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Fragmento:


—Venimos en paz —anunció, alto y claro—. Traemos sal, pólvora, clavos y papel. También traemos noticias.

Duración: 10:55

Los Últimos Invierno
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Texto de ajuste de pausa.

20 de diciembre de 2028

El aire era nítido y de un frío cortante que se arremolinaba entre las murallas improvisadas, levantando cortinas de polvo y nieve a la entrada de Hannity, uno de los nuevos asentamientos al sur de Ohio. Dos guardias protegían el portón principal, envueltos en abrigos remendados y con los rifles colgando pesados sobre sus pechos, apoyándose contra los tablones de roble reciclado. Del otro lado del muro, la vida seguía en un modo tenso y obstinado, como si la humanidad se negara a desaparecer aunque todo alrededor pareciera conspirar para convertirla en un eco.

Maggie avanzó por la calle principal, sintiendo el suelo irregular bajo las botas. El crujido de la escarcha era casi musical, rompiendo la calma del amanecer. Vestía varias capas, todas cosidas a mano por los esfuerzos combinados de las tejedoras: una chaqueta verde militar, un suéter de lana deshilachado y un pantalón oscuro que alguna vez perteneció a un pariente. Llevaba un pequeño cesto de manzanas de aspecto triste, resultado de los milagros de la pequeña huerta protegida del viento por láminas de plástico y vigas recolectadas de casas destruidas.

En el centro del asentamiento, los preparativos para la Feria de Intercambio ocupaban la atención de todos. Era uno de los días más importantes del mes: los transportistas de Cincinnati debían llegar esa mañana con sal, pólvora, unas herramientas sencillas y lo más valioso de todo, papel y bolígrafos. El trueque de alimentos, medicinas y semillas formaba la base de una economía rebosante de desconfianza, y la promesa de esas llegadas convertía a todos en vigilantes y negociadores.

La rudimentaria plaza estaba delimitada por tiendas de campaña, lonas y vigas que alguna vez sostuvieron aulas escolares. Sobre la superficie helada, los artesanos pulían herramientas, las hilanderas contaban hilo, y los niños —pocos, muy pocos— jugaban en silencio, conscientes de la fragilidad de todo lo que los rodeaba. Maggie dejó su cesto en el tablón que haría las veces de mostrador y saludó a Judith, una mujer corpulenta y de melena gris, reconocida por todos como la líder temporal de Hannity.

—¿Viste algo? —le susurró Judith, ladeando la cabeza en dirección al portón, donde los vigías no podían relajarse ni un segundo.

—Solo huellas de ciervo en la nieve —respondió Maggie, sacudiéndose el frío de las manos—. Anoche no hubo señales de zombis. Hoy solo preocupa el hambre.

La conversación fue interrumpida por un tintineo metálico que vibró hasta el campanario improvisado en la vieja biblioteca. Era la señal, un sistema de poleas y latas atadas que solo se usaba para comunicar algo importante. La guardia subó a su torre, alzando un catalejo. Desde ahí, podía ver una caravana acercándose por la vieja autopista 22, los mulos cubiertos con mantas de cemento y los hombres caminando en fila, cubiertos hasta las cejas.

La llegada de los forasteros era siempre un evento colmado de tensiones. Todos sabían que el comercio podía traer tanto esperanza como peligro. No habían pasado ni tres años desde que la Banda de Dayton había asaltado un asentamiento cercano, matando a decenas y llevándose casi todo. Nadie podía bajar la guardia; ese era el secreto de la supervivencia.

—¡Están aquí! —gritó un niño, corriendo entre los puestos—. ¡La caravana de Cincinnati!

Maggie sintió un suave alivio. Los de Cincinnati eran conocidos. Habían intercambiado semillas, balas y sal varias veces y, aunque mantenían siempre un aire de superioridad, también respetaban las reglas tácitas del nuevo mundo.

Mientras el grupo avanzaba por la calle principal, Maggie observó con atención: tres mulos cargados, dos carretas, seis adultos armados y dos adolescentes. Un hombre delgado, barba larga y chaqueta azul, avanzó primero, las manos a la vista.

—Venimos en paz —anunció, alto y claro—. Traemos sal, pólvora, clavos y papel. También traemos noticias.

Judith salió al frente y sostuvo brevemente su mirada. Entre grupos se intercambiaba un ritual de respeto: las manos abiertas, el saludo con las palmas en alto y el cruce de brazos sobre el pecho. Había que demostrar la ausencia de armas en ese instante crucial.

—Sean bienvenidos a Hannity —dijo Judith con la voz firme—. ¿Qué noticias?

El hombre asintió, bajando la mirada. —Hubo un ataque al norte, dos núcleos pequeños borrados por una horda. El frío ayuda, los mantiene lentos, pero aún hay focos. Lo peor fue un grupo de saqueadores, al oeste de Dayton. Mataban sin preguntar. Dicen que buscan libros... y niños.

Un murmullo recorrió la plaza. Maggie sintió una punzada en el estómago; pensó en sus propios hijos, en los de los pocos sobrevivientes del pueblo. Ahora, más que nunca, el peligro humano era tanto o más mortífero que los zombis. Los monstruos andaban erguidos sobre dos piernas, armados y organizados.

A pesar del temor, la transacción tenía que seguir. Sacaron los tablones de intercambio, revisaron los objetos uno por uno: sal por bocados de manzana y calabaza seca, pólvora por herramientas de hueso, clavos por una docena de conservas rescatadas. Maggie preguntó por los bolígrafos, que para ella valían más que el oro.

