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Fragmento:


Markus Ellis, de cuarenta y tres años, se encontraba en la posición de vigía, una de las más importantes del asentamiento. Había sido profesor de física en un instituto local antes del colapso. Ahora, su tarea consistía en escudriñar el paisaje con un par de prismáticos rescatados del Smithsonian, en busca de cualquier movimiento anómalo. Los zombis todavía rondaban, aunque cada vez en menor número, deambulando como autómatas decadentes. Pero lo que realmente preocupaba a la comunidad eran los grupos de saqueadores. Algunos venían del norte, desde Baltimore, otros simplemente surgían de entre las ruinas, impulsados por la desesperación y la brutalidad aprendida en años de anarquía.

Duración: 11:29

Ecos en Georgetown
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Texto de ajuste de pausa.

15 de Septiembre de 2026

La brisa del final del verano traía consigo un olor persistente a ceniza, humedad y polvo, matices familiares que habían pasado a ser la fragancia del mundo nuevo. Era una mañana clara en los alrededores de Georgetown, Washington D.C., y los rayos del sol se colaban a través de las grietas de las antiguas murallas improvisadas que protegían la comunidad del exterior hostil. A lo lejos, el río Potomac relucía bajo el brillo de la temprana luz, atrapado entre las malezas que devoraban la ribera y los restos oxidados de los viejos puentes que alguna vez sostuvieron el tráfico bullicioso de la ciudad.

Eran tiempos mejores, decían los ancianos y los adultos al contar relatos durante las noches, junto al fuego, cuando los niños escuchaban con ojos curiosos y los más viejos dejaban escapar una sonrisa amarga. Ahora, sin embargo, esa nostalgia se sentía inútil, una cadena invisible que pesaba sobre los hombros de los sobrevivientes. Todos tenían trabajo; si no, la comunidad no duraría ni una semana. La muerte nunca estaba tan lejos como para permitirles el lujo de la ociosidad o el escepticismo.

Markus Ellis, de cuarenta y tres años, se encontraba en la posición de vigía, una de las más importantes del asentamiento. Había sido profesor de física en un instituto local antes del colapso. Ahora, su tarea consistía en escudriñar el paisaje con un par de prismáticos rescatados del Smithsonian, en busca de cualquier movimiento anómalo. Los zombis todavía rondaban, aunque cada vez en menor número, deambulando como autómatas decadentes. Pero lo que realmente preocupaba a la comunidad eran los grupos de saqueadores. Algunos venían del norte, desde Baltimore, otros simplemente surgían de entre las ruinas, impulsados por la desesperación y la brutalidad aprendida en años de anarquía.

Bajo la protección de los muros, la vida seguía una rutina férrea. Los turnos de guardia comenzaban al amanecer y terminaban al atardecer, aunque las noches nunca transcurrían en una serenidad confiable. En el centro de Georgetown, varias casas habían sido reacondicionadas como hogares y talleres. El viejo campus universitario era ahora un centro administrativo y agrícola; las aulas albergaban semillas, herramientas, reservas de agua y los escasos medicamentos que los “recuperadores” lograban traer de expediciones a zonas aún peligrosas.

El día de hoy era especial: llegaría una caravana con sacos de harina y munición desde un asentamiento rural de Maryland, una vez que la radio portátil cobró estática y luego, tras minutos de llamada, emitió la señal acordada. Era el evento de la semana, a veces incluso del mes, y los lugareños se preparaban como si fuera una fiesta. No era solo una cuestión de alimentos o suministros: era la prueba de que la civilización, maltrecha y tambaleante, aún latía en el pecho de los humanos que se negaban a rendirse.

Markus descendió de la torre al relevarlo su compañera Jenna, una joven de veintipocos años cuya piel curtida y ceño severo contrastaban con la inocencia que conservaba en sus ojos cuando sonreía. “Nada en los últimos treinta minutos”, informó Markus, ofreciendo los prismáticos. Jenna asintió y le dedicó una sonrisa fatigada. Ambos sabían que el peligro podía venir de improviso, sin previo aviso.

