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Portada del relato Ciudad bajo asedio: Diario de un superviviente
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Fragmento:


En la fachada del viejo Cine Doré, veía los restos de un fuego reciente; ahí resistían, decían, un grupo de ancianos. Los había visto solo por las noches, con linternas y apenas una mueca de saludo. Nadie se fiaba de nadie. En una ciudad sin Estado solo se podía confiar en la costumbre, y la costumbre era sobrevivir.

Duración: 11:48

Ciudad bajo asedio: Diario de un superviviente
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Texto de ajuste de pausa.

12 de diciembre de 2020.

Las primeras nevadas de diciembre cayeron como una alfombra blanca sobre las ruinas de Madrid, ocultando temporalmente los horrores que acechaban entre las calles vacías y los parques desiertos. Era un invierno cruel, de cielos bajos y congelados, de noches interminables iluminadas solo por el reflejo de la luna sobre los montones de cuerpos apilados en las esquinas. Yo llevaba veinticinco días sin salir del refugio improvisado en el sótano de la antigua estación de metro de Antón Martín. Nuestra comunidad, si es que podía llamarse así a un puñado de extraños obligados a compartir alimentos y miedos, sobrevivía a base de silencio y cautela, sabiendo que allá arriba, tras las bocas obstruidas por muebles y cascotes, la ciudad seguía infestada de los que la habían destruido.

Mis días transcurrían entre la vigilancia nerviosa y la organización desesperada. El invierno, que para nosotros había sido la esperanza de una tregua, reducía a los zombis a meros pasivos, sombras atrapadas tras las ventanas rotas. Pero su número era tan inmenso que ni siquiera el hielo y el hambre lograban matarlos, solo los ralentizaba, les hacía menos persistentes para acechar cualquier calor o movimiento. Habíamos probado expulsar algunos, prenderles fuego en las plazas, pero pronto aprendimos a no llamar la atención. El sonido, aprendimos por las malas, era la condena.

La estación nos ofrecía, además de resguardo, lo que quedaba de una red de túneles por donde circulábamos casi sin ser oídos. Cada tramo era un corredor oscuro, lleno de ecos y trampas antiguas. Mónica, una enfermera que se había unido a nosotros tras huir de uno de los hospitales convertidos en mataderos, llevaba la voz cantante. Era ella quien había gestionado el reparto de comida, quien nos animaba a mantener la radio encendida en cada banda, con la vaga esperanza de oír una señal de vida, un código, una contraseña. Los antiguos teléfonos móviles solo servían para alumbrar brevemente alguna grieta o para soñar con la rutina perdida.

Esa mañana, el termómetro colgado sobre la puerta marcaba cinco grados bajo cero cuando el estómago rugió en unísono. Los víveres escaseaban. Nos quedaba algo de arroz, tres latas de atún, medio saco de lentejas y escasos botes de legumbres ya casi inservibles. Me tocaba salir. Conocía la ruta del supermercado de la esquina, lo que quedaba de su despensa saqueada. Al principio cada berlina y frutería de Lavapiés era una trampa mortal. Ahora lo peor eran los vecinos desesperados o las bandas que merodeaban saqueando los cuerpos, peor aún que los zombis, porque sabían usar cuchillos y no temían morir.

Me abroché la cazadora mugrienta, me calcé las botas de otro superviviente que ya no necesitaba nada y me colgué la mochila raída que había salvado de la casa de mis padres. Antes de salir, siempre tocaba la placa de cerámica junto a la puerta—un azulejo con un Don Quijote desportillado. Era una superstición estúpida, pero la necesitaba. Dejé atrás el murmullo de los demás, el olor agrio de cuerpos hacinados, la voz cansina de un viejo transistor que desgranaba una y otra vez la misma nota de emergencia: “Ministerio del Interior. Permanezcan en sus hogares. Comunicación intermitente. Zonas seguras: ninguna actualizada.”

Emergí en la escalera polvorienta. Mi linterna barría los escombros, el aire frío me cortaba la piel. Salí a la calle de Atocha. Por un momento, pensé que estaba solo, que Madrid era mía. Pero no era cierto. Los muertos estaban ahí, a medias enterrados bajo la nieve; algunos medio congelados, otros con la boca trabada en una mueca horrenda, los ojos como cristales rotos. Avancé despacio, los cascos puestos para amortiguar cualquier sonido súbito, como si negar el ruido fuera negar la realidad.

