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Portada del relato La caída del Potomac
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Fragmento:


Recuerdo el 9 de mayo no por ser un día especial, sino porque fue la última vez que fui alguien con miedo y no únicamente superviviente. Amanecimos oyendo gritos. Gritos verdaderos, de los que nunca creí poder escuchar tan cerca: esos que no brotan por dolor común sino porque todo lo humano se desgarra en su interior. Mi abuelo, su figura encorvada, sostenía una escopeta oxidada que nunca pensé que llegaría a usar. Mi abuela, silenciosa y temblorosa, removía un rosario entre los dedos. En el mundo anterior, preocuparme por ellos era mi rutina; ahora, era mi obsesión.

Duración: 12:48

La caída del Potomac
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Texto de ajuste de pausa.

9 de mayo de 2020

El silencio antes del pánico se percibe diferente, como un zumbido eléctrico en el aire que precede a la tormenta. Siempre pensé que sería algo así el fin del mundo: reporteros con cara tensa leyendo titulares extraños, sirenas lejanas, vecinos pegados a las pantallas y calles que se vacían con una rapidez tan antinatural que eriza la piel. A principios de marzo todo eran rumores, amigos perdiendo el trabajo, el miedo al COVID-19 y cifras que subían como si alguien en la televisión jugará con la rueda de un contador al azar. Pero en la segunda semana de mayo de 2020, cuando la luz dorada cuelga flojamente sobre el verde de los bosques del norte de Maryland, ya nadie habla de coronavirus. Hablan de “los otros”, de los “agresivos”, y luego simplemente de los muertos que caminan.

Mi nombre es Cassie Newman. Tenía 27 años cuando todo comenzó, una vida universitaria frustrada, amigos igual de estancados y una madre enfermera en el Holy Cross Hospital de Silver Spring. Los últimos dos meses los pasé obsesivamente leyendo foros, investigando sobre ratas, murciélagos, hasta teorías de guerra bacteriológica. Desde que mamá no volvió a casa tras uno de sus turnos extendidos, mi preocupación pasó a ser terror y, finalmente, resignación. Si mi madre pudo, dentro de esa marejada blanca de mascarillas y ojos ansiosos, mantener su humanidad, yo debería poder hacer lo mismo aquí, resguardada en la casa de mis abuelos, a 60 millas al norte de Washington D.C.

El paisaje se había transformado. Puentes bloqueados, patrullas militares en los intercambios de la autopista, y el insistente zumbido de helicópteros. Por las noches, la oscuridad solo era rota por las linternas de las patrullas de la Guardia Nacional o por el eco de disparos lejanos, seguidos del retumbar grave de explosiones amortiguadas. Aquí, la vida parecía haberse puesto en pausa, los relojes marcando horas que no llegábamos a vivir.

Los avisos en la radio eran el único contacto con el resto del mundo. Emitían cada hora desde una base improvisada (ahora ya no sabíamos si era en Fort Detrick o en algún puesto más pequeño). La voz metálica repetía: “Permanezcan en sus hogares. Proteja puertas y ventanas. Los síntomas incluyen fiebre alta, desorientación, violencia súbita. No permita el ingreso de personas desconocidas.” La última frase era el mantra que nos repetíamos cada noche antes de apagar las lámparas.

Recuerdo el 9 de mayo no por ser un día especial, sino porque fue la última vez que fui alguien con miedo y no únicamente superviviente. Amanecimos oyendo gritos. Gritos verdaderos, de los que nunca creí poder escuchar tan cerca: esos que no brotan por dolor común sino porque todo lo humano se desgarra en su interior. Mi abuelo, su figura encorvada, sostenía una escopeta oxidada que nunca pensé que llegaría a usar. Mi abuela, silenciosa y temblorosa, removía un rosario entre los dedos. En el mundo anterior, preocuparme por ellos era mi rutina; ahora, era mi obsesión.

Desde la ventana del desván vimos las primeras figuras tambaleantes salir de entre los árboles del camino viejo. Se acercaban a la casa de los Smith, un chalé a medio kilómetro de distancia, donde hasta hacía pocos días vivía una familia con cuatro niños pequeños. La peor parte era la ausencia de velocidad, la lentitud inhumana de aquellos caminantes, como si una fuerza los guiara solo a seguir avanzando, sin importar heridas ni balas. Alsados en el porche, los Smith intentaron llamarles, asumiendo que la enfermedad era lo único que los volvía extraños. Solo cuando la primera figura saltó sobre el padre de familia—su mandíbula dislocada abriéndose en un chillido animal—, entendí lo que la radio nunca se atrevía a describir con todas sus letras: esos ya no eran humanos.

