Fragmento:
El consejo había deliberado durante días sobre si responder. Era un riesgo: revelar la existencia de la comunidad y su ubicación, aún de forma indirecta, podía atraer la atención de enemigos. Llegaron a un acuerdo esa mañana: enviarían una pequeña delegación a la vieja estación de ferrocarril en Manzanares, a unos treinta kilómetros de distancia, escoltados, bien armados, con un carro tirado por mulas, para guardar la apariencia de simples comerciantes de productos agrícolas: harina, aceite, garbanzos.
Duración: 12:24
12 de diciembre de 2022
El invierno había llegado temprano ese año, o tal vez los años ya no tenían estaciones definidas, y sólo aprendíamos a sobrevivir a sus cambios sin calendario ni explicaciones. A las siete de la mañana, un manto de niebla cubría la pequeña comunidad fortificada de Valdepeñas, en la provincia de Ciudad Real. La niebla era densa, como leche derramada, envolviendo los tejados de las casas, las vides ahora desiertas y las murallas improvisadas con sacos de arena, tableros y alambres que rodeaban el núcleo urbano desde hacía año y medio.
Sobre el campanario de la iglesia de la Asunción, justo al lado de la plaza principal, el vigía hacía sonar dos veces la campana: las señales convenidas indicaban todo tranquilo, zombis a la vista cero, humanos desconocidos cero. La mayor amenaza aquellas fechas ya no eran los caminantes, aunque un par de ellos siempre aparecían congelados a las afueras. Lo verdaderamente peligroso eran los nómadas, las bandas que habían aprendido que los muros indicaban gente viva, comida, y quizás algo de medicina.
Isabel tenía 34 años, el pelo enmarañado, unos ojos oscuros siempre alerta y las manos acostumbradas a cualquier herramienta: desde las tijeras de podar hasta el fusil antiguo que protegía, en el almacén, junto al molino de aceite que habían logrado recuperar en los meses anteriores. Se había desplazado a Valdepeñas desde Madrid durante la caída de la capital, viajando a pie, por caminos secundarios, con su hijo de siete años y una mochila de supervivencia. Desde hace casi un año formaba parte del consejo de gobierno local, un grupo improvisado de seis personas que se turnaban en las decisiones fundamentales: defensa, reparto de comida, atención sanitaria y, en las últimas semanas, comunicaciones.
Esa mañana, el principal tema de debate era la radio. Había información confusa sobre una señal captada semanas antes en la frecuencia de 29,80 MHz. Un mensaje corto, casi inaudible, transmitía desde algún lugar entre Andalucía y La Mancha: “Reunión, día veinte, estación de ferrocarril. Traer alimentos, medicinas, información sobre movimiento de hordas norte.” El mensaje se repetía, interrumpido por estática y chirridos. Las posibilidades eran infinitas: ¿una trampa, una oportunidad, un faro de esperanza? ¿Alguien intentaba tejer una red mayor de comunicación entre los pueblos y aldeas aisladas de la región?
El consejo había deliberado durante días sobre si responder. Era un riesgo: revelar la existencia de la comunidad y su ubicación, aún de forma indirecta, podía atraer la atención de enemigos. Llegaron a un acuerdo esa mañana: enviarían una pequeña delegación a la vieja estación de ferrocarril en Manzanares, a unos treinta kilómetros de distancia, escoltados, bien armados, con un carro tirado por mulas, para guardar la apariencia de simples comerciantes de productos agrícolas: harina, aceite, garbanzos.
Isabel fue la elegida, junto a Paco (un ex-camionero manchego), Carmen (maestra, también llegada desde la capital) y Mateo (el más joven, apenas 17 años, voz como de niño, pero valor de sobra). Saldrían al alba, intentarían llegar antes de la noche y volver al día siguiente, si todo salía bien. Volver en la oscuridad era suicidio seguro. Llevaban mapas antiguos, binoculares, dos walkies (con la esperanza de que sirvieran de algo a esa distancia), un botiquín básico y, bien envueltas en lona dentro del carro, cuatro botellas de vino tinto, preciadas como moneda de cambio.
