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Portada del relato El Último Grito en la Castellana
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Fragmento:


Elena dejó el machete a un lado y encendió una vela de cera negra, una de las pocas cosas que aún encontraba en las casas ocupadas; habían aprendido a usar la luz de las velas, escondidas tras mantas gruesas, para evitar atraer el ojo de los vivos y de los muertos.

Duración: 12:36

El Último Grito en la Castellana
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Texto de ajuste de pausa.

28 de julio de 2020

La ciudad de Madrid ardía. No era una figura poética ni el fruto de la hipérbole: las lenguas de fuego trepaban edificios enteros, colapsando lonas de plástico, devorando parques de coches que alguna vez pitaron impacientes a unos metros de la Castellana. El aire era tan caliente y denso que costaba distinguir el humo de la niebla que se agazapaba tras las ruinas de la Gran Vía.

En la azotea de un bloque de seis plantas del barrio de Chamberí, Elena limpiaba su machete con un trapo húmedo y miraba el reloj. No quedaban más que tres pilas en la reserva, y la radio de onda corta que había logrado rescatar del piso de enfrente se había apagado hacía días. “14:15”, marcaba el Casio digital en su muñeca. Quizá fuese el último día en el que consultaría la hora a ese fragmento de normalidad.

A sus treinta y dos años, Elena había aprendido a mirar a la ciudad sin buscar referencias conocidas. El Corte Inglés derruido, las sirenas doradas de la policía, la estatua del Oso y el Madroño desfigurada de golpes y balas… Todo cargaba futuro muerto, oxidadas promesas del reloj de antes.

NH su compañero, Lucas, saltó la tapia improvisada que coronaba la escalera y se arrastró hasta ella. Tenía la piel marcada de sudor y polvo, la camiseta rasgada, la mirada enrojecida por días sin descanso.

—En Ríos Rosas hay más fuegos. La gente de la calle Bravo Murillo se mueve hacia Cuatro Caminos. No sé si hay grupos organizados, pero he visto varios con chalecos refractantes y armas largas. Parecen militares... O lo fueron.

Elena le lanzó una mirada rápida.

—¿Zombis?

Lucas asintió, con los labios apretados.

—Sí. Muchos. Y ya no queda ningún control en la calle. Vi cuerpos arrastrándose, mordiendo piernas y cuerpos frescos amontonados en la acera. Muchos no llegan ni a levantarse. Y otros… corren.

El silencio se apoderó un momento de la azotea. Las tormentas eléctricas que barrían Madrid cada tarde daban a la ciudad un aire bruñido, casi espectral, cuando el sol caía. Ya no quedaba nadie en los balcones. La vida había mutado en lucha, y la lucha era cada hora, cada esquina: el golpe seco de una puerta fortificada, el chasquido de armas improvisadas, el grito de aviso lanzado por quienes sobrevivían en los pisos superiores de las casas antiguas.

—¿Cuántos somos? —preguntó Lucas de repente, buscando ese viejo registro que llamaban “esperanza”.

—Contando a los del edificio, y los del portal de al lado… veintidós. Quizá veintitrés, si Marta logra regresar.

Eso lo enterró aún más en su silencio. Marta, la joven enfermera del bloque diez, era la última en salir para buscar comida y medicamentos. Había partido hacía dos horas, rumbo a una farmacia asaltada. Nadie la había visto regresar.

Elena dejó el machete a un lado y encendió una vela de cera negra, una de las pocas cosas que aún encontraba en las casas ocupadas; habían aprendido a usar la luz de las velas, escondidas tras mantas gruesas, para evitar atraer el ojo de los vivos y de los muertos.

Miró a Lucas de nuevo.

—Tenemos que decidir. ¿Aguantamos aquí otra noche o salimos ahora?

Lucas tragó saliva. El miedo nunca desaparecía, solo se adaptaba.

—Si esperamos a que anochezca será peor. Los gritos llaman a los que quedan. Los vivos usan la oscuridad para robar, para atacar. Lo vimos en Atocha la semana pasada. Si salimos ahora, hay menos posibilidades de cruzarse con bandas o... —Se interrumpió, casi avergonzado— ...o con otros.