En la fachada del viejo Cine Doré, veía los restos de un fuego reciente; ahí resistían, decían, un grupo de ancianos. Los había visto solo por las noches, con linternas y apenas una mueca de saludo. Nadie se fiaba de nadie. En una ciudad sin Estado solo se podía confiar en la costumbre, y la costumbre era sobrevivir.

Al llegar al supermercado, comprobé que la entrada principal seguía atrancada con tablones. Me deslicé por la ventana trasera, la que daba a un solar cubierto de basura. Deambulé entre estanterías vacías, oliendo la putrefacción lejana de los frigoríficos averiados. Me arrastré por el suelo, husmeando lo que pudiera quedar en las esquinas menos pisadas. Encontré—milagro—tres latas de tomates, una botella de aceite pequeña, una bolsa medio rota de patatas deshidratadas. No era mucho, pero significaba dos días más.

Cuando reunía el botín, oí el primer golpe. Un ruido sordo, como de hueso contra madera. Congelé la respiración. Habíamos aprendido a distinguir el sonido de los vivos de los muertos. Los vivos se acercaban con sigilo, sin ritmo, pero los zombis golpeaban el suelo con la cabeza, arrastraban los pies en una cadencia mecánica. Giré la linterna y vi, entre los estantes de lácteos, un brazo huesudo moverse torpemente. No era uno, eran dos, tres. Sintieron el calor de mi presencia. Uno resbaló sobre el charco helado, otro emitió un gruñido bajo y gutural. Apreté los dientes y retrocedí hacia la ventana. No podía correr, no debía hacer ruido.

El corazón latía como un tambor en mis oídos, sentía las mejillas heladas de miedo y frío. Salí de un salto, rasgándome la tela de la cazadora. No miré atrás. Me arrastré por el solar fingiendo estar muerto, fingiendo que ya no merecía la pena seguirme. Cuando estuve a salvo, junto a unos contenedores volcados, me permití respirar de nuevo. Volví a casa, a aquel refugio de cemento y tristeza.

Al regresar, mis compañeros me recibieron con la alegría medrosa de quien reconoce que ha salvado su pellejo unas horas más. Mónica me abrazó breve, sin palabras. Compartimos el botín. Pedro, que había sido carnicero, se encargó de dividir las raciones. Tomamos la decisión de cambiar la rutina: nadie volvería solo, los túneles serían nuestra única vía. No más salidas a la superficie sin cobertura.

Esa noche el frío apretó aún más. Escuchábamos el lamento lejano del viento colándose por las rejas, el crujir ocasional de huesos sobre el pavimento. Los zombis parecían menos activos, atados por el frío, pero sabíamos que cualquier ruido podía reactivarlos, una tormenta, un disparo, una mala decisión. Hablamos en voz baja, rememoramos la última vez que vimos a familiares vivos. Algunos lloraban en silencio por miedo a los otros, no a los zombis: la fragilidad humana se hacía más clara en la escasez. Se discutía sobre la posibilidad de buscar nuevas rutas hacia el norte, quizá a pueblos pequeños donde el frío ayudara a mantener a raya el desastre. Una anciana, doña Estrella, decía saber de una familia de agricultores en Somosierra, pero el viaje significaba exponerse días completos, arriesgarse a helarse de hambre y miedo.

Por la radio, una tarde, captamos una señal inquietante. Una voz, modulada y rasposa, anunciaba: “Puente de Vallecas, punto de reunión mañana medianoche. Intercambio de comida, armas y medicinas.” Era la primera vez en semanas que se organizaba algo parecido a un mercado, aunque fuese un susurro en la penumbra. Decidimos enviar a dos hombres jóvenes y una mujer fuerte, con algo de medicinas para negociar. Arriesgar la vida por aspirinas parecía demencial, pero tener otra docena de lentejas y tal vez munición era la diferencia entre la vida y la muerte.

