Guerra mundial Z: Una historia oral de la guerra Zombi
Septiembre zombie
Operación ocaso
Apocalipsis Z. El principio del fin
Incubación
Brote
Portada del relato El Último Turno en ‘Liberty Haven’
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


A veces, tras el resplandor abrasador de un verano aún inclemente, Olivia Mallard recorría la muralla oriental de Liberty Haven para dejar que la brisa, tenue pero valiente, rozara su rostro. Era uno de los pocos lujos que podía permitirse en ese tiempo de reconstrucción: cinco minutos para observar la nada verde—campos minados de centeno y maíz beneficiados por semillas de un banco genético hallado no hace mucho—y tratar de recordar cómo se sentía el mundo… antes. Antes de que los zombis y los hombres, cada cual a su manera, hubieran triturado los pilares de lo cotidiano.

Duración: 11:44

El Último Turno en ‘Liberty Haven’
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

27 de Julio de 2027

A veces, tras el resplandor abrasador de un verano aún inclemente, Olivia Mallard recorría la muralla oriental de Liberty Haven para dejar que la brisa, tenue pero valiente, rozara su rostro. Era uno de los pocos lujos que podía permitirse en ese tiempo de reconstrucción: cinco minutos para observar la nada verde—campos minados de centeno y maíz beneficiados por semillas de un banco genético hallado no hace mucho—y tratar de recordar cómo se sentía el mundo… antes. Antes de que los zombis y los hombres, cada cual a su manera, hubieran triturado los pilares de lo cotidiano.

El nombre “Liberty Haven” era grandilocuente, pero en el fondo apropiado: tras años de oscuridad, miedo y lucha encarnizada, el asentamiento había logrado lo imposible. Olivia, como jefa de milicia, había sobrevivido desde la caída de Washington hasta la presente fortaleza tejida en los huesos de un pueblo olvidado de Pensilvania. Veintisiete de Julio de 2027; el día en que el primer tren de la esperanza, aunque todavía diminuto y chirriante, estaba por llegar desde la comunidad de Northfield. Era la fecha marcada para su puesto de guardia, y la última vez que aceptó el deber de proteger las puertas antes de decidirse, quizás, a dedicarse por fin a la tierra y la enseñanza.

La orden era clara: nadie ingresaba sin ser revisado y desinfectado. Nadie salía sin custodia. La infección, aunque marginal, seguía activa en cuerpos frescos y la paranoia era el pan de cada día. Olivia ajustó el brazalete de cuero con su nombre grabado—recuerdo artesanal hecho por su hija Abby en uno de los muchos talleres recuperados—y descendió al portón principal.

El bullicio era inusual. Hacía semanas que el libro de registros no anotaba llegada alguna desde tan lejos. Muchos apenas recordaban cómo funcionaba una locomotora. En la plaza fortificada, los chopos recién plantados proyectaban sombras sobre un mosaico de lonas, puestos de intercambio y zonas comunes techadas. Allí aguardaban los niños, expectantes, con los dibujos de trenes inverosímiles trazados sobre cartones reutilizados. Los mayores, en cambio, jugaban a mostrarse tranquilos, aunque las manos se arremolinaban debajo de las chamarras, donde reposaban machetes, pistolas de manufactura reciente y antigüedades restauradas.

“Olivia, ¿tienes lo necesario?” preguntó Sloan, su segundo, mientras le pasaba una escopeta Remington recauchutada con piezas improvisadas. Su mirada era un mapa de cicatrices entrecruzadas, pero los ojos claros nunca perdían el brillo curioso de un colegial atrapado perpetuamente en un examen sorpresa.

“Lo tengo”, respondió, echando un vistazo a los tres voluntarios asignados para recibir a los visitantes: la médica Irina Koplov, un jovencísimo aprendiz de herrero llamado Greg y el viejo Eddie, sordo como una tapia pero letal con el tirachinas de acero. “Que nadie se sorprenda si traen más de lo pactado. Northfield es famosa por sus sorpresas.”

