Fragmento:
El ruido del viento trae olor a leña y carne salada. También hay tensión en el aire, como cada vez que uno de esos ejércitos de infectados desaparece de los mapas por unas semanas y luego asoman —famélicos— por el cauce del Turia. Pero hoy la preocupación es otra: falta maíz en el almacén, apenas queda antibiótico en la botica de la plaza, y el consejo de la Colonia quiere cerrar un acuerdo urgente de intercambio con los de Alzira.
Duración: 11:58
Noviembre de 2026
Había una niebla espesa sobre las afueras de Valencia. Desde las murallas, un par de reflectores giraban lento, como si buscaran fantasmas. El río Turia, reconquistado por los cañaverales y la ruina, daba calma falsa al que miraba desde arriba. En el campamento sur, la radio comenzaba a chisporrotear: “Colonia Levante, repito, ¿hay recibido?...”. Era la señal que todos aguardábamos, la voz de Violeta, desde Moncada, transmitida con una pila de automóvil y una antena improvisada en la azotea de un silo.
Vivimos aferrados a esos ruidos nuevos, casi más que a las armas.
Me llamo Marcos. A estas alturas, no sé si sigo escribiendo por costumbre o por darle sentido a los días, pero va quedando claro: cada línea en estas hojas puede desaparecer mañana, si las cosas salen mal.
No hay amanecer fácil desde hace años. Entramos en el sexto invierno desde que el mundo se fue al garete y los zombis invadieron Valencia. Cuando quede gente suficiente, alguien contará de nuevo esta caída, porque la ciudad de las artes se pudrió en menos de una semana. Ahora sólo resistimos unos cuantos miles, repartidos por la muralla improvisada de contenedores y autobuses volcados que rodea el barrio del Carmen y parte del Ensanche.
El ruido del viento trae olor a leña y carne salada. También hay tensión en el aire, como cada vez que uno de esos ejércitos de infectados desaparece de los mapas por unas semanas y luego asoman —famélicos— por el cauce del Turia. Pero hoy la preocupación es otra: falta maíz en el almacén, apenas queda antibiótico en la botica de la plaza, y el consejo de la Colonia quiere cerrar un acuerdo urgente de intercambio con los de Alzira.
He sido parte de la comisión de comercio desde primavera y, aunque el cargo me escogió más la casualidad que la vocación, aprendí rápido: negociar en esta España rota es más peligroso hoy que enfrentarse a una docena de zombis desdentados.
***
Bajo las murallas, la plaza principal resiste el tiempo. Ahí, entre adoquines mellados y la sombra de los naranjos salvajes, se reúnen las gentes que aún creen en la comunidad. El mercado es un hervidero de trueques: sacos de arroz traídos de Sueca, mantas hechas con lana de Bétera, botellas de vinagre fuerte, linternas montadas con bombillas de bicicletas viejas. El aire huele a cera y humanos sudados. Los gritos hacen eco: “¡Necesito penicilina!”, “¡Cambio semillas de cebada por sal!”.
Sonia, la médica de la colonia —ojos de acero y cicatriz en la frente— vigila los tarros que le ofrecen. Sabe distinguir la penicilina auténtica de la falsa solo oliendo la tapa, dice ella. Un par de soldados del consejo, con fusiles reparados y brazaletes azules, patrullan para imponer un orden muy frágil.
El consejo, una mesa de seis, manda con mano dura: Don Vicente coordina la defensa, Rosario la alimentación, Claudia y Chema los cultivos, Sonia la salud y yo… comercio y mensajes.
En la radio del puesto central, escuchamos el parte diario de Moncada. “Sigue adelante el envío de semillas de patata, pero los nómadas han atacado la huerta. Requieren pólvora a cambio”. Apenas alcanza la transmisión para un minuto, pero el mensaje nos salva el invierno: sin esas patatas extras, los viejos y los niños no sobrevivirán.
