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Portada del relato El eco del acero
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Fragmento:


—Cada vez menos. Los antiguos apenas aguantan un verano más. Pero si muere alguien hoy, vuelve a empezar el ciclo. No te confíes.

Duración: 10:15

El eco del acero
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Texto de ajuste de pausa.

2 de julio de 2027

El sol del verano pintaba la vieja carretera secundaria de Dakota del Norte de un color naranja abrasador. Las grietas entre el asfalto, llenas de maleza y raíces indomables, recordaban que la naturaleza había reclamado terreno en los años oscuros. Delante de lo que una vez fue una señal de límite de velocidad, ahora convertida en un mudo tablón de anuncios con órdenes militares y avisos de tráfico de zombis, avanzaba Amy Hensley a paso rápido pero constante.

Amy tenía treinta años —la mitad vividos en el anterior mundo, la otra mitad en la era de los muertos—. Su mochila chirriaba con el peso de las latas, un rudimentario botiquín y, bajo todo, un paquete de semillas sellado al vacío que era su mayor tesoro. Llevaba un machete en el cinturón y, sobre el hombro, la silueta curtida de una escopeta recortada.

No caminaba sola. Su hermano, Theo, la seguía a poca distancia, empujando una bicicleta a la que le faltaba la cadena y las ruedas ya solo servían para acarrear bidones y herramientas. Tenía quince años, los ojos cansados y las manos ásperas de tantos inviernos defendiendo barreras, limpiando los campos de muertos y cultivando la tierra dura de las afueras de Bismarck.

El objetivo del día era claro: llegar antes del anochecer a la ciudadela de Minot, uno de los asentamientos más grandes y antiguos de la región. Desde que los asentamientos habían logrado limpiar algunos sectores de zombis, las caravanas eran más frecuentes, pero los caminos no estaban exentos de peligros. Amy no confiaba en los saqueadores ni en las bandas que aún, años después, probaban suerte atacando a viajeros.

Llevaban caminando cuatro horas cuando vieron el primer cadáver. Era un zombi, sí, pero tan deteriorado que el cráneo parecía una calabaza ahuecada. Amy se acercó despacio, abriendo paso con el extremo del machete. El cuerpo se arrastraba por la cuneta, incapaz de hacer más que emitir un gemido sordo y extender una mano que apenas tenía dedos. Theo lo observó con desprecio y lástima.

—¿Crees que quedan muchos como este? —preguntó él.

Amy negó.

—Cada vez menos. Los antiguos apenas aguantan un verano más. Pero si muere alguien hoy, vuelve a empezar el ciclo. No te confíes.

Theo asintió, desviando la mirada hacia el horizonte, por si alguna silueta se movía entre los árboles. De fondo, un viento caliente traía el olor de pasto cortado y tierra. Amy recordó sus clases en la vieja escuela, antes de que todo cambiara. Recordó aquel miedo primitivo cuando los teléfonos dejaron de sonar y los padres cerraban puertas con doble tranca, cuando los gritos de la tele eran reemplazados por el silencio de la muerte caminando en la calle.

Minot surgía al final de una pronunciada cuesta, replegada tras muros de madera y chapa, reforzados con alambre de púas y torres improvisadas. Antes, Amy pensaba que sería imposible reconquistar una ciudad entera. Ahora, tras años de trabajo, sangre y miedo, las zonas limpias creían día a día. Las comunidades rodeaban plazas, antiguos supermercados y fábricas. Algunas casas tenían huertos plantados sobre asfalto, otras gallinas, corrales, invernaderos hechos con retazos de plástico.

Un guardia les hizo señas desde una torre.

—¡Alto! ¿Quién va?

Amy alzó ambas manos, una señal antigua de supervivientes.

—Amy Hensley, del asentamiento Souris Bend. Venimos por la feria.

El guardia, un joven con uniforme raído y un rifle de cerrojo, consultó una libreta. Tras unos minutos y una revisión superficial —buscaban fiebre, heridas sospechosas, signos del mal—, les dieron acceso.

Dentro, el bullicio recordaba, a veces grotescamente, el de una antigua feria de pueblo. Pabellones improvisados de madera exhibían productos: sacos de grano, animales vivos en jaulas, herramientas de labranza, viejos manuales de supervivencia impresos artesanalmente, armas de fuego reconstruidas pieza a pieza. Niños jugaban en la sombra de una pickup antigua, transformada en columpio. Aromas de pan cocido y carne asada flotaban sobre la plaza, mezclados con el inconfundible olor a humanidad sudada.

Theo se detuvo ante un puesto donde un anciano enseñaba cómo afilar cuchillas y forjar puntas de flecha. Amy, sin perder el tiempo, buscó a Greta, la líder del comité organizador de Minot. La encontró supervisando uno de los nuevos proyectos del asentamiento: una pequeña imprenta tomada de restos de una escuela secundaria. Unos jóvenes la hacían funcionar con una dinamo de bicicleta —otra señal de cómo los años habían obligado a reaprender los oficios perdidos.

—Amy —la saludó Greta, con una sonrisa franca, poco habitual en tiempos así.

Amy depositó el paquete de semillas frente a ella, despacio.