Otros. Así hablaban ahora de los zombis. El lenguaje era parte del mecanismo de defensa: “infectados”, “otros”, “los del virus”, “los locos”. Nada de muertos, muertos, muertos andantes. Los que no dormían ni sufrían. Los que no sentían nada excepto hambre. Un hambre desbordante e infinita.

—Prepara las mochilas —dijo Elena por fin—. Tomaremos a los que puedan guardar silencio y moverse rápido. El refugio en Tribunal sigue en pie, según la última transmisión de radio.

Las normas eran claras. Solo los adultos, ningún herido grave, nada de niños pequeños. Cada mochila, diecisiete kilos: agua, latas, cuchillos de cocina bien afilados, cinta americana, velas, mecheros, las pocas medicinas que quedaban. El resto, lo dejado atrás: fotografías, cartas, recuerdos inútiles si solo se vive esta noche.

A Elena siempre le gustaban las rutinas. Antes, cuando era profesora de literatura en un instituto de Vallecas, cada examen tenía nombre, cada clase su código, cada alumno su historia. Ahora el mundo era un borrador perpetuo: todo podía redibujarse y todo podía ser borrado en el mismo minuto.

Una hora después ya estaban listos. Seis adultos: Elena, Lucas, Javier (el ex-guardia de seguridad del “Forum” de FNAC), Teresa, Pedro y Pilar. De los otros dieciséis sólo cuatro eran adolescentes, y el resto ancianos resguardados en los últimos pisos, demasiado débiles o asustados para moverse.

—Si no volvemos para el amanecer, cierren todo y no salgan hasta después del mediodía —fue la última recomendación de Elena a los que quedaban—. No abran a nadie. No contesten gritos. No respondan a nombres.

Las escaleras hacia el portal estaban repletas de bultos: mantas, ropa apilada, sacos de basura y restos de muebles que obstruían la entrada. Hubo que hacer camino a golpes de codo.

La ciudad, en julio de 2020, era un animal herido y miserable. Los coches volcados llenaban la calle; había hogueras aquí y allá, encendidas por bandas errantes para crear cortinas de humo e intentar llamar la atención de helicópteros militares que ya nadie veía. Los supermercados eran antros vacíos: puertas de cristal destrozadas, bolsas abiertas, cajas registradoras destrozadas a golpes y manos.

El grupo se movía pegado a las paredes, en el más absoluto silencio. Elena llevaba el machete por delante; detrás, Javier sujetaba una tubería de plomo como si fuera una lanza. Nadie hablaba. Nadie miraba hacia la derecha, hacia la Plaza de Olavide, donde sabían que había habido incidentes la pasada madrugada. Solo avanzaban, atentos al viento, a los ecos, a los gritos lejanos.

En la esquina de Santa Engracia con José Abascal, un bus de la EMT bloqueaba medio carril. Las ventanillas estaban llenas de marcas sangrientas y, en el techo, alguien había pintado en sangre: “NO ENTRE. MUERTOS”.

Era tarde para advertencias. Madrid era un cementerio a cielo abierto.

Al pasar por delante del bus, Elena se detuvo. Escuchó. El rugido lejano de las llamas, el zumbido de una sirena rota repetido en un eco interminable. Sus instintos la habían salvado muchas veces ya, y aprendió a no dudar de ellos.

—Hay algo —susurró, señalando la puerta trasera del bus.

Javier se adelantó, tensando la tubería. Pedro enfocó con la linterna de manivela un halo casi invisible. Por un instante, nada; luego, el sonido ya habitual: una serie de golpes húmedos, arrastrados, y un quejido apenas humano. Un infectado solitario: mujer de mediana edad, cabello largo y mugriento, vestido desgarrado. El rostro irreconocible entre arañazos y mordidas.

No dijeron nada más. Javier abrió la puerta de emergencia con un golpe de tubería y, cuando apareció la muerta de piernas tambaleantes, Elena la empujó de un machetazo en la frente. El cuerpo cayó, sacudiendo el charco de sangre coagulada en el suelo.

Siguieron adelante. El calor aumentaba. El olor: una mezcla insoportable de carne podrida, basura fermentada y la quemazón de plástico y madera incendiados. Elena se tapó la nariz con una bufanda: solo así aguantaba caminar sin arcadas.

