Incubación
Guerra mundial Z: Una historia oral de la guerra Zombi
Brote
Septiembre zombie
Operación ocaso
Apocalipsis Z. El principio del fin
Portada del relato El eco de la resistencia: Las radios de Austin
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


Taylor ajusta el dial metálico, buscando cualquier fragmento de voz entre la maraña de chasquidos y chirridos. Doce meses atrás, captar una transmisión era motivo de fiesta; una señal en español desde San Antonio, otra vez un mensaje cifrado en inglés desde la zona de Houston. Pero con la llegada del frío y la caída de muchas otras comunidades, la radio se ha vuelto cada vez más escasa, un milagro eventual.

Duración: 11:30

El eco de la resistencia: Las radios de Austin
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

26 de Noviembre de 2021.

La mañana llega a Austin oculta tras una niebla espesa y un frío inesperado. Desde lo alto de lo que alguna vez fue una moderna torre de apartamentos en la orilla oeste del Colorado, la ciudad parece otra: parches de humo al norte anuncian fogatas o pequeños incendios en zonas industriales; la silueta del Capitolio está desfigurada por los restos de barricadas y basura arrastrada por el viento otoñal. Miles de edificios permanecen vacíos, ventanas rotas como cuencas ciegas, y entre los árboles que bordean el río es posible distinguir los movimientos erráticos de algunos caminantes, arrastrando pies congelados por uno de los otoños más helados que los texanos recuerden en una década.

Es el segundo Día de Acción de Gracias desde que todo cambió. Dos años han pasado ya desde los primeros apagones, la primeras sirenas, y las órdenes de encierro —tan absurdas ahora, vistas en retrospectiva, cuando el encierro era cuestión de vida o muerte real—. Ahora, en la pequeña comunidad fortificada de Barton Creek, lo importante es sobrevivir el invierno, mantener a raya tanto a muertos como vivos, y, con suerte, captar alguna señal de radio que indique que la esperanza, o algo parecido, existe allá afuera.

La vida se concentra en los márgenes. Austin fue, en su momento, una de las capitales de la tecnología y la música en el sur, sus calles un desfile interminable de food trucks, conciertos improvisados y decenas de startups probando suerte en el bullicio digital. Todo eso se desvaneció entre el miedo y el horror, cuando las comunicaciones cayeron y la ciudad, sin electricidad ni agua constante, tuvo que mirar hacia dentro, hacia el propio músculo y la determinación de sus habitantes. Los supervivientes ahora, cerca de trescientos, han acordonado con barreras y vehículos los alrededores del antiguo centro comercial, reciclado como mercado y base de operaciones. Tiendas de campaña y refugios precarios ocupan lo que fueron estacionamientos.

Para Taylor Ramírez —antigua estudiante de ingeniería en UT, ahora improvisada técnica de radio y jefa de vigilancia nocturna—, el ritmo de la mañana es casi ritual. Sale del refugio al primer rumor de pasos; la pistola a la cintura, el machete colgado del cinturón. Recorre el perímetro sur cruzando el puente improvisado sobre el arroyo, saludando con un gesto a Joan, la mayor de los defensores, que cada mañana cambia los botes de gasolina consumidos por antorchas nuevas. Se detiene a media altura del puente por costumbre. Desde ahí se escuchan, a veces, los quejidos lejanos de los zombis atrapados en la maleza, o el eco de algún disparo distante donde los grupos nómadas intentan hacer valer sus zonas de caza.

En la cima del viejo supermercado HEB, Taylor se suma a Max, un joven callado y tembloroso, buen tirador pero pésimo para las conversaciones. Max limpia su rifle y la saluda apenas, concentrado en la tarea. Taylor le pide la linterna y revisa la antena de radio. La comunidad sabe que la radio es vital; la mantienen en funcionamiento con baterías recicladas, algunos paneles solares rescatados de tejados y un pequeño generador que solo usan para transmitir cuando la situación lo requiere.

