15 de septiembre de 2022
Anochece sobre la explanada reseca. El color rojizo del atardecer tiñe la campiña manchega, en un presente tan inquietante como irreal, donde la dulzura de la tarde y los grillos no alcanzan a tapar el miedo que acecha bajo cada sombra. Es 15 de septiembre de 2022, y el mundo que conocimos —aquel de trenes veloces, supermercados abiertos hasta medianoche y noticiarios tranquilos— ha quedado tan atrás que cuesta creer que alguna vez existió. Ahora somos parte de una España marcada, herida, entre la ruina y la esperanza, intentando respirar entre dos mundos: el de los muertos y el de los vivos.
Estoy en el límite de lo que queda de la villa de Villaclara, provincia de Ciudad Real. En otro tiempo, lo que ahora es una fortificación apresurada, hecha de bloques de hormigón, vallas agrícolas, y los chasis vueltos de tractores, fue el polígono industrial y comercial de la localidad. El pueblo, amurallado desde hace meses, sobrevive bajo la mirada vigilante de voluntarios armados, antiguos vecinos que, como yo, hemos aprendido a vigilar el horizonte mientras labramos la tierra, reparamos herramientas oxidadas y, sobre todo, protegemos lo esencial: el alimento y la seguridad.
Me llamo Samuel Martínez. Fui maestro rural, y entonces mi principal preocupación era el absentismo escolar o el frío en las aulas en invierno. Hoy la escuela apenas existe: los niños que sobreviven aprenden lo justo para plantar alguna semilla, limpiar sus propias heridas, o distinguir una sombra errante en la penumbra. Yo mismo tengo el encargo de enseñar a una docena de esos pequeños, entre tareas más duras y menos humildes, como vigilar, cavar zanjas, fortalecer la muralla, o, de vez en cuando, negociar con desconocidos.
Esa tarde, mientras el sol se recoge entre las nubes, la tensión borbotea en el interior del puesto de guardia. María, la jefa de la milicia local —una mujer seca y recia, con un brazo vendado y los ojos de acero—, me hace señas desde la torre improvisada de sacos de arena.
—Samuel, vamos. Llegan forasteros por el camino de las antiguas viñas.
Mi corazón da un vuelco. Cada llegada es una apuesta: supervivientes con la esperanza de unirse, comerciantes itinerantes, o saqueadores disfrazados. O lo peor: nómadas que se mimetizan y matan, como la banda de “Los Gitanos” que masacró Tomelloso en primavera. Tomo mi escopeta de dos cañones, la misma con la que vengo cazando conejos para el rancho colectivo, y subo junto a María.
Desde arriba, la imagen resulta inquietante y reveladora: avanzan tres mulas viejas, guiadas por dos hombres y una mujer. No parecen llevar armas a la vista, aparente garantía de buenas intenciones. Pero las mochilas y los baúles sobre los lomos de las bestias —atesorados como oro puro en estos meses— indican que portan mercancía, o quizás objetos por los que están dispuestos a morir.
—¿Cómo procedemos? —murmura María a mi lado, bajando el visor de la escopeta.
—Hablo yo —le digo, quitándome el gorro y descendiendo el petate del cuello—. Si son quienes espero, quizás podamos conseguir penicilina.
El portón chirría y, tras un saludo de manos en alto, salgo primero. La mujer de las mulas baja el pañuelo y me sonríe, mostrando dientes desiguales y la piel curtida del campo.
—Buenas tardes, amigo. Soy Rosario, de Alcázar. Venimos en son de paz. Buscamos intercambio.
Detrás, los hombres asienten—el más viejo cojeando, el más joven con la mirada de quien ha visto demasiado en poco tiempo.
