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Portada del relato Ecos de la Reconstrucción
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Fragmento:


Amparo asintió y marcó los registros en una libreta. Salvador, que tenía un carácter menos dado a la charla, robó una mirada ansiosa al movimiento tras los puestos: entre los tratores y algún joven con escopeta, se asomaba la figura de un recién llegado. Era un chico de unos veinte, flaco, sucio, claramente forastero.

Duración: 12:08

Ecos de la Reconstrucción
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Texto de ajuste de pausa.

21 de septiembre de 2028

El sol había comenzado su lento descenso, tiñendo los cielos de Castilla de un color rojizo, cuando Estela terminó de acomodar en las alforjas el último saco de trigo. En las afueras del antiguo pueblo de Arévalo, todo parecía en calma. Nada se asemejaba al bullicio de la civilización de antaño, pero tampoco al caos y terror que, durante años, había sido el pan diario. Por primera vez en mucho tiempo, el mundo parecía respirar, aunque las cicatrices del horror aún punzaban cada rincón del alma colectiva.

El polvo del camino flotaba aún caliente, y el aire transportaba aromas duros: estiércol, sudor, leña quemada, pero entre ellos, por fin, se colaba una fragancia nueva, de grano seco y albahaca fresca. No muy lejos, las risas de tres niños que correteaban entre las tapias del huerto daban fe de que la vida, tozuda, seguía abriéndose paso. Estela atisbó la figura de Salvador, su compañero, introduciendo barriles de agua en una carreta reforzada. Lo hizo con el movimiento firme y silencioso que había aprendido en los años de vorágine zombi, cuando el menor sonido podía atraer una muerte lenta y voraz.

Todavía quedaban peligros. Por las viejas autovías de la zona de Segovia a Ávila era habitual ver pequeñas hordas dispersas, peleando, tambaleándose, cada vez más torpes, más demacradas, más espectro que amenaza. Pero esos no eran, ya, el mayor miedo. Eran los bandidos, los peores saqueadores que nunca entendieron siquiera el sentido de esta segunda oportunidad; eran el hambre, la desconfianza, la añoranza insana de un tiempo que, para muchos, ya solo existía en relatos a la luz de las velas.

En el centro de Arévalo había un edificio de piedra, de dos plantas, con la mitad de las ventanas cegadas y las entradas taponadas por bloques de adobe y madera vieja. Era la casa de paso, donde los habitantes de aldeas cercanas se reunían, haciendo trueque y compartiendo noticias, protegidos por la pequeña milicia local y su reciente adquisición: una escopeta de doble cañón, reliquia de uno de los últimos remanentes de cazadores.

Estela llevó el trigo al interior y lo cambió por un costal de jabón casero y semillas de guisante, una de las pocas novedades traídas desde Talavera de la Reina, donde aseguraban que habían desenterrado variedades de un antiguo banco genético. El intercambio era rápido, eficiente. La conversación, limitada, pero los saludos y las expresiones de ánimo no faltaban nunca. Aquello que se había aprendido con sangre y pérdidas no podía deshacerse: "cuídate", "vigila los caminos", "mira el cielo al atardecer".

Había pasado poco más de ocho años desde aquel marzo de 2020 en que los primeros delirios de muerte y furia arrasaron hospitales, familias, avenidas. La caída fue rápida; la reconstrucción, lenta y dolorosa, llena de retrocesos. Estela aún recordaba, a veces en pesadillas, los días de 2021, cuando junto a Salvador y apenas quince vecinos más resistieron tras limpiar de infectados una vieja granja, improvisando muros con tractores volcados y fardos de paja. Ahora, aquel recuerdo era una piedra que los mantenía en guardia.

La llegada del otoño en septiembre traía sensaciones contradictorias. Por un lado, era tiempo de cosecha y esperanza; por otro, el atardecer más temprano alertaba de la amenaza de las noches largas, de los embates de las últimas hordas y el riesgo de saqueadores. Sin embargo, ese 21 de septiembre habría una novedad: en Arévalo se celebraría el primer intercambio oficial de la comarca, una feria protegida por milicia y tratantes, en la que participarían representantes de hasta diez comunidades circundantes. Para Estela y muchos otros, más que un evento comercial, era una celebración de la resistencia humana.

