Guerra mundial Z: Una historia oral de la guerra Zombi
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Apocalipsis Z. El principio del fin
Portada del relato La siembra tras el horror
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Fragmento:


—No hay cambios en el este —informó Lucía, anudando un pañuelo rojo en torno a la muñeca—. Las rutas de las caravanas siguen siendo seguras hasta Padul y Cenes. Las rutas cortas siguen prohibidas, han vuelto a verse rastros de saqueos y animales salvajes por la nacional.

Duración: 12:22

La siembra tras el horror
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Texto de ajuste de pausa.

14 de septiembre de 2026

El aire ya secaba, tirando a fresco sobre la Vega de Granada, y al caer la tarde una brisa arrastraba semillas de polvo y algún rastro lejano de humo de las antiguas ruinas. La ciudad vieja era aún un territorio prohibido, donde sombras y ruidos imprevisibles recordaban que la muerte —o aquello que vino después— no se había ido del todo. Pero aquí, en las afueras, tras poderosas tapias de bloque, casas encaladas y vallas de escombros, la vida comenzaba a brotar otra vez, tímida pero obstinada, como el verde en los campos recién surcados.

Carmen Ramos bajó la escalera de su bloque de tres plantas, sentía el tablón desigual y ruidoso bajo sus botas mientras cruzaba el descansillo hasta el patio. Era su turno en el muro. Lo sabía porque en la puerta, sobre una pizarra rescatada de una escuela, figuraba con tiza el nombre: “Carmen R. — Oeste, Turno 3”. Como si fuera una broma, debajo alguien había añadido un dibujo tosco de un sol y un espantapájaros, símbolo para muchos de que nada volvería a ser tan letal como el hambre.

En el patio, aguardaban otros cinco guardias —hombres y mujeres, la mayoría entre los veinte y los cuarenta— revisando viejas escopetas, lanzas improvisadas, flechas de buena factura y un par de ballestas. Uno de ellos, Joaquín, le saludó levantando apenas la barbilla.

—¿Ha habido novedades? —preguntó Carmen calzándose bien el chaleco de cuero, adaptado a partir de camisas de policía de otro tiempo.

—Nada. Solo un conejo cerca del huerto y un par de gritos lejos, en el polígono —respondió él encogiéndose de hombros—. Igual han sido móviles dispersos de saqueadores o algún bicho nuevo.

—Ojalá no sea nada —Carmen miró al cielo: asomaban ya algunas nubes que, en septiembre, solían traer lluvias breves—. Más vale tener miedo que confianza.

Cruzaron juntos el repliegue de la torreta oeste, un antiguo almacén agrícola refuncionalizado como torreón. Subieron la escalera de hierro desportillado, y desde lo alto pudieron ver al oeste los surcos de cultivo: trigo, cebada, remolachas, algunos almendros, hileras de patatas que ahora se doraban al sol y, a lo lejos, las huellas herradas de un carro recién ido hacia el río. Pequeñas hileras de casas apiñadas, las calles organizadas para crear arterias de escape, entre murallas y barricadas.

La vigilancia era más que mirar: era escuchar, olfatear el aire, sentir bajo los pies el temblor de una turba. Todavía, a pesar de los años, nadie confiaba plenamente en los sentidos. Había aprendido a conocer los distintos timbres del silencio: uno para la amenaza zombie, otro para la emboscada humana.

Los problemas —como recordaba bien Carmen y como todos temían— venían muchas veces de los vivos. Los zombis ya no eran la horda imparable de los primeros años: humanos harapientos, resquebrajados, dientes y uñas de sombra, lentos y torpes pero mortalmente tenaces. Ahora eran un asunto residual en la Vega, pero bastaba uno nuevo, fresco, para causar estragos. Y estaban los saqueadores: nómadas desesperados, bandas que huían de sus propios fracasos y buscaban comida, armas, cualquier cosa que pudieran robar.

