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Fragmento:


Las noticias llegadas dos semanas antes habían cambiado el ánimo de todos: un grupo armado se desplazaba desde el este, saqueando comunidades vulnerables y asesinando sin piedad. La frontera entre la vida y la muerte era tenue, tan fugaz como una ráfaga disparada entre el polvo y la niebla. Y la defensa dependía de armas viejas, fortificaciones improvisadas y del valor (o la desesperación) de los que se negaban a ceder.

Duración: 11:29

La Noche Más Larga
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Texto de ajuste de pausa.

16 de Enero de 2024

Sobre las praderas heladas del Medio Oeste, donde los campos yermos resisten el avance del invierno, el mundo, después de casi cuatro años sumido en el desastre, había encontrado una suerte de rutina trágica. Ya no era extraño ver farmacias convertidas en fortalezas, pueblos pequeños rodeados por cercas improvisadas y señales de advertencia oxidadas colgando de los postes. Para los sobrevivientes de lo que alguna vez fue Estados Unidos, enero ya no representaba el inicio de nuevas oportunidades, sino la continuación de una lucha encarnizada contra el frío, los muertos vivientes y, quizá el mayor enemigo de todos, otros hombres.

Henry McCann se levantó de la cama poco después del alba. Una cama helada bajo mantas de lana raídas, en una de las habitaciones interiores de lo que había sido una granja a las afueras de lo que una vez fue Emporia, Kansas. Allí vivía junto a doce personas más, entre ellas su hija Sarah, de once años. Él era uno de los jefes del pequeño asentamiento, conocido entre las comunidades cercanas como “El Reducto”. Los días giraban en torno a la vigilancia, la organización de la comida, el mantenimiento de los generadores y la vigilancia constante de los accesos a la finca.

Las noticias llegadas dos semanas antes habían cambiado el ánimo de todos: un grupo armado se desplazaba desde el este, saqueando comunidades vulnerables y asesinando sin piedad. La frontera entre la vida y la muerte era tenue, tan fugaz como una ráfaga disparada entre el polvo y la niebla. Y la defensa dependía de armas viejas, fortificaciones improvisadas y del valor (o la desesperación) de los que se negaban a ceder.

Esa mañana, Henry se calzó las botas gruesas, ajustó la chaqueta y agarró su escopeta. Bajó las escaleras crujientes, saludando con una sonrisa tensa a la abuela Jeanette, que vigilaba la ventana con sus viejos prismáticos.

—¿Has visto algo? —preguntó Henry, mientras inútilmente frotaba con las manos el vaho del cristal.

—Solo el corral de siempre, Henry —contestó la anciana—. Todo tranquilo. Pero el aire... se siente distinto hoy.

La cocina hervía con el aroma magro de un guiso de patatas. Sarah desayunaba pan tostado junto a Mikhail, el mecánico llegado de Oklahoma, y Laura, una enfermera de edad incierta. En las sillas, colgadas, las armas: rifles heredados, pistolas Glock de segunda mano. No había infancia para los niños-McCann: la niñez aquí era saber cargar un arma y preparar un vendaje de emergencia.

El plan de esa jornada era completar el inventario, racionar la gasolina y efectuar un intercambio con una caravana amiga. Con cierta regularidad — al menos según los estándares del desastre — llegaban grupos nómadas que traían medicinas, balas, semillas y noticias. A cambio, el Reducto ofrecía conservas, carne seca y, a veces, un techo seguro por una noche.

Afuera, el amanecer traía consigo una calma gélida y un cielo pintado de nubes plomizas. Henry y Sarah salieron al patio central: gallinas y dos cabras, un tractor medio operativo, una veintena de huellas sobre el barro reseco. Desde lo alto del granero, Kyle, el vigía y consejero de Henry, saludó con una seña discreta.

—Nada aún. Pero escuché motor en la madrugada, desde el norte. Quizá la caravana de Murphy.