La plaza mayor parecía un hervidero. Había improvisadas mesas de madera, sogas con ristras de cebollas y ajos colgando, tarros de pimientos en conserva, sacos pequeños de sal, montones de leña seca, herramientas herrumbrosas que algún taller de la nueva era empezaba a reparar. Un grupo de niños, los de la primera generación que nunca había conocido la televisión ni el internet, se entretenían cerca del pozo rodeando a un perro esquelético, entre curiosos y temerosos. Los adultos, sin embargo, se movían con una mezcla de eficiencia y recelo.

Salvador se acercó, dejando sobre la mesa una maraña de cuchillos de cocina bruñidos. Se saludaron con un breve gesto cómplice. Allí, Amparo, la encargada de guardar los registros del intercambio, preguntó a cada tratante por lo suyo y entregó cupones ásperos hechos con papel reciclado, impresos no hacía mucho en talleres rescatados: "Un saco de trigo, dos de jabón, media docena de cuchillos...".

—¿Algún contratiempo en el camino? —preguntó Amparo, voz grave pero dulce.

—Solo los de siempre, —dijo Estela—, un par de cuerpos moviéndose cerca del puente antiguo. Nos mantuvimos lejos. Por suerte, nada más.

—¿Saqueadores?

—No, esta vez no. Hace dos noches, unos forasteros quisieron emborracharse cerca de la laguna, pero la patrulla los echó. La milicia de Fresno está vigilando bastante.

Amparo asintió y marcó los registros en una libreta. Salvador, que tenía un carácter menos dado a la charla, robó una mirada ansiosa al movimiento tras los puestos: entre los tratores y algún joven con escopeta, se asomaba la figura de un recién llegado. Era un chico de unos veinte, flaco, sucio, claramente forastero.

El chico anduvo sigiloso entre los tenderetes hasta que, finalmente, se acercó al puesto de Estela.

—¿Tienes hilo de coser? —preguntó en un castellano arrastrado, con acento extraño.

—¿De dónde eres? —le preguntó la mujer, tanteando una vieja navaja en el bolsillo.

—De... cerca de la frontera —dijo el joven, sin más detalles—. Camino desde Burgos. Los caminos son... peligrosos. He visto cosas.

Salvador no le quitó ojo. En el pasado, demasiadas veces un extraño traía consigo problemas o simplemente una carga imposible de soportar para comunidades apenas estabilizadas. Pero Estela vio algo en el rostro del joven: una mezcla de determinación y puro miedo; un reflejo del que alguna vez vio en sus propios hijos, perdidos ya, borrados durante un invierno demasiado frío y hambriento.

El muchacho enseñó un saquito de semillas, cuidadosamente sellado en un tarro de cristal. Había una etiqueta ilegible, pero no hacía falta más: semillas nuevas, distintas, eran el bien más querido del momento.

—Encontré esto en un sótano, una vieja escuela. Las guardaron hace años, antes de la plaga. No sé si son buenas ya, pero...

Para entonces, algunos vecinos se asomaron: la presencia del forastero, para bien o para mal, había sido advertida. Amparo se acercó, haciéndose la desentendida, pero con una mano apoyada en la culata de la pistola al cinto.

—No tienes casa ni familia, ¿verdad? —preguntó, sin acritud.

El joven negó con la cabeza, mirando al suelo.

—Puedo quedarme a trabajar, lo que sea. Sé recoger, plantar, sé usar herramientas. Solo... —tragó saliva—. Solo no he tenido suerte.

Uno de los organizadores, Germán, se cruzó de brazos, receloso. —¿Por qué no quedarte en Burgos? Allí dicen que las cosas están más tranquilas ya.

El chico levantó la mirada por primera vez, temblando de rabia. —No. Allí ya no queda nadie... Los últimos murieron en marzo. Fiebres. Cuerpos apilados en la catedral, nada más. No... Allí solo quedan muertos y bandidos.