El tráfico del patio central era constante: niños corriendo, adultos cargando cajas, dos ingenieros ajustando los mecanismos improvisados de la puerta principal, fabricados con piezas de automóviles y tramos de verjas. Mark se detuvo junto a una mujer de cabello canoso y rostro serio, la doctora Carol Thomas, quien revisaba un inventario sentado sobre una caja de medicamentos.

—¿Algo nuevo de la clínica de Bethesda? —le preguntó Markus.

—Recibieron antibióticos hace cuatro días —respondió la doctora, sin apartar la vista del papel—. Ha habido menos fiebre estos últimos días, quizá sea buena señal.

—¿Que hay del grupo que salió a limpiar el barrio del oeste?

—Perdimos contacto hace dos días. Quizá sigan bien. La radio es poco fiable —encogió los hombros y por un instante su mirada reflejó preocupación—. Tal vez deberíamos pensar en ampliar la patrulla, si la caravana trae suficiente munición. Ya sabes que la seguridad es lo que menos abunda.

Markus asintió, sabiendo que las noticias de los grupos de limpieza siempre eran un puñal de ansiedad. Si tenían suerte, encontrarían zonas residenciales despejadas y materiales. Si no, otra placa se sumaría al muro de los caídos, en el rincón de la iglesia redecorada como centro comunal.

Al acercarse la hora señalada para la llegada de la caravana, comenzaron los ajustes estratégicos: cinco hombres y mujeres armados esperaban en la entrada, cada uno con unas cuantas balas distribuidas entre sus armas de fuego y ballestas de fabricación casera. Dos adolescentes revisaban las cercas y los alambres de púas. Markus, por su parte, inspeccionó la motobomba que abastecía el sistema de agua, crucial para la rutina diaria. El rugido del generador era un lujo sonoro que toda la comunidad apreciaba, y las tareas de conservación eran casi rituales.

Alocadas nubes de palomas sobrevolaban el campus, como si presintieran la proximidad de la caravana. Markus se preguntó cómo sería la vida para aquellos que nunca conocieron la normalidad previa, especialmente los niños que corrían y jugaban entre ruinas y huertos improvisados. Su hija pequeña, Lucy, apenas recordaba la escuela y, sobre todo, no temía a los zombies con la intensidad de los adultos: para ella, eran monstruos lejanos, reductos de una historia oscura pero ya lejana. Markus envidiaba esa ligereza.

Cerca del mediodía, un estruendo de motores y el chisporroteo de una radio militar anunció la llegada del convoy. Tres camiones, dos con ruedas dañadas y cubiertas de placas metálicas, avanzaron con lentitud desde la avenida Wisconsin. Se detuvieron ante el portón. La tensión aumentó: todos reconocían el sonido, pero nadie bajaba la guardia. Markus tomó posición en la cobertura del arco, mirando con cautela mientras la puerta se abría lentamente.

Del primer vehículo salió un hombre fornido, con el cabello rapado y el rostro curtido por la intemperie y el peligro. Era Sam Rivera, líder de los comerciantes de Maryland, una figura conocida en Georgetown por haber salvado en el pasado a dos niños de una horda en el mercado de Rockville.

—¡Traemos lo prometido! —saludó con voz potente. Detrás de él, tres mujeres y un joven descargaban bolsas de harina y sacos de grano, además de tres cajas de munición de escopeta y algunos improvisados bidones de combustible.

El intercambio fue rápido y sin sobresaltos; aunque la desconfianza nunca desapareciera del todo, existía un protocolo no escrito de cortesía y comercio justo bajo amenaza de represalias. Durante la breve estancia, Markus y Sam conversaron sobre lo que sucedía más allá del asentamiento.

—Baltimore sigue imposible —dijo Sam, encendiendo un cigarrillo en la sombra de una pared semidestruida—. Hay una horda allá, una verdadera nube de cadáveres. Intentaron desviarla hacia el sur, pero los gritos trajeron más infecciones. Perdimos dos caravanas la semana pasada.

—¿Y por el oeste?

—Grupos nómadas, organizados. No duran mucho cuando atacan asentamientos con defensas, pero pillan caravanas pequeñas. Un grupo grande fue interceptado rumbo a Gaithersburg, apenas escapamos. Dicen que ahora tenemos un “barón de las rutas”, un tal Carter que ha impuesto un peaje mortal entre aquí y Frederick.