Ambos hombres sabían leer señales: nadie atravesaba las carreteras desiertas con motor encendido a menos que se sintiera seguro. La mayoría de las rutas estaban plagadas de trampas, árboles caídos y, en raros casos, de caminantes. Pero en estos días, lo que se temía más que zombies eran las patrullas de hombres hambrientos.

Kyle sacó un mapa, lo mostró a Henry y juntos marcaron posibles puntos de encuentro. Tenían un acuerdo tácito: al menos tres hombres por cada salida, siempre armados. Henry asignó a Sarah la tarea de fortificar la puerta del sótano, junto a otros dos adolescentes.

A media mañana, comenzaron las labores. Los hombres mayores conspiraban sobre el futuro del asentamiento. Hablaban de Muros más altos, buscar un generador mejor, desafiar el invierno con cosechas bajo invernadero. Jeanette tejía, casi en modo automático. Laura ordenaba la botica, lista para lo peor y esperando lo mejor.

La radio de corto alcance estalló en estática. Por unos segundos, la voz cansada de Murphy, líder de la caravana aliada, atravesó el sordo vacío.

—Aquí Murphy, aquí Murphy... dos millas al sur de la vieja autopista. ¿Me copian? Tenemos compañía no humana.

Henry tragó saliva. Sarah, a su lado, comprendió de inmediato. En sus cortos años, había presenciado más de una vez el horror del contacto con los muertos.

—Recibido —contestó Henry—. Puerta sur abierta. Entren por el granero pequeño. Kyle y yo cubriremos desde el tejado.

El equipo se desplegó con precisión ensayada. Tres hombres protegieron el portón trasero; otros dos, comandados por una adolescente de catorce años llamada Emily, tomaron posiciones en el linde del campo. Las reglas eran claras: primero se disparaba a los zombies, después se preguntaba a los vivos.

Tan solo diez minutos más tarde, el rugido del camión de Murphy se acercó bordeando los espinos, seguido de una nube irregular de figuras humanas arrastrando los pies. Eran poco más que cuerpos descompuestos, algunos apenas cobertura ósea bajo harapos. El camión se detuvo a cincuenta metros del portón. Mikhail, experto en armas, apuntó desde la ventana.

—¡Preparen! —gritó Henry.

Los disparos sonaron como truenos en el aire frío. El camión se internó categóricamente en el patio central; los caminantes, confundidos, fluctuaron entre la puerta bien cerrada y el aroma de carne fresca fuera de su alcance. El Reducto era seguro, pero nadie bajaba la guardia.

Cuando todo terminó, Murphy descendió, ayudando a un adolescente herido. Llevaba una mordida en el antebrazo; la sangre manaba en un hilo oscuro. Laura exigió verlo primero.

—Hubo pelea en la carretera, —explicó Murphy, jadeante—. La patrulla armada nos emboscó, luego los muertos. Nos llevamos la peor parte.

Mikhail frunció el ceño y preguntó si los saqueadores iban hacia el sur.

—No sé... pero parecían desesperados. Vi a uno con uniforme de la Guardia Nacional.

Los muertos ya no eran lo peor. Lo que quedaba de los viejos ejércitos se transformó en bandas errantes, armadas hasta los dientes y dispuestas a pelear por latas de sopa.

La tarde cayó con rapidez. Tras una consulta, Henry y Murphy decidieron reforzar las defensas y reducir el turno de descanso. Era mejor dormir por turnos antes que exponerse a un asalto durante la noche.

Sarah, que observaba todo desde una distancia prudente, se encargó de llevar comida y agua a los recién llegados. Sintió una mezcla de miedo y orgullo: si bien era una niña, su madurez era la de alguien que había visto el mundo venirse abajo.

Laura reunió a los adultos junto a la chimenea y dejó salir la verdad tan cruel como el frío exterior:

—El muchacho tiene fiebre. Debemos aislarlo.