***

El silbido del primer tren en ocho años era un aullido tímido, pero igual, una promesa. Avanzaba tambaleante por las vías antaño oxidadas, ahora reconectadas gracias a jornadas extenuantes de obreros y técnicos reciclados. La locomotora arrastraba solo tres vagones: dos de carga cerrada y uno—abierto, con la estructura reforzada por placas de metal soldados a mano—ocupado por una docena de milicianos armados.

A su llegada, la bandera blanca flameó. Olivia, precedida por Irina, alzó la mano con la señal acordada: tres dedos extendidos, dos giros en el aire. Procedimiento estándar.

El primero en bajar fue Ed Clarke, líder de Northfield y viejo conocido de Olivia desde los tiempos del éxodo hacia las montañas. Cincuentón fornido, reía como si el mundo entero se tratase de un gigantesco disparate.

“¡Mira eso, Olivia! Parecen las ferias de antes, ¿eh?” exclamó señalando los puestos. “Y los niños, joder, los niños…” La voz se le quebró. Recuperándose, se acercó e intercambiaron un apretón de antebrazos.

“Ed, bienvenida sea tu gente. Pero ya conoces las reglas,” recordó Olivia.

“¿Qué quieres, que me desnude aquí mismo?” replicó Ed teatralmente, mientras dos enfermeros y una decena de vigilantes rodeaban a su grupo y la revisión comenzaba. Olivia estudió cada rostro: cuatro adultos, tres adolescentes y un niño pequeño, además de los guardianes del tren. Todos mostraban signos claros de agotamiento, ojeras y cortes recientes; el mundo seguía siendo peligroso.

Entretanto, descargaban la carga: sacos de harina, cajas de munición, herramientas restauradas, varias pieles, bidones de aceite vegetal y, cubierto con un manto, un objeto voluminoso con forma de prensa de imprenta.

“El rumor era cierto —dijo Olivia,— Traes una linotipia.”

Ed sonrió. “Recuperada de una biblioteca incendiada cerca de Pittsburgh. Con piezas de un taller ferroviario. Decimos que es nuestro tesoro, pero sabemos que lo es para todos.” De inmediato, una emoción difícil de explicar resbaló por los asistentes. La imprenta traía la posibilidad de algo más duradero que la simple supervivencia: comunicación, historia, memoria.

***

La revisión terminó sin incidentes. Tres bultos de ropa y alimentos se entregaron a la cuarentena, y dos heridos menores recibieron agua y vendas. Irina dio el visto bueno. Los visitantes, en pequeños grupos, cruzaron la muralla hasta la plaza. Olivia asignó escoltas automáticos: nada de caminar solo, especialmente en el primer día.

En la plaza central, la convivencia inicial era un delicado ballet. De los calderos improvisados emanaban olores a guiso de patatas y carne seca, mezclados con el humo de las brasas donde se cocía el pan. Los aldeanos, alineados por turnos, exploraban los bienes de los forasteros; los niños, siempre los más valientes, rodeaban el vagón con la misma mezcla de respeto y temor que inspiraba cualquier cosa “del otro lado”.

Olivia y Ed se retiraron bajo la sombra de una carpa, sentándose en bancos de madera protegidos por un toldo raído. Allí, entre tazas de café rescatado y pan crujiente, discutieron lo importante.

“Hay palabras nuevas rondando las ferias del este —anunció Ed en voz baja—. Grupos de saqueadores han estado organizándose en colinas al sur de nuestro perímetro. Dicen que están buscando esclavos; en Hagerstown casi toman una aldea por sorpresa. Dicen también que algunos han armado cañones.”

Olivia suspiró. El optimismo era un recurso tan valioso como cualquier otro, pero nunca bastaba para anestesiar el peligro. “Tenemos rondas en las fronteras, pero no suficientes rifles para todos. ¿Qué piensas tú?”

“Tienes milicianos, tienes muro. Pero eso puede no ser suficiente si vienen en serio. El próximo invierno será feroz, lo sabes. Las rutas son fértiles, y eso atrae a los clientes y también a las bestias. Una alianza regional real debe forjarse ya, o el próximo año podemos estar trayendo más ataúdes que harina.”

Quedaron en silencio, solo interrumpidos por los gritos cada vez más lejanos de los niños. En algún lugar, alguien había iniciado una pequeña función de marionetas con figuras de madera, y la risa, por breve que fuera, atravesaba el aire como una ráfaga de tiempos mejores.

