Fragmento:
La nieve caía en silencio sobre los campos sin labrar de Dakota del Sur, dibujando una alfombra blanca sobre los restos carcomidos de cercas y tractores oxidados. El viento cortante traía el ulular lejano de lobos, aunque, a veces, se colaba entre los graneros y arrastraba también los ecos de otros depredadores que rondaban la región: zombis desvencijados y las escuetas voces de amenazas humanas. Detrás de las ventanas de un antiguo colegio rural, convertido ahora en refugio, Dallas Evans agachaba la cabeza sobre una lámpara de keroseno y revisaba por enésima vez su lista de inventario.
Duración: 12:34
15 de enero de 2022
La nieve caía en silencio sobre los campos sin labrar de Dakota del Sur, dibujando una alfombra blanca sobre los restos carcomidos de cercas y tractores oxidados. El viento cortante traía el ulular lejano de lobos, aunque, a veces, se colaba entre los graneros y arrastraba también los ecos de otros depredadores que rondaban la región: zombis desvencijados y las escuetas voces de amenazas humanas. Detrás de las ventanas de un antiguo colegio rural, convertido ahora en refugio, Dallas Evans agachaba la cabeza sobre una lámpara de keroseno y revisaba por enésima vez su lista de inventario.
El “colegio por la Esperanza” –como lo llamaban las veinte y siete almas que lo ocupaban– sobrevivía a base de trueques, cazas y lo poco que quedaba del almacén original de la granja Pinkerton. Su radio militar chirriaba en la frecuencia de emergencia, escupiendo estática y mensajes entrecortados de comunidades asentadas, aisladas por colinas cubiertas de nieve y caminos que nadie se atrevía a cruzar durante la noche. El generador, celosamente alimentado con el último bidón de gasolina, sólo encendía tras la puesta de sol; las baterías solares servían de poco bajo la espesa neblina invernal.
Dallas suspiró. En pocos minutos debía reunirse con el consejo del refugio. Desde la víspera, la tensión reinaba. El convoy con medicinas no había llegado y una tos amenazadora recorría los dormitorios más fríos. También le preocupaba el destino de Annie, la joven que comandaba una pequeña caravana desde Pierre, ciudad fantasma tomada por zombis y los saqueadores que quedaban. En el papel de líder, Dallas no podía permitirse flaquear, aunque la fatiga colgaba sobre sus hombros como una manta mojada.
Salió al pasillo alumbrándose con la lámpara. Las baldosas estaban agrietadas y los colores infantiles de los murales resultaban grotescos bajo la luz amarillenta. Pasó junto a varios adultos arrebujados en mantas gruesas, cuchicheando sobre las provisiones y la última noticia de la radio: una horda había sido divisada cerca de Yankton, pero el frío parecía congelar a los zombis tanto como a los campesinos.
En el pequeño comedor, el consejo esperaba: Joan, el exprofesor de historia; Martha, antigua enfermera de la reserva Cheyenne; Jackson, cuya mirada tensa no lograba esconder el miedo; y Marcus, un chico que apenas superaba los dieciséis años pero ya sabía distinguir el hambre del peligro.
–No hay señales de Annie –anunció Dallas, sentándose–. La radio está muda. Las baterías se están agotando.
–Nuestros antibióticos sólo alcanzan para cuatro días más –dijo Martha, con voz ronca–. Si no llegan refuerzos, ni con un milagro salvamos a los niños.
–La última vez que vi a Annie estaba cargando la furgoneta –apuntó Jackson, limpiándose las manos en el pantalón–. Puede que la horda la haya cercado. O peor aún, los saqueadores del sur.
Nadie nombraba zombis ya con asombro o terror. El peligro real, en ese enero de 2022, eran los otros sobrevivientes: bandas nómadas que saqueaban caravanas, cazadores solitarios, incluso grupos sectarios que prometían salvación a cambio de servidumbre.
–Si la caravana está perdida, tenemos que pensar en cambiar de plan –sugirió Joan, fijando sus ojos en Dallas–. Tal vez debamos abandonar el refugio, buscar otra comunidad.
Dallas negó con la cabeza.
–No. Si salimos ahora, nos extinguimos. Aquí tenemos paredes firmes, pozos cerca. Si resistimos el invierno, en la primavera podremos plantar, tal vez buscar ganado… La radio ha captado señales de otros núcleos, incluso mensajeros de los Pinkerton. Nuestro mejor recurso es aguantar.
