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Portada del relato El último faro de Tramuntana
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Fragmento:


—¿Estás solo? —preguntó—. ¿Te persigue alguien? ¿Te mordieron?

Duración: 13:15

El último faro de Tramuntana
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Texto de ajuste de pausa.

18 de marzo de 2026.

El invierno terminó, pero no la sensación de frío en los huesos. En la última curva, el viento arremetió contra la pequeña procesión de supervivientes como un recuerdo salvaje del pasado: la tramuntana barría el camino, rascando la piedra y retumbando en las ventanas tapiadas de las casas deshabitadas. Corría el 18 de marzo de 2026, y Palma de Mallorca, antaño una ciudad palpitante de turistas y vida, era ahora un mosaico de ruinas, murallas improvisadas y sectores que sobrevivían aislados, aferrados al hambre y la esperanza.

Carlos, que antes de todo esto se dedicaba a la instalación de paneles solares y chapucerías domésticas por la serra de Tramuntana, cargaba una mochila demasiado grande para sus hombros delgados. Entre las correas asomaba el cañón corto de una vieja escopeta y el mango de una palanca de hierro que más de una vez le había salvado la vida sobre el asfalto agrietado. Sólo cargaba comida para dos días, un trozo arrugado de mapa, y en el fondo de su mente, la imagen difusa de una vida anterior donde la primavera traía turistas y no hordas de no-muertos titubeando en las ramas secas de las palmeras.

Iris, su hija de once años, caminaba ligera a su lado, casi flotando sobre la grava con zapatos demasiado grandes y un gorro de lana que le tapaba las orejas y los ojos. De las muchas cosas que tuvieron que dejar atrás cuando abandonaron su piso en El Terreno —cuando la bahía se llenó de cuerpos moviéndose bajo la luna—, la niña echaba más de menos su estuche de lápices que cualquier otra cosa. No hablaba demasiado desde hacía meses; todo lo que necesitaba decir lo depositaba en su libreta, que siempre mantenía oculta, como si los secretos escritos pudieran protegerla de los horrores de afuera.

Palma al llegar la primavera era, en apariencia, una ciudad dormida. Las hordas de infectados, esa mayoría asfixiante que en los primeros meses arrasó barrios enteros, había menguado. Se movían con pereza y sólo reaccionaban si el olor de un cuerpo caliente los despertaba de su letargo. Pero la muerte seguía acechando en las esquinas, y ningún superviviente sensato se atrevía a caminar por la ciudad sin una vía de escape estudiada al milímetro.

Carlos y su grupo, apenas media docena de almas, avanzaba ahora por la Plaça Major en dirección a uno de los asentamientos de la vieja calle Sindicat. Había rumores, confirmados por sus propios ojos hacía días, de que un grupo fundado por ex policías y marineros había tomado el control de varias manzanas vecinas. Se decían pacificadores y ofrecían trueque seguro entre comunidades. Pero los supervivientes eran cautos: dondequiera que el orden retornaba, también lo hacía el conflicto humano. Porque el problema ya no era sólo sobrevivir a los zombis; era sobrevivir también a los hombres.

La casona donde Iris solía recibir clases de música estaba tapiada, las ventanas cubiertas con planchas de madera y colchones viejos. Pintadas recientes decoraban la fachada: símbolos extraños, cruces deformes, palabras en idiomas mezclados entre catalán, castellano y lo que parecía ser italiano. Gente de todas partes había llegado a Mallorca tras el colapso. Al principio, huían convencidos de que una isla era una fortaleza natural. Pero pronto descubrieron que, si el mar aislaba a los infectados, también atrapaba a los vivos.

—Quietos —dijo Marta, la vigilante del grupo, tensando su ballesta artesanal. Todos se detuvieron, pegados a la pared.

Iris apenas levantó la mirada. Carlos asió la escopeta con manos temblorosas. El sonido venía de un callejón lateral. Se escuchó primero un arrastre, después el golpe inconfundible de algo —alguien— chocando contra un contenedor. El grupo se pegó aún más al muro, invisible entre las sombras que extendía la iglesia de Santa Eulàlia.

De entre las basuras emergió un hombre. Caminaba encorvado, cubierto de mugre, con la cara sangrante y el cabello cortado a cuchillo. Gritó sin palabras y se tambaleó, pero no era un infectado. Tropezó, cayó de rodillas y levantó una mano suplicante. Marta no dudó en acercarse armada pero alerta.

