jamie, que sobrevivieron escondiéndose en la trastienda de un restaurante cerrado en Chinatown, y un hombre moreno, Marcus, que alguna vez fue programador y ahora era el encargado de romper puertas de apartamentos abandonados para conseguir ropa, comida o, últimamente, mantas.

—¿Sabéis si el grupo de Nob Hill logró cruzar hacia aquí? —preguntó Delaney, rompiendo la monotonía del recuento.

Lucía negó con la cabeza— Esta mañana contestaron al walkie que la colina estaba infestada. Ni se atrevieron a bajar.

—Las hordas se mueven menos con el frío —intervino Jamie, su voz apenas un susurro—. Hay menos, pero los que quedan hambrientos son más rápidos.

Tomás asintió, recordando las incursiones de la semana anterior, cuando encontraron cuerpos congelados e incluso zombis detenidos entre los carros varados en la colina de Filbert Street. La visión era grotesca: figuras rígidas bajo la escarcha, los dientes aún castañeteando en muecas eternas.

La falta de recursos los había obligado a redefinir su mundo. El Muro, como llamaban a la barricada de coches oxidados y muebles volcados en Van Ness Avenue, era la frontera invisible entre su refugio y el dominio de las hordas. De vez en cuando, divisaban a otros supervivientes a lo lejos, equipados con mochilas y caras de sospecha, cruzando rápidas entre carros abandonados. El trueque se volvía ley: comida a cambio de baterías, whisky a cambio de antibióticos, cigarrillos a cambio de mantas.

El reloj marcó las seis de la tarde y la penumbra del invierno empezó a llenar el apartamento de sombras largas y quietas. Lucía encendió una vela con una caja de fósforos envejecida.

—Afuera está más oscuro que nunca —dijo, con un dejo de miedo.

Ed se asomó con precaución por entre las tablas de la ventana. Los faros del Port of San Francisco, al otro lado del Market Street, parpadeaban como una luciérnaga a punto de extinguirse.

Marcus ajustó su bufanda y se apuntó la linterna a la frente. —No podemos quedarnos así. El hielo va a romper la reserva de agua. Debemos ir al hospital abandonado en la esquina de Turk y Hyde. Allí debe quedar algo que nos ayude. Mañana será peor—, sugirió.

La decisión no era fácil. Cruzar dos kilómetros de ciudad fantasmal, expuestos al frío, a los carroñeros y, sobre todo, a los zombis, era un riesgo calculado. Sabían que en el hospital encontrarían más que suministros: las semanas previas, ruidos y luces delataban la presencia de otras bandas, desesperados en busca de cualquier cosa para sobrevivir.

—Si vamos, debe ser ahora, antes que oscurezca más —determinó Tomás. La costumbre de tomar decisiones en la antigua vida —como elegir la ruta menos congestionada o a qué restaurante ir— se había transformado en una ruleta mortal de cálculo y nervios.

Prepararon las mochilas en silencio: un cuchillo de cocina para cada uno, lo poco de comida que quedaba, y la radio en la esperanza de captar alguna noticia útil. Salieron en fila India, Delaney cubriendo retaguardia y Lucía abriendo camino, orientando a todos en la penumbra.

La ciudad era más oscura que nunca. Ya no quedaban luces en el Castro, ni el zumbido de los tranvías recorriendo Market Street. Solo la voz del viento y el retumbar de pasos propios y ajenos. Ocasionalmente, una sombra se deslizaba tras un escaparate o bajo algún letrero derrumbado. Los zombis, menos veloces por el frío, quedaban ocultos, pero el peligro era latente.

De repente, Jamie alzó la mano, deteniendo en seco al grupo. Unos metros más adelante, junto a una vieja estación de los famosos tranvías, una figura tambaleante se movía en ángulos extraños. Animados por el hambre, los infectados se volvían más peligrosos en la noche. Tomás hizo una señal, agachándose junto con Ed. Contuvieron la respiración y aguardaron.

La criatura giró, mostrando la mandíbula desencajada y los ojos níveos, hundidos en su cara. Lentamente, se arrastró hacia la puerta quebrada de una farmacia y desapareció entre las sombras. El grupo reanudó el paso, evitando el charco sanguinolento que lo seguía.