La escena, casi ceremonial, se desgaja de la tensión habitual. Sin embargo, la costumbre impone un ritual estricto. Pido que se queden quietos mientras una miliciana los registra en busca de armas ocultas. Sólo portan cuchillos y una carabina vieja. Alivio. Permitimos el paso bajo la mirada de todos, pero a uno, el joven moreno —con cara demacrada y varias cicatrices que testimonian viejos enfrentamientos—, lo dejamos fuera.
Seis horas después, en el granero que hace de casa de trueque y asamblea, el aire aún huele a papel quemado y a serrín. Rosario despliega sobre una manta los tesoros de las viejas rutas: cuatro cajas de antibióticos, gasas, un estuche con semillas de judía, una mecha de candil, algunos cargadores de arma corta, y lo más importante para nosotros: una caja, a medio llenar, de tiritas antisépticas para niños.
—¿Qué pides a cambio? —le pregunto con la misma cautela que si de una partida de ajedrez con la muerte se tratara.
Ella sonríe; de haber sido tiempos antiguos habría aprovechado para tomarme el pelo, pero ahora el humor es lujo casi olvidado.
—Comida seca y algo de aceite. Si tienes cuerda mi compañero la agradecería, y, si puede ser, dos bidones de agua.
Las reglas del mercado son sencillas: sólo trueque, y jamás se negocia con armas dentro del recinto. La comunidad ha aprendido a precio de sangre que el dinero es papel sin valor, la confianza deriva de la memoria y de la violencia domada por la necesidad.
El intercambio se realiza con todos mirando, porque cualquier rumor de traición puede costar la supervivencia de decenas. Cuando todo queda cerrado, Rosario se relaja en un banco; el fuego del hogar, ajado y apagado, dibuja su silueta en la penumbra.
—¿Por dónde habéis pasado? —le pregunto, esperando noticias de la región.
—De Galiana a Argamasilla, desde allí a Manzanares y cruzamos los baldíos por caminos viejos. En Tomelloso no queda más que ruinas. Los de Mota resisten, pero la escasez es brutal.
El silencio entre los presentes es pesado. Cada relato de otra villa perdura como un eco macabro.
Pasan las horas entre relatos y noticias. Cuentan que en el norte algunos grupos han logrado domar caballos para formar caravanas más seguras. Que en Molina de Aragón experimentan con molinos eólicos. Que en Toledo y La Mancha surgen asentamientos jerarquizados, donde antiguas fábricas de latas y cerraduras se usan como fortines y talleres. Que en Valencia, las naranjas no valen nada porque no hay cómo llevarlas.
Cuando salgo al exterior acompañado de los comerciantes recién llegados, el aire nocturno apenas frío me susurra lo que nunca dejaré de recordar: la España de las fronteras abiertas, del AVE y las cafeterías de autopista, vive solo en el recuerdo de quienes aún la pronuncian con nostalgia. O ni eso.
Por la mañana, el peligro vuelve a poner en alerta a Villaclara. Las “vacaciones” —como algunos llaman con amarga ironía a los días en que no hay ataque ni avistamiento de horda— acaban cuando en el puesto este la sirena da dos toques secos. Eso significa movimiento: humanos, no zombis. Subo con el corazón en un puño y los pulmones pinchándome.
Esta vez no son comerciantes, sino un puñado de forasteros maltrechos: un grupo de cinco, dos mujeres, tres hombres, uno de ellos claramente herido y casi a cuestas entre los demás. Piden ayuda, hablan de un ataque a su caravana por parte de bandidos —quizás el mismo grupo que lleva semanas hostigando a los pueblos libres. Sopesamos la situación: si realmente vienen perseguidos, podrían atraer a los agresores, pero tampoco podemos dejar que un hombre muera desangrado a la puerta.
El consejo, reunido de urgencia en la iglesia —ahora hospital, almacén y sala de reuniones—, decide acogerlos provisionalmente, pero bajo custodia. En la mirada de Carmela, la anciana que lleva la despensa, late la duda.
—Antes, a los que venían pidiendo ayuda se les ayudaba —masculla—. Ahora, siempre con miedo, siempre pensando que traerán la ruina.
