Fragmento:
El invierno había llegado a Illinois con toda su crueldad. Las patrullas nocturnas circulaban en silencio, aparentemente interminables. Sobre el muro sur, entre la vieja estación de bomberos y lo que había sido una cadena de comida rápida, los centinelas aguantaban el viento helado como podían, envueltos en mantas, con las manos pegadas a fusiles escopeteados y rifles de caza viejos. Según los líderes de la comunidad, la llegada del frío era una bendición: los zombis, lentos y torpes en verano, se ralentizaban aún más en la nieve. Pero eso no era del todo cierto.
Duración: 12:05
15 de diciembre de 2022
Al principio, lo más difícil era no pensar en el mundo que había perdido. El zumbido de las luces fluorescentes del supermercado, las mañanas de domingo con olor a café y tortitas, el bullicio del parque en el centro de Springfield, Illinois. Ahora el mundo olía a madera quemada, sangre y miedo. Todo lo que quedaba del viejo Springfield estaba encerrado tras muros improvisados con camiones, coches aplastados y placas de hormigón arrancadas con excavadoras moribundas.
El invierno había llegado a Illinois con toda su crueldad. Las patrullas nocturnas circulaban en silencio, aparentemente interminables. Sobre el muro sur, entre la vieja estación de bomberos y lo que había sido una cadena de comida rápida, los centinelas aguantaban el viento helado como podían, envueltos en mantas, con las manos pegadas a fusiles escopeteados y rifles de caza viejos. Según los líderes de la comunidad, la llegada del frío era una bendición: los zombis, lentos y torpes en verano, se ralentizaban aún más en la nieve. Pero eso no era del todo cierto.
Las noches más suaves del invierno traían consigo olas de cadáveres tambaleantes, a veces empujados por el olor de la carne fresca o el ruido accidental de un generador. Otras noches no eran los no-muertos los que intentaban cruzar los muros, sino hombres y mujeres brutales, saqueadores, nómadas, restos rotos de los Estados Unidos de antes. En el consejo de Springfield los llamaban “las sombras”. A menudo eran peores que los muertos.
Esa noche, el aire olía a pólvora vieja y a leña a medio quemar. Rick Montana, el jefe de la milicia improvisada sur, trabajaba con los guantes desgastados, encajando un nuevo panel de acero corrugado en la barricada más reciente. A su lado, su sobrino Dylan preparaba un cóctel molotov con gasolina apenas refinada en una estación de servicio abandonada. Tenían frío y miedo, pero lo disimulaban intercambiando chistes y chistes groseros mientras trabajaban bajo las linternas cubiertas con tela negra.
Había rumores. Por toda la comunidad, el miedo viajaba de boca en boca: en la carretera al sur, hacia Litchfield, grupos de saqueadores armados con rifles automáticos y uniforme militar se habían hecho con una caravana de supervivientes. Nadie sabía cuántos escaparon o si, siquiera, habían tenido oportunidad de luchar. Las transmisiones de radio eran esporádicas y crípticas, codificadas y siempre pesimistas; la paranoia era el lubricante social en estos tiempos.
"Rick", murmuró Dylan, su aliento visible en el aire helado. "¿Crees que vendrán esta noche?"
Rick observó los caminos congelados más allá de la muralla. Había aprendido a escuchar el viento, a notar los patrones del crujido de los árboles, las pisadas sobre hielo, el respirar torpe de los muertos. “No lo sé, Dylan. Pero eso no nos va a detener de estar listos. Si vienen, esta vez no nos pillarán con la guardia baja.”
Los campamentos dentro de Springfield eran pocas decenas de familias unidas por necesidad, no por afecto. En la escuela secundaria, doscientas personas trataban de pasar el invierno, comiendo sopa de habas y pan duro, custodiados por media docena de guardias armados día y noche. Los botiquines estaban vacíos, y la piel de los niños parecía de papel de cebolla bajo toda la ropa posible. El médico, un cirujano cardíaco antes de que todo esto empezara, operaba en una enfermería a la luz de velas.