Antes de partir, Isabel pasó a ver a su hijo, dormido aún en el aula reconvertida en dormitorio común para niños. Le revolvió el pelo y le susurró que volvía en dos días. Se agachó para encender la pequeña estufa de leña junto a la pared. Cuando él abrió un ojo y la vio, le sujetó la mano y susurró medio dormido: “¿Traerás caramelos, mamá?” Era la broma cotidiana, infantil, como si caramelos aún existieran en el mundo. Isabel le sonrió y le dijo que sí, claro, y que cuidara de sus compañeros mientras ella fuera la aventura.
El carro salió por la carretera secundaria que unía Valdepeñas con Manzanares. Atravesaron campos desiertos, aldeas vacías y cortijos arrasados antaño por hordas de zombis y ahora reclamados por la hierba alta, los pájaros, el frío implacable y el silencio. El hedor de los muertos congelados aún persistía en algunas cunetas. Pasaron cerca de una casa derruida donde, en primavera, habían avistado a un grupo de zombies tan quietos que parecían estatuas. Afortunadamente, tras el invierno, sólo quedaban huesos dispersos y jirones de ropa —los animales habían hecho el resto.
La caminata fue lenta, pero segura. Isabel repasó mentalmente el protocolo: si avistaban una horda —lo más improbable dadas las rutas rurales y la estación fría— debían refugiarse en un granero identificado en el mapa. Si encontraban humanos hostiles, la consigna era diplomacia primero, pero disparar sin dudar si había peligro. Cruzaron un arroyo congelado y, a mediodía, hicieron una parada en un pequeño cruce de caminos, donde guardaban una caja oculta con víveres de emergencia desde hacía meses, en previsión de estas salidas. Comieron pan duro mojado en aceite y bebieron agua de un termo que aún conservaba algo de calor. Paco, sentado sobre una piedra, preguntó a los demás:
—¿Creéis que la radio es real? ¿Y si es una de esas bandas que va de pueblo en pueblo robando a la gente?
Carmen negó con la cabeza.
—La señal es débil, pero se repite cada día, a la misma hora… demasiada disciplina para unos bandidos. Yo apuesto por otro grupo de supervivientes, como nosotros. Quizá estén tan perdidos como nosotros. Y si es una trampa, mejor ir preparados.
Mateo, siempre inquieto, se mantenía vigilando los caminos. Con una sonrisa ladeada, murmuró:
—Igual conseguimos intercambiar algo bueno. Una caja de aspirinas, pilas o hasta... caramelos.
Isabel tragó saliva. Lo verdaderamente valioso, lo irremplazable, era la información. Ella llevaba, anotado en una libreta, el recuento actualizado de infectados avistados en los últimos tres meses, rutas de paso más seguras, y el contacto —por walkie— con otros dos pueblos (uno al sur, otro al este) que intercambiaban, cada miércoles, actualizaciones escuetas sobre los movimientos de humanos y zombis.
La estación de Manzanares apareció ante ellos poco antes del anochecer: un esqueleto arquitectónico de hierro forjado, ladrillo y ventanas rotas. Antaño, nudo de comunicaciones entre Madrid y Andalucía, ahora era refugio ocasional de migrantes, saqueadores y, según la esperanza de Isabel, supervivientes organizados. A su llegada, la delegación de Valdepeñas percibió la atmósfera: había vida, sí, pero también hambre y recelo.
Un grupo de cuatro personas les recibió al borde de las vías, abrigados con mantas polvorientas, portando escopetas y miradas calculadoras. Se presentaron como representantes de Santa Cruz de Mudela, otro asentamiento manchego amurallado. Habían recibido la misma señal, y venían a intercambiar producción agrícola (sobre todo cebada) y medicamentos obtenidos de la última incursión a un hospital de pueblo.
Durante una hora, todos se limitaron a olerse mutuamente, tantear precios, negociar cantidades, indagar datos. La conversación era fría, protocolaria, cargada de esa desconfianza natural que el miedo había convertido en segunda piel. Pronto llegó uno más: una mujer mayor, Ana, que dirigía una comunidad de media docena de familias tras los muros de una antigua fábrica de queso. Ella era la transmisora del mensaje por radio.