Llegaron a la farmacia. Las dos puertas estaban medio derribadas, pero adentro quedaba algo de orden: todavía se distinguían los estantes, medio vacíos pero no completamente saqueados. Teresa, antigua auxiliar farmacéutica, tomó la iniciativa rebuscando en los armarios traseros. Había un par de cajas de antibióticos, una docena de analgésicos y dos paquetes de insulina que, con suerte, estarían refrigerados aún.

Cuando terminaban, una sombra emergió desde entre las vitrinas. Marta. Estaba pálida y jadeante, de las manos ensangrentadas.

—Me siguieron desde San Bernardo —susurró, casi sin voz—. Dos infectados… y uno de los otros. Tenía pistola. Les escuché hablar, decían que volverían por la noche.

El horror ya no tenía nombre: “los otros” podía referirse a los zombis, pero para los supervivientes de Madrid, también eran los vivos sin moral, los saqueadores sin piedad. Las bandas humanas cada vez eran más peligrosas que los muertos.

—Tenemos que irnos —dijo Lucas, apremiando a todos a recoger lo que habían encontrado.

De vuelta, evitaron la calle principal y se adentraron por un laberinto de callejones y patios traseros. Madrid, en su descomposición, era una ciudad reinventada: cada acceso, cada azotea, cada balcón era un pasadizo posible. Las rutas de huida se improvisaban a cada cuadra, siempre atentos a los ruidos, a las sombras que se arrastraban al acecho.

Faltaba poco para llegar. Elena respiró hondo al divisar la bandera improvisada hecha con una sábana azul en la ventana 5C: la señal de que todo estaba en orden.

Pero el orden duraba poco. Cuando empezaron a ascender las escaleras, escucharon gritos desde el sexto piso. Disparos. Tres, rápidos, cortos. El sonido de muebles arrastrándose y, después, silencio.

Pilar retrocedió un paso y tropezó. Lucas le sujetó.

—No pueden haber llegado tan rápido —susurró, pero su voz temblaba.

Se hicieron señales sin hablar. Elena al frente, machete en ristre, Lucas detrás con la tubería. Avanzaron escalón a escalón. El olor a pólvora era nauseabundo, mezclado al hedor dulce del cadáver reciente.

Subieron al último rellano. La puerta estaba reventada. Dentro, dos cuerpos. Uno de ellos era Hugo, el anciano del 5A, inconsciente y con media cabeza arrancada. El otro, uno de los saqueadores. Más allá, la abuela Manuela yacía muerta, balazo en el pecho.

Javier cayó de rodillas. Solo entonces Elena lloró, lágrimas negras de rabia y agotamiento.

En ese instante la radio chisporroteó, enfebrecida: “Refugio de Tribunal. Nos replegamos a Chueca. Repetimos, Tribunal ya no es seguro. Huyan a Chueca”.

La supervivencia era un verbo en presente continuo: sobrevivir, huir, buscar algo mínimamente humano entre los trozos de un Madrid irreconocible.

Elena decidió con voz queda que no había tiempo para duelo. Solo para moverse. Ninguna muerte era suficiente para detener la vida.

Cogieron lo imprescindible y volvieron a la calle, dejando atrás a los muertos, sabiendo que cada paso era un riesgo. Se movieron por túneles del Metro, dudando de la oscuridad tanto como de la luz. A veces, el eco de los gritos de otros vivos era tan aterrador como el rugido hambriento de los infectados.

Cuando por fin amanecía sobre los tejados grisáceos de Chueca, Elena, cubierta de polvo y sangre, aún pensaba en poesía.

“Nunca pensé”, murmuró, “que lo más parecido a estar viva sería esto: correr con los codos, oír el silbido de la muerte en cada esquina y sentir… que el corazón late aquí y ahora”.

Porque, después de todo, solo quienes sobrevivían podían contarlo. Y en la nueva España, cada testimonio era una victoria sobre la noche.

En la distancia, entre el humo y el polvo, los supervivientes divisaron una nueva bandera improvisada, colgada de una ventana vieja. Era la señal de un refugio. Otra jornada empezaba, y aunque el mundo ardía y el pasado era ceniza, bastaba un poco de esperanza para seguir adelante.

Elena cruzó la Plaza de Chueca, machete en mano, y por primera vez en mucho tiempo no se sintió sola. Madrid, devastada, era también territorio de los que sabían perderlo todo y, aún así, seguir vivos.

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