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Portada del relato Los ecos de la penumbra
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Fragmento:


Hacía justo una semana que el último de los viejos transistores captó una señal militar en onda corta. Solo un mensaje breve: “Madrid caído. Granada, Córdoba y Sevilla silenciosas. Ciudad Rodrigo estable. Evacuad por rutas secundarias. Evitad ciudades”. Lo escucharon varios, cada uno interpretándolo como una herida amarga o una convicción recién dada: era inútil ir al sur, y la meseta central se convertía poco a poco en un páramo tan vacío por dentro como por fuera.

Duración: 11:38

Los ecos de la penumbra
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Texto de ajuste de pausa.

12 de diciembre de 2020

Todo era silencio, salvo por el viento. Ese silbido crudo que bajaba desde las montañas y barría, golpeando cristales rotos, escombros y la memoria de un tiempo que ya parecía un cuento para asustar a los niños… si es que todavía quedaba alguno en aquel rincón de la vieja Castilla. Silencio y frío, una quietud inclemente que no invitaba a salir del improvisado refugio en las aulas heladas del antiguo instituto.

Hacía justo una semana que el último de los viejos transistores captó una señal militar en onda corta. Solo un mensaje breve: “Madrid caído. Granada, Córdoba y Sevilla silenciosas. Ciudad Rodrigo estable. Evacuad por rutas secundarias. Evitad ciudades”. Lo escucharon varios, cada uno interpretándolo como una herida amarga o una convicción recién dada: era inútil ir al sur, y la meseta central se convertía poco a poco en un páramo tan vacío por dentro como por fuera.

Marina despertó esa mañana de diciembre con el mismo dolor sordo en la mandíbula que le acompañaba desde hacía meses; los dientes rechinaban en sueños, tensos por las imágenes que el subconsciente no dejaba enterrar del todo. Llevaba una semana sin ver al grupo de vigilancia nocturna relevarse por el pasillo. Alguien había comenzado a desaparecer cada tanto. Una vez fue Martí, al que un ataque lo dejó herido; otra vez, tras dos crudos días, fue Lucía, que simplemente dejó atrás su mochila en la esquina donde solía dormir.

Despertó en una de las aulas que dos años antes contemplaban solo literatura y listas de verbos irregulares, reconvertidas ahora en dormitorios, cocina, enfermería y en la celda donde curaban a los mordidos mientras caía la nevada. El papel pintado seguía ahí, con sus mapas de Europa que ahora eran poco más que guías de cementerios andantes. Marina contuvo la respiración al levantarse. A veces amanecer con vida era motivo para sonreír. A veces, solo pesaba más.

Caminó hacia la entrada, cruzando los ojos con la anciana Rosario, acurrucada en una esquina con dos capas de mantas y la mirada vacía. Atravesó el patio cubierto de hielo, donde una fogata improvisada apenas se atrevía a desafiar al viento, y llegó al extremo del edificio para comprobar el muro improvisado. Palés, barras de hierro, puertas arrancadas de bisagras; cualquier cosa servía para mantener a raya la amenaza constante. Pero ese mes, la amenaza titilaba menos allá fuera. La horda se movía más despacio con el frío. Algunos cuerpos ni siquiera se levantaban ya: simplemente quedaban, cubiertos de nieve como un mal augurio.

Habían convertido el instituto de las afueras de Ávila en un fortín. Eran sesenta y tres, de los cuales solo diecisiete podían luchar, y de esos apenas ocho eran realmente eficaces. El resto: niños, ancianos, heridos, agotados. La semana anterior hubo apenas una lata de alubias por cabeza. Ese día, la discusión giraría en torno a sacrificar a la cabra que llevaban alimentando con lo poco que quedaba de heno.

La rutina era frágil y sagrada. Una de las reglas era no mirar fuera demasiado tiempo, otra era no hablar de los familiares que no estaban allí. Pero la norma más reciente—y la más debatida—era reservar la leña y los carbones. El invierno no perdonaba, y en los pueblos cercanos, según correos de radio y palabras entrecortadas, la muerte ya no era rápida ni sangrienta, sino lenta. “La hambruna está matando más que ellos”, repetía Antonio, el exprofesor de ciencias, convertido a regañadientes en líder.

