Fragmento:
Colgadas detrás de Judit, las banderas de la ciudad rasgadas y desteñidas, no eran ya símbolos de nación sino de obstinación: «León resiste». Hacía más de siete años que la ciudad, como tantas otras, había limpiado a los últimos muertos voraces del casco histórico y amurallado con bloques, coches y contenedores cualquier acceso vulnerable. Ahora resistía una segunda peste mucho más antigua: la de la codicia humana.
Duración: 10:44
23 de noviembre de 2027
La niebla de noviembre era tan densa sobre la llanura castellana que el perfil de las murallas parecía flotar, suspendido en un mundo distinto. Desde la torre improvisada de vigilancia, Judit divisaba apenas el centinela de la puerta norte, un joven huesudo envuelto en mantas viejas, apenas más despierto que el sol invisible tras las nubes. El aire olía a madera quemada, a estiércol, a humanidad apiñada y resignada tras años de asedio zombie y escaramuzas humanas. El tiempo solo corría hacia dentro, consolidando la costumbre de sobrevivir.
Colgadas detrás de Judit, las banderas de la ciudad rasgadas y desteñidas, no eran ya símbolos de nación sino de obstinación: «León resiste». Hacía más de siete años que la ciudad, como tantas otras, había limpiado a los últimos muertos voraces del casco histórico y amurallado con bloques, coches y contenedores cualquier acceso vulnerable. Ahora resistía una segunda peste mucho más antigua: la de la codicia humana.
Por el barranco de la Candamia, el sol se asomó tardío, iluminando los campos abandonados y la doble línea de empalizadas. Judit tensó los prismáticos, esfuerzo vano: ningún movimiento más allá de las zanjas encharcadas y las huertas secas. Luego, en el extremo contrario, captó algo: un resplandor fugaz, quizá un reflejo. El pulso se le aceleró con la rutina de la sospecha; todo resplandor en la distancia podía ser un Acechador, un saqueador, o alguien peor.
Judit bajó de la torre entre crujidos y saludó con un gesto a Mario, que hacía guardia medio adormecido, la escopeta apoyada en las rodillas:
—La mañana está bastante tranquila… ¿Has notado algo raro?
Mario encogió los hombros—alguna figura cerca del cementerio viejo, pero sin movimiento después. Quizás solo zorros.
Judit dudó, midiendo las palabras; la desconfianza se había convertido en instinto de supervivencia, incluso entre las propias patrullas. Se alejó por la azotea helada, pasando junto a una hilera de coles moradas arruinadas por las heladas, hasta el puesto de mando.
Allí dentro, la vida era más cálida y menos libre: costales de harina junto a mapas manchados, la radio estropeada, un par de hornillos de calor y cinco personas que decidían a diario el destino de casi tres mil supervivientes. La alcaldesa, Gloria, tenía el rostro demacrado, el cabello nevado y los ojos de quien ha dormido poco más de una noche en una década.
—Judit, ¿algo nuevo?
—Posible movimiento al este, aunque todavía lejos. Por lo demás, silencio.
Gloria suspiró. El también presente Tomás, el jefe de la milicia, resopló:
—Si tuviera que apostar, diría que pronto tendremos otra caravana de forasteros intentando abrirse paso. Han estado acercándose a Salamanca, Valladolid… O bandoleros echados del sur.
—¿Alguna señal de los comerciantes de Astorga? —preguntó Gloria.
Judit negó con la cabeza— nada en los últimos tres días.
Frente a la mesa, una sábana escrita a mano recogía las últimas señales de las aldeas aliadas: dos mensajes con banderas desde Mansilla, uno de ellos escrito a la carrera avisando de conglomerados zombies en el viejo polígono industrial, otros dos pidiendo ayuda para defenderse de saqueos humanos. Muchos nombres tachados: pueblos vacíos, colonias arrasadas, asentamientos “abandonados por fuerza mayor”.
La reunión fue breve, como casi todo desde hacía años; los problemas verdaderos ocurrían abajo, entre las callejuelas desalojadas, el lamento de los hornos apagados, la discusión sobre comida, seguridad y esperanzas. Judit aprovechó la excusa de revisar la parte trasera del muro para evadirse.
Atravesó patios llenos de niños que, al ver su uniforme, la saludaban con la solemnidad de quien sabe que no debe molestar, pero desean que se quede. Entre ellos estaba Marcos, su sobrino, la memoria viva de cómo era la normalidad antes de la Plaga. El chico le preguntó, sin rodeos:
—¿Hoy bajan más zombis del norte, tía?
—Hoy no, ojalá nunca más —respondió Judit, sin convicción.
Caminó hasta el borde sur: la plaza Mayor, transformada en mercado. Cada puesto era ahora custodiado por dos hombres armados, y el trueque era el corazón económico de la nueva civilización. El grano de Garrafe valía tanto como las municiones de Veguellina; la miel, más incluso que el hierro, y las medicinas, tesoros que solo unos pocos podían intercambiar a la vista.
Clara, la boticaria, intercambiaba aspirinas por mantas raídas; un artesano ofrecía cestas resistentes a cambio de cal y sal para conservar alimentos. La energía, limitada al milagro de los pequeños molinos en el Bernesga, se reservaba para el hospital improvisado y la estación de radio, objeto de oración y envidia.
