Fragmento:
Ana apretaba contra su pecho el viejo cuaderno de tapas azules, reliquia de sus días como estudiante de historia en la Universidad Complutense. Había anotado allí noticias, testimonios y mapas desde que las primeras voces de alarma cruzaron el país por radio y móviles; desde que la sospecha de una enfermedad más aterradora que cualquier recuerdo de pandemia se propagó como pólvora por los grupos de WhatsApp. Miraba el papel amarillo y sentía el peso de las vidas que se perdieron y las palabras no escritas.
Duración: 09:11
13 de diciembre de 2020
La noche de Cuenca era densa y oscura, iluminada sólo por los parpadeantes faros de las linternas colgadas en la muralla. Un viento frío atravesaba las calles solitarias, colándose por los resquicios de puertas trabadas con muebles y tablas. El Tajo, convertido en frontera improvisada, servía de foso natural y recordatorio de que la España de antes dormía bajo una capa mortal de invierno y miedo.
Ana apretaba contra su pecho el viejo cuaderno de tapas azules, reliquia de sus días como estudiante de historia en la Universidad Complutense. Había anotado allí noticias, testimonios y mapas desde que las primeras voces de alarma cruzaron el país por radio y móviles; desde que la sospecha de una enfermedad más aterradora que cualquier recuerdo de pandemia se propagó como pólvora por los grupos de WhatsApp. Miraba el papel amarillo y sentía el peso de las vidas que se perdieron y las palabras no escritas.
Aquella noche, a punto de la luna nueva, Ana compartía su vigilia en el torreón de Mangana con Hugo, un agricultor curtido y taciturno, y Maribel, la enfermera de rostro anguloso y voz rasgada que curaba los cuerpos y, a ratos, las almas. Por turnos, seguían la luz roja de la señal de emergencia instalada en el campanario, símbolo de que, allí dentro, aún quedaban vivos.
—¿Cómo van ahí fuera? —preguntó Maribel, tapando la linterna con la mano para no dar pistas.
—Un silencio raro —respondió Hugo, encogido en su abrigo verde—. No he visto movimiento en tres horas. Ni gente ni... de los otros.
Ana contaba las horas hasta el alba repasando en su cabeza lo que había escrito aquella tarde.
"13 de diciembre, 2020. Nieve. Hace mucho frío. Los zombis se mueven menos, pero no desaparecen. Oímos que en Teruel y Guadalajara el hambre mata a más que los colmillos. Mis padres... aún no hay noticias de Madrid. Cuenca resiste."
La vida en la ciudad amurallada era un mosaico de rutinas y pequeñas urgencias. Por las mañanas, cuadrillas armadas salían al campo en busca de leña o comida —algunos cereales ya secos, raíces, bellotas—, siempre con la amenaza de encontrar a los infectados semisentidos, de piel pálida y movimientos temblorosos, que en otras estaciones habrían corrido compulsivamente, saltando las tapias y gesticulando con rabia canina. Ahora sólo deambulaban despacio, torpes, pero aún letales, capaces de olfatear la vida.
En el corazón de Cuenca, los supervivientes se apiñaban en las escuelas, iglesias y naves industriales del polígono junto a la vía del tren. Dentro de las murallas, el ayuntamiento quemaba mobiliario urbano para calentar los refugios, y los ancianos enseñaban a los niños a racionar porciones de pan duro como si fuera oro. Ya no había luz eléctrica, salvo algún chisporroteo de generadores cuando alguien arriesgaba furtivamente unos litros de gasolina requisados en la autovía.
Ana descubría cada día la frontera invisible entre resistir y rendirse. Su trabajo cada amanecer era ayudar a la comunidad a recordar por qué debía existir un mañana: crónicas, relatos, guardar la memoria para el después. Reunía historias: el joven que perdió a toda su familia en la huida desde Alcorcón pero había salvado a dos niños huérfanos; la pareja divorciada forzada a compartir el mismo banco de iglesia porque allí había comida caliente; la anciana con demencia que repetía los himnos de la República como si fueran conjuros protectores.
Pero hoy, el cuaderno iba a tener un nuevo capítulo. Porque a la medianoche, llegaron los gemidos.
No eran los lamentos furiosos que desgarraban el aire en primavera; eran gorgoteos bajos, seguidos de golpes secos y espasmódicos en la muralla norte, donde la carretera descendía hacia las casas colgantes. Anna y Hugo se asomaron entre las almenas. Las sombras titilaban bajo la luz lunar intermitente.
—Vienen por el este, por el puente de San Pablo —susurró Hugo con voz grave—. Seguro que los rezagados encontraron alguna presa herida en el bosque. Ahora buscan calor...
El protocolo era claro: no disparar, salvo que el grupo intentara escalar o se abalanzara en masa. Solo tenían una docena de balas y algunas lanzas de obra improvisadas en el taller de Ramón, el herrero. El ruido, ya sabían, traía más monstruos y a veces, también, hombres desesperados.
