Fragmento:
Yo fui uno de los seis seleccionados para escolta avanzada, junto a Tomás, un exmecánico mexicano con el acento diluido por los años, y dos hermanos, los Bishop, famosos por su puntería y por sobrevivir una horda en Belton, ocultos tres días entre los estantes de un supermercado destruido.
Duración: 11:41
12 de febrero de 2028
Los amaneceres en el centro de Texas ya no se parecen a los que conocí de niño. El horizonte, antes naranja y lleno de promesas, ahora está domado por el gris opresivo de una tierra tantas veces pisoteada por muertos y vivos luchando por un pedazo de esperanza. Nadie en mi comunidad recuerda el dulce olor de los desayunos familiares ni la calidez de una radio sonando en la cocina. En cambio, la vida nos enseñó a valorar el silencio y a escuchar el susurro de los pasos—cualquier paso—en el polvo que cubre las viejas carreteras.
Me llamo Gabriel Turner. Nací en Dallas en 1999 y lo último que recuerdo de mi antiguo mundo fue una noche de marzo en que todos pensaron, erróneamente, que era una nueva ola del COVID. Mi padre murió peleando con la Guardia Nacional, defendiendo un hospital tan repleto de infectados como de médicos temblorosos. Veintinueve años cumplí la semana pasada y, en palabras de los ancianos, ya soy viejo para este mundo. Esta mañana, mientras afilaba mi cuchillo cerca de una barricada hecha con restos de autos y vallas oxidadas, me pidieron que acompañara una caravana hasta Temple, una de las ferias de intercambio mejor protegidas de la región.
La caravana salía al amanecer. Siete carros, tres remolques, dos carretas tiradas por mulas y media docena de caballos. Los motores volvieron a ser raros: gasolina, diésel o etanol, cualquier combustible era tan valioso como el pan. Nuestra comunidad almacenaba algo de etanol hecho en un alambique reconstruido y solo lo usábamos para trayectos vitales. Temple tenía semillas, medicinas filtradas y, según algunos rumores, seis cajas de balas del calibre treinta y ocho. Lo que llevábamos a cambio era de todo: sacos de harina, herramientas herrumbradas, frascos de penicilina y una niña de nueve años a la que su familia había perdido camino al norte.
La caravana, como todas, necesitaba un jefe de milicia. En esta ocasión, lo era Clara Henson, una mujer de cuarenta años con manos de granjera y cicatrices de luchadora. Su escopeta colgaba siempre visible al costado izquierdo. De vez en cuando, acariciaba el cañón con una ternura incompatible con la brutalidad que había presenciado. “Esta vez serán tres días", anunció en voz baja durante la última reunión nocturna. “Pasaremos por Waco, bordeando Woodway y evitando el puente sobre el río, demasiado infestado para arriesgarnos. Alguien vigilará cada movimiento.”
Yo fui uno de los seis seleccionados para escolta avanzada, junto a Tomás, un exmecánico mexicano con el acento diluido por los años, y dos hermanos, los Bishop, famosos por su puntería y por sobrevivir una horda en Belton, ocultos tres días entre los estantes de un supermercado destruido.
La noche previa partió fría, el viento barriendo el polvo carbonizado que se pegaba a la piel y olía aún a hueso quemado. Mi madre me regaló una bufanda tejida con restos de mantas “larga vida a los retornos”, rezó como siempre, y me apretó la mano con fuerza. En el mundo viejo, esa despedida sería un ritual cotidiano, ahora podía significar la última vez.
Salimos al alba. Los neumáticos crujieron sobre la grava y los resuellos de las mulas eran interrumpidos por órdenes susurradas. El sol apenas se filtraba entre las nubes, y el primer tramo por la Interestatal fue rápido: la mayoría de los zombis ya estaban dispersos hacía meses, caminando erráticos o atrapados en escombros. Sin embargo, la amenaza real la representaban los vivos.
—¿Cuántos grupos de saqueadores reportaron aquí? —pregunté a Tomás, señalando lo que alguna vez fue un parque de camiones lleno de esqueletos de óxido.
