Fragmento:
Anna bajó la escalera rápidamente. Al llegar al portón principal, recordó activar el walkie-talkie en el canal de señales. Se oía una melodía de silbidos: código amistoso. Respondió con otro silbido, metros más allá del portón. La caravana se detuvo a 50 metros, levantando aún más polvo.
Duración: 11:15
15 de Noviembre de 2026
El viento otoñal barría con violencia la entrada de la fortificación de New Hope, antes conocida como los restos del pequeño pueblo de Marion, en Kansas. Los campos, recién cosechados, se extendían amarillentos por kilómetros más allá de los muros improvisados, hechos de remolques volcados, vehículos desmantelados y estacas gruesas, coronadas con cuchillas y alambres. Era el mediodía, pero el sol apenas lograba filtrar los jirones de nubes grises que amenazaban con lluvia.
Anna revisó el dial de su walkie-talkie por tercera vez en la última hora. En el canal 7, frecuencia asignada a la vigilancia y patrulla exterior, una voz débil rompía de vez en cuando el silencio estático del aparato. Era fácil aferrarse a ese chisporroteo como si fuera un verdadero lazo humano, porque aparte de la comunidad visible, los contactos eran escasos y la distancia, a menudo, letal.
“Siete a Centinela. ¿Algún movimiento en la ruta sur?”
Era la voz de Jerry, su compañero en la torre oeste, el chico más joven de la ronda, recién llegado de un asentamiento derrumbado al este de Wichita antes del verano. Anna presionó el botón.
“Aquí Centinela. Sin señales, solo aves. El grupo de recolección debería volver antes del anochecer.”
El crujir en la radio fue seguido de una respuesta, susurrada.
“Recibido. Hay algo de ruido en el campo de maíz, no confirmo si humano o animal. Estaré alerta.”
Anna miró la carretera polvorienta por la mirilla. Años atrás, ese sendero era transitado por interminables trailers. Ahora, tras el colapso, solo pasaban caravanas protegidas por armados, cuando se atrevían. El resto del tiempo, era una frontera borrosa entre la seguridad del asentamiento y el salvajismo exterior: las hordas zombis menguantes, sí, pero igual de peligrosos los saqueadores y paramilitares errantes.
El canal 2 del walkie-talkie comenzó a emitir intermitencias. Anna sabía que esa frecuencia estaba reservada para las alarmas internas. Dudó un instante, pero giró el dial y escuchó.
“Centinela, aquí Comando. Se aproxima una nube de polvo al sureste. Posible caravana. Preparad identificación. Cambio.”
“Recibido, Comando,” respondió Anna, volviendo rápidamente al canal 7. Sus dedos temblaban apenas, mezcla de adrenalina y frío.
***
El mundo había cambiado tanto en los últimos seis años que, a veces, Anna sentía que nunca había existido la vida anterior. Sí, recordaba la escuela, los supermercados, el teléfono móvil. Pero, después de la pandemia y la lenta e implacable caída de la civilización, todo se había convertido en aprendizaje acelerado o muerte asegurada. Ahora, el walkie-talkie era más valioso que cualquier móvil: batería más fácil de recargar, alcance directo y, lo más importante, casi invulnerable al “ruido digital” que había arrasado los viejos sistemas de comunicación.
La comunidad de Marion—New Hope desde que el primer concilio de sobrevivientes decidiera renombrarla un año atrás—agrupaba a 214 personas, de acuerdo con los últimos registros, y seguía creciendo. Los niños jugaban bajo vigilancia armada, los viejos enseñaban agricultura y defensa, y cada adulto llevaba consigo una radio en el cinturón. La consigna era simple: sin comunicación, no había supervivencia.
A lo lejos, en ese instante, la nube de polvo comenzó a tomar forma. Anna ajustó el visor militar encontrado hacía meses en una casa abandonada. Contó tres vehículos: el primero parecía un viejo camión Chevy reforzado, el segundo un Jeep cubierto de placas metálicas, y el tercero una camioneta marcada con una franja naranja—a menudo señal de comercios itinerantes.
“Comando, aquí Centinela. Tres vehículos, uno marcado como caravana comercial. No identifico amenazas, pero dos de ellos llevan ametralladoras en el capó. ¿Procedo con señal de bienvenida o protocolo de defensa?”
El canal chisporroteó. Tom, el jefe de seguridad, respondió con voz firme y pausada.
“Recibido, Centinela. Procede con bienvenida, pero mantén alerta roja. El retén sur está listo. Si hay hostilidad, usa clave Delta Cero.”
Delta Cero era el código para el toque de alarma general: todos a sus puestos, arcos y rifles preparados, cero margen de confianza.
Anna bajó la escalera rápidamente. Al llegar al portón principal, recordó activar el walkie-talkie en el canal de señales. Se oía una melodía de silbidos: código amistoso. Respondió con otro silbido, metros más allá del portón. La caravana se detuvo a 50 metros, levantando aún más polvo.
El líder asomó una bandera blanca atada a un bastón de escoba. Anna reconoció las insignias bordadas: grupo viajero de Topeka, famosos por su comercio de medicinas y pólvora. El líder, un hombre enjuto de barba canosa, levantó ambas manos.
“¡Venimos en paz! Buscamos intercambiar medicina y herramientas. No traemos heridos ni infectados.”
Anna presionó el botón de su radio y transmitió, mientras la puerta era abierta solo lo suficiente como para permitir el paso de la primera camioneta.
“El grupo comercial de Topeka solicita entrada. Sin señales de hostilidad. Procedo según protocolo de mercado.”