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Valencia está casi vacía, comparada con antes, pero aún acoge casi mil quinientas almas. Se ha vaciado la parte Este, y hasta avenida del Puerto reina el silencio, roto solo cuando una horda de zombis se tropieza con los bloqueos. Los árboles crecen torcidos por donde antes pasaban tranvías.
Los últimos zombis, los peligrosos, aparecen a veces de repente. No son muchos: las viejas hordas han ido cayendo, su carne pudriéndose hasta apenas moverse. Pero son letales con un mordisco. Nadie se fía: un despistado, una caída, un crujido en la noche… basta para perder a alguien. Por eso la disciplina es ley. Por eso las noches son un universo de miedo y silencio.
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Hoy Rosario anunció que apenas quedan 75 litros de aceite. Los gatos han ido desapareciendo —el hambre no respeta mascotas— y proliferan los conejos, los perros asilvestrados y, a veces, ratas del tamaño de ardillas. Las trampas son un negocio en auge. El mercado florece, pero la confianza nunca es completa: hace tres días sorprendieron a un joven de Xàtiva intentando meter una caja de antibióticos falsos. La justicia aquí se aplica rápido y sin piedad. Nadie quiere volver a los días de anarquía.
Me tocó preparar el cargamento: 30 sacos de arroz, 2 barriles de pólvora, un bidón de gasóleo para arrastrar desde Nazaret. La caravana —seis mulos, dos carros, ocho guardias armados— debía partir al alba rumbo sur, atravesando los campos helados de Albufera y rodando hasta las murallas reconstruidas de Alzira.
En la lista de acompañantes iba Julia, la hija de Sonia, acostumbrada a coser heridas con hilo de pescar; y Andrés, experimentado desactivador de trampas humanas, porque últimamente los bandidos colocan minas caseras entre pinos y acequias.
Por la noche, antes de salir, pasé revista a todos: ropa impermeable, botas de caucho llenas de parches, mascarillas de tela, cada uno con al menos tres cuchillos, linterna y radio. Sabíamos lo que nos jugábamos: los zombis ya no eran amenaza insalvable, pero las bandas de saqueadores acechaban tras cualquier muro derruido.
Por eso los pares de ojos. Nunca se viaja solo.
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Pendiente de la salida, escribí cartas para el consejo, por si no regresaba. Desde la caída de Madrid, Valencia se había vuelto una isla de organización entre el caos. Las “colinas” de cadáveres a medio pudrir recordaban en cada esquina la fragilidad del orden.
El alba llegó gris. Salimos cuando las primeras luces rebotaban en las torres del Serrano. Las murallas de la colonia, marcas de disparos aún frescas en los contenedores, parecían más sólidas que nunca desde fuera, más frágiles desde dentro. La ciudad, vista desde el sur, parecía otro planeta: la cúpula del Ágora convertida en invernadero, el cauce del Turia en un pantano, los pavos y gallinas andando libres frente a la Ciudad de las Ciencias, ahora destello opaco de cristales rotos.
El frío recortaba los manzanos y las higueras salvajes a un fondo indeterminable entre la niebla.
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Atravesamos la Albufera en dos horas. Por suerte, los campos de arroz están inclinados al descanso; el barro y las acequias, vigilados por perros pastores armados con palos. Aquí y allá, campesinos saludan sin acercarse. De lejos, parecen estatuas entre la bruma.
Andrés señala una cuerda en el camino, delgada, casi invisible; la recorta de un tajo antes de que la rueda delantera la toque. “Trampa de los nómadas de la Acequia Real —murmura—. Mejor no tocar su territorio”. Julia apunta la localización en un mapa hueco, hecho con retazos de papel satinado.
La caravana reza en silencio cada vez que pasamos junto a una casa abandonada. Las sombras se mueven al paso, pero no hay movimiento y el olor es, siempre, el del agua estancada, la vida antigua huida.
Al llegar a Catarroja, una explosión leve retumba entre almacenes. Vemos humo negro y, allá, figuras corriendo. No nos detenemos. Andrés apunta: “Las bandas de saqueadores, seguro. Mejor lejos”.