—Los Bishop dicen que dos al norte y uno pequeño al oeste. Pero esos pendejos evitan caravanas grandes. Tiran al blanco fácil, nunca a convoys como el nuestro: mucha pólvora, poca ganancia.
Cruzando la antigua Bryan-College Station, una docena de cadáveres nos observaban desde una zanja, las cuencas de los ojos ahora nidos secos de escarabajos. El deterioro era evidente: los más viejos apenas podían dar un paso antes de desplomarse. Parábamos cada vez menos por culpa de los zombis; el enemigo que acechaba a las caravanas era la traición de los propios hombres.
Recorrimos treinta kilómetros ese primer día, llegando a Woodway con el sol a la baja. Eran casi las seis cuando Clara hizo señas para el primer alto. Un pequeño merendero, olvidado desde hacía años, proporcionó refugio para pasar la noche. Cerca de las 22 horas, nos turnábamos en la vigilancia, y así escuché la historia de Laura, la niña perdida. Había sido entregada por su madre a un grupo de comerciantes que prometieron buscar a su padre en Temple. La niña parecía estar en shock, con una capa de polvo eternamente cubriéndole las mejillas. Alguien intentó consolarla con un trozo de pan duro, pero ella solo apretó el rostro contra sus rodillas y se mantuvo en silencio.
Dormí poco y mal, en parte por el frío, en parte por la incertidumbre. Me despertaron los ladridos de Jones, el perro pastor que siempre acompañaba a los Bishop. Uno de los hermanos, Mark, se levantó rápido, rifle al hombro. A veinte metros divisamos a un hombre solitario, rostro tapado con una bufanda y las manos en alto. Venía sin armas a la vista.
—Anda perdido —susurró Mark—. ¿Lo dejamos acercarse?
Clara decidió interrogar. Se llamaba Freddy, decía venir de la Colonia Flat, otra de las muchas comunidades nómadas que iban de paso, trasladando familias o productos. Pedía agua y una oportunidad para acompañar la caravana a Temple. Los forasteros eran una apuesta arriesgada, pero en nuestros tiempos nadie rechaza ayuda sin mirar primero las manos y los ojos. Clara le permitió marchar con nosotros a cambio de dos horas de guardia extra cada noche y vigilancia mientras los demás dormíamos. Nadie protestó.
El segundo día fue menos tranquilo. Apenas transcurrían diez kilómetros de marcha cuando vimos una columna de humo negra elevándose en el distante horizonte. Una granja al este ardía como una antorcha, llamando a la curiosidad y al temor. Una señal inequívoca: alguien, humano o no, había pasado por allí. Decidimos desviarnos de la ruta marcada, bordeando por caminos vecinales bañados en silencio.
Tomás murmuraba “mejor ser fantasmas que curiosos”, y todos nos mantuvimos en silencio. Entre los surcos cubiertos de maleza, descubrimos huellas frescas: herraduras, botas, ruedas zigzagueantes. En las ramas bajas colgaban tiras de tela manchadas de sangre. Esa noche acampamos en un pequeño claro rodeado de enebros. Los más viejos del grupo contaron historias de otras rutas, de cuando hace apenas ocho años aventurarse significaba enfrentar zombis famélicos. Ahora la noche traía otros monstruos: bandidos, locos, y sectas extrañas que predicaban la llegada de una purga final.
La caravana dormía amontonada por el temor, y varios nos turnábamos con rifles cargados, atentos a cualquier movimiento. Vi a Freddy, el forastero, tallar un trozo de madera para hacer una cruz y colocarla cerca de su manta. En un mundo sin esperanza, los rituales ajenos ya no se juzgan.
El tercer día llegamos a las afueras del antiguo Waco, a un cruce de autopistas enterradas bajo carros enferrumbrados. Temple quedaba a unas veinte millas. El camino, lleno de maleza, fue despejado a base de hachas y voluntades agotadas. Cerca del mediodía, divisamos algo que todos temíamos: restos humanos colgando de un letrero de señalización. Una advertencia. En ese territorio, los grupos nómadas o una de las bandas armadas locales marcaban lo suyo así.
