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Portada del relato La fortaleza sobre el mar: sobrevivientes en el castillo
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Fragmento:


—¿Te has fijado en el puerto? —preguntó Clara entre susurros mientras amasaba harina racionada—. Hoy he visto movimiento en una de las grúas, ¿crees que será otro grupo?

Duración: 09:09

La fortaleza sobre el mar: sobrevivientes en el castillo
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Texto de ajuste de pausa.

21 de diciembre de 2024.

La brisa, aunque fría, aún conservaba el leve aroma salino del Mediterráneo. Desde lo alto del Castillo de Santa Bárbara, Alicia divisaba la ciudad de Alicante como un mosaico entre el azul y las ruinas. El murmullo del viento se mezclaba con el entrechocar de las puertas reforzadas y el lejano traqueteo de la guardia cambiando turnos en la muralla improvisada que rodeaba la antigua fortaleza. Más allá, las avenidas de lo que fue el casco antiguo se podían distinguir bajo la luz pálida del sol de invierno, salpicadas de carros abandonados y las sombras lentas de los que, alguna vez humanos, todavía vagaban cerca del puerto.

Habían pasado cuatro años y nueve meses desde la caída. Alicante, como tantas otras ciudades, apenas era un reflejo mutilado de sí misma. La mayoría de la población había desaparecido, devorada por la plaga o marchita por la escasez de recursos. Los que quedaban –unos trescientos en la fortaleza– luchaban día tras día por un poco de esperanza, una migaja de seguridad o simplemente un trozo de pan.

Alicia ajustó el fusil a su hombro. Las patrullas eran más rutinarias desde que las hordas parecían haberse concentrado en las urbes mayores. Aun así, la amenaza seguía latente: no solo eran los caminantes, sino también los humanos desesperados, los grupos errantes que asaltaban los asentamientos buscando comida o medicinas. La fortificación de Santa Bárbara había resistido gracias a su altura, su visibilidad y la osadía de convertirla en un núcleo autosuficiente, en el que cada miembro aportaba al bien común.

El antiguo patio de armas, ahora convertido en huerto, mostraba los brotes de coliflor y acelga. Las escaleras principales estaban bloqueadas con sacos de arena; por los flancos, pasillos y trampas improvisadas componían el último recurso ante cualquier asalto. Los sótanos, que en tiempos mejores acogían exposiciones y conciertos, eran hoy dormitorios, granero y almacén de víveres. La plaza de armas se había transformado en el centro vital, donde cada mañana se reunía el consejo y se repartían las tareas del día.

Alicia descendió del mirador para encontrarse con Clara, su madre, que en la última semana había dirigido la panadería. El pan escaseaba: la harina era oro, la madera para el horno, un tesoro. Aun así, esa mañana una hogaza caliente sería compartida por al menos veinte personas, como símbolo y sustento.

—¿Te has fijado en el puerto? —preguntó Clara entre susurros mientras amasaba harina racionada—. Hoy he visto movimiento en una de las grúas, ¿crees que será otro grupo?

Alicia asintió, secándose el sudor que la guardia de la noche había dejado en su frente.

—Posiblemente. Podríamos organizar una partida de exploración, intentar comerciar o, si es peligroso, reforzar la vigilancia.

El consejo se reunió esa misma mañana, en el salón que a duras penas conservaba los restos de los viejos tapices. Allí se sentaban Eliseo, el pescador curtido; Javier, el antiguo profesor de historia; Manolo, ex-militar; y Samira, la ingeniera que había convertido una parte del sótano en generador eléctrico gracias a piezas recuperadas de coches y paneles solares. A Alicia le costaba no recordar cómo, cinco años atrás, habrían discutido de política, fútbol o turismo, y cómo ahora, cualquier desacuerdo podía suponer la diferencia entre la vida y la muerte.

—¿Un grupo en las grúas del puerto? —preguntó Manolo, cruzando los brazos—. Hay que tener cuidado. Algunos saqueadores se hacen pasar por amigos y, cuando menos lo esperas, te roban hasta las botas.

—Pero también pueden traer noticias —apuntó Samira—. Hace meses que no recibimos indicios del interior. Si Alicante está más seguro, podríamos expandir los cultivos, bajar a San Juan o incluso recuperar el Mercado Central.

La discusión fue tensa. Finalmente, Javier propuso enviar una pequeña expedición: cuatro personas, bien armadas pero sin intención hostil, intentarían contactar con el grupo del puerto. Alicia fue voluntaria, junto con Eliseo, Samir y Lena, la enfermera. Con cuidado, descendieron por la ladera este del castillo, aprovechando el antiguo acceso medieval que aún estaba en pie, cubiertos por la maleza y los escombros.