Maribel miró la silueta de la ciudad vieja. —Si logran un agujero, se nos mete la plaga dentro —comentó—. Ve a avisar a los del torreón sur. Yo bajo a la enfermería.
Ana corrió, sintiendo el crujido del suelo helado bajo las botas. En el corredor del ayuntamiento, cinco voluntarios dormían abrazados; los despertó con un codazo y el alarido ahogado: ‘Marea por el este, vigilad el muro’. José, el líder provisional, asintió, sacando un machete de hoja oxidada. “No entraréis. Estamos en casa.”
El ataque, si podía llamarse así, duró veinte minutos. Unas siete u ocho figuras tambaleantes intentaron golpear la muralla con cabezazos y empujones torpes. Algunos resbalaron en la nieve, partiéndose miembros ya descompuestos. Desde arriba, Ana vio cómo el frío parecía restar vigor a esas criaturas, aunque —y eso lo anotaría más tarde— todavía quedaba peligro: los lentos seguían siendo letales si tropezabas.
Amaneció con frío rojo y un cielo azul intensamente claro. Debajo de las almenas, cuatro cuerpos inertes yacían sin moverse. Se organizó un pequeño equipo para quemar los restos antes de que el sol cayera. Había que purificar el aire y evitar que los pájaros o perros carroñeros se acercaran. Los ritos de la muerte se habían vuelto pragmáticos: pocas palabras, ninguna lágrima.
Esa mañana, Ana acompañó a Hugo a inspeccionar los huertos comunitarios improvisados en terrazas y solares. El río sonaba cerca, y la escarcha lo pintaba todo de blanco. El huerto de patatas sobrevivía de milagro. “El problema es el agua”, explicó Hugo, “y el problema es la tierra... Y el problema eres tú, yo, todos. Hacemos lo que podemos.”
Al mediodía, José anunció en voz alta, desde el balcón del ayuntamiento: “Hoy comemos juntos. Hay sopa”. Era una declaración de resistencia, más que de abundancia. Los niños, flacos pero inquietos, se peleaban por la sopa aguada en platos de plástico. Los mayores comían en silencio, algunos lloraban.
Cuando llegó el padre Antonio, portando las únicas noticias frescas de fuera, todos callaron. Se había arriesgado a salir del recinto amurallado por la mañana, armado con una estaca de jardín y el optimismo de la fe.
—Han caído dos aldeas más hacia Villalba —anunció—. Se están quedando vacías, y entre los muertos he visto caras familiares. Un grupo camina desde Madrid, son como una niebla. Dicen que en Toledo y Albacete la situación es peor. Aquí, dentro, aguantamos porque nos levantamos juntos cada día. Y porque no hemos perdido la cabeza ni la fe. Os pido: resistid.
Ana lo anotó en su cuaderno. Todo debía ser recordado. Había aprendido que la memoria era un deber con los que habían muerto, pero también con los que nacerían, si quedaba futuro. Por la tarde, ayudó en el pequeño dispensario. Maribel improvisaba remedios con hierbas y lo poco que quedaba de antibióticos. Un niño de siete años tose sangre; su madre no aparta la mirada. Un abuelo, fiebroso, reza en voz baja, pidiendo “solo una noche más sin frío”.
La rutina era salvar lo que se pudiese. Revisar los víveres, fortificar ventanales, parchear ropa agujereada, compartir historias al calor de un fuego mínimo.
Aquella noche, Ana regresó al torreón con su cuaderno, pensando que cada página representaba un clavo más en la cruz del pasado, y quizás una semilla para lo que vendría. Cuando la luz de la linterna bailó en los ladrillos, empezó a escribir:
"La ciudad resiste otro día. Los zombis, congelados pero presentes, no cruzaron. Hoy cenamos sopa; mañana, probablemente aire. Pero seguimos. Cuenca se mantiene. Nuestro refugio es la memoria y la esperanza. Pido al cuaderno que recuerde por mí cuando la voz no alcance. Si me caigo, que no se pierda lo vivido, lo visto, lo sentido."
Abajo, en la calle, alguien encendió una hoguera con viejos manuales escolares, piezas irremplasables de otro tiempo. Hubo quien protestó, pero el frío no negocia con la nostalgia. El futuro, pensó Ana, sólo existiría si alguien estaba dispuesto a sacrificar el pasado, tender la mano y reconstruir, aunque fuera con las cenizas.
En la penumbra, la radio militar chisporroteó. Solo ruido. Y sin embargo, esa esperanza invisible de que, en algún rincón del país, otra voz como la suya también estuviese escribiendo, resistiendo, soñando el mismo mañana.
El invierno aún era largo, pero, en Cuenca, el muro aguantaba y la historia también.
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