La caravana se detuvo. Clara ordenó inspección por equipos. Yo avancé con Mark y Freddy, manteniendo el fusil bajo, los ojos moviéndose en todas direcciones. No tardó en aparecer el enemigo. Dos disparos secos rompieron la tensión; una bala silbó cerca de mi oreja y se incrustó en la puerta oxidada de una pickup. Respondimos rápido. No sé si matamos a alguien; solo sé que los disparos ahuyentaron al grupo rival. Unos minutos después, todo había terminado y la calma era solo una promesa frágil.
Paramos para curar una herida de Tomás —una astilla envenenada por oxidación— y revisamos nuestras reservas. El miedo se sentía como una nube cerrada. Clara habló poco, solo rezó porque lo peor ya hubiera pasado.
Temple nos recibió a última hora de la tarde, con sus muros de chatarra, sacos de arena y vigilancia armada en todas las entradas. El ambiente era una mezcla de feria y prisión: comerciantes de rostros curtidos, niños corriendo como si la muerte fuera un cuento, mujeres colando café de semilla reconstruida y soldados improvisados revisando cada paquete.
Las ferias eran milagros recientes. Ahí, cada trueque era supervisado por uno de los administradores y el trato se hacía con testigos. Los Bishop cambiaron un saco de maíz por dos machetes y media docena de anzuelos fabricados a mano. Nuestra comunidad entregó los frascos de penicilina y, a cambio, recibió tres sacos de semillas híbridas, dos cajas de balas y medio galón de etanol. Laura, la niña, fue reunida con su padre en uno de los almacenes. Nunca vi llorar a un adulto de esa manera, abrazando a la hija como a un pedazo de vida que creía perdido para siempre.
Esa noche, en Temple, dormí mejor que en meses. La luz temblorosa de una lámpara de aceite prometía un poco de normalidad. Al día siguiente, vi algo que no presenciaba desde la última navidad antes del colapso: dos niños jugando a la pelota bajo la atenta mirada de los soldados de la feria. Por un instante, algo parecido a la esperanza se respiraba en el aire.
En la feria, rumores corrían tan rápido como las balas. Decían que al norte, un grupo experimentaba con la recuperación de trenes, intentando restaurar rutas abandonadas. Que en San Antonio un líder carismático había conseguido reunir a tres asentamientos bajo un mismo código. Escuché la historia de una profesora que organizaba lecturas improvisadas para los niños del refugio, enseñándoles historia y geografía con mapas dibujados a mano y trozos de tiza arrancados de las ruinas de una escuela primaria.
Cuando la caravana inició el camino de regreso, llevábamos menos carga material, pero más sueños. Mientras recorríamos la vieja carretera de vuelta, Clara me habló de sus planes de crear un consejo comunitario, de fabricar una pequeña imprenta en el pueblo, de reunir historias y reglas para la generación nacida bajo el sonido de los disparos y el crujido de los pasos de zombis lejanos. Pensé en los niños, en Laura, en los que crecían con leyendas del viejo mundo y, por primera vez en años, creí que quizá había futuro.
Regresamos sin bajas, aunque el corazón siempre vigilante, las manos dispuestas al disparo y los ojos alertados por el horror exitosamente esquivado. Me senté en la barricada, la bufanda de mi madre aún tibia sobre el cuello, y miré el horizonte. No había humo ni pasos ni gemidos, solo el viento, y un murmullo tenue: los errantes, los nómadas vivos y muertos que cruzaban las tierras arrasadas, buscando lo mismo que nosotros siempre habíamos buscado. Un lugar al que llamar hogar, aunque fuera bajo el constante acecho del olvido y el peligro.
Nunca recuperaremos el mundo que perdimos. Pero, mientras existan ferias, niños jugando y mujeres como Clara dispuestas a liderar, habrá relatos por contar y caminos por andar. El invierno de los errantes nos hará viejos, pero nos queda aún la esperanza de sobrevivir no solo al hambre y a la muerte, sino al olvido de lo que significa ser humano en el filo de la historia.
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