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Fragmento:


Abandonaron la seguridad del edificio poco después del amanecer. Cruzar el umbral era un juego de equilibrio entre miedo y esperanza, siempre con el cuchillo en la mano y la mochila pegada al cuerpo, ropa oscura y pasos sigilosos. Carmen llevaba tiempo notando que los zombis preferían el crepúsculo, como los insectos; la luz rala del invierno los adormecía aún más.

Duración: 11:25

La reconquista de la Ribera
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Texto de ajuste de pausa.

13 de diciembre de 2020

La nieve cubría los tejados de las casas bajas, silenciosa pero implacable, como un sudario blanco sobre los restos de lo que una vez fue vida suburbana. Era el primer invierno completo con la plaga, y la Ribera de Cuenca parecía al fin haber encontrado un respiro, aunque fuera tan solo durante las pocas horas cortas de luz que concedía diciembre. El frío que calaba los huesos hacía a los muertos lentos, indolentes, y a los vivos más desconfiados aún, más difíciles de matar pero también de ayudar.

Carmen apoyó la frente contra la ventana entelada de la cocina, sin atreverse a abrir la persiana del todo. Afuera, la calle que antes retumbaba con los gritos de niños y el paso de coches estaba desierta; solo los cuervos, que ahora se habían multiplicado, se atrevían a disputarle el territorio a los infectados. Contemplaba la masa de cuerpos semienterrados en la nieve, sospechosos, extrañamente quietos. Desde hacía días ya, parecía que la mayoría de los no-muertos se habían embotado en movimientos torpes, incapaces de persistir mucho tiempo contra el gélido viento del Tajo.

―Van a empezar a pudrirse de una vez por todas, si este frío sigue una semana más, ―musitó, observando los cuerpos acumulados junto a lo que antes era la churrería de Rafael.

Detrás de Carmen, cuatro personas compartían la pequeña área de cocina, envueltos en varias capas de ropa, bufandas y batines desparejados. Sobre la mesa quedaba la última lata de garbanzos, abierta con esfuerzo después de forcejear con el abrelatas herrumbroso que traía Inés. Nadie quería preguntar de dónde la había sacado.

El grupo, sin embargo, estaba más organizado que nunca desde el verano. A base de pérdida, dolor y astucia, la decena de supervivientes había aprendido a resistir en aquel edificio de tres plantas, atrincherado con muebles y colchones en los huecos de las escaleras, y fortificado tras puertas con tablones y clavos improvisados.

Pedro, el herrero jubilado, había sido el primero en darse cuenta de la ventaja que traía el invierno. Hablaba ahora desde el fondo del pasillo, envolviéndose las manos en mantas mientras lanzaba leña escasa al brasero:

―Tienen menos aguante con la helada. Si salimos a buscar víveres hoy, podemos dar la vuelta al polígono entero sin tener que preocuparnos demasiado. No como en verano, que era una verbena de gritos y carreras.

Ismael, el más joven del grupo, no parecía convencido. Su brazo izquierdo colgaba inválido desde hace meses, tras una emboscada fallida en la farmacia de la rotonda. Pero tenía la mirada viva, demasiado para su edad, y la costumbre de ir de un lado a otro de la casa recogiendo noticias de cada ventana, husmeando con los prismáticos cuanto podía.

―¿Y si despiertan? ¿Tampoco querrás andar sacando comida justo cuando alguno de esos resucite y decida que te apetece para desayuno, no?

Carmen intentaba mantener el orden sin autoritarismo. Había sido profesora antes, y ese instinto de velar por los otros le había salvado la vida. Tomó una decisión rápida:

―Salimos tres. Pedro, tú y yo. Ismael, te quedas con Inés, no me discutas. Si ves movimiento por la ventana del patio, nos avisas por la radio. Si no estamos de vuelta en una hora, ya sabéis la rutina. Cerráis, bloqueáis, y después hacéis ruido sólo en caso de emergencia.