La conversación dejó un poso amargo. Markus pensó en cómo, incluso una vez controlada la amenaza mortal de los zombis, siempre retornaba la violencia humana desatada por la escasez y el miedo.

Hora y media después, la caravana se preparó para partir. Habían traído noticias, esperanza y alimento, pero también recordaron la fragilidad del nuevo orden. Markus se dirigió a la granja, una hectárea vacuna de cultivos experimentales en terrenos antes cubiertos por canchas deportivas. Encontró a Lucy junto a su madre plantando semillas nuevas, cuidadosamente guardadas por meses y finalmente dispuestas tras la última limpieza de sector.

—¿Papá, ayudaste a traer comida? —preguntó Lucy, con las manos cubiertas de tierra.

—Ayudé a que entrara en la comunidad —sonrió Markus, arrodillándose a su altura—. Ahora necesitamos más manos para la cosecha de otoño.

Molly, su esposa, le lanzó una mirada cómplice y asintió. En este nuevo mundo, la familia era un núcleo sagrado. Sin ella, no merecía la pena resistir en lugares tan frágiles y hostiles.

El día transcurrió con la calma de la costumbre. Lentamente, todos fueron depositando los productos recibidos en los almacenes y compartiendo las noticias, buenas y malas, que traían los forasteros. En las calles, la gente caminaba con la precaución de quienes han aprendido a sobrevivir a la fuerza. De vez en cuando, un disparo lejano recordaba que la amenaza nunca estaba del todo controlada ni ausente, fuera una bestia decrépita o un humano desesperado.

Al caer la noche, mientras el resplandor naranja del fuego iluminaba el gran patio, Markus se unió al círculo donde compartían restos de pan, risas nerviosas y relatos sobre el progreso en los sectores limpios de la ciudad. Algunos discutían sobre la posibilidad de expandir la muralla. Otros hablaban del comercio futuro, del sueño de recuperar el tren abandonado que atravesaba el estado. Un par de niños jugaban a construir pequeños muros de piedras y ladrillos mientras un adolescente, con una guitarra de seis cuerdas reconstruida con cuerda de tendedero, entonaba melodías fragmentarias, recordando viejos éxitos que apenas recordaba el estribillo.

Markus se inclinó hacia el fuego y observó los rostros a su alrededor, preguntándose si el verdadero enemigo era el hambre, la violencia o simplemente el olvido. Sabía que, aunque los zombis eran ahora una plaga atenuada, el riesgo principal era el colapso del tejido social: la pérdida de la esperanza y la tentación de la saña sobre el prójimo. Los relatos de grupos de saqueadores eran recordatorios de lo rápido que podía desmontarse la frágil estructura de la comunidad.

Cuando la medianoche se aproximó, partió hacia la antigua biblioteca, adaptada como dormitorio familiar. Lucy dormía abrazada a su madre, agotada tras el día de trabajo y juegos. Markus pasó las páginas de un cuento ilustrado, aunque sabía que su hija no necesitaba las mismas historias para dormirse. Dejó el libro a un lado y miró por la ventana. La luna brillaba sobre el Potomac y, en la distancia, las ruinas del Capitolio asomaban como un fantasma del viejo mundo.

En ese momento, pensó en el futuro: en los molinos que algunos ingenieros proyectaban instalar sobre el río, en la posibilidad de reconstruir las líneas eléctricas, en los acuerdos que se tejían entre comunidades para intercambiar productos y noticias. Se preguntó cuánto tiempo pasaría antes de que la amenaza zombie fuera solo un recuerdo ilustrado en los nuevos libros de historia. Soñó, aunque fuera por un instante, que algún día la humanidad recordaría con vergüenza, y no con miedo, esos años de terror y oscuridad.

La vida continuaba, tal vez con más dignidad que antes de la caída. Entre los escombros renacía la esperanza, alimentada por las cosechas, los relatos y la determinación de no volver a ser presas ni de monstruos ni de hombres. Markus apagó la lámpara de aceite, dejando que la noche envolviera la ciudadela. Mañana sería otro día: distinto, peligroso, pero suyo. En Georgetown, sobrevivir era también recordar, reconstruir y, en la medida de lo posible, vivir.

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