—¿Noticias madrugadoras? —pregunta Taylor, conectando los cables a la toma del panel.

—Ruido blanco —responde Max, arrastrando las palabras—. Unos segundos de estática. Nada más.

Taylor ajusta el dial metálico, buscando cualquier fragmento de voz entre la maraña de chasquidos y chirridos. Doce meses atrás, captar una transmisión era motivo de fiesta; una señal en español desde San Antonio, otra vez un mensaje cifrado en inglés desde la zona de Houston. Pero con la llegada del frío y la caída de muchas otras comunidades, la radio se ha vuelto cada vez más escasa, un milagro eventual.

—Deben quedar otros ahí afuera —piensa Taylor siempre que el aparato saca, de pronto, una voz ahogada, una melodía distorsionada, alguna señal de que en el mundo aún persiste algo humano.

Algunos de los recién llegados al refugio se han sumado a las patrullas; la escasez de alimentos impide acoger a todos, pero rechazar familias completas es imposible. Gente de Pflugerville y Round Rock buscan asilo tras perder sus asentamientos ante bandas armadas o manadas de zombis. Las condiciones son claras: trabajar, compartir, no robar, nunca salir de noche. Las escaramuzas no son pocas. En el último mes, las alarmas sonaron tres veces: dos incursiones de saqueadores y una vez, una horda pequeña de muertos derribó parte de la cerca este, costando la vida de dos jóvenes.

Taylor regresa después de media hora de vigilia al centro común, donde Lisa —la médica del grupo— ya organiza la ración matinal. El menú: sopa espesa de frijoles, unas rebanadas de pan duro, agua hervida. Los niños son los primeros en formarse. Ahora son menos de una docena, algunos traumados, otros feroces, con una madurez forzada en la mirada. Entre los adultos nadie habla, pero todos saludan con un gesto la llegada de Taylor, que se turnará con otros para el desayuno y el reparto de tareas.

La preocupación del día es la búsqueda de leña. Las reservas de gas y combustible bajan; el generador apenas podrá usarse para emergencias. Taylor se junta con tres voluntarios y caminan en dirección sureste, por los márgenes del antiguo Zilker Park, donde los árboles, antes usados para picnic y conciertos, ahora son el principal recurso energético.

El grupo avanza en silencio. El aire huele a tierra mojada y madera quemada. A medio camino, el sonido de ramas rotas y un chillido breve alerta a todos. Se agazapan entre la maleza, armas desenfundadas. Un ciervo emerge de la arboleda, perseguido por dos zombis tambaleantes, cubiertos de hojas y tierra. Taylor ordena esperar: si disparan, podrían atraer a más. Los cazadores se aprestan a atacar con lanzas y machetes. La escena dura poco: el ciervo logra escapar, los dos muertos tropiezan, ruedan por un tronco caído y quedan a merced de la cuadrilla, que los elimina con precisión, huraños, esforzándose por no mirar demasiado los rostros desfigurados, a veces inquietantemente familiares.

Recolectan leña divididos por roles: uno vigila, otro corta, los otros dos la apilan. El recuerdo de la ciudad anterior está siempre presente; restos de bicicletas oxidadas entre los arbustos, una guitarra demolida cuya caja sirve ahora para transportar maderas, el grafiti desvaído “Keep Austin Weird” en un muro semiderruido. Así de simple es el pasado: colores y sonidos y promesas de un futuro imposible, reducido ahora a la urgencia del hambre y el frío.

De regreso, se topan con un grupo de forasteros. Van desarmados, las manos alzadas en señal universal de rendición, la ropa en harapos. Taylor ordena que se detengan a distancia, los observa, busca signos de mordedura o enfermedad. Uno de ellos —un hombre afroamericano, flaco pero erguido, ojos inteligentes— se presenta:

—Somos de Dripping Springs. Nuestro sitio fue invadido anoche. No llevamos nada. Solo queremos pasar. Nos vamos al este.