Después de muchos minutos de disputa, acordaron racionar la comida aún más y custodiar las salidas; Jackson patrullaría, Marcus y otros jóvenes reforzarían ventanas y puertas con tablones arrancados de los despachos. El ambiente estaba denso, tanto por el frío como por la sensación de encierro.
No obstante, al caer la noche, mientras Dallas vigilaba la puerta sur, una luz parpadeante apareció en el horizonte. Un grupo avanzaba a paso lento. Según el protocolo, no debían abrir hasta confirmar identidades. Dallas tomó su linterna, arropado con una parka enorme, y esperó bajo el pretil. Pronto reconoció la silueta de Annie, apoyada en una muleta, flanqueada por dos figuras. Arrastraban un trineo improvisado cubierto por mantas.
Annie jadeaba.
–Tres mordidos. Uno murió… Pero traemos penicilina… Thompson cayó defendiendo la furgoneta.
No había lágrimas. En guerra nadie llora, le decían de niño a Dallas; ahora lo entendía. Ayudaron a meter el cargamento, repartieron mantas, y Martha corrió a atender al herido. La noche trajo silencio, sin incidentes. Pero el resto de la caravana había desaparecido, tal vez dispersa o presa de zombis o bandidos.
Al día siguiente, mientras el sol apenas conseguía amarillear la nieve sucia, Dallas reunió a los supervivientes. Entregaron las medicinas, reforzaron la vigilancia y, por primera vez en semanas, circularon rumores de esperanza. El convoy llevaba además un botín inesperado: semillas, muchas de ellas etiquetadas por antiguos bancos genéticos en Sioux Falls, rescatadas de una granja convertida en ruina. Patatas, trigo, maíz, hasta vainas de soja y girasol.
Los niños, once en total, no sabían cuánto valor tenían las semillas, pero los adultos sintieron el peso de un futuro posible. De inmediato, Dallas y Joan planificaron el lugar donde hacer el vivero, usando restos de plástico y lo poco que quedaba de fertilizante comercial. A los más pequeños les encomendaron limpiar el patio y, por primera vez en mucho tiempo, el colegio se llenó de risas y juegos.
Las noches no dejaban de ser peligrosas. De vez en cuando, a lo lejos, se oían los disparos de otros grupos o las súplicas de algún infeliz que había subestimado frío y caminaba por los caminos congelados, sólo para acabar bajo las garras de una banda nómada o una horda dispersa. Sin embargo, la comunidad resistía.
A mediados de enero llegó la primera expedición comercial: un hombre a caballo, con denso abrigo de pieles y un rifle a la espalda. Era mensajero de los Pinkerton, una de las familias-mercantes que controlaba rutas a lo largo del Missouri. En su alforja portaba un paquete de antibióticos, repelente casero y, más importante aún, información escrita en hojas de papel reciclado.
Dallas lo recibió en la puerta con formalidad.
–Te advertimos que no tenemos mucho para intercambiar –dijo Marcus, ya con el semblante curtido por el mando.
El mensajero sonrió: los adultos actuando como comerciantes ya no resultaban extraños en ese mundo.
–Buscamos semillas y herramientas pequeñas. También información sobre las rutas; se oyen rumores de una horda desplazándose hacia el este.
El trueque era sencillo: los Pinkerton entregaban unos dos kilos de penicilina y un lote de sal a cambio de semillas de girasol y dos cuchillas de tractor reutilizadas como lanzas. Acordaron, además, retransmitir la posición de las patrullas nómadas y la señal de radio más activa en la zona.
Durmieron esa noche menos inquietos. El mensajero transmitió, además, noticias de otros bastiones rurales, asentamientos que habían logrado electrificar una docena de casas, otros que criaban ganado recuperado de antiguos ranchos. Dallas supo que el lento resurgimiento de las comunidades rurales estaba en marcha.
El invierno avanzaba y, con él, los tradicionales peligros aumentaban. El frío no sólo ralentizaba a los zombis, sino también a los saqueadores, que preferían asaltar durante el deshielo. La escasez, sin embargo, mataba igual de seguro que cualquier mordedura. Martha calculó que la penicilina apenas alcanzaría para las infecciones más sencillas; incluso el menor resfriado podía volverse mortal.