La masacre fue breve y atroz. Abrazamos la oscuridad de la casa; nos encerramos tras sillas, mesas y colchones volcados. El sonido de cristales rotos, alaridos seguidos de un súbito silencio, colmó el ambiente de una tensión sofocante. Luego, la espera. Horas eternas en aislamiento, contando los pasos erráticos que rodeaban la casa, rezando o maldiciendo, según quién estuviese más cerca del miedo.

La noche cayó con una velocidad anormal, o quizá el miedo acortaba la percepción del tiempo. Entre murmullos, mi abuelo tomó la decisión que cambiaría esa noche y el resto de nuestra vida: “Tenemos que salir antes que ellos nos rodeen. Ahora, antes que lleguen más.” Nadie replicó, ni siquiera mi abuela que solía temblar de ira ante las locuras de su esposo. En silencio, cada quien tomó lo indispensable: agua, comida enlatada, una linterna cada uno, el botiquín y algunas mantas.

El plan era sencillo: alcanzar el viejo granero de los Lewis, una estructura reforzada a un par de kilómetros al este. Durante años, mi madre y yo fuimos cada verano a ayudarles cosechando hortalizas o alimentando animales, y yo sabía que entre las reservas del lugar había comida suficiente para varias semanas. Pero el trayecto a campo traviesa, bajo la luz mínima de la luna nueva, se sentía como cruzar un infierno congelado. Cada sombra parecía moverse. Cada crujido de ramas era, en mi mente, el preludio de la muerte.

Nos movimos pegados al seto de los robles, evitando cualquier camino abierto. A nuestras espaldas la casa de los Smith ardía. Nunca sabré si el fuego fue accidental o provocado; en todo caso, era un faro contra la noche, y atrajo tanto a los vivos como a los muertos. Vi, a la distancia, figuras corriendo. Sé que unos eran humanos, pero otros, definitivamente, no.

El granero apareció ante nosotros como una promesa de redención. Había luces en la ventana superior, un resplandor débil. En otro tiempo aquello habría significado seguridad; ahora sólo podía interpretarse de dos modos: ya había sobrevivientes o sería el último lugar que veríamos. Mi abuelo avanzó primero, escopeta en mano, murmullando el mismo “Padre nuestro” que recitó en el funeral de mi abuela, años después del apocalipsis. Al llegar a la puerta trasera, una silueta gritó en susurros desde el umbral: “¡Contraseña!” Se sintió ridículo responder, pero mi abuelo lo hizo: “Nacidos libres y vivos quedamos”, la frase que alguien, semanas antes, había propuesto como santo y seña en el pueblo.

Dentro había otros ocho seres humanos, todos pálidos, sucios y con las ropas rotas. Entre ellos reconocí a Ben, un antiguo compañero de la secundaria, quien ahora tenía profundas ojeras y una pistola en la mano. “¿Traen mordidos?” preguntó, sin el menor atisbo de cortesía. Negamos. El alivio fue breve. El granero olía a excremento, animales muertos y sudor frío de la desesperanza; las ventanas estaban clavadas con tablones arrancados de los establos.

La noche se llenó de historias en susurros. Ben nos contó de los asaltos a farmacias, de la policía superada intentando detener multitudes de enfermos, del éxodo hacia el norte y de manadas de “agresivos” en Frederick, bloqueando la 270. Uno de los refugiados, una mujer baja de rostro cuadrado, habló de su hermana, enfermera en D.C., que logró mandar un mensaje de audio antes de desaparecer: la ciudad estaba “perdida, imposible” y las órdenes eran abandonar hospitales, dejar todo atrás. Otro, un anciano, no podía dejar de mascullar “nos lo advirtieron, pero nadie escuchó”.

Durante horas aguardamos en silencio, mientras afuera el mundo asolado seguía ladrando, gemía y gemía. Alguna vez pensé que el verdadero fin sería con explosiones, relámpagos, nubes de fuego como en las películas, no con el llanto de una niña oculta tras un fardo de heno ni el rechinar de dientes ajenos bajo la puerta.