Ana explicó que su nieto, un aficionado a la electrónica, había logrado reparar una radio de onda corta robando piezas de tractores, limpiando contactos y rebobinando bobinas manualmente. Su único fin era lanzar, cada mañana y cada tarde, el mismo mensaje, para comprobar hasta qué punto seguían existiendo otras islas de humanidad en aquel mar de ruinas y muertos. Esperaban respuestas que, salvo hoy, nunca llegaban.
Entre los cuatro grupos nació, con muchas cautelas, el embrión de una alianza básica. Compartieron mapas, listados de zombis avistados, ubicaciones de pozos y graneros útiles, identidades de bandas nómadas ya vistas por la región. Ofrecieron intercambio futuro de semillas, herramientas y, lo más importante, información sobre las rutas que aún podían considerarse seguras.
Al caer la noche, buscaron refugio en la caseta del jefe de estación: esa noche, sólo un fuego bajo la chimenea, un par de botellas de vino y pan desmigajado entre todos bastaron para celebrar, con prudencia, la existencia de otras manos y otros ojos dispuestos a sobrevivir en un mundo despedazado. Hablaron de aquellos primeros días del caos, cuando España perdió contacto con el resto de Europa —las últimas noticias de grandes urbes habían sido fragmentos desesperados en vídeos de móviles, y después, blanco—, y cómo el gobierno central, si existía ya alguno, era ahora sólo un rumor. Debatieron sobre la llegada de la primera primavera tras la Plaga, cuando los zombis deambulaban menos tras el invierno, y pequeños grupos se atrevieron a sembrar campos de trigo y cebada en torno a los muros.
Isabel, envuelta en su manta junto a la ventana, se permitió recordar por primera vez en mucho tiempo los días en Madrid: la caída de la ciudad, la huida dejando atrás la Gran Vía sembrada de escombros y cuerpos que ya no eran humanos. Pensó en la vida anterior, como si fuera el sueño de otra persona. Los rostros de sus queridos iban perdiendo nitidez; la memoria era un álbum de fotos estropeadas por el agua del tiempo.
A la mañana siguiente, bajo un sol tímido, intercambiaron promesas escritas de mantener la comunicación por radio, con códigos clave para evitar atraer a saqueadores. Pactaron una señal de emergencia: tres pulsos cortos, dos largos, uno corto. Si alguna banda hostil captaba la frecuencia, nadie más respondería ese día. Isabel entregó la libreta con datos de rutas y avistamientos a Ana, a cambio de media caja de antibióticos y dos cargadores de pilas, “para niños, para linternas, para la esperanza”.
El regreso a Valdepeñas fue tan tranquilo como la ida. No avistaron zombis activos. Sólo, a la altura de un viejo cruce ferroviario, descubrieron rastros recientes de pisadas humanas, restos de hogueras y el esqueleto de un burro devorado cerca de una acequia. Prueba de que ni los vivos ni los muertos descansaban, nunca. Al atardecer, el campanario de Valdepeñas apareció en el horizonte, cruzado por un rayo de sol entre las nubes.
Los cuatro entraron en la plaza. Los niños corrieron hacia ellos, entre gritos de bienvenida. Isabel, fatigada, sonrió a su hijo y le entregó —envuelto en un trozo de trapo rojo— el pequeño tesoro hallado en la estación: cinco caramelos pegajosos, rescatados de una máquina expendedora que milagrosamente no había sido forzada. El niño la abrazó tan fuerte que ella sintió, por un instante, una paz que no recordaba.
Esa noche, Isabel subió hasta la muralla y, mirando el horizonte, pensó que si la humanidad había sobrevivido a tanto, podía sobrevivir a más. La radio volvía a transmitir ese mensaje débil en la distancia, fragmentos flotando en el aire helado: “Reunión, día veinte… traer esperanza…”
Quizás no reconstruirían el viejo mundo, pero ya no estaban solos. El invierno en La Mancha era frío, pero la chispa de la alianza, y la noticia de caramelos entre los niños, calentaba la vida en Valdepeñas. Y mientras la amenaza seguía al acecho, por vez primera en mucho tiempo, el futuro parecía algo posible de imaginar.
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