—Tenemos cinco —dijo el hombre de la caravana—. Todos funcionan, lo juro.

Los probó sobre una hoja arrugada: el trazo azul, firme. Maggie cambió por uno una pequeña linterna y dos parches de cuero. Sabía que esa tinta podría convertirse en cartas, registros, incluso poemas. El pueblo, desde hacía semanas, estaba intentando escribir un diario colectivo para no olvidar. Nadie quería que el horror y la esperanza quedaran solo en la memoria de los ancianos.

Al rato, la plaza se llenó de charlas. Maggie se acercó al fogón donde varios se reunían a tomar algo caliente; el vapor de las ollas tejía volutas entre las caras curtidas.

—¿Has visto el mercado de Chillicothe? —preguntó uno de los forasteros—. Trescientos, tal vez cuatrocientos vivos. Tienen molino, aprendieron a hacer ropa nueva con urdimbres de plástico y conservar semillas en cámaras subterráneas.

—Oí que repelen zombis con ruido constante, campanas eléctricas —agregó otro—. Lo malo es que atraen a bandidos. Pero prosperan... casi como una ciudad de antes.

Maggie cerró los ojos un instante y se permitió soñar. “Como una ciudad de antes” era una frase peligrosa; invitaba a la nostalgia, pero también a la esperanza de reconstrucción. Algún día, pensó, ¿sería Hannity también así? Lo cierto es que estaban aprendiendo: los errores se pagaban con la vida, las pequeñas victorias se celebraban como triunfos imposibles.

El sol apenas emergía tras el silo derruido, cuando la tensión volvió a adueñarse del ambiente. La centinela bajó del puesto corriendo.

—¡Movimiento en el bosque! —gritó—. Siete figuras. Vienen del este.

En el silencio posterior, todos supieron qué hacer. Los arcos y rifles de caza se prepararon en segundos, la gente agrupó a los niños y los ancianos se refugiaron en la escuela vieja, que hacía las veces de fortaleza. Judith pidió calma, pero todos estaban preparados. Siete figuras podía significar forasteros honestos… o carroñeros armados.

Maggie, armada con un viejo revólver casi sin balas, ocupó su lugar junto a la barricada de troncos. El aire parecía vibrar cuando las figuras se hicieron visibles: cinco adultos y dos muchachos, despojados, sucios, con los brazos arriba.

—¡No buscamos pelea! —gritó uno, la voz quebrada—. Venimos de Cambridge. Los zombis arrasaron nuestro campamento. Tuvimos que correr... Por favor, ayuda.

Judith levantó una mano; la línea de defensores mantuvo el pulso. Algunos ajustaron las miras, otros aguzaron la vista. Eran tiempos donde la compasión y la desconfianza chocaban a cada instante. Nadie olvidaba la tarde, dos inviernos atrás, en que abrieron la reja para unos sobrevivientes y esa noche murieron seis vecinos en un asalto planeado.

—¿Alguno está infectado? —preguntó Judith.

—No, lo juramos —dijo la mujer que avanzaba con un pañuelo sucio—. Revisen a los niños primero, por favor.

Maggie observó detenidamente: ojeras, piel enrojecida, rostro afilado más por el hambre que otra cosa. No había rastros del andar errático ni de la piel gris ceniza de los zombis, ni tampoco señales de heridas recientes. Tras una rápida inspección, se permitió respirar.

Judith aceptó. Abrieron el portón solo lo suficiente para que pasaran uno a uno. Los extranjeros se dejaron revisar, incluso los despojaron de mochilas y ropas gruesas. Lloraron de alivio al pisar la seguridad de las murallas. Nadie celebró; bastaba con el silencio cómplice de la supervivencia.

Ya entrada la tarde, los nuevos huéspedes recibieron pan duro, algo de sopa y un rincón de la escuela donde dormir. La plaza, aliviada de la tensión, volvió a su ritmo de trueques y charlas.

Maggie escribió en un trozo de papel: “Hoy salvamos siete vidas, y quizás algo más. Este invierno será largo, pero estamos juntos. Cada palabra que escribo es un testimonio de que seguimos siendo humanos.”

Las estrellas asomaron tímidas esa noche. En el horizonte, la silueta de la autopista, rota y silente, parecía un recordatorio de todo lo perdido. Sin embargo, entre las murallas de Hannity, el calor de la cocina y las risas breves de los niños presagiaban que, quizá, la humanidad podía encontrar su lugar, aún entre ruinas y fantasmas.

La caravana partió al amanecer, dejando tras de sí promesas de regreso y un sentimiento extraño de hermandad. A lo lejos rugió el aullido de una horda, debilitada pero letal. Los vigías encendieron alarmas sonoras, una última confirmación de que la amenaza seguía sin desaparecer.

Maggie se prometió, mientras repartía el desayuno, que escribiría más. Había que dejar constancia: no solo del horror, sino también de las tardes claras y de los días en que el trueque, la compasión y el coraje lograban sobreponerse al miedo. Había que dejar memoria para los que vendrían después, para que cuando todo esto pasara a la bruma de las viejas historias, alguien pudiera recordar que, incluso al borde de la extinción, la humanidad buscó siempre nuevas formas de sobrevivir, de reconstruir y de amar.

La noche cayó temprano. Pero adentro de Hannity, entre los muros, la vida continuaba —terca y luminosa—, bajo el manto del último invierno.

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