San Francisco, ahora, era un mapa de aromas intensos y sonidos aterradores: el olor dulzón de la descomposición, el crujir de maderas podridas, el eco lejano de un llanto humano. En la intersección de Turk y Hyde, los restos de barricadas y patrullas volcadas evidenciaban la feroz defensa que los policías habían intentado, semanas atrás, antes de sucumbir. Era ahí donde el mundo antiguo había muerto realmente.

El hospital, un edificio vetusto de cinco pisos, conservaba solo las letras “HOSP” de su rótulo original. Varias ventanas estaban rotas y paneles de madera bloqueaban las entradas principales. Tomás se deslizó hacia una puerta lateral, mientras Delaney hacía guardia. Lucía, ágil, pasó primero y luego tiró de Jamie y Ed.

El interior estaba en penumbras, dominado por un olor acre a productos químicos y sangre rancia. Avanzaron con prudencia, montando guardia en cada esquina. En la sala de espera, papeles médicos y jeringas vacías untaban el suelo como si fueran hojas secas en otoño. Parecía que nadie había estado en semanas. El frío ayudó a preservar los cadáveres tendidos junto a los bancos, y a su vez, a espantar a posibles visitantes menos prudentes.

Llegaron a la farmacia interna. Marcus forzó la cerradura con su navaja y encontró cajas de vendas, paracetamol, alcohol y un botiquín aún sin abrir. —Esto nos salvará unos días más— murmuró emocionado, repartiendo botellas y blísteres en las mochilas.

Un ruido sordo en el piso superior los obligó a congelarse. Era un rumor rítmico: pasos, un golpe sordo, y un crujir de madera. El terror se compartió con un solo cruce de miradas. Decidieron salir lo más sigilosamente posible, evitando hablar. Sabían que cualquier presencia humana —o inhumana— podía resultar letal.

Lograron regresar a la calle y, guiados por el fulgor pálido de la luna y una linterna medio moribunda, retornaron al bloque victoriano. El trayecto de vuelta, aunque tenso, no deparó sorpresas. Al llegar, Margie aguardaba tras la puerta con su radio pegada al oído.

—Escuché algo —balbuceó—. En una frecuencia casi muerta. Alguien en Oakland busca supervivientes. ¡Dicen que aún hay barcos en la bahía!

La noticia se adhirió al grupo como la escarcha al parabrisas. Oakland. Barcos. Palabras que arrastraban la promesa de escape, de una nueva vida, un nuevo comienzo. Por un instante, la esperanza brilló en los rostros endurecidos por el invierno y la inclemencia.

Esa noche, por primera vez en semanas, el grupo compartió una cena bajo la vela —poco atún, un esbozo de sopa caliente, y algunas galletas de soda rescatadas de una despensa olvidada— y planearon la ruta a la costa. Habría que cruzar la ciudad infestada, sortear el frío y las bandas de saqueadores, y quizá enfrentarse al mar embravecido. Pero la posibilidad de hallar una comunidad al otro lado de la bahía infundió fuerzas insospechadas.

Mientras la ciudad dormía bajo la neblina helada y las calles permanecían repletas de espectros, Tomás pensó en la palabra “sobrevivir”. Aquello era el núcleo de su nueva existencia. No una proeza heroica, sino la suma de infinitas decisiones pequeñas: cuándo compartir una manta, cuándo ir a buscar agua, cuándo arriesgarse por esperanza.

En el silencio de la noche, con la radio chisporroteando una promesa lejana, San Francisco ya no era solamente un cementerio de glorias pasadas. Era, a pesar de todo el horror, el escenario de una nueva resistencia, y —si el invierno, el hambre y el miedo los permitían— quizá el punto de partida de una reconstrucción. Cuando amaneció, entre la garúa y el canto de las gaviotas, Tomás comprendió que seguirían adelante, porque mientras algunos aún pudieran transmitir mensajes, aún existía una ciudad dentro de los muros, esperando volver a vivir a pesar de todo.

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