Fragmento:
El amanecer encuentra a la caravana con las ruedas embarradas sobre un asfalto agrietado, allá donde la Interestatal 40 muerde las colinas resecas del norte de Arizona antes de entrar en el que antes fue el legendario estado de Nevada. A cada costado, la autopista es apenas más que una cicatriz gris, pedazos de escombros y arbustos polvorientos, con señales oxidadas colgando como promesas rotas: "Flagstaff 98 millas", "Las Vegas 220 millas". Es 2024 y el mundo, tal como lo recuerda quien lo conoció completo, sólo queda como un rumor en relatos junto al fuego.
Duración: 12:29
29 de julio de 2024
El amanecer encuentra a la caravana con las ruedas embarradas sobre un asfalto agrietado, allá donde la Interestatal 40 muerde las colinas resecas del norte de Arizona antes de entrar en el que antes fue el legendario estado de Nevada. A cada costado, la autopista es apenas más que una cicatriz gris, pedazos de escombros y arbustos polvorientos, con señales oxidadas colgando como promesas rotas: "Flagstaff 98 millas", "Las Vegas 220 millas". Es 2024 y el mundo, tal como lo recuerda quien lo conoció completo, sólo queda como un rumor en relatos junto al fuego.
El calor llega antes que el sol toque el horizonte, pegando las camisas a la espalda. El convoy, formado por tres camiones Ford adaptados, dos viejos autos Dodge y una procesión de caballos de tiro rescatados de alguna granja abandonada, se mueve despacio, midiendo cada metro y cada sonido. Cuidadosamente escoltados por un puñado de exploradores armados —gente dura, curtida, algunos niños con los ojos envejecidos antes de tiempo—, los comerciantes yerran entre la promesa de botín y el temor a las hordas todavía presentes en las ciudades más grandes.
Al frente va Marnie, una mujer de unos treinta años, piel pálida agrietada por el sol. Lleva una escopeta recortada colgando del hombro y un sombrero de paja sobre su rostro huesudo. Fue estudiante en Tucson, soñó con ser paleontóloga. Ya no hay ciencia, ni excavaciones; ahora explora los escombros de moteles y estaciones de servicio buscando, como todos, las piezas para sobrevivir. Dicen de Marnie, en las rutas, que nunca sonríe y nunca baja la guardia. Dicen, de igual forma, que una vez disparó a un hombre y a un zombi con tan solo dos segundos de diferencia y que ninguno volvió a levantarse. Quizás eso ya ni importa.
La caravana sigue su lento avance, el polvo flotando como niebla entre la primera luz. Nadie habla mucho; el ruido puede llamar la atención. Por las noches, se escuchan historias de las hordas que aún infestan Kingman y de los saqueadores que emboscan a los imprudentes. Los más veteranos saborean el terror callado: no temen sólo a los muertos. Saben que en este mundo, la necesidad puede enloquecer a cualquiera.
Hoy cruzarán el río Colorado y, si todo va bien, por la tarde estarán cerca de lo que una vez se llamó Las Vegas. Han oído hablar de un enclave fortificado al este de la ciudad, construido en el esqueleto de un casino. El rumor dice que da refugio a más de doscientas almas, que allí comercian por munición, semillas y botellas de agua filtrada por alguna máquina milagrosa que aún funciona. También han oído los susurros de otra cosa: bandas de saqueadores que guarecen zombis amarrados para soltarlos en mitad de la noche cuando un convoy se acerca. Marnie sabe que nada en este mundo se regala; cada paso se compra con sudor y sangre.
Mientras el sol sube, el calor se hace intolerable y los caballos cabecean. Una vez más, les detienen para comprobar los alrededores. Ben, su compañero y jefe de exploradores, se arrastra hasta una cúspide de roca y escudriña el valle con el catalejo: “Nada. Sólo el eco.” Suelta la palabra casi con alivio. No hay ni cadáveres frescos ni movimiento en la hierba. De todos modos, ordena avanzar con cautela: el peligro aparece rápido, inesperado. Han aprendido que el silencio absoluto puede ser tan aterrador como los gemidos de una horda.