Más allá del muro sur, la oscuridad era total. Los árboles crujían y el viento parecía querer arrancarlos de cuajo. La expectación crecía como una presión en el pecho: sabían lo que podía pasar, conocían la historia de la granja Anderson, donde una banda de saqueadores había matado a todos salvo una niña, que todavía no hablaba. Rick se había prometido que no permitiría que eso sucediera en Springfield. La hora del enfrentamiento se intuía cada vez más cerca.
Fue a mediodía, sin embargo, cuando llegó la primera señal: humo denso y negro en el horizonte, más allá de la carretera 55. Los exploradores a caballo regresaron antes de lo previsto, con las caras descompuestas por el miedo y la noticia de que la comunidad de Waggoner había caído. Entre el grupo, una mujer traía sangre seca en las manos y una expresión ausente. “Los mataron a todos. Saquearon la estación y quemaron los corrales. Vienen hacia aquí,” fue todo lo que pudo decir antes de desplomarse en la nieve.
El consejo de Springfield se reunió de inmediato. Creían en la democracia, más por costumbre que por convicción, pero en tiempos de guerra la voz de Rick pesaba más. La discusión fue rápida y tensa. “Si dejamos que ese grupo tome Springfield, ni los zombis nos podrán proteger de ellos. Debemos enfrentarles ahora, cuando todavía están lejos”, insistió Rick.
“No tenemos suficientes armas”, argumentó Madison, líder de la cooperativa agrícola. “Quizás deberíamos negociar.”
“¿Negociar qué? ¿Nuestras vidas?”
“Quizás nos dejen en paz si les damos comida y medicinas,” propuso alguien más.
Pero todos sabían cómo acababan esas historias. Tal vez el saqueador jefe aceptara el trueque, pero sus hombres hambrientos y violentos no dejarían nada en pie. Rick lo tenía claro: Springfield resistiría.
Los preparativos fueron intensos. Veintitrés voluntarios armados patrullarían los muros, mientras los demás construirían barricadas y se prepararían para evacuar a los niños y los ancianos al sótano del ayuntamiento, el sitio más protegido de la ciudad. Las radios militares fue algo que Springfield había conseguido tras negociar con un viajero que decía venir de St. Louis. Rick las usó para establecer turnos, organizar el fuego cruzado y mantener la moral alta.
Pasaron la tarde fortificando la entrada principal. Dylan trabajó con Lee, un granjero negro que antes de la plaga había sido profesor de física. Juntos tendieron alambradas improvisadas y sembraron trampas incendiarias en los accesos más vulnerables de la muralla.
La tensión creció cuando, pasadas las cinco de la tarde, un disparo resonó cerca de la vieja estación de policía. Era Billy, el francotirador del grupo, quien desde el campanario de la iglesia divisó figuras acercándose entre los árboles. Bastaron unos segundos para ver que no eran zombies: caminaban en formación, cubiertos con capas de camuflaje, y algunos arrastraban carretillas repletas de herramientas y armas improvisadas.
“¡A sus puestos!” gritó Rick por la radio. “Que nadie dispare hasta mi señal.”
Los saqueadores avanzaban con cautela, conscientes de que la guarnición era feroz. Uno de ellos, un hombre grande con una chaqueta militar raída y una barba enmarañada, levantó una bandera blanca improvisada usando una camiseta manchada de sangre. Se acercaron a unos cien metros y se detuvieron. Rick, acompañado de dos escopeteros, salió al paramento para recibirlos.
“Queremos negociar,” gritó el barbudo. “Tenemos mujeres y niños.”
Rick no les creyó ni por un segundo. Alzó la voz, clara y rugosa: “Este es un refugio seguro. Vuelvan por donde vinieron. No aceptamos amenazas.”
“No venimos a amenazar,” replicó el saqueador. “Sólo queremos pasar el invierno aquí. Compartiremos recursos.”
Rick se movió sobre el muro, para asegurarse de que podía ver bien a todos. Reconoció los gestos de desesperación y engaño en la postura de los hombres armados: sus dedos crispados sobre las armas, sus ojos fijos en los puntos débiles de la muralla.
“No nos fiamos de ustedes. Retírense o abriremos fuego,” sentenció Rick.
El saqueador sonrió sin humor, sus dientes rotos un recordatorio de la brutalidad de esta época. “Entonces aquí acaba esto. No esperen piedad,” gritó, y con un grito, la banda se lanzó hacia las barricadas.