Murphy asintió, roto por dentro. Nadie discutió. Era ley: el más mínimo síntoma sospechoso equivalía al exilio a la “caseta del monte”, una construcción alejada y aislada, donde los enfermos esperaban la muerte o una improbable recuperación.

Mientras se restablecía cierta calma, Henry subió al tejado del granero. Miró hacia el horizonte y vio la vida convertida en algo irreconocible: campos destruidos, caminos bloqueados, techos desvencijados. A lo lejos, la luna se asomaba sobre los restos de un cartel de bienvenida: “Emporia – Ciudad Amiga”. Se escuchaba el ulular del viento y, en la distancia, el lamento lastimero de caminantes que ya apenas podían mantenerse en pie. Sonaban también ráfagas intermitentes: recordatorio de que los hombres sobrevivientes eran, quizás, más peligrosos que cualquier monstruo.

Por la noche, las historias reemplazaron al hambre. Algunos recordaron, con nostalgia, los días de escuela, los partidos de fútbol, las películas en el cine local. Sarah escuchaba boquiabierta a Jeanette relatar cómo conoció a su esposo en un concierto, hace una eternidad.

La magia de esos relatos era un refugio contra el miedo. Varias veces la conversación dio vueltas sobre los rumores: que en alguna parte de Colorado un laboratorio seguía buscando la cura; que en el norte, cerca de St. Joseph, una comunidad había levantado una muralla de acero e incluso restaurado la energía eléctrica. Nadie sabía la verdad, pero el simple hecho de creer mantenía viva una tenue esperanza.

En la madrugada, los perros aullaron. Kyle bajó apresurado: luces se acercaban desde el sur, antorchas titilantes, el sonido inequívoco de motor viejo.

—¡Todos a sus puestos! —ordenó Henry—. ¡No disparen hasta que vean a quiénes son!

Las figuras emergieron primero borrosas. Eran dos carros tirados por caballos y un pequeño grupo armado; no saqueadores, sino los Winters, una familia de agricultores que vivía a veinte millas de distancia. Exhaustos, con la ropa rasgada y los rostros demacrados, pidieron asilo.

—Nos han atacado —suplicó Mary Winter—. Queman casas, secuestran niños. No quedan muchos allá afuera.

El Reducto sumó siete bocas y cuatro armas nuevas. Henry sabía que el gesto podía condenarlos si las reservas no alcanzaban. Pero la ética que conservaba de un mundo desaparecido, la de no dejar morir a inocentes por miedo, seguía vigente para unos pocos.

La noche fue larga. El frío ondeaba como látigo aullando entre los rezagos de la civilización, amplificando los susurros y las promesas incumplidas del viejo mundo. Henry patrulló hasta el amanecer. La mañana siguiente, mientras distribuía trabajo entre los recién llegados y los suyos, tuvo una certeza dolorosa: sobrevivir no era suficiente. No bastaba con repeler monstruos y hambrientos. Era necesario empezar de nuevo. Volver a plantearse la vida, a pesar de la muerte y la memoria.

Al mediodía, cuando el humo de la estufa traía consigo el olor de pan recién hecho, Henry reunió a todos en torno al único ventanal que todavía soportaba el peso de los años.

—Hoy, aquí, seguimos vivos —dijo—. No somos muchos. No somos fuertes. Pero somos una familia.

Nadie aplaudió. Nadie lloró. Simplemente, todos asintieron. Continuaron.

Cerca de la noche, antes de enviar el último mensaje por radio a los asentamientos cercanos, Henry sostuvo a Sarah contra su pecho. Miraron juntos el crepúsculo, ese instante breve en que la oscuridad parece ceder y deja ver, a lo lejos, la promesa de un futuro imposible.

Allí, sobre la ruina del antiguo imperio americano, una comunidad minúscula —quizás frágil, quizás indestructible— resistía. Y en ese acto cotidiano, en defenderse, cambiar, cuidar al otro y soñar, renacía, paso a paso (aunque entre grietas y cicatrices), el mundo.

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