Los días siguientes se volvieron monotonía envuelta en miedo. Salíamos por turnos a recolectar agua y troncos, nunca solos, cargando armas improvisadas y cuchillos de cocina. A la distancia, solo humo. Los pueblos quedaban abandonados, igual que los campos de baseball donde jugábamos de pequeños; los supermercados vacíos de alimentos pero repletos de cuerpos. Aprendimos a movernos sin hacer ruido, vigilar cada esquina y cada sombra, a no confiar en nadie más allá del grupo. En algún momento entendí que nunca volveríamos a la casa de mis abuelos; estaba más allá del último umbral de lo seguro.

Una noche, poco antes del amanecer, Ben nos reunió. “Hay que moverse. No seremos más que ratas si seguimos escondidos. En el colegio Jefferson hay una docena de personas más, tienen armas y una radio más potente. Dicen que escucharon señales militares de que evacuarán sobrevivientes hacia el norte, quizá Pennsylvania, si logramos llegar antes de que cierren las rutas.” Mi abuelo estaba en contra; su experiencia le decía que toda concentración de gente atraería a la muerte. Pero mi abuela, con la lucidez de una mujer que ya lo ha perdido todo menos la memoria, dijo: “No podemos vivir solo esperando morir. Hay que intentarlo.”

La travesía al colegio fue nuestro renacimiento, o el último clavo en el ataúd del viejo mundo. Caminando entre cadáveres hinchados y coches abandonados, la realidad se sentía como una mala película de horror. Las aves estaban ausentes; a veces, el viento arrastraba olores de carne podrida y madera quemada. Las carreteras eran ríos de metal oxidado, un laberinto de destrucción silenciosa. Alguna vez pasamos cerca de un pequeño grupo de sobrevivientes —padre, madre, dos niños— armados con un hacha y una barra de hierro. Nos miraron con desconfianza, listos para defenderse. Nadie pronunció palabra.

En el colegio Jefferson, las cosas eran distintas. Unas quince personas, bicicletas reforzadas con placas de metal, armas caseras, y la radio, ese parlante mágico que aún captaba voces de civilización. “Atención zona de Maryland. Aléjense de los hospitales. Si pueden moverse, vayan al noroeste. Coordinen en frecuencias militares treinta y dos y cuarenta y uno…” Era la voz de una mujer, quizá militar, su acento americano teñido de fatiga. Era la esperanza y el miedo entrelazados en ondas sonoras.

Vivimos allí semanas, cobijados tras barricadas de pupitres y estanterías. Entre ataques esporádicos de los muertos y el verdadero peligro —otros vivos con ojos vidriosos y hambreados—, aprendimos nuevas reglas para sobrevivir: no hacer fuego visible, no abrir puertas a extraños, no mostrarse compasivo sin al menos dos testigos. Recuerdo la muerte de uno de los nuestros, Andy, que bajó al patio trasero por leña y no regresó jamás. Nunca supimos si fue mordido o cayó bajo la violencia oportunista de otros refugiados.

La rutina absorbía los días: buscar comida, filtrar agua, escuchar la radio, dormir con armas cercanas, discutir planes de escape. Pero éramos, pese a todo, una comunidad, un refugio de humanidad. En las noches, incluso reíamos, contando historias del mundo que perdimos: partidos de los Orioles, pizzas a domicilio, peleas tontas por amoríos de secundaria.

Lo más duro era no saber si alguien aguardaba del otro lado. ¿Habría aún una madre, un hermano, un futuro menos sombrío que este presente en ruinas? A veces soñaba con la voz de mamá, suave, agotada, repitiéndome “hay que cuidar a los tuyos, sin importar el costo”. Me aferraba a eso, a esa memoria, mientras afuera la civilización se convertía en mito.

El 1 de junio emprendimos la marcha hacia el norte. Los camiones del ejército nunca llegaron. Pero, mientras cruzábamos silenciosamente los campos anegados de lluvias intermitentes, supe que, pese a todo, el instinto de supervivencia nos mantenía en movimiento. Sobrevivir era resistir, resistir era recordar lo que alguna vez fuimos.

Esa fue la lección del fin del mundo: el horror no solo viene en forma de muertos que no saben morir, sino en lo que el miedo le arranca de humanidad a los vivos. Si alguna vez la historia sobrevive, quiero que se sepa: hubo quienes, en mayo de 2020, aún escogieron ayudarse. Aun cuando gritaron en la noche, aun cuando el mundo se desplomaba, algunos aún creían que el mañana podía existir.

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