El comedor era un trabajo de resistencia emocional. Olor a pie, a sudor, a velas baratas y carne curada, esa última reservada solo para los que volvían de las patrullas diurnas. Se habían propuesto mandar grupos de tres por los caminos secundarios hasta la antigua carretera de Salamanca, buscando alimentos en los caseríos abandonados. El riesgo era alto: los infectados, ahora lentos pero imprevisibles, podían ocultarse tras un tractor olvidado o entre los setos densos. El frío aumentaba la suerte o el infortunio de encontrárselos quietos, como estatuas congeladas a la espera de calor humano para reanimar la caza.

Aquella mañana, mientras Marina partía el poco pan duro que quedaba, se sentó junto a Pablo y Sara, el único matrimonio que aún compartía la jaula del amor en mitad de tantas trincheras. Hablaban en voz baja sobre el pequeño truco de encender las mantas con botellas de agua calentada en la estufa común. Sara preguntó por Tomás, el muchacho que iba rotando turnos en la vigilancia norte.

—Tomás sigue animado —dijo Marina a medias entre la verdad y el deseo—. Pero hay que decidir quién va hoy al caserío del Molino, los mapas dicen que debería quedar algo.

Pablo, que había perdido a dos hermanos en el caos de Madrid—sus nombres ahora grabados en una pared de clase, bajo la frase “recordar es resistir”—volvió la mirada atrás.

—El Molino está cerca del río. Si nieva de nuevo, sólo podremos volver con suerte. Y si hay que cargar algo pesado…

—Yo iré —dijo Marina antes de pensarlo. Porque quedarse, a veces, era peor.

Los preparativos eran lentos y dolorosos. Guantes rotos, botas de diferentes tallas, un hacha que compartían en cada expedición y el viejo rifle de caza, con cinco cartuchos. Antes de partir, Antonio les hizo jurar que volverían antes del anochecer. Eran reglas nada sagradas, pero todos sabían que la peor muerte llegaba cuando caía el sol y los gritos retumbaban en los tejados vacíos.

Caminaron bajo un cielo color plomo, la nieve crujía como papel de caramelo bajo los pies. Eran Marina, Pablo y Rosario, la otra, una chica delgada con un grave corte en el muslo izquierdo del que cojeaba, pero que nadie quería dejar sola allá dentro. El molino estaba a unos tres kilómetros río arriba, entre álamos descarnados y campos de patatas donde, alguna vez, jugaban los niños antes del miedo.

No hablaron durante mucho rato. Se habían escaso ya las palabras. A lo lejos algún cuervo sobrevolaba, atento a los cadáveres congelados en las cunetas. En un par de ocasiones creyeron ver movimiento entre las zarzas, pero solo era el viento rebelde y las sombras de la memoria.

Llegar al molino fue fácil. Entrar, no tanto. La puerta principal estaba atrancada, pero la ventana rota les dio paso, entre cristales y una polvareda de harina húmeda. Marina lideraba, revisando cada rincón con la lámpara y el rifle anclado al hombro. Buscaban comida, herramientas, algo de leña. Rosario localizó dos sacos de harina y un garrafón de aceite, Pablo una vieja escopeta oxidada y una caja con seis cartuchos a medio carroñar.

—Esto nos da un día más —murmuró Rosario cuando salían cargados.

Al volver, la nevada se volvió aún más densa, y los pies se hundían en el fango helado. Al acercarse, reconocieron las primeras huellas frescas de zombi: surcos profundos, arrastrados, dirigidos hacia el noreste. El miedo paralizaba el habla y tensaba las articulaciones. No obstante, la urgencia por regresar les empujaba, otro miedo aún mayor, más humano que visceral: el de dejar solos a los que quedaban dentro del muro.

Era el crepúsculo ya cuando la entrada del colegio apareció tras la bruma, y los sonidos de alarma desde el muro de palés les acogieron con gritos ahogados.