El grupo funcionaba a base de instrucciones secas, turnos y señales. Dos años antes, aquel edificio era solo un bloque más en el extrarradio de Cuenca, un lugar de paso. Ahora era un reducto de humanidad asediada, pero también el germen de una comunidad que aprendía rápido.

Abandonaron la seguridad del edificio poco después del amanecer. Cruzar el umbral era un juego de equilibrio entre miedo y esperanza, siempre con el cuchillo en la mano y la mochila pegada al cuerpo, ropa oscura y pasos sigilosos. Carmen llevaba tiempo notando que los zombis preferían el crepúsculo, como los insectos; la luz rala del invierno los adormecía aún más.

Avanzaron despacio, pisando la nieve para no hacer demasiado ruido sobre el asfalto. Las pisadas marcaban huellas que sabían que todo podía delatarlos ante otros vivos, esos que en los últimos meses se mostraban a menudo tan peligrosos como los muertos. El supermercado abandonado estaba a dos calles. Sabían su interior de memoria: los pasillos saqueados y el olor a podrido, la puerta metálica atrancada con carros y las sombras traicioneras al fondo, donde aún quedaban algunos cuerpos que nadie se atrevía de momento a tocar.

Al llegar, Pedro se adelantó, encorvado, y forzó la entrada con la misma palanca oxidada de siempre. Carmen se cuadró junto a la puerta, atenta a cualquier sonido fuera de lo común. Todo olía a miedo y contención.

Dentro, la penumbra era total. Iniciaron el registro metódico de los estantes bajos; latas quedaban muy pocas, pero Pedro siempre encontraba alguna caja partida a la que otros no habían prestado atención. Carmen, mientras tanto, se dirigió hacia el almacén, donde en los días anteriores habían visto ratas pero también, una vez, una garrafa de aceite bien escondida.

En esa ocasión, sin embargo, lo inesperado les saltó encima. Un ruido seco, metálico, surgió del otro pasillo. Instintivamente, Pedro y Carmen se miraron: era humano, no de muerto.

Carmen intentó contener la respiración mientras echaba mano a su cuchillo. Sacó de la mochila su radio, hablándole quedo a Ismael:

―Alerta, vivo, supermercado.

La respuesta fue estática.

Sin dudar, Pedro se asomó cautelosamente, cubriéndose tras un estante de harinas apolilladas. Carmen le imitó, deslizándose por el suelo. Entonces lo vieron: una mujer, cubierta con una manta sucia y arrastrando un carro repleto de cachivaches. Su rostro era una máscara de hambre, los ojos inyectados en sangre no por la infección, sino por falta de sueño y alimento.

La tensión se disparó. Nadie habló. Nadie bajó las armas improvisadas. Al fin, la mujer levantó las dos manos temblorosas, suplicando:

―No llevo nada de valor, sólo busco comida. No os acerquéis…

Pedro arriesgó primero:

―Si compartimos, tendrás que venirse. No podemos dejar a nadie suelto por aquí.

Mientras Carmen y Pedro negociaban en susurros aquella colaboración precaria, Carmen sintió el peso de la nueva realidad: la humanidad, o lo que quedaba de ella, estaba aprendiendo a tratar a los extraños como potenciales enemigos. Pero algunos, quizás, aún recordaban cómo compartir.

El acuerdo fue sencillo: la mujer, que decía llamarse Maribel y venir de Tarancón, aceptó volver con el grupo a cambio de una cama y cena caliente. Si intentaba nada raro, la largarían a patadas al siguiente amanecer. Era lo más cercano a un contrato de confianza que podía conseguirse en aquellos días.

Regresaron al edificio cuando la luz del día se inclinaba, temiendo tanto a los muertos como a los vivos que deambulaban con demasiadas armas o con miradas vacías. Ismael les esperaba en la puerta, con una sonrisa de alivio. Inés, por su parte, no pudo evitar desconfiar de la visita:

―No nos vengas con cuentos, Ma-ri-bel. Aquí hemos perdido ya suficiente gente.