—Banco mundial de semillas —dijo, repitiendo lo que rezaba aún, borroso, el envoltorio—. Maíz, alubias, calabazas, trigo abril… No se han abierto. Quiero cambiarlo por herramientas y quizás algo de penicilina. Y que nos dejen quedarnos a dormir en algún establo.

Greta cogió el paquete con ambas manos, casi religiosa.

—Quizás pasemos de labradores a nuevos constructores del mundo —comentó, girando la bolsa, a la luz—. Los comerciantes que vinieron el mes pasado lo mencionaron. ¿Dónde la encontraste?

—En la vieja estación de investigación agraria. Un banco subterráneo. Estaba protegido por cemento. Todavía quedaban algunos zombis en el nivel superior, pero eran lentos. —Amy miró a Greta a los ojos, directa—. ¿Qué hay de las caravanas? ¿Van al este?

Greta suspiró.

—Al este han limpiado Fargo y algunos barrios de Grand Forks. Los feriantes han traído noticias: las alianzas del sur tienen ejército y milicias regulares, y los bandidos de la vieja Interestatal ya no rondan tanto. Pero al oeste… Montanas llenas de errantes, y algunos grupos de saqueadores. Dicen que un grupo grande cruzó Missouri la semana pasada.

Amy asintió, tomándose un respiro. Había recorrido caminos demasiado peligrosos para dejarse abatir ahora. Se permitió observar el ambiente. Vio a los niños jugando, jóvenes entrenando con escopetas antiguas, una mujer enseñando cifras en una pizarra —escuela improvisada, aunque llena de esperanza—.

Greta le tendió una bolsa con herramientas: azadas, cuchillas, tornillos, clavos. También unos frascos, sellados lo mejor posible.

—Penicilina. No es mucha, pero lo suficiente para algunas infecciones simples. No podemos permitirnos perder a más niños. Y, si quieres, podéis quedaros en el salón comunitario. La noche parece tranquila, pero nunca se sabe cuando una horda se despista.

Mientras Theo cambiaba la rueda del remolque y disfrutaba de un plato de avena caliente, Amy paseaba por la feria, interiorizando la rutina de los días actuales. Un tiempo atrás, las ferias eran trampas: lugares donde bandidos fingían comercio para asaltar a desprevenidos. Ahora, si alguien robaba, la comunidad entera lo buscaba para impartir justicia sencilla, imparcial, rápida. Los supervivientes habían aprendido el precio del orden.

En una mesa cercana, comerciantes de otros asentamientos discutían el precio de la pólvora fabricada artesanalmente en los talleres periféricos. Un herrero exhibía martillos y clavos nuevos, producidos con chatarra derretida en hornos rudimentarios. El trueque regía todo: comida a cambio de herramientas, medicinas por información, semillas por protección.

Amy oyó el nombre de un líder lejano —Maxton, de la ciudadela Lewis— al que algunos empezaban a llamar "rey", una palabra prohibida años atrás. Sabía que los tiempos estaban cambiando. Las rutas largas volvían a ser transitadas. Los zombis, aunque peligrosos en ciudades abandonadas, ya no eran el mayor temor. La cultura humana empezaba a brotar como hierba entre las grietas del apocalipsis.

Al atardecer, la comunidad fue convocada por el sonido de una vieja campana de iglesia. Greta subió a una tarima improvisada para leer los anuncios del día: rutas despejadas, nacimientos registrados, alertas sobre cazadores furtivos al sur. Un joven, de no más de dieciséis años, se ofreció voluntario para vigilar la entrada oeste. Amy vio en sus ojos la mezcla de miedo y orgullo que ella había sentido un millón de veces, desde la primera vez que blandió un bate de béisbol contra un muerto viviente.

Cuando llegó la noche, los muros resonaban con el eco metálico de ventanas aseguradas, cadenas y refuerzos de última hora. Amy y Theo se acomodaron en el salón comunitario, junto a otros viajeros. Pronto, el canto de grillos se sobrepuso al murmullo de voces y risas discretas.

Theo, tapado con una manta áspera, preguntó en voz baja:

—¿Crees que mamá y papá estarían orgullosos?

Amy se quedó en silencio un momento. Recordó la noche en que, hace años, sus padres los enviaron fuera, justo antes del gran brote que arrasó su pueblo. Pensó en las promesas que hizo, las veces que tuvo miedo de fallar.

—Sí, lo estarían —respondió finalmente—. Porque no nos rendimos. Porque seguimos plantando y enseñando. Porque, aunque el mundo no vuelva a ser el mismo, al menos habrá uno nuevo.

Esa noche, Amy durmió profundo. Soñó con campos dorados de maíz y trigo, con niños riendo bajo el sol, con una carretera que no llevaba al abismo, sino a la reconstrucción. Cuando despertó, el murmullo de la ciudadela era el de un enjambre de almas que, unidas por el horror, ahora tejían los cimientos torpes pero fértiles de la esperanza.

Fuera del asentamiento, la carretera seguía abierta, obstinada, esperando ser hollada por otras botas, otras ruedas, otras historias aún por escribir. El mundo seguía siendo un lugar peligroso, sí, pero en las murallas de Minot resonaba, al fin, el eco tímido de un futuro posible.

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