—¿Estás solo? —preguntó—. ¿Te persigue alguien? ¿Te mordieron?

El hombre negó con la cabeza, jadeando. Mostró los brazos y el cuello, la piel cubierta de cicatrices pero sin mordiscos recientes.

—Venía de Establiments —balbuceó—. El camino está libre, pero vi dos furgonetas. Gente armada, con perros... Parecían buscar algo, no sé si a nosotros o...

Marta volvió al grupo. La noticia era preocupante. Asentados como estaban, la presencia de grupos armados ajenos solía presagiar saqueos, secuestros o la llegada de facciones rivales buscando controlar los escasos suministros: sobre todo el agua potable, la comida enlatada y las medicinas que ya casi no existían fuera de laboratorios guardados tras muros de hormigón.

Cruzaron la plaza en silencio, siguiendo la vieja costumbre de palpar puertas y revisar ventanas. Palma, con los soportales abiertos y los balcones cubiertos de sábanas mohosas, parecía un escenario de guerra abandonado. Sin embargo, había signos de vida: cortinas moviéndose, un hilo de humo saliendo del patio interior de un palacio, huellas frescas en la tierra húmeda. Supervivientes, como ellos, dispersos y desconfiados, que aprendieron en los dos últimos inviernos que la diferencia entre la vida y la muerte era a menudo la de un susurro y una puerta bien cerrada.

Al llegar a la calle Sindicat, los detuvo una barricada hecha de muebles volcados y sacos de arena viejos. Al otro lado, tres figuras con chaquetas militares y cascos remendados los apuntaban con fusiles oxidados.

—¿A qué venís? —gritó uno, su acento mezclado, resultado de muchas islas y muchos exilios—. No vendemos comida, pero aceptamos antibióticos y herramientas. Y nadie entra armado.

El trueque se había vuelto un arte lleno de reglas en Palma. Las armas se entregaban en el puesto de control y, si uno tenía suerte, se devolvían al devolver el vale correspondiente. Pero Carlos, como la mayoría, no confiaba del todo. Sabía que el robo de armas dentro de los asentamientos era frecuente, y muchas veces era la diferencia entre sobrevivir la noche o no.

—Llevamos sal —anunció Carlos, intentando sonar mayor de lo que era, el miedo disfrazado de firmeza—. Y semillas. Buscamos insulina, alguna batería de coche y algo de pan duro, si queda.

El vigilante los dejó pasar. Dentro del perímetro, la vida humana se desplegaba como un milagro: mujeres y hombres trocaron miradas cautelosas, niños jugaban en un patio central entre dos fuegos controlados con palés. La panadería “Can Joan de S’Aigo” aún conservaba, detrás de las rejas dobladas de su escaparate, un par de hornos donde se cocían mezclas de harinas salvadas y semillas viejas. Bancos y mesitas dispuestas alrededor recuerdan a una Mallorca casi olvidada, en la que la merienda era un ritual sagrado.

Iris se apartó de Carlos y se sentó en una esquina, abriendo su libreta. Dibujó, como cada día, los rostros de quienes estaban a su alrededor. Su forma de recordar, de atrapar el presente ante una realidad que amenazaba con disolver sus recuerdos.

Carlos entregó la bolsa de sal y las semillas al jefe del asentamiento, quien prometió reservarle un pequeño bote de insulina y un poco de pan. Poco después, un intercambio de palabras tensas le informó que en Es Jonquet, muy cerca de su antigua casa, otro grupo había organizado un mercado clandestino donde se ofrecía información a cambio de favores. Como en toda Mallorca, la información era oro: saber dónde no había infectados, dónde permanecían las reservas de conservas, qué caminos seguían los grupos armados o simplemente cuántas baterías quedaban en los talleres de la periferia.

Las horas pasaron lentas; los supervivientes evitaban salir tras el ocaso. Para muchos, el miedo a los humanos superaba ya el temor a los infectados. Historias de secuestros, robos y ejecuciones sumarias circulaban como leyendas negras, avivadas por el fuego en las noches largas bajo el nuevo régimen de la supervivencia. La vida fuera de las murallas era apenas soportable: solamente aquellos con un propósito claro —rescatar alimentos, buscar medicinas, explorar ruinas en busca de tesoros olvidados— se atrevían a recorrer los caminos vacíos de la Mallorca post-apocalíptica.