A mitad de camino, un hedor familiar detuvo su avance. Más abajo, dos cadáveres recientes yacían junto a una valla derribada. Las manchas rojas y mordidas delataban lo evidente: el grupo que había pasado por allí quizá ya estaba contaminado o no había sobrevivido al encuentro. Avanzaron con sigilo, evitando hacer ruido, hasta los antiguos Jardines de la Ereta, ahora salvajes y oscuros como una selva pequeña.

El descenso a la playa fue rápido y silencioso. El paseo marítimo conservaba apenas el esqueleto de lo que fue: chiringuitos saqueados, esculturas cubiertas de grafitis recientes, algunos carros destrozados. Al acercarse al puerto, escucharon voces. Se escondieron detrás de un antiguo quiosco, oliendo el mar y sintiendo el pulso de Alicante en tensión máxima.

Vieron a seis personas. Iban armados, aunque sus ropas denotaban desgaste y no hostilidad inmediata. Habían encendido una pequeña fogata, cocinando pescado encima de un cubo de metal. Una vela encendida al lado de una radio militar les delató como posibles buscadores de contactos, y eso animó a Alicia a salir de su escondite.

—¡Buenas! —gritó, las manos en alto—. Venimos de Santa Bárbara. No buscamos problemas.

La líder del grupo, una mujer con acento madrileño, levantó la mirada. Respondió levantando también ambas manos: gesto universal de paz. Hablaron durante largos minutos. Pronto quedó claro que ellos venían de Elche, donde la situación era peor y la mayoría de la población había huido hacia las sierras. Buscaban medicina y alimento; ofrecían materiales eléctricos y telas.

El trueque se pactó rápido, y Alejandro, el médico del grupo ilicitano, pidió intercambiar algo de antibióticos por varios litros de agua limpia y algo de pan. A cambio, entregaron una caja de fusibles, cables y rollos de tela gruesa, perfecta para reforzar mantas y ropa. El trato revivió el antiguo pulso mercantil del puerto, ahora en ruinas, pero aún cuna de acuerdos y promesas.

Ya de regreso a Santa Bárbara, una nube espesa cruzaba las laderas; el frío anunciaba una noche dura. Alicia entregó el botín al consejo y, por primera vez en semanas, los niños del Castillo recibieron un trozo de manta nuevo, y los ancianos, medicina suficiente para pasar el invierno.

Cuando cayó la noche, Clara y otros cocineros improvisaron una cena festiva en el patio principal, compartiendo sopas y trozos de pescado recién truequeado. Las discusiones del día dejaron paso a historias, risas nerviosas y canciones que evocaban otro tiempo. Manolo, el viejo militar, contó cómo, de joven, trabajaba en obras en la Explanada de España, y Javier narró leyendas del castillo, mezclando historia y fantasía para los más pequeños.

Las guardias, sin embargo, nunca bajaron la vigilancia. Los zombies se movían menos, adormecidos por el frío, pero si alguna sombra se deslizaba cerca, los centinelas daban la alarma con señales de linternas y silbatos. La estructura de defensa se basaba ya no solo en la muralla antigua, sino en una confianza de hierro entre los habitantes: todos sabían que un error, una negligencia, significaba muerte.

A media noche, Alicia fue al torreón sur con Samir. Desde allí, contemplaban las luces lejanas de alguna fogata en el cabo de la Huerta y, con suerte, algún barco navegando a oscuras, lejos de la costa infestada.

—¿Crees que algún día todo esto dejará de ser una pesadilla? —preguntó Samir, apretando el abrigo alrededor de su cuerpo.

Alicia suspiró. Había visto demasiado para creer en futuros fáciles. Pero esa noche, algo diferente se respiraba en la fortaleza, una especie de comprensión profunda: estaban vivos, juntos, resistiendo donde la civilización había caído.

—No sé —admitió—. Pero si llega ese día, espero recordar también este: la noche fría en el castillo, con pan, cuentos y amigos.

El amanecer asomó despacio sobre la bahía, dorando las ruinas y trayendo, una vez más, la promesa de que Alicante, desde su altura y su esperanza, podía seguir siendo un faro en medio del apocalipsis.

Aquel 21 de diciembre de 2024, la fortaleza siguió resistiendo, apoyada en sus muros viejos y su comunidad de hierro. Quizás mañana sería peor, quizás caerían las noches sobre sus cabezas. Pero, por un día más, Alicia y los suyos eran Alicante: duros, tercos, vivos. Y para ellos, eso era todo lo que importaba.

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