—¡Tres a la vista! ¡Rápido!

Los tres infectados eran una sombra, figuras deformes por el frío, pero aún capaces de torcerse hacia el calor humano con la ansiedad de una fiera hambrienta. Apenas quedaban balas para los tres. Pablo apuntó con la vieja escopeta, falló el primer disparo, el segundo alcanzó el cuello del primero. Rosario cubría la puerta de entrada con el hacha. Marina, ya sin balas, agarró un palo grueso: los enfrentó con una furia que no sabía que tenía antes de aquella vida.

El tercer zombi cayó al suelo, a medias congelado y a medias por el peso que entre los tres lograron ejercer. La sangre no fluía tan abundante, pero la pestilencia era la misma. Alguien se la había jugado y terminó con un mordisco en el antebrazo. Fue el destino, irrebatible. Pablo, con lágrimas en los ojos, ayudó a arrastrar el cuerpo del infectado lejos de la puerta, temblando.

Esa noche no hubo cena especial para los que salieron a buscar comida. Solo silencio, miradas al suelo, y una ronda rápida de oraciones mudas en el antiguo laboratorio de ciencias. Uno de los niños, Javier, preguntó si mañana habría navidad y, por un momento, todos quisieron mentirle con igual ternura y mentira.

Las siguientes jornadas fueron variaciones sobre el mismo tema: escasez, miedo, frío, rutinas de silencio y defensa. Quienes patrullaban afuera aprendieron a caminar sin hacer ruido, a desconfiar de cada nevada y prestar atención al hielo que podía ocultar al siguiente enemigo. Quienes quedaban dentro se repartieron tareas: filtrar agua, intentar calentar el aula más grande, hacer recuento de medicamentos.

El impacto del invierno se notaba incluso en la manera de pensar. A falta de libros y conexión, los supervivientes compartían historias al calor de la estufa: cómo era la antigua estación de tren, la última feria medieval de Ávila, los veranos en la piscina municipal. Esa reconstrucción mental era lo que verdaderamente les mantenía a flote. La nostalgia se convirtió en cemento para los muros invisibles del ánimo.

Marina se volcó en la tarea de armar una pequeña red de señales entre otros refugios. Una vez por semana, si el tiempo lo permitía, subía con Pablo a una colina cercana, donde un mástil improvisado, fabricado con trozos de bicicletas y antenas rotas, les permitía enviar un destello con un espejo o, si el generador arrancaba, una pequeña luz. En ocasiones, alguien devolvía el mensaje: dos destellos, significaba que aún había vida en el siguiente pueblo. Cualquier día podía faltar esa respuesta.

El invierno se hizo más crudo. Los cadáveres apilados en la ciudad cercana empezaron a formar montones, visibles desde lejos, como nuevas montañas. Los supervivientes temían igual a la hambruna y al frío que al enemigo ya conocido. Algunos se preguntaban si no era mejor dejarse morir dormidos y descansar por fin. Pero quedaban otros, como Martina, como Pablo, como Sara, como los niños, que seguían creyendo en algo. No era esperanza: era la inercia, la terquedad, las historias que compartían, la convicción de que resistir, aunque fuese un día más, los acercaba a la posibilidad de que, tal vez, en primavera, todo empezase de nuevo, que algún lugar aún quedara para reconstruir.

La navidad llegó sin villancicos, sin luces, pero alguien recordó una canción y la tarareó en voz baja mientras partían el último trozo de pan. Marina pensó en su madre, en su hermana perdida cerca de Madrid, en la ciudad iluminada que a veces soñaba y que ya solo existía en su cabeza. No eran recuerdos felices, y sin embargo, mientras el viento azotaba y los lobos aullaban lejos —mezclados los ecos con los gritos de los infectados enterrados en la nieve—, se prometió no olvidar. Si sobrevivían al invierno, si la primavera traía algo más que huesos y ceniza, serían ellos quienes mantendrían viva la memoria del mundo perdido, y construirían, poco a poco, algo nuevo sobre sus ruinas.

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