***

En ese atardecer denso, Olivia cumplió su rito diario. Subió de nuevo al muro, escudriñando el horizonte fértil bajo la luz anaranjada. El segundo turno de milicianos ya patrullaba fuera, atentos a cualquier movimiento en la linde de los bosques. A lo lejos, una bandada de aves se elevaba airada; signo de vida, o peligro, difícil de determinar. Eran tiempos en los que cualquier movimiento excepcional era motivo de alerta.

Mientras descendía, se cruzó con Abby, su pequeña, ya no tan niña, acompañada de otros dos hijos de colonos. Llevaban bloques de madera y un cubo de pintura vieja. “Vamos a escribir historias en las tablas,” explicó Abby, con la naturalidad de quien no ha conocido otra cosa que la resistencia compartida. “La señora Palmer dice que si podemos hacer cuentos con dibujos la imprenta podría copiarlos.”

Olivia acunó la barbilla de su hija. Tras tanto horror, la sencillez con la que los pequeños miraban el mundo era lo que más reconfortaba. “Vayan siempre juntos. No se alejen de la plaza,” advirtió.

“Sí, mami.”

Puede sonar injusto, pero en el mundo de Liberty Haven la infancia había aprendido a protegerse sola. Aunque protegida, aunque rodeada de adultos vigilantes, nunca faltaban las sombras: la enfermedad, el hambre, el miedo, y, sobre todo, esa violencia humana todavía capaz de superar a la plaga zombie.

***

El crepúsculo llegó con una promesa de fiesta. La llegada de Northfield no era solo comercio: era señal de que la vida, terca, podía más. El tren, la imprenta, los cuentos de los niños… todo era el principio de un relato más largo.

Se improvisó un escenario en la plaza. Los músicos, con guitarras reconstruidas y flautas hechas de tubos de cobre, interpretaron canciones de una época perdida. El pan circuló, la cerveza de maíz y manzanas fermentadas hizo reír; hubo un brindis general. Olivia, por unos minutos, casi creyó que el Viejo Mundo podía regresar.

No era la única. Al caer la noche, Ed se le acercó: “Alianzas, Olivia. La imprenta es la señal. Si la defendemos juntos, si la reproducimos, nadie podrá silenciarnos, ni los monstruos, ni los señores de la guerra.”

Olivia miró la muralla, la imprenta y a su hija, sentada junto a una fogata. “Allá afuera está el peligro… pero aquí, ahora, hay algo más grande que el miedo.”

Al despuntar la madrugada, mientras el tren reposaba como bestia dormida, Olivia realizó su última ronda en el muro. El aire tenía esa mezcla de pólvora residual y tierra recién labrada. De reojo, entre los campos ondeados y la silueta de la vieja escuela convertida en cuartel, creyó ver una figura arrastrándose en el borde del horizonte. Ruidos lejanos —quizá un animal, quizá algo más. Su corazón latió fuerte, pero no vaciló.

No quedaban muchas certezas en el mundo, pero Oliveria Mallard sabía una cosa: la vida, si se negaba a rendirse, encontraba siempre la manera de abrirse paso. Liberty Haven era la prueba. El tren, el cuento, la imprenta… tal vez, solo tal vez, el mundo podía reescribirse sobre cenizas.

A la mañana siguiente, antes incluso de que el sol calentara del todo, un niño de Northfield corrió a la plaza y colgó en el tablón de anuncios una hoja impresa, primera producida por la nueva imprenta:

“Nació una alianza. Nacieron nuevas palabras. Liberty Haven resiste.”

Y mientras el pueblo leía, algunos en silencio y otros en voz alta para quienes aún no sabían leer, Olivia supo que de alguna forma el último turno de guardia no sería para siempre. Que, quizás, todo inicio verdaderamente importante empieza tras el último acto de simple supervivencia.

Guerra mundial Z: Una historia oral de la guerra Zombi
Septiembre zombie
Operación ocaso
Apocalipsis Z. El principio del fin
Incubación
Brote

Copyrights © 2025 zombieworld.es. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.