El asentamiento de Vega Sur —así lo llamaban— se había formado durante los primeros meses de 2022, sobre las ruinas del antiguo polígono agrícola de la ciudad. Se expandió como un arbusto tenaz, refugiando a centenares de almas: supervivientes, agricultores, soldados retirados, familias enteras de otras provincias. Con el tiempo, y tras meses de lucha, habían conseguido limpiar varios kilómetros alrededor y construir muros dobles. Si bien no era una fortaleza inexpugnable, sí era un refugio sólido, y rara vez los zombis u hombres desesperados lograban cruzar el límite sin ser detectados o repelidos.

El día avanzó sin incidentes. Carmen patrulló, cambió charla con sus compañeros, divisó algunos niños jugando cerca de un pozo —protegido, vigilado por una anciana con rostro impenetrable— y escuchó la risa breve de los más pequeños: era música extraña, un eco del mundo de antes, pero cada día la escuchaba con menos miedo.

Al ponerse el sol, regresó al patio central. Se reunieron para la charla final del turno. Allí esperaban Lucía, la coordinadora del muro, y Mario, uno de los encargados del reparto de alimentos.

—No hay cambios en el este —informó Lucía, anudando un pañuelo rojo en torno a la muñeca—. Las rutas de las caravanas siguen siendo seguras hasta Padul y Cenes. Las rutas cortas siguen prohibidas, han vuelto a verse rastros de saqueos y animales salvajes por la nacional.

—Mañana partimos tres carros al Zaidín. Nos corresponde intercambio de semillas y papel —anunció Mario. Su voz era siempre ronca, pero transmitía cierta autoridad—. Los que vayan tendrán que dormir allá, volvemos al otro día.

Carmen se ofreció para ir, pero Lucía negó con la cabeza.

—Tú, esta vez, te quedas. He oído que han descubierto unos bancales de tomates y calabacín al otro lado de la Acequia Gorda, secos pero recuperables. Sé que eres buena con eso.

Carmen asintió, ocultando una pequeña punzada de decepción. Le gustaba salir, ayudar, negociar con otros asentamientos; pero también sentía casi devoción por la tarea de arrancar vida de la tierra.

Aquella noche cenaron lentejas, pan cocido en el horno de leña y un poco de queso fresco. Conversaron en torno a una linterna de dinamo. La energía era preciosa, pero con el molino eólico y una micropresa sobre el río Genil, conseguían alumbrado para unas horas. Los niños —seis, ocho, diez— escuchaban atentos una historia sobre los Reyes Católicos y la conquista de la Alhambra, como si fuera una leyenda de la más remota antigüedad. Algunos de los viejos, supervivientes llegados de Motril y Almería, reían discreto cuando se mencionaban conceptos como “móvil”, “wifi” o “televisor”. Todo aquello parecía producto de una mitología extranjera y lejana.

Antes de dormir, Carmen fue al muro una última vez. El relente rozaba el suelo, el campo olía a humedad y a tierra removida. Desde su puesto, miraba hacia el oeste, donde se adivinaba la silueta torcida y negra de la antigua ciudad. Le recordaba noches mucho peores, gritos y fuego, la huida inicial. Pensó en su hermana pequeña, muerta en los primeros meses, en la urgencia de esconderse, correr, olvidar todo. A veces creía no recordar ni el rostro, solo una sombra idealizada por los años: la voz, la risa, probablemente ya mezcladas con los recuerdos de otras personas.

Un silbido corto, desde la torre este. Carmen levantó la linterna. Era señal de precaución. “Uno vivo, sin armas a la vista”, gritó la voz de Ángel, el guardia de ese flanco.

La rutina era clara. Un superviviente solitario podía ser un explorador, un nómada, un saqueador disfrazado, un portador involuntario de la plaga. Carmen bajó rápidamente y avanzó entre los surcos exteriores, cubierta por Lucía, hacia la muralla.

El extraño tenía el aspecto de tantos otros: barba recia, ropas desgastadas, una mochila a la espalda. Levantó ambas manos. Cuando la linterna le enfocó la cara, vieron a un hombre de cerca de cuarenta años, ojos enrojecidos, rostro hundido por el cansancio.

—No traigo problemas. Solo busco refugio y comida a cambio de lo que sé hacer. Puedo trabajar —dijo con voz clara, articulando despacio, como si temiera que le dispararan ante el más mínimo titubeo.

—¿De dónde vienes? —preguntó Lucía, ocultando la desconfianza tras su voz grave.