Taylor les indica un desvío, un sendero indirecto para evitar la zona donde guardan los víveres. Un breve intercambio de palabras: les dan agua, una barra de proteínas, algo de información sobre caminos seguros. El grupo desaparece rápido, temerosos, y la cuadrilla de Taylor se pregunta si no serían una amenaza disfrazada o realmente fugitivos. Aquí, la confianza siempre es escasa.

Ya en Barton Creek, Taylor ayuda a descargar la leña y va directo a la torre de vigilancia. El cielo empieza a despejarse, el sol apenas calienta la piel. De repente, como un relámpago, la radio cobra vida: una señal de baja potencia, intermitente, mezcla de estática y palabras. Max y Taylor se lanzan sobre los controles, suben el volumen.

—A todos los asentamientos al sur del río —la señal es temblorosa, cargada de interferencias—. Aquí Refugio Sendero, cerca de Buda. Solicitamos ayuda médica. Ataque nocturno. Tenemos heridos. Necesitamos antibióticos y vendas.

La transmisión se repite dos veces, luego cesa. Taylor anota la ubicación, discute con Lisa y Álex, el jefe táctico. Decidir ayudar implica riesgo: dejarían vulnerable Barton Creek, pero ignorar el llamado es condenar a otros supervivientes. Finalmente, tres voluntarios, incluida Taylor, preparan un pequeño convoy: dos bicicletas y un automóvil con gasolina suficiente solo para el recorrido de ida y vuelta. Portan medicinas, vendas y dos armas de fuego.

El trayecto a Buda es tenso; evitan rutas obvias, bordean la Interestatal 35 por caminos secundarios. Encuentran un par de caminantes, los evitan hábilmente. Al llegar a Refugio Sendero, son recibidos por una docena de personas cansadas, con vendas improvisadas, sangre seca, ojos de desconfianza. Taylor reconoce a una mujer que alguna vez fue voluntaria en los bancos de alimentos de Austin. Se abrazan brevemente; el dolor de la distancia y las pérdidas es abrumador.

—No sabemos cuánto más podremos resistir —le dice la mujer, mostrando una herida purulenta—. Los ataques son cada vez más constantes. ¿Aún tienen radio en Barton? ¿Algún mensaje desde el este?

Taylor comparte lo poco que sabe: escasez general, rumores sobre una alianza entre comunidades en la zona de Bastrop y Elgin, nada confirmado. Les entregan los antibióticos, arreglan la antena del refugio para intentar captar más señales. Dejan una radio pequeña, con instrucciones para sintonizar el canal común de ayuda entre colonias. Un pequeño esfuerzo de colaboración surgido en medio del caos.

Regresan antes del anochecer, agotados, las emociones a flor de piel. El puente sobre Barton Creek se recorta contra el cielo rojizo, la comunidad enciende antorchas como señal de que han vuelto. La bienvenida siempre es breve: un abrazo, una palabra de agradecimiento, el reparto inmediato de nuevo en tareas.

Esa noche, Taylor sube de nuevo a la azotea y escucha, por largas horas, la radio. Entre la estática, en algún momento, se cuela otra voz. Un mensaje breve, casi susurrado:

—Austin... ¿alguien escucha? Aquí Seton Base... Sigo transmitiendo... Sigo aquí...

Taylor sonríe, por primera vez en semanas, sin censura. No están del todo solos. La esperanza vuela bajito, como las luciérnagas recuperando brillos entre la maleza, como las radios de baja potencia hilando nuevas redes sobre la ruina silenciosa.

La ciudad que fue música, tecnología y futuro ahora vive en susurros, en la red persistente de quienes no se rinden. Y bajo las estrellas, con el rumor de la radio y el frío en la piel, Taylor promete, en voz baja, seguir resistiendo. Por Austin, por los que quedan, por un mañana aún improbable.

Incubación
Guerra mundial Z: Una historia oral de la guerra Zombi
Brote
Septiembre zombie
Operación ocaso
Apocalipsis Z. El principio del fin

Copyrights © 2025 zombieworld.es. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.