Una mañana, el consejo decidió que había llegado el punto de enviar a Marcus y dos adultos en busca de animales salvajes. El segundo bidón de gasolina alimentaría la camioneta “Valiente”, un viejo Ford adaptado con placas y púas, sólo para cinco millas, las justas para llegar al bosque y volver, antes de que el último litro se agotase.
El viaje fue corto pero arriesgado. Por la ruta, las huellas recientes de una caravana nómada alertaron a Marcus. En el bosque, sólo hallaron huellas de ciervos y un perro perdido, pero aprovecharon para registrar un granero abandonado. Hallaron, además de una gallina aún viva, una veintena de cartuchos de escopeta y una caja de clavos, tesoros impensados para un refugio al borde.
Regresaron antes de anochecer. Se celebró la “fiesta del regreso” con un modesto guiso de conejo y la gallina ofreció el primer huevo fresco en años. Los niños, extasiados, juraron que sabían a manjar celestial.
Varios días pasaron, y la rutina de la penuria volvió. Hubo algún pequeño motín –Jackson y otros dos se pelearon por una manta extra durante una noche especialmente dura– pero Dallas, apoyado por Joan, mantuvo la calma con equidad y una amenaza de expulsión. En aquellos tiempos, quedar fuera del refugio era una sentencia de muerte.
En la tercera semana de enero, la radio captó una señal débil. Un mensaje en clave pidiendo auxilio: una banda armada asediaba una granja simultánea al sur. Annie quiso acudir al rescate, pero el consejo decidió lo contrario: “Si morimos todos, ¿quién siembra?” Dallas y Marcus patrullaron de noche con el pequeño grupo de defensores; los hombres armados pasaron de largo, tal vez buscando un objetivo más débil.
En los días siguientes, los ataques disminuyeron. Los zombis, deteriorados por el invierno, apenas se movían. Algunos aparecían congelados de pie en terrenos baldíos, tétricas estatuas recordando a los niños por qué ya nadie cruzaba el patio en solitario. Sólo el frío y la escasez mantenían a raya la desesperación.
El 28 de enero llegaron forasteros: una familia de tres que tiraba de un pequeño carruaje improvisado. Los adultos lucían heridas graves, pero ofrecían un trueque: vieja pólvora, dos frascos de antibióticos y una radio de corto alcance, a cambio de refugio y alimentos. Dallas aceptó; en aquel mundo, los recién llegados eran potenciales aliados, pero también un riesgo.
Durante la noche, Joan leyó en voz alta relatos de Mark Twain a los niños, mientras los adultos discutían la siembra, la seguridad y los futuros trueques. La radio, por primera vez desde octubre, transmitió mensajes de otras comunidades: algunos habían encendido generadores, otros lograban artesanías y trueques entre pueblos. Había esperanza de un futuro donde el intercambio y la cooperación reemplazaban el saqueo sistemático de los meses previos.
Cada vez más, la vida giraba en torno a proteger a los nuevos, cuidar a los niños, manter a raya a las bandas nómadas y rezar para que el invierno no se alargara. En las madrugadas, Dallas atisbaba el horizonte, preguntándose si vería la primavera y si alguna vez el “colegio de la Esperanza” dejaría de ser una fortaleza para convertirse de nuevo en escuela, donde el mayor peligro fuera un examen difícil y no la visita de la muerte andando sobre la nieve.
Las semillas dormían todavía en cajas polvorientas, esperando el deshielo y la oportunidad de florecer. Los supervivientes, bajo la atenta mirada de Dallas y el consejo, supieron que mientras resistieran juntos tendrían un futuro, aunque sus hijos sólo escucharían historias del mundo anterior como si fueran leyendas. Cuando la radio anunció, apenas un silbido entre la estática: “Ánimo, enero está por terminar”, todos lo repitieron en voz alta bajo los murales infantiles, con la convicción de que, aunque el invierno siguiese imponiendo su ley, un día, no muy lejano, volverían a sembrar.
Y así, en la Dakota del Sur helada, enero de 2022 pasaba, y pese al hambre, la pérdida y el miedo, el refugio sobrevivía. Más allá de las murallas improvisadas, la plaga y las bandas nómadas seguían rondando, pero adentro las semillas ya estaban dispuestas a germinar, custodiadas por la obstinada voluntad de resistir.
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