18 de diciembre de 2020
Había dejado de contar los días hacía semanas, pero sabía perfectamente que era el 18 de diciembre por el frío afilado que cortaba los pulmones cada vez que intentabas aspirar aire. Era un frío seco, casi metálico, que se sentía en los huesos y que convertía cada madrugada en una tortura. Madrid agonizaba bajo un manto de silencio que solo se rompía por el eco distante de algún disparo, un grito arrancado como de las tripas de la ciudad, o el bufido constante de los “muertos-andantes” —así los llamábamos ahora, nunca llegamos a popularizar la palabra zombi, la realidad parecía resistirse a las películas—, arrastrándose por el asfalto congelado.
A través de las ventanas tapiadas apenas se filtraba un hilo de claridad plomiza. En el tercer piso de un bloque de pisos en Carabanchel, resistíamos un puñado de supervivientes. Éramos seis, aunque hasta hacía poco llegamos a ser doce. No todos habían muerto a manos de los infectados; el hambre y la histeria hacían su parte. Lo aprendí a golpes. En la mesa de lo que había sido el salón se apilaban latas vacías, media barra de pan mohoso y unas cuantas medicinas casi caducadas. Inés, que fue farmacéutica antes del desastre, vigilaba las dosis como quien cuida oro.
Los muertos raras veces desaparecían del todo. Nadie tenía fuerzas ni medios para quemarlos a estas alturas y el invierno, por lo menos, los mantenía casi inmóviles. El problema residía en la escasez: el agua que se almacenaba en cubos durante las lluvias, la comida que había que buscar por pisos vacíos o en saqueos a los supermercados (ya vaciados y peligrosos por igual), y la constante amenaza de los vivos desesperados. No solo los caminantes aguardaban allá abajo. Desde la caída de los hospitales y el apagón de internet en agosto, la ciudad se convirtió en un tablero de caza. Bandas armadas recorrían los barrios como jaurías, buscando algo que engullir, una excusa para repartir plomo.
No dormíamos todos a un tiempo. La guardia era sagrada y metido en mi turno, con el rifle de caza que le quitamos a un vigilante que nunca llegó al final de su ronda, escuchaba el silencio interrumpido por el crujido del viento. Habían caído copos esa madrugada, cubriendo los cadáveres y la basura con una manta engañosa de pureza.
Me llamo Javier, antes era administrativo de una aseguradora. Mi vida, ahora, se resumía a buscar comida, limpiar armas y tratar de recordar por qué seguía luchando. A veces, cuando Elsa intentaba escribir un diario en una libreta roída junto a la ventana tapada, me descubrí pensando que la esperanza era una enfermedad incluso más contagiosa que aquel virus de locos que lo arrasó todo.
A las seis de la mañana escuchamos un ruido inusual. Un golpe lejano, como el eco de algo pesado derrumbándose. Inés corrió a la mirilla y agachó la voz:
—Por el sur, junto a la glorieta, hay movimientos. No parecen de los lentos.
Eso significaba otra cosa: o era una nueva estampida de desesperados saqueadores, o algún grupo de vivos se había atrevido a intentar cruzar por nuestra calle. La regla básica era sencilla: cualquier desconocido implicaba peligro. Pero a la par, el instinto de manada persistía, la necesidad de buscar caras amigas.
El pequeño grupo bajamos con precaución. Alfonso, ex bombero y ahora encargado de defender la entrada con un viejo hacha, preguntó si dejábamos pasar a los supervivientes. Todos sabíamos que la decisión podía costarnos la vida.
—Si son vivos, querrán comida o refugio. Si son de los otros, ya no importa —dijo Sofía, antes enfermera, ahora convertida en la voz más dura del grupo.
El ruido se hizo más cercano. Atravesó una banda armada, tres adultos envueltos en ropas sucias y con caras tan demacradas como nosotros. Llevaban una niña de unos siete años, acurrucada entre ellos. Por un momento, en esa mañana gris, sentí algo tibio oculto en el pecho. Elsa fue la primera en presentarse y bajó el arma, pese a las protestas de los demás.
Hubo un intercambio tenso. El líder del grupo, un tipo enclenque llamado Raúl, nos contó que venían del centro, escapando de una horda que aplastó a varios refugios. Llevaban días andando, extenuados y sin agua. La niña apenas hablaba, pero sus ojos enormes nos perseguían.
–Aquí tampoco estamos mucho mejor —le dije, midiendo cada palabra—. El bloque está frío, los pasillos llenos de trampas y la comida se acaba. Si queréis quedaros, traed algo útil.
Aceptaron. Les dimos espacio y compartimos la poca comida calórica que aún guardábamos. Esa noche, por primera vez desde que el invierno se instaló, hubo algo parecido a una conversación. Compartimos historias: cómo cayó la policía, cómo los hospitales se convirtieron en trincheras, cómo los puentes de la M-30 se inundaron de muertos. Había gente que aún confiaba en un rescate, que escuchaban transmisiones militares en frecuencias clandestinas, pero la mayoría veía cada día como una victoria pequeña.
Al filo de la madrugada volvieron los gritos. Eran varios, una mezcla inconfundible de ladridos guturales y llantos humanos. Desde una de las alturas, vimos una marea de cuerpos tambaleantes cruzando por el asfalto resbaladizo. Algunos se caían y quedaban ahí, como manojos de carne congelada. Otros seguían arrastrándose. De las bocas de los infectados aún salía vapor, sus cuerpos deteriorados pero no del todo vencidos por el frío.