La expedición preparó su salida durante la noche, atando cuchillos al cinturón, improvisando escudos con tapas de cubos metálicos. La idea era encontrarse con otros con la misma desesperación, sin caer en trampas. Había bandas armadas, bandas de militares desertores o de antiguos presos. Y también había redes de solidaridad aún vivas, personas capaces de ayudarse unos a otros, aunque fuese por puro instinto de especie.

Yo me quedé esperándoles en el refugio, los minutos convertidos en horas, repasando mapas mentales de la ciudad, recordando el sonido de los zombis sobre la rotonda de Atocha, la visión fugaz de un autobús ardiendo en la lontananza. Afuera, un silencio antinatural se apoderaba de todo. Era lo más parecido a la paz, una paz de bunker, hecha de miedo y resignación.

La noche se alargó sin noticias; por la mañana, cuando el sol asomó como una pálida moneda al este, la puerta de la estación crujió. Era Lucía, una de las expedicionarias. Tenía la ropa rota, las manos temblorosas y la mirada vidriosa de los que han visto algo irreparable. “No eran comerciantes”, murmuró. “Eran una cuadrilla de saqueadores. Matamos a uno, conseguimos esto.” Nos enseñó una bolsa de latas abolladas, algo de leche en polvo y tres paquetes de arroz sin etiquetas. De los otros dos, ni rastro.

Algunos lloramos por la pérdida. Otros maldijeron; todos nos sentimos aún más cercados. Pero nadie cuestionó la necesidad de hacerlo de nuevo. Era la rutina de los fuertes, o de los que no tenían opción.

Pasaron los días, caían más nevadas y los muertos siguieron congelados, apilados en portales y plazas. El hambre y el frío mataban ahora más que la epidemia. Una cuarta parte de nuestro grupo no despertó una mañana, y los enterramos en la línea 1, al fondo del túnel, cubriéndolos con mantas raídas y tierra helada.

Por primera vez, algunos quisieron bajar los brazos. Hubo peleas por una cucharada de arroz, hubo amenazas de expulsión, hasta que entendimos—o nos forzamos a entender—que solo juntos sobreviviríamos. Doña Estrella, con sus años y su voz clara, propuso lo impensable: limpiar el parque cercano, cerrar los accesos y tratar de sembrar algo en cuanto pasara el invierno. Al principio, nos reímos. Pero poco a poco, la idea se abrió paso en nuestras mentes desesperadas. No se trataba de vivir, solo de seguir existiendo.

El día 23, cuando el frío era casi insoportable, una nevada particularmente densa silenció incluso los ruidos de los zombis arrastrándose. Salimos todos juntos, en bloque, a limpiar el parque del barrio. Los muertos que allí quedaban estaban casi petrificados, más fácil prenderles fuego que escapar de ellos. Llenamos el aire de humo acre y llanto, empujando montones de huesos y trapos, hasta que, al caer la tarde, el parque estaba libre de cadáveres. Nos miramos unos a otros, cubiertos de ceniza y nieve. No era una victoria, pero sí una tregua.

Esa noche, por primera vez desde el comienzo de la pesadilla, tuvimos algo parecido a una conversación. Hablamos del futuro, de plantar en primavera, de negociar con los supervivientes del otro lado de la ciudad. Mónica hizo inventario, Pedro ofreció lecciones de carnicería y Lucía, todavía temblorosa, se comprometió a enseñar a pescar en el Manzanares cuando fuera posible.

Por la radio, de pronto, una voz desconocida habló en gallego. Era la señal de que la vida, aún fragmentada, persistía más allá de nuestro pequeño círculo de desgracia. Lloramos todos, por delgadez, por locura, por frío, por miedo. Lloramos también por una esperanza absurda, casi infantil, de que esta ciudad acechada, alguna vez, volvería a ser un lugar en donde vivir no fuera un acto de fe.

El invierno siguió, devorando con sus fauces muertas todo aquello que no estuviera dispuesto a resistir. El hambre y el frío fueron más mortales que los zombis, pero también más honestos. Aprendimos a no fiarnos de las promesas, pero también a no dejar pasar una oportunidad. En Madrid, ciudad bajo asedio, la supervivencia ya no era solo cuestión de suerte, sino de coraje y memoria. Y en la memoria, aún ardía, con las brasas de la vieja ciudad, la esperanza de que un día el mundo dejaría de ser una tumba nevada.

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