Cruzamos el último molino, reconvertido en torre de vigilancia y posada fortificada, y entramos en la zona donde la vida comienza a sentir menor riesgo.
Las murallas de Alzira asoman rugosas: arcilla prensada, fardos de paja, tablones y chatarra. Tras la primera barrera, una hilera de niños observa, con ojos como platos y manos llenas de curiosidad. Una familia entera nos recibe: son los custodios del grano, los que mantienen la paz entre caravanas y bandas. No hay trato que no pase por ellos.
Entregamos el arroz; recibimos las patatas. Rosario —la de la alimentación— sabrá qué hacer con ellas. El trato se cierra rápido: en territorio de nadie, la demora es muerte.
***
El regreso ocurre entre nervios. Andrés pregunta si vimos sombras siguiendo a la retaguardia. Julia recoge botellas viejas tiradas en la acequia, “para hacer bombas molotov si toca”, explica.
Al entrar a las afueras, encontramos el primer grupo de zombis desde hace días: tres apenas, huesudos, arrastran piernas y cabezas ladeadas, la piel ya tan seca que parecen de cartón. Andrés los despacha de un par de golpes de cuchillo. Ni un rasguño. Nadie quiere gastar balas.
Ya casi en Valencia, escuchamos disparos. Un vehículo aparece tras una curva, un Land Rover cubierto de placas de metal. Salen tres hombres armados con escopetas. Al vernos, apuntan y discuten sin bajar el arma. “¿De dónde venís?”, pregunta uno. Doy el nombre de la colonia, muestro el brazalete azul, explico el trato. Dudan, pero al mencionar la radio de Moncada, bajan las armas y se identifican: son patrulleros de Picassent, en ruta a Sagunto con aceite en bidón. Nos “invitan” a compartir fuego la próxima vez. El nuevo orden social: la desconfianza diplomática, la neutralidad armada.
Cruzamos la entrada de la colonia antes de anochecer, con los mulos cansados y las bolsas llenas. Sonia espera en la muralla, con sonrisa y rabia, porque Julia ha llegado con la ropa manchada de sangre. “No es mía”, dice Julia, “es de uno de esos muertos”.
Rosario cuenta y cuenta las patatas como si fueran oro. Don Vicente felicita al grupo, y yo reparto el poco gasóleo entre quienes han tirado del carro. El consejo se reúne rápido: más que dar la bienvenida, quieren noticias del sur, de los campos, de los viejos enemigos de Torrent.
***
La noche en la colonia es más oscura de lo que recuerdo de antes de la pandemia. Por el ventanuco de mi cuarto, oigo música lejana, quizá una guitarra, risas que parecen clandestinas, niños que juegan bajo custodia.
Voy a dormir con mis notas al lado. Pienso en lo vivido y en lo que viene. En esta España muscular y doliente, donde sólo la disciplina, la solidaridad temerosa y el acero mantienen la vida, el futuro se dibuja siempre incierto.
Pero allí, bajo el parpadeo de la vela, en medio de los ecos entre muros, uno aprende: sobrevivir no es sólo respirar. Es confiar una vez más. Es intercambiar comida, aprender a desconfiar sin perder la esperanza, trazar mapas en hojas recicladas, mantener la radio encendida aunque sólo salga estática. Es preguntar, a veces, por nombres que nadie ya recuerda y acaso, alguna noche, contarnos cuentos de la Valencia que fue.
No sabemos cuánto durará este orden. Pero, mientras las alianzas regionales se consolidan y las radios vuelven a transmitir, queda aún la promesa de reconstrucción, de ferias en que la pólvora, el grano y el pan vuelvan a circular con normalidad. De algún modo, aún queda vida entre los muros, y donde hay trueque, hay futuro.
Puede que mañana los muertos —y los vivos— nos arranquen todo. Pero esta noche, sólo hay una cosa segura: queda humanidad, incluso bajo sitio.
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