Tampoco hay tiempo para debatir moralidades, los nuevos apenas hablan, pero dejan ver, entre balbuceos y miradas recelosas, que quien les atacó llevaba insignias negras, los símbolos pintados de una banda del sur que ya habíamos oído nombrar. Los rumores vuelan: se dice que en las carreteras, ahora llenas de maleza y silencio, algunos humanos son peor que los propios zombis; cazan a los débiles, exprimen a los fuertes, roban hasta la última semilla. Aunque la amenaza de los muertos vivientes nunca se ha ido —cada luna, una o dos patrullas deben quemar los cadáveres atrapados en las alambradas—, la lucha entre los supervivientes se ha vuelto igual de letal.
Esa noche, el aire pesa con la promesa de un nuevo ataque. Por turnos, la mitad de la comunidad duerme, la otra vigila desde las torres improvisadas de grano y desde las azoteas de casas medio derruidas. Yo, que no puedo dormir, subo antes del amanecer. El silencio se ve roto solo por el mugido lejano de una vaca y, de vez en cuando, el estampido sordo de las ramas cuando un carro empuja por el camino viejo.
A medianoche, llegan dos mensajeros de una aldea vecina; anhelan advertirnos: los bandidos merodean, y piden formar una pequeña milicia conjunta, promover vigilancia diurna y nocturna. Traen un código de señales, luces y campanas —de toque largo y corto— para alertar de ataque o acercamiento de horda.
El consejo acepta; la cooperación es el último hilo de humanidad que conservamos, y lo sabemos. Esa madrugada, aunque nadie lo diga en voz alta, nos sentimos menos solos.
Pasan los días; la rutina tensa y desquiciada se funde con el deseo imposible de normalidad. El trabajo en los campos nunca termina —la siega de trigo, la recogida de almendras— y lo que más asusta ya no son tanto los zombis, sino la escasez de semillas. La carencia de maquinaria hace que toda tarea se duplique, se triplique en sudor y esfuerzo. Sin embargo, cada alimento nuevo es motivo de fiesta pequeña, cada llegada de forasteros amables renueva la fe en la posibilidad de sobrevivir sin matarnos.
A veces, al caer la tarde, los niños se asoman a la muralla y me preguntan cómo era la vida antes. Me piden que cuente historias de los trenes, de la playa, de cuando los zombis solo existían en películas americanas.
—¿Existía el Real Madrid? —pregunta Rubén, todo sucio de polvo y de miedo—. ¿Y los parques?
Siempre les invento cosas buenas. Les digo que sí, incluso que algún día volverán a jugar partidos, a correr por el césped y a comer pipas en un banco, sin miedo.
Pero en el fondo, a solas conmigo mismo, sé que, aunque logremos sobrevivir y limpiar estos caminos, el mundo que amábamos nunca será igual. Sin embargo, aquí, en este septiembre de 2022, la esperanza no se ha marchado del todo, y hay quien dice que la tierra, bajo el acecho de las sombras, sigue germinando futuro.
Me despido de Rosario y de sus compañeros al amanecer, cuando parte su caravana de mulas, con los saludos antiguos de quien ha compartido algo más importante que la mercancía: la certeza de que somos pocos, pero no estamos solos. La vida, mutilada y rabiosa, se aferra a la tierra igual que las raíces de los viejos olivos. Amanecer tras amanecer, resistimos.
Porque en Villaclara, como en tantas otras aldeas esparcidas por la piel de toro, la humanidad se defiende cada jornada, entre el miedo, los sueños y la obligación inexorable de cultivar la esperanza. La lucha sigue, en cada surco, en cada guardia nocturna, en cada niño que aprende a leer y empuña un palo como si fuera una espada. Porque sobrevivir es mucho más que no morir: es recordar, proteger, y sembrar —la vida, incluso entre las ruinas.
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