León no era una utopía, sino una fortaleza rota que aprendía a ser civilizada de nuevo, entre el miedo. La violencia no era exclusiva de los muertos, y esa mañana Judit lo vio claro mientras un joven, extranjero, intentaba robar una barra de pan: los de la milicia lo atraparon al vuelo, lo arrastraron ante el consejo; se escucharon abucheos, insultos, algún puñetazo. Se respiraba resentimiento tanto como hambre.
Las reglas eran estrictas: robar comida significaba destierro o, en el peor de los casos, ser empleado como “señuelo” en las limpiezas de las afueras. Nadie quería hablar de ello, pero todos habían perdido algo de decencia.
Esa noche, tras compartir una sopa insípida con Marcos y su hermana pequeña, Judit salió al parapeto para su segunda ronda. El silencio era tan absoluto que los pasos entre la grava resonaban como campanadas. En la lejanía, se oía aullidos de perros salvajes; los pocos animales de granja eran custodiados con celo en establos de doble cerradura.
Cerca de medianoche, un disparo corto y seco rompió la quietud. Judit corrió, seguida de otro par de centinelas. En la brecha suroeste, un grupo de milicianos forcejeaba con dos figuras. Uno era un hombre viejo cubierto de barro, inconsciente o muerto; el otro, una niña adolescente en harapos, que ofrecía poca resistencia.
—Encontrados en el alcantarillado—informó el cabo—. Han estado husmeando cerca del pozo del hospital. Buscaban comida y mantas.
Gloria, que había acudido alertada, ordenó llevarlos a la enfermería. La joven, tiritando, solo decía palabras sueltas en gallego. Judit la tomó de la mano. Era como tocar una rama olvidada por el invierno.
Amaneció con la noticia: ni el hombre ni la niña estaban infectados. Provenían de una comunidad nómada, deshecha por bandidos cerca de Lugo. Aportaron información valiosa: rutas por las que las hordas eran menos densas, noticias de un convoy de supervivientes que buscaba refugio hacia el sur, relatos de asentamientos donde la convivencia tenía la violencia por norma.
El consejo debate: ¿acogerlos? ¿expulsarlos? ¿ejemplarizar, o arriesgarse a la desconfianza? Al final, la decisión fue mantenerlos vigilados, pero integrados en la rutina. Un voto abierto entre los ciudadanos más viejos zanjó la cuestión: todos habían sido forasteros alguna vez en estos siete años de exilio en vida.
Días más tarde, una caravana de Astorga llegó, trayendo buenas y malas nuevas: se había consolidado una ruta estable entre los pueblos amurallados, pero nuevas bandas de saqueadores forzaban pagos a cambio de “protección”. Traían también semillas recuperadas de un antiguo banco genético, cuya mera existencia daba esperanza de volver a sembrar trigo y cebada. La noticia llenó de alegría a la plaza, aunque una extraña cautela mezclada con miedo prendía en cada gesto: ¿volverían al pasado, o solo a una nueva forma de esclavitud?
Judit fue asignada a la escolta de la siguiente caravana hasta Mansilla de las Mulas. La jornada estaba salpicada de inquietud: a cada paso, huellas recientes. A lo lejos, restos calcinados de una furgoneta, señales de violencia reciente. Por las veredas, casas tomadas por la naturaleza, cubiertas de hiedra y silencios. El grupo llegó al fuerte de Mansilla, donde otra facción les esperaba con rifles oxidados pero rostros amigos. Una bandera blanca improvisada saludó su llegada.
Los intercambios eran un acto solemne; los detalles minuciosos se convertían en asunto de Estado: semillas por miel, pan por sal, munición a cambio de información. Al caer la tarde, llegaron noticias de un brote nuevo cerca de Sahagún: dos niños y una joven mujer habían enfermado. El miedo nunca desaparecía del todo.
La vuelta fue más rápida, de regreso a una ciudad agotada por la vigilancia eterna y por la pregunta inevitable: ¿valía la pena resistir?
Una noche de guardia, bajo la luna pálida, Judit compartió un cigarrillo viejo con Tomás, el jefe de la milicia. Hablaron sin rodeos:
—¿Crees que algún día podremos salir de las murallas, plantar cara al mundo? —preguntó Tomás.
—Somos el borde de algo —contestó Judit—. ¿Pero el borde de qué? De la desesperación, seguro; quizá también de una esperanza cansada.
Ambos sabían la verdad: el mayor enemigo no era la horda, ni el hambre, sino el miedo a confiar en el prójimo. Lo que les mantenía fuertes eran solo pactos frágiles, necesidades compartidas, y la memoria de una vida anterior.
Sin embargo, al amanecer, la ciudad bullía. Los niños corrían tras una gallina escapada, los adultos reparaban las murallas, y las semillas de Astorga se plantaban en un huerto ampliado. Podía que el mundo fuese ruina y silencio más allá, pero dentro de León se sostenía algo parecido a la civilización por pura terquedad.
Judit, contemplando los primeros brotes verdes junto al muro, sintió, fugazmente, un vestigio de fe. Quizá en esas calles asfixiadas, enfrentando el miedo y la miseria, algo profundo permanecía: la obstinación humana de seguir, de formar comunidad, de apostar por una primavera futura aunque todo gritara lo contrario.
Así fue como, aquel noviembre de 2027, bajo las cicatrices de la muralla y en la rutina extenuante del trueque y la vigilancia, León eligió, una vez más, resistir.
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