—De Loja. Allí… ya no queda nadie. O están muertos o han ido al sur, a la costa. Yo quedé atrás. Busqué por la Sierra y me dijeron que aquí había un asentamiento.

Mientras el protocolo de ingreso se cumplía —revisión, preguntas, desinfección, comprobación de heridas o fiebre—, Carmen observó al hombre. No parecía armado ni hambriento de violencia, pero sí de otro tipo de ansiedad: el miedo a caer, a quedar fuera una noche más en tierra de nadie.

Lo llevaron al cobertizo de cuarentena, una pequeña caseta con doble entrada. Pasaría allí al menos dos días, hasta comprobar que no estaba infectado ni era un infiltrado. Cuando cerraron la puerta, una mezcla de alivio y soledad recorrió su expresión.

Esa noche, ya en su cuarto, Carmen revisó su cuaderno de campo. Apuntaba los cambios en los cultivos, el ciclo de lluvias, la aparición de nuevas plagas: orugas, ratones, incluso jabalíes salvajes. Anotó una frase al margen, sin pensarlo demasiado: “Hoy llegó un forastero. Sobrevive. Nada más importa”.

A la mañana siguiente, los campos ya hervían de actividad. Los agricultores cruzaban la acequia con palas, azadas, cestos de semillas. Carmen se unió al grupo que exploraría los bancales abandonados: sería un día de trabajo duro, arriesgado, pero en 2026 cada trozo de tierra recuperada era literalmente vida añadida al futuro de todos.

Atravesaron senderos hoy cubiertos de zarzas y ortigas. Cuatro guardias armados marchaban en vanguardia, revisando cada recodo, cada sombra. Por momentos, el olor a muerte —cadáveres viejos, huesos dispersos o carne putrefacta de animales— asaltaba el olfato, pero los nervios ya habían aprendido a ignorarlo.

Junto a la acequia, los bancales de calabacines y tomates se veían resecos pero no irrecuperables. Carmen cató la tierra, texturó el barro entre los dedos, metió la pala honda. Había esperanza. Indicó que cavaran más hondo, que buscasen los bulbos por si quedaban raíces. Rosa, la niña reclutada para aprender el oficio, preguntaba cada detalle con la seriedad de quien cree que puede salvar el mundo.

—¿Crees que alguna vez volveremos a vivir en las ciudades? —preguntó Rosa mientras desenterraba una mata de tomates momificados.

—Tal vez, pero no serán las mismas ciudades. Serán otras, hechas por nosotros. Y serán mejores —contestó Carmen sin pensar demasiado.

Trabajaron toda la mañana, sudando y remendando nuevas eras, plantando las primeras semillas rescatadas de bancos genéticos. El sol caía a plomo, pero la esperanza también germinaba. Sabían que habría más ataques, más peligros, más pérdidas. Pero por primera vez en años, nadie dudaba de que habría cosecha.

Cuando, al medio día, tras el silbido de llamada, una caravana de regreso del Zaidín llegó ilesa a las puertas, y supe que habían traído una caja de semillas, papel y algunos instrumentos metálicos, el rumor del asentamiento fue uno de alegría. Se organizaron turnos para replantar, se preparó una comida especial para todos y por la tarde, tras la reunión en la plaza, Carmen fue invitada a hablar frente a los demás.

Subió al pequeño palco improvisado, sintió el peso de decenas de ojos sobre ella. Habló poco, práctica, agradecida.

—Hoy no hay asalto, ni saqueo, ni pérdida. Hoy hemos recuperado vida. El muro, el campo y cada uno de vosotros sois la diferencia. Aquí, mientras sembremos y cuidemos, habrá esperanza.

Hubo aplausos —tímidos, pero ciertos— y por primera vez en mucho tiempo, en Vega Sur se cantó una vieja copla, traída de los días previos al fin del mundo. Esa noche Carmen durmió con la tranquila seguridad de quien sabe que, al menos por un día, no habrá lágrimas en la oscuridad.

Fuera, la ciudad vieja permanecía en sombra, pero dentro de los muros, por primera vez en años, la vida volvía a crecer. Había esperanza, había tierra viva, había niño y canción. Era el principio de todo de nuevo.

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