18 de noviembre de 2024
El viento azotaba la empalizada de madera y piedras apiladas que rodeaba el pequeño pueblo de Tordehumos, perdido en la extensa llanura de Valladolid. Afuera, la meseta se extendía en un mar de barbechos y campos amarillentos, salpicados aquí y allá por los esqueletos ennegrecidos de tractores y molinos eólicos parados, monumentos de una era extinguida apenas cuatro años atrás.
Dentro de la muralla, la vida se había reinventado en torno a rutinas que mezclaban lo antiguo y lo nuevo. Por la mañana, los niños acarreaban cubos hacia el pozo comunal, bajo la vigilancia de un viejo fusil y un reloj de sol improvisado, mientras un par de mujeres encendía hornos de barro alimentados con madera de escombro. El silencio, tan distinto al bullicio de las ciudades previas al desastre, era solo roto por el sigiloso rumor de los centinelas que recorrían el tramo más alto de la empalizada, atentos a cualquier movimiento en la llanura.
En la torre improvisada, junto a lo que alguna vez fue el bar del pueblo, estaba sentado Alberto. Llevaba meses perfeccionando la rutina de vigilancia, aprendiendo a diferenciar entre los zombis que todavía deambulaban, los merodeadores humanos y los rebaños de cabras semisalvajes que a veces cruzaban la frontera invisible de seguridad. Había aprendