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Fragmento:


John bajó el arma. Sus ojos repasaron el entorno. Cualquier ruido fuerte y tendrían decenas de cuerpos arrastrándose hacia ellos.

Duración: 11:45

El último invierno de los caminantes
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Texto de ajuste de pausa.

17 de diciembre de 2020

Los copos de nieve caían pesados sobre el suelo de Filadelfia, cubriendo las calles desiertas con un manto blanco y sucio, manchado aquí y allá de marrones, negruzcos y el rojo oxidado que el invierno no podía esconder del todo. El frío era un enemigo antiguo de la ciudad, pero nunca antes había sentido a la escarcha como una presencia viva y hostil, aliada de la muerte y del caos. Las ventanas, rotas en la mayoría de los edificios del centro, no ofrecían defensa suficiente ni contra el aire gélido ni contra los ecos de lamentos o los inhumanos gemidos que surcaban la noche. Sobre la avenida Market, el mundo parecía haberse congelado en un instante de horror.

John Carver se apretó la bufanda contra la boca. Llevaba dos días sin cambiarse de ropa; la chaqueta acolchada estaba manchada de sangre –más ajena que propia, por suerte– y las botas pesaban con la humedad acumulada. Había dejado atrás el refugio improvisado en los sótanos de un centro comercial cuando el generador se apagó y el hedor de los cadáveres se hizo insoportable. Ahora, recorría a pie la ruta hasta el cruce donde, según la radio de algún escuadrón militar perdido, aún quedaban latas de comida y medicinas en las ruinas del hospital universitario.

Avanzaba por la acera, atento al rumor constante que el viento arrastraba desde el sur: era un coro gutural de bocas hambrientas. Se cruzó con el caparazón calcinado de un camión que bloqueaba la carretera, y detrás de él un hombre con chaqueta de plumas, los ojos vacíos y la mandíbula colgante, trataba de levantarse sobre el hielo, resbalaba, volvía a intentarlo, la cabeza ladeada como una marioneta rota. John recordó la advertencia: los zombis se movían más despacio en el frío, pero seguían siendo letales en manadas, capaces de arrastrarse juntos sobre la escarcha como una marea negra y hedionda.

Avanzó con paso rápido, ajustando la mochila. En su interior, sólo le quedaban dos latas de frijoles, una pistola semiautomática con cinco balas y una caja de agua purificadora que había robado a una familia hace dos días. No era el único que había perdido la compasión. Incluso en la muerte, parecía, la gente seguía teniendo hambre.

Giró por la calle Chestnut y se topó de bruces con los restos de una barricada destrozada. Había señales de incendio reciente, bolsas de dormir rotas y la huella de arrastre de algún desafortunado. El humo se disipaba en la brisa, y John se acuclilló tras el esqueleto de un automóvil para escuchar.

De repente, un ruido detrás: pasos torpes sobre el asfalto, muy cerca. Apuntó con la pistola instintivamente, el corazón bombeando adrenalina a todo el cuerpo. Pero no era uno de ellos; era una niña, delgada, con un gorro azul caído, un abrigo de varias tallas demasiado grande y una bolsa de lona arrastrada por el suelo.

Ambos se miraron, el dedo de John aún en el gatillo.

—Tranquilo —dijo la niña—. No quiero problemas. Sólo paso.

La voz era firme, y por un instante, la calle pareció volver a la normalidad de otros inviernos, una civilidad quebrada pero no completamente extinta.

John bajó el arma. Sus ojos repasaron el entorno. Cualquier ruido fuerte y tendrían decenas de cuerpos arrastrándose hacia ellos.

—¿Vas al hospital? —preguntó, apenas en un susurro.

Ella dudó un segundo y asintió, la mirada dura bajo el gorro.

—Rumores —dijo—. Dicen que hay comida. Medicinas.

Las palabras colgaban en el aire como una mentira piadosa. John pensó que si ella estaba en esto, probablemente él no era el primero con quien se cruzaba.

—Vamos juntos —dijo. Era más una orden que una invitación, pero la niña no protestó.

Juntos, rodearon la barricada y avanzaron hasta una intersección poblada por coches abandonados: algunos convertidos en refugios, otros saqueados con violencia. Un papá Noel inflable, medio desinflado y ennegrecido, yacía contra la entrada de un supermercado, una grotesca burla navideña. A la derecha, una señal de tránsito advertía sobre trabajos de reparación, congelada por la escarcha de un mundo que ya no arreglaba nada.

Cuando llegaron a una entrada lateral del hospital, John se detuvo a observar las huellas recientes en la nieve: no todas daban la vuelta, y algunas eran demasiado pequeñas para ser de adultos o zombis en pleno deterioro. Se acuclilló, hizo una seña a la niña: silencio. Ella obedeció, instintiva como un animal salvaje.

Forzaron la puerta. El interior olía a desinfectante rancio y carne podrida. Los pasillos, a oscuras salvo por la luz azulada de la tarde invernal colándose por algunas ventanas, estaban tapizados de sábanas sucias, jeringas esparcidas y bolsas de suero resecas. En la recepción principal, los cadáveres estaban apilados y cubiertos con mantas quirúrgicas. John escuchó el zumbido persistente —como de moscas, aunque con el frío ni los insectos se arriesgaban a vivir aquí.

Se movieron despacio, la niña pegada a la pared. En la zona de pediatría hallaron un carrito de emergencia con analgésicos y antibióticos que parecían sin abrir. John pudo ver sus manos temblorosas al registrar el mueble con dedos entumecidos; la niña extendió su bolsa abierta y él echó los medicamentos dentro. El silencio era absoluto, salpicado sólo por el eco de un quejido esporádico proveniente de las plantas superiores.

—¿Cuál es tu nombre? —preguntó él, en voz baja.

—Ava —respondió ella, clavando en él unos ojos que parecían demasiado viejos para su rostro.

—Yo soy John.

Asintieron como aliados involuntarios.

Subieron al segundo piso por una escalera lateral. John iba adelante, pistola al frente, la linterna temblando entre sus dedos helados. Escuchó el murmullo de una radio estática en alguna habitación cercana, y luego un sonido de arrastre.

—Aquí —siseó, abriendo la puerta de una oficina médica.

Dentro, sólo un maniquí de prácticas médicas, recostado junto a una mesa donde había restos de una consola de radio militar. John encendió la radio; un chisporroteo y luego un breve fragmento de una voz:

“…—garemos el sector, repito, el convoy sale en la madrugada… nueve cero cero… comida limitada, no quedarse atrás…”

La señal se desvaneció. John sintió un escalofrío: ya no eran sólo humanos contra muertos, sino humanos solos frente a la indiferencia de otros sobrevivientes mejor armados y organizados. Se llevó la radio consigo.

La búsqueda continuó. Hallaron una despensa con varias cajas de galletas, jarras de solución salina aún selladas y una mochila pequeña, la de un niño, con dibujos de dinosaurios. Ava la abrió con un temblor de esperanza: un peluche ruinoso y una foto familiar, una mujer sonriendo frente a la Fuente de Love Park.

—¿Eres de aquí? —preguntó John, viendo la emoción contenida en el rostro de la niña.

—Antes… Antes vivía en Fishtown. —Su voz era apenas un susurro de otra época, de otro diciembre—. Ahora estoy donde puedo.

No hubo más que decir. John entendía esa migración del alma: él había tenido casa y familia en los suburbios, pero una noche de mayo aquello se disolvió en gritos y en la marea interminable de los caminantes. Ahora era sólo otro errante.

Regresaron al vestíbulo principal. Afuera la luz menguaba y caía la nieve con más furia. Vieron con alivio que no había señales de cuerpos moviéndose, aunque dos figuras tambaleantes se perfilaban a lo lejos, lentas, obstinadas. Se guarecieron detrás de un escritorio. John le ofreció a Ava una galleta, ella la devoró, y durante un instante compartieron algo más cercano a la humanidad que al miedo.

—¿Adónde vas después? —preguntó John.

—Tengo un sitio en la iglesia de St. Patrick —musitó—. Hay gente. Nos turnamos para vigilar.

Él dudó. Los refugios solían atraer problemas: saqueadores, enfermos, incluso hordas completas. Pero era mejor que la intemperie. Decidió seguirla.

Esperaron el crescendo de los gemidos y los golpes esporádicos en la puerta principal. Al parecer, los zombis, ralentizados por el frío, sólo se agrupaban en la noche más profunda. Cuando creyeron que era seguro, salieron al crepúsculo, moviéndose entre sombras por las avenidas bloqueadas.

Caminaron durante media hora, siempre atentos a los ruidos: un vehículo lejano, algún disparo aislado, el intenso susurro de seres arrastrándose sobre la nieve. Sólo cuando divisaron el campanario de St. Patrick, John pudo respirar. Frente al portón, dos hombres armados con chaquetas militares y armas de caza custodiaban la entrada. Miraron a John con desconfianza, pero Ava los saludó con una señal: tres dedos y luego el puño cerrado. La puerta se abrió.

Dentro, los sobrevivientes se calentaban alrededor de bidones encendidos. Había cerca de veinte personas, jóvenes y viejos, heridos, una madre con un bebé, dos abuelos encorvados. El aire olía a humedad y madera quemada, pero también a sopa caliente. Ava entregó parte de lo que había recogido; compartió una sonrisa vaga con una mujer de rostro ajado.

John se quedó mirando a los presentes. Uno de los guardias, un tipo con la cara marcada por una cicatriz antigua, se acercó.

—¿Sabes disparar? —preguntó, sin rodeos.

—Sí.

—Esta noche podría ser larga. Toma sopa, calienta las manos y luego me ayudas en el campanario. Todavía queda mucho movimiento en el sur.

John asintió y aceptó una taza de sopa rala. Se quemó la lengua pero saboreó el líquido como un manjar de reyes. Notó que Ava se reunía con otros niños alrededor de una viejita que leía en voz alta algo que sonaba como historias para dormir.

En el campanario, John se dedicó a observar la ciudad blanca, quieta y letal. Un par de linternas resplandecían entre los escombros de una calle secundaria; varios puntos de fuego titilaban en lo que antes era un parque. El otro guardia, un latino de unos treinta años, le habló con voz baja y resignada:

—Antes, desde aquí, se veían las luces navideñas de toda la ciudad. Ahora sólo la oscuridad nos rodea.

John pensó en la soledad, en las sillas vacías alrededor de la mesa de Navidad en la casa de sus padres, en los rostros que nunca más vería. Respiró hondo.

—¿Crees que todo esto termine alguna vez?

—No lo sé. Pero si no termina, por lo menos es bueno saber que algunos seguimos aguantando —respondió su compañero, antes de ofrecerle un poco de licor fuerte en una petaca de metal.

Mientras el viento azotaba la torre, John pensó en la niña, en el campamento, en un puñado de humanos compartiendo miedo y esperanza, calor y alimento, bajo la amenaza incesante de los caminantes. Miraba a lo lejos, hacia la ciudad en ruinas, sabiendo que en algún lugar más abajo, una nueva humanidad se fraguaba en esa resistencia anónima y cotidiana.

La noche se cerró sobre Filadelfia, y el último invierno de los caminantes tomaba forma entre las llamas vacilantes y los sueños de los que aún quedaban en pie. Afuera, la nieve seguía cayendo, cubriendo todo de un silencio mortal, pero dentro, por unas pocas horas, la palabra comunidad recobraba sentido. A través de los vitrales, John creyó escuchar canciones en voz baja, o tal vez sólo era su memoria inventando otra vez el mundo perdido. Sostuvo el fusil y siguió vigilando junto al guardia; ambos sabían que la mañana aún podía traer más muerte, pero también —con un poco de suerte—, los primeros signos de la supervivencia.

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