Dentro de las murallas, la Plaza era una explanada protegida donde los trueques se realizaban bajo la atenta mirada de las milicias. En ocasiones, surgían peleas o trapicheos ocultos, pero la ley del asentamiento era clara: quien provocara violencia, era expulsado y expuesto al exterior durante dos días. Pocos sobrevivían al exilio.
Con el cielo tiñéndose de rojo por el sol que descendía, Anna se permitió un respiro. Sabía que el intercambio sería beneficioso: New Hope estaba escasa de sulfatos y jeringas, y la caravana siempre traía algo útil a cambio de alimentos deshidratados y munición artesanal.
“Canal 7, aquí Centinela. Todo bajo control, podemos relajar vigilancia este y sur,” avisó Anna en el walkie, recibiendo confirmaciones de cinco centinelas en diferentes puntos, todos jóvenes, todos armados, todos viejos en la guerra contra la muerte.
***
Ya caída la noche, la Plaza bullía con vida. El intercambio comenzó. Anna, como encargada de comunicaciones, se posicionó junto a la mesa central, donde Tom y el representante de Topeka ajustaban precios. A su lado, el walkie era una prolongación de su mano, y de vez en cuando anotaba mensajes en una libreta que llevaría luego al registro diario.
“Tenemos un problema…” dijo Jerry, llegando apresurado.
El muchacho sostenía su radio con fuerza y, al ver la llegada de Anna, le entregó el aparato.
“Oí esto hace diez minutos en el canal de emergencia—alguien pide auxilio a unas millas al este. Dice que lo persiguen saqueadores, tal vez quieren dirigirse acá.”
Anna ajustó el canal. Entre crujidos y estática, se escuchaban palabras entrecortadas.
“…repetimos: somos dos, tenemos un niño… los siguen… ruego ayuda… coordenadas, repito, coordenadas…”
“No podemos ignorarlo,” dijo Anna. “Si están cerca, tal vez los saqueadores no hayan visto nuestra caravana. Pero si los ayudamos, nos exponemos.”
Tom, el jefe, sopesó la decisión en silencio. Los ojos en la Plaza se posaron sobre él: decisiones de vida o muerte, como a diario.
“Formaremos un equipo de reacción. Anna, Jerry, seleccionen dos voluntarios. Salgan en el Jeep. Solo radio, sin disparos, a menos que sea imprescindible. Si es una trampa, retrocedan. Anna, tú lideras.”
Anna asintió, reuniendo a Jerry y dos miembros más armados. Montaron en el Jeep, equipo completo: cada uno con un walkie, linternas rojas, rifles y machetes. La puerta sur se abrió despacio. El aire frío les golpeó el rostro.
“Anna a Comando. Partimos hacia cuadrante este, canal de emergencia abierto. Cambio.”
Las luces del asentamiento se alejaron.
***
Avanzar en la oscuridad era siempre arriesgado. El Jeep, lentísimo para no levantar más polvo, se guiaba por el mapa que Anna trazaba en la mente. El niño que pedía auxilio en la radio había mencionado un viejo granero. El grupo avanzó hasta divisar, a lo lejos, una débil linterna moviéndose nerviosa.
Oscultando con la radio, Anna envió tres cortos toques: “¿Están ahí? Somos del asentamiento, no disparen, ayuden a confirmar su identidad.”
Una voz temblorosa respondió:
“Somos nosotros… madre, hijo y tío, escondidos tras el tractor. Por favor, corran…”
En ese instante, una ráfaga de disparos cortó la noche desde el bosque cercano. Jerry activó el walkie, transmitiendo alarma por el canal de defensa.
“¡Nos atacan! ¡Saqueadores a las 3, cubran avance!”
El Jeep respondió con los faros y Anna disparó una bengala. Los saqueadores, entre sombras, abrieron fuego, pero la milicia de New Hope estaba entrenada y, tras un breve tiroteo, lograron evacuar a la familia a la parte trasera del vehículo.
“Anna a Comando. Heridos leves, saqueadores repelidos. Estamos volviendo.”
Al regresar, el encuentro fue melancólico: la mujer y su hijo abrazados bajo las luces de la Plaza, envueltos en mantas, la pequeña comunidad reunida como si celebraran el rescate de alguien que, un día, podría ser cualquiera de ellos.
***
Esa noche, cuando la calma retornó a New Hope, Anna subió a la torre y sintonizó el walkie en la frecuencia menos utilizada de todas. Era un canal donde, a veces, los asentamientos lanzaban historias, canciones, promesas o simplemente preguntas al éter oscuro, con la esperanza de que en algún lugar, alguien respondiera.
Dejó el botón apretado y habló alto y claro:
“Aquí New Hope. Otro día más. Resistimos. Si hay alguien escuchando, no pierdan la esperanza.”
Una chispa de estática. Silencio.
Entonces, una niña de unos ocho años, una de las rescatadas, se acercó y preguntó:
“¿Por qué siempre hablas al aire si nadie responde?”
Anna sonrío, dándole el walkie.
“Porque en este mundo nunca sabes quién puede necesitar una voz. Algún día, alguien responderá.”
La niña apretó el botón.
“Aquí New Hope… Somos familia. Cambio y fuera.”
En la distancia, desde alguna parte del continente arrasado, una voz anónima, lejana, apenas audible, respondió majestuosamente:
“Esperanza… recibida. Ustedes también son familia. Cambio y fuera.”
Fue apenas un murmullo sobre la chispa del universo, pero suficiente para que la noche pareciera menos oscura. O tal vez, pensó Anna, suficientes para recordar que mientras existan voces, habrá vida.
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