Una oleada de silencio corrió entre los presentes. Estela apretó el saquito de semillas.

—Sólo por hoy, puedes quedarte —dijo Amparo—. Pero cada noche, las puertas se cierran antes de que oscurezca. Ayudarás a descargar barriles en el depósito. Luego hablaremos.

El chico asintió y se dirigió al fondo de la plaza, con la mirada llena de un agradecimiento feroz, casi infantil. Salvador suspiró.

—Uno más que el mundo nos arroja..., —masculló. Pero Estela, mirando el frasco de semillas, se sintió invadida por una punzada de esperanza: cada grano era una promesa.

La tarde avanzó. Llegaron dos carretas de la zona de Villacastín, con sacos de patatas y un pequeño cabrito, de lo último que aún podía conseguirse por el secarral. Una pareja de la vieja zona de Nava de la Asunción aportó una caja con piezas de un generador destartalado; algunos jóvenes discutían formas de adaptarlo a una pequeña presa en las afueras, pues desesperadamente se necesitaba transformar el flujo del río en energía, para alumbrar las largas noches que pronto regresarían.

No faltaron las disputas: una mujer mayor amenazó con abandonar el intercambio cuando la llamaron tramposa por el peso de su saco de leña. Dos adolescentes, armados apenas con hondas, discutieron el valor justo de una tableta de chocolate vencida y un tarro de miel rubia cosechada en colmenas rescatadas del olvido.

Sin embargo, lo más importante se palpaba bajo la superficie: los lazos de una comunidad cada vez más entrelazada, capaz de negociar, resolver y confiar a pesar de los temores. Las primeras señales de una civilización renovada.

Atardecía cuando llegó la noticia que alteró el ambiente de la feria. Un explorador a caballo entró en la plaza, jadeante, el sudor cubriéndole la frente.

—¡Han cruzado una docena de cuerpos por la vieja nacional! —gritó—. Vienen por la carretera de Madrigal. Lentos…, pero vienen.

La reacción fue automática. En minutos, los tenderetes recogieron lo esencial; los niños, guiados por los mayores, se refugiaron en la casa de piedra. La milicia se apostó en los límites de la plaza, algunos con armas de fuego viejas y otros con lanzas improvistas.

No hubo pánico, sino una fría eficiencia. Los habitantes sabían que, aunque la amenaza era cada vez menor, no se debía bajar la guardia. Estela y Salvador ayudaron a atrancar puertas y reforzar ventanas. Antes de ocultarse, ella divisó, desde un ventanuco alto, las primeras siluetas tambaleantes de los últimos zombis de la comarca, apenas sombras de lo que una vez aterrorizó Europa.

Pasaron dos horas. Cuando cayó la noche, la amenaza se disipó: los cuerpos, torpes y consumidos, se desviaron hacia una acequia, incapaces, ya, de saltar un simple desnivel. Poco a poco, regresó la calma. Se reanudó el encuentro, se compartió pan y algo de vino. Los más viejos cuentan todavía historias de los primeros días, como se cuentan las gestas antiguas.

—Un día, los muertos solo serán un mal recuerdo —dijo Amparo, cuando se sentaron junto al fuego.

Estela miró el frasco de semillas que seguía apretando como si se tratase de una piedra sagrada. Notó que, en verdad, el relato del mundo viejo ya solo existía como un eco. Para los niños, la vida era esta: campo y trueque, miedo al anochecer, esperanza en cada nueva cosecha.

Mañana, pensó Estela, los niños jugarían sin miedo en los surcos, y en algún pueblo cercano, quizá ya se estaría forjando la primera imprenta de la nueva era, o el primer molino alimentado por el impulso de los que no se resignaron. Repasarían mapas, trazarían rutas, y pondrían nombre, de nuevo, a la tierra y al viento.

Por primera vez en años, la oscuridad de la noche se sentía menos hostil. Y en la plaza, donde aún ardía el rescoldo de la feria y de la voluntad humana, Estela intuyó una certeza: la reconstrucción, aunque lenta y a menudo amarga, ya era irreversible, y el futuro, por fin, pertenecería a los vivos.

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