No dormimos. Mantuvimos el edificio en silencio, armas apuntando a puertas y ventanas. Afuera la ciudad era un yermo; las luces habían muerto meses atrás y solo las hogueras en azoteas lejanas advertían signos de vida. El silencio era a veces peor que el ruido: los zombis, medio congelados, podían quedarse quietos durante días y de repente recordar que había una presa cerca.
Con la llegada del amanecer, los supervivientes recién llegados agradecieron la estancia con un par de pastillas que aún guardaban de los laboratorios saqueados, y prometieron buscar comida en los viejos ultramarinos. Abajo, la niña silenciosa, con las mejillas mordidas por el frío, se acomodó entre las mantas. Elsa la miró con ternura.
—Le voy a enseñar a leer —dijo. Nadie respondió. El aliento era visible, como si toda la respiración de Madrid se escapara entre las rendijas del edificio.
Ese día salí con Raúl y Alfonso a buscar alimentos y mantas por los pisos más abandonados, cruzando calles cubiertas de cuerpos inmóviles. Había que pisar con cuidado: ni un solo ruido, ni un mal golpe que hiciera resonar las paredes. En la plaza un cadáver reciente, aún sangrando, sugería que no solo los muertos acechaban; había humanos todavía cazando humanos. Por una ventana vimos un fuego tenue: alguien más intentaba sobrevivir.
En una tienda de alimentación encontramos latas de judías, algo de arroz, y un saco de patatas casi podridas. Lo empaquetamos todo mientras Raúl protegía la escalera. En ese momento, un sonido seco —algo así como un portazo imposible— nos heló la sangre. Bajamos armas en mano. Vimos una sombra correr. No era de los lentos: era otro saqueador, enjuto, cubierto con trapos. No iba armado, su único objetivo estaba claro: comida.
Salió corriendo sin mirarnos siquiera, acunando entre los brazos un saco de cebollas. Le dejamos ir, sabiendo que en otro contexto le habríamos disparado. Ahora, la compasión era una rareza tan peligrosa como la crueldad.
Volvimos al refugio al caer la tarde. Los demás habían logrado encender una estufa improvisada con trozos de madera y periódicos viejos. El olor a papel quemado, pese a la toxicidad, era mejor que el hedor a muerte que impregnaba todo.
Esa noche Raúl, el recién llegado, contó lo que había pasado al sur: bandas organizadas se habían hecho con parte del distrito, reclutando jóvenes a punta de pistola y matando a los que no podían trabajar. Relató cómo se habían enfrentado a una manada de infectados en la Puerta del Sol, arriesgando la vida solo para conseguir unas cuantas tabletas de chocolate. “Estamos solos —concluyó—. No queda gobierno. No queda nadie escuchando. Solo nosotros, los que estamos dispuestos a ensuciarnos las manos.”
Esa frase me persiguió durante horas. Elsa escribía en su diario, la niña dormía por primera vez sin temblar, e Inés y Alfonso apostaban turnos para vigilar la puerta. Esta era la guerra diaria: el invierno, la hambruna, los muertos —y nosotros, una anomalía persistiendo entre las ruinas.
Pasaron los días. Algunos de los infectados parecían congelarse del todo, formando verdaderas esculturas de carne entre los coches bloqueados. Otros seguían moviéndose por los túneles del metro, donde la temperatura era menos cruel. La esperanza seguía racionada, pero la comunidad creció debajo del radar, compartiendo miserias y algún que otro suspiro de camaradería.
En una ocasión, Alfonso y yo conseguimos llevar a cabo una pequeña victoria: asaltamos un almacén olvidado en la periferia. Trajimos un generador manual y conseguimos iluminar el salón con una bombilla vieja. La niña rió la primera vez en días al ver la luz; Elsa lloró en silencio.
Las navidades pasaron sin más señales que una vela encendida junto a la foto de los familiares que nunca volverían. No hubo brindis, pero sí un pacto silencioso: resistir hasta que el frío se llevara a los más lentos, hasta que la primavera trajese otra oportunidad para buscar comida o, con algo de fe, un sitio mejor en alguna aldea fortificada, de las que llegaban rumores por la radio.
Cada mañana, Madrid despertaba con menos gente, pero más decidida. El silencio se fue llenando de pequeñas voces, de nombres recuperados, de rutinas: limpiar, vigilar, buscar, comer, dormir. Siempre atentos a la furia dormida tras las ventanas.
Lo supe entonces, mirando a Elsa escribir una historia para la niña asustada, escuchando a Raúl preguntando por turnos de guardia, y viendo a Inés poner orden entre las medicinas que quedaban: el mundo anterior no iba a regresar. Pero sobre las ruinas, la humanidad aún intentaba reescribirse, a base de supervivencia, coraje… y un atisbo de compasión, tan peligroso como necesario.
Ese oscuro amanecer, entre cadáveres congelados y supervivientes armados, Madrid no solo era una ciudad sitiada por el frío y la muerte. Era una barricada viva, una antorcha diminuta en medio de la noche más larga, esperando sobrevivir otra jornada más.
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