Maribel arrastró su mochila ante la mirada dura del grupo, dejando encima de la mesa el poco botín conseguido: una bolsa de arroz, dos latas de atún, un paquete a medio consumir de aspirinas. Suficiente para una cena, y para convencer a los demás de que no era una amenaza inmediata.

A lo largo de las horas siguientes, bajo el calor exiguo del brasero, comenzaron las historias. Maribel hablaba de otras bandas, de enfrentamientos brutales en la autopista, de pueblos arrasados por bandas de saqueadores cuya crueldad superaba la de cualquier horda zombificada. Ismael escuchaba absorto, y Carmen tomaba notas mentales.

Fue entonces cuando se acordaron del viejo transceptor. Habían conseguido una radio militar rescatada de la Comandancia meses atrás, reparada a medias con piezas tomadas de una tienda de electrónica. Solo funcionaba a ratos, y solo si subían al tejado en noches despejadas.

Aprovechando la noche limpia, salieron Carmen y Pedro, envueltos en mantas, con el aparato a cuestas. Una vez arriba, la panorámica era desoladora: toda la vega extendiéndose bajo la luna, el río congelado brillando como un cuchillo. No había un solo punto de luz, salvo las antorchas parpadeantes del antiguo hospital, ahora convertido en fortaleza de otra comunidad que apenas sabían si dar por amiga o enemiga.

Encendieron la radio y empezaron a girar el dial, los destellos de estática mezclándose con el ulular del viento. Durante un minuto solo hallaron el rasgueo de canales muertos, trozos de canciones perdidas, el eco lejano de voces que podrían ser ecos de las suyas propias, años atrás.

Entonces, de pronto, una transmisión nítida surgió de entre la estática:

―… repito, fortificado en iglesia de Villar de Olalla. Tenemos sopa y medicamentos, entrada al anochecer, previo reconocimiento. Abstenerse armados en grupo de más de tres. Firma, comunidad de la Ribera.

Pedro soltó una risa ronca, inesperada. Carmen se quedó inmóvil: por primera vez, allí, en la cima del edificio helado y rodeada de muerte, sintió que no estaban solos. Otros vivos resistían, tan maltrechos como ellos. Y, por un momento, los millares de cadáveres durmientes en las calles parecieron menos apabullantes.

Volvieron abajo con la noticia, recibidos con incredulidad y esperanza contenida. Inés murmuró algo sobre que solo faltaba que ahora hubiera algún cura loco fundando sectas, pero todos comieron más tranquilos, con la mirada menos gacha. Maribel, en particular, parecía casi desbordada.

Esa noche, mientras la escarcha arañaba los cristales y los muertos se cohesionaban aún más en la nieve, Carmen se sentó a escribir en su viejo cuaderno, el que había comenzado en marzo, cuando el mundo empezó a desmoronarse.

“Ha comenzado el invierno más frío de nuestras vidas. Cada noche escuchamos menos gritos. Algunos muertos ya no volverán a caminar. Nadie sabe qué será de nosotros en primavera, pero hoy hemos sobrevivido un día más. Y quizás, sólo quizás, algunos de los que quedan tengan intenciones de reconstruir, no de destruir.”

Por primera vez, el futuro no parecía imposible.

Al amanecer, antes de que ningún muerto despabilara del todo, el grupo se reunió junto a la mesa del comedor –ese espacio compartido entre sillas desparejadas, platos mellados y miradas de sospecha convertidas en un pacto tácito de supervivencia. Carmen tomó la última palabra:

―Hoy haremos sopa con lo que queda. Mañana, si estamos enteros, iremos a la iglesia de Villar. Y pasado, si el cielo no se cae, quizás pensemos en algo más que sobrevivir. Ahora, a resistir.

Y así, en la Ribera de Cuenca, en el invierno de los cuerpos helados, los vivos reclamaron la promesa de un día más. Con los puños cerrados, el cuchillo junto al pecho, y un atisbo –mínimo, pero suficiente– de esperanza.

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