La batalla comenzó con el estrépito de los primeros disparos. Las balas silbaron en el aire, impactando en el metal y el cemento. De inmediato, los hombres de Springfield respondieron desde las troneras, repeliendo con precisión a los atacantes. Las llamas de los cócteles molotov lanzados por Dylan y Lee estallaron en las primeras filas de asaltantes, butacando la nieve y tiñendo el aire de humo acre.
Los saqueadores, armados con algunos fusiles automáticos y hachas, intentaron escalar los camiones apilados, pero se encontraron con disparos precisos y piedras lanzadas desde arriba. Rick recorría la línea de defensa, animando a los suyos. “¡No aflojen, no dejen que suban!”
Uno de los asaltantes, más ágil, logró trepar hasta el borde interior de la muralla. Se lanzó hacia Madison, que defendía el flanco con un cuchillo de cocina. Forcejearon hasta que Madison, temblando de miedo y rabia, le ensartó el cuchillo en la garganta. Fue la primera vez que mataba a un hombre, y sus lágrimas no sólo brotaron por agotamiento.
El combate se volvió caótico. Un par de saqueadores intentaron prender fuego a uno de los camiones, pero Lee lo impidió lanzando otro cóctel; el camión explotó en una lluvia de fragmentos humeantes, haciendo retroceder a la banda atacante. Los defensores, sabiendo que la retirada no era una opción, arrojaron piedras, hirieron a los invasores con estacas y mantuvieron la posición con fiereza.
El estrépito atrajo la atención de los zombis que deambulaban en los campos congelados. Pronto se escucharon los gruñidos y los golpeteos incesantes de los no-muertos, atraídos por el ruido y el olor de la sangre. La noche se volvió un caos de disparos, gritos y el tambalear incesante de cuerpos muertos chocando contra las barreras.
En el flanco oeste, un grupo de saqueadores rompió una sección débil y logró forzar la entrada de una docena de hombres. Madison y Billy contuvieron el avance, luchando cuerpo a cuerpo mientras Rick organizaba una contracarga. La nieve se tiñó de rojo y los gritos se apagaban bajo los disparos.
Por un instante, pareció que los muros no resistirían. Entonces, un zombi, atraído por el olor y el caos, se coló entre los atacantes. Mordió a uno de los saqueadores en la pierna; el pánico se esparció como pólvora entre los que aún quedaban. Los no-muertos, insensibles al peligro, se lanzaron de lleno sobre la brecha, atacando indiscriminadamente a saqueadores y defensores. Rick vio la oportunidad.
“¡Retirada, todos al centro! ¡Cerremos la brecha!” gritó.
Entre proyectiles y mordiscos, los defensores lograron empujar a los atacantes hacia el exterior de la muralla, cerrando la brecha justo cuando la marea de zombis superó la entrada. Los saqueadores fueron tragados por la horda: sus gritos prolongados se mezclaron con el estrépito del metal y el crujir de la carne podrida.
Por fin, sólo el viento, el crepitar de las llamas y el gemido de los heridos llenaron el aire. La batalla había terminado en sangre y fuego, y el muro de Springfield seguía en pie, al menos por ahora.
En las primeras luces del amanecer, Rick recorrió la línea de defensa con la mirada oscura y cansada. Vio los cuerpos de los asaltantes y algunos de sus propios hombres, cubiertos con mantas. Los niños y ancianos, que habían esperado en silencio bajo el ayuntamiento, por fin pudieron salir. Dylan, cubierto de hollín y sangre, se acercó a su tío.
“¿Ganamos?”, preguntó en voz baja.
Rick le abrazó, temblando. “Por hoy. Tal vez mañana también. Pero nunca dejamos de pelear. Este es nuestro hogar. Aquí hacemos nuestra última guardia.”
Springfield no era lo que había sido, pero esa noche, con todo el mundo al borde de la desesperación y la muerte, algo había quedado claro: mientras hubiera quienes lucharan, todavía podían llamarse humanos.
En la distancia, el sol comenzaba a derretir la nieve de las barricadas sangrientas. En una América asolada por la peste, los supervivientes de Springfield sabían que la guerra no acabaría nunca. Pero por un día más, eran libres.
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