Decidieron permanecer en Sindicat aquella noche. Iris compartió su rincón de paja con Marta, que dormía con un cuchillo atado a la pierna. Carlos apenas pudo cerrar los ojos, torturado tanto por el frío de la piedra como por la preocupación constante: sus reservas menguaban, su hija flaqueaba; y las promesas de días mejores, que alguna vez compartió al abrigo de un radiador y un termo de café, sonaban ahora como mentiras piadosas.

De madrugada, le llegó por boca de un viejo pescador la noticia que muchos presagiaban desde hacía meses: en la bahía, barcos oxidados habían encallado cerca de Portopí. Gente armada desembarcaba por las noches, buscando el rastro de los laboratorios militares que se rumoreaban escondidos en Sa Dragonera. “Han visto a uno con uniforme de la Guardia Civil —decía el pescador, su aliento fuerte a aguardiente—, y dicen que viene de la Península, que hay cura para la plaga, que buscan voluntarios…” Cada nuevo rumor era un dardo envenenado que recorría los oídos de todos. ¿Esperanza? ¿Engaño? El mismo rumor que podía suponer una salvación era, también, la primera chispa de una nueva guerra.

Al despuntar el día, Carlos reunió a Iris, Marta y los demás. La bahía relucía bajo la luz gris del amanecer, y aún se perfilaban esqueletos de barcos de lujo en el puerto, fantasmas de otra vida. Decidieron rodear el casco histórico y buscar a contraluz los fuegos de otros asentamientos. Un puñado de balizas improvisadas señalaba las rutas seguras por la antigua autopista Ma-20; solo los grupos armados se atrevían a encender fogatas, convencidos de que ningún zombi podría alcanzarlos tan fácilmente como un hombre desesperado.

Pasaron junto a la catedral, ahora cubierta de tablones y grafitis. Alguien había escrito, en la piedra centenaria: “AQUÍ RESISTIMOS. LLIBERTAT O MORT.” Vieron, más allá, huellas frescas y una mujer sentada sobre las escalinatas, sola, con un rifle en el regazo y un anillo de bodas colgando del cuello. A medida que la ciudad despertaba, el silencio del invierno cedía ante el rumor de la vida resurgiendo en los intersticios: trueques de pilas por harina, médicos improvisados desinfectando habas cortadas, niños rapiñando bicicletas viejas.

Durante tres días, recorrieron asentamientos: Foners, Es Jonquet, Sa Gerreria. Había hambre, frío, miedo, pero también algo parecido a esperanza: en una casa derruida de la calle Sant Miquel, Iris encontró, bajo una pila de libros enmohecidos, una caja de lápices de colores. Dibujo tras dibujo, captó la vida de Palma mejor que cualquier crónica: un grupo reunido bajo plásticos y lonas, la catedral convertida en fortaleza, un huerto improvisado donde antes hubo un aparcamiento.

En la semana siguiente, Carlos y su grupo lograron asegurar otro trueque: a cambio de pilas de litio y una vieja radio, obtuvieron semillas de hortalizas y una carretilla. Sabían que, con la primavera, intentarían reabrir los huertos al pie del Castell de Bellver, justo donde el sol caía con más fuerza. El progreso era lento, pero real. Iban sobreviviendo —habitaban el mundo nuevo— como parpadeos de luz en las largas noches de la isla.

La última noche, una alarma ahogada retumbó entre los callejones: una horda pequeña, atraída probablemente por el fuego de un grupo imprudente, avanzaba tambaleante por la calle Unió. La respuesta coordinada fue señal de que otro tiempo comenzaba: los vigías pasaron la voz, niños y ancianos se refugiaron en los sótanos, un puñado de hombres y mujeres se apostó en las azoteas armados con arcos y botellas incendiarias. No era una victoria; bastaba sobreponerse al miedo para seguir adelante un mes, un día más.

A la mañana siguiente, tras estimar los daños y ver que habían perdido solo una despensa del antiguo “El Corte Inglés”, el cronista del asentamiento escribió una nota que Carlos nunca olvidaría: “En Palma, marzo de 2026, resistimos no por nostalgia del pasado, sino porque en el miedo y la oscuridad, aún buscamos un futuro.”

Iris pegó su último dibujo en la puerta del refugio, un atisbo de primavera en colores. Y Carlos, por primera vez en años, se permitió la esperanza: en una Mallorca devastada y al filo del fin del mundo, los humanos volvían a construir algo parecido a un hogar.

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