Las horas pasan; la caravana avanza y, de cuando en cuando, encuentran los restos de otras expediciones menos afortunadas: huellas de carros saqueados, cabinas quemadas, huesos desperdigados y manchas oscuras incrustadas en el asfalto. En una curva, descubren el cadáver de un zombi atrapado entre las defensas de un auto blindado, la cabeza chafada bajo una rueda. Ya son raros, piensa Marnie: ropas andrajosas colgando de esqueletos que apenas pueden moverse. La mayoría son más hueso que carne, pero algunos cuerpos frescos aún traen el peligro de la infección. Sabe que basta un mordisco y no importa cuántos años hayan pasado desde el primer caso; el infierno sigue, latiendo en la carne muerta.
Alrededor del mediodía, la caravana se detiene junto a una gasolinería saqueada. El toldo, descolgado, chirría al viento; hay una vieja máquina expendedora tumbada entre charcos de aceite seco y latas abolladas. Los más jóvenes aprovechan para buscar alguna reliquia útil. Marnie se acerca a la entrada, escopeta en mano; dentro, sólo la sombra y el rumor del pasado. Encuentra, milagrosamente, una caja de cerillas intacta y la guarda como oro puro.
Ben, que explora los alrededores con uno de los chicos —Lucas, apenas trece años pero ojos como cuchillos—, vuelve con noticias inquietantes: “Vi movimientos al oeste, junto a la carretera secundaria. Podría ser otra caravana… o una banda.” Marnie asiente. En este mundo, la línea entre amigos y enemigos es delgada. Nadie se confía, aunque compartan el hambre y el polvo.
Avanzan con mayor rapidez; esta vez se organizan en formación cerrada, caballos al centro, los camiones formando un anillo defensivo. Quizás sólo sean falsas alarmas, pero: ¿y si no? Las armas se aferran con mayor fuerza, los rostros se tensan.
Nada ocurre en la siguiente hora. El calor parece espesar la realidad. Marnie mira a su alrededor: colinas peladas, la línea de la autopista disolviéndose en el horizonte. Recuerda los relatos de su abuela sobre los caminos dorados de América, las vacaciones familiares rumbo a la costa; historias que parecen ya cuentos infantiles, plagados de lugares que nunca volverán a existir.
Restan veinte millas al Paso del Lago Mead cuando el primer disparo retumba. Todos se agachan, experimentados: la violencia rara vez avisa más de una vez. Gritos agudos, entre los autos; el caballo de Lucas relincha y se revuelca. Ben grita por la radio militar: "Agáchense, al suelo, todos a cubierto".
Son saqueadores, sin duda; es la táctica más común: esperar agazapados tras una curva, disparar al primero y acorralar al resto. Marnie ruge órdenes, la recortada pesa en sus manos. La caravana responde con fuego contenido, pero eficiente. El estruendo se multiplica en el asfalto, las balas chisporrotean paredes, y el eco parece reírse de su sufrimiento.
En la confusión, surgen formas apresuradas por los matorrales, hombres más que chicos, armados con rifles robados y hachas improvisadas. La lucha es breve, brutal, casi formal. Ben cae de rodillas sujetando su costado; Marnie ve la sangre y, sin pensar, corre hasta él. "Déjalo, sigue disparando", gruñe él sin mirarla. La sangre mancha el suelo y la resolución le cruza el rostro. Sabe que Ben tal vez no llegue a la noche; no hay médicos, solo vendas rancias y antibióticos caducados. No hay tiempo para lamentos.
Cuando el humo se disipa, los saqueadores huyen, dejando a dos de los suyos tendidos, uno apenas moviéndose, medio en trance, mordido por algo imprevisto. Una mordida, un futuro cadáver, quizás, un futuro zombi. Nadie se detiene a rematarlo; ya no es costumbre perder balas así. Lo arrastran al borde del asfalto y lo abandonan al sol.
La caravana hace recuento: dos heridos, ninguno irreparable salvo Ben. El precio no es tan alto como podría haber sido, pero la moral se tambalea. Marnie, manchada de sangre, ordena avanzar. Más adelante, la ley del mundo es simple: parar es morir.
Al llegar al Lago Mead, el espejismo del agua y las ruinas de barcos oxidados les da la bienvenida. Aquí, en uno de los últimos embalses medio útiles del oeste del país, encuentran unas cuantas familias refugiadas en lo que fue un centro de visitantes. Los niños miran la caravana con una mezcla de temor y esperanza. Intercambian un poco de maíz seco y carne salada por antibióticos y algo de pólvora. Nada es gratuito; la solidaridad es un lujo y cada intercambio parece una partida de ajedrez. Marnie compra un poco de agua limpia y escucha rumores: "Hay un tipo en el casino 'Gold Dust', en la franja sur, que organiza caravanas más grandes, incluso rutas seguras a California." ¿Es verdad? Nadie sabe. En este mundo, la verdad es frágil y las mentiras útiles sobreviven más que los buenos consejos.
Esa tarde deciden descansar un par de horas. Ben, pálido y tiritando, la llama con voz baja. "Si no llego… sigue adelante. No te detengas por nadie, Marnie. No aquí." Ella, por primera vez, le aprieta la mano; no hay lágrimas, ni promesas vacías. Sólo la certeza fría de la pérdida.
Al atardecer, la caravana se pone de nuevo en marcha, bordeando campamentos semidesiertos, protección mutua entre desconocidos que intercambian saludos cargados de desconfianza. Pocas palabras, demasiados fusiles, demasiados malos recuerdos de noches emboscadas. Al pasar cerca de la ciudad, desde las colinas lejanas, pueden ver el destello de luces sobre el esqueleto de Las Vegas. Neones viejos alimentados por generadores, señales que titilan y parecen llamar a lo que queda de la civilización.
Pero todos conocen los riesgos. Vegas es leyenda: refugio y trampa. “Quizás mañana —piensa Marnie— lleguemos vivos.”
Esa noche acampan en círculo, formando una fortaleza improvisada con los camiones y los caballos dentro. Alrededor, vigías en turnos de dos horas; nadie se permite dormir demasiado profundo. La luna asciende, desdibujando las ruinas hasta hacerlas oníricas. En el silencio se cuelan las historias: un hombre jura haber visto a su hermana convertida, arrastrándose entre los huesos de Fremont Street; una mujer habla de un convoy entero perdido entre los espejismos de Nevada.
La conversación gira, al fuego tenue, sobre lo que significaba el mundo antes: mercados iluminados, radios con música, el olor del pan recién hecho en madrugada. Los niños escuchan callados, absortos. Saben que son las últimas generaciones que oirán esos relatos de primera mano. Para ellos, el mundo real ha sido siempre alambradas, hambre y armas, el sonido lejano de gruñidos y disparos, las carreras cada vez que un perro ladra o un pájaro se alarma.
Marnie, de rodillas junto al fuego, observa el firmamento. Sabe que puede que sobrevivan mañana, o que el destino de Ben se repita aún antes de que salga el sol. Recuerda los libros leídos a escondidas en la infancia, las promesas de una vida ordenada. Ahora, el “orden” significa saber con quién comercian, saber hacia qué ruinas no viajar, saber dónde acampar y a quién disparar primero. El mundo cambió sin pedir permiso ni avisar, y los viejos valores se volvieron lastre.
Duermen a intervalos. En la madrugada, las llamas titilan y un aullido lejano resuena, desechado por el grupo como el lamento de un coyote. Nadie quiere pensar si es otra cosa. Al alba, la caravana parte a paso ligero; la meta es el casino Gold Dust, y más allá tal vez California, tal vez nada. Pero se mueven porque detenerse es muerte.
Más adelante, la ruta se convierte en escombros. Entre carteles derribados y los restos calcinados de lo que una vez fue un bus turístico, los niños señalan una pintada nueva: “MERCADO — 5 millas, SEGURO”. Debajo, otra mano ha escrito: “NO CREAS NADA”.
Pero ellos siguen, porque ya no hay alternativa. Avanzan entre la luz amarilla de una mañana de desierto, los camiones crujen, los caballos resoplan y la esperanza se mezcla, irónicamente, con la supervivencia —esa dura certeza del mundo nuevo, donde cada amanecer es una victoria y cada paso, una apuesta más en el gran casino de las ruinas.
El convoy avanza, constante, lento, pero siempre hacia adelante. Porque la única ley verdadera ahora es esta: sobrevive y recuerda. Aunque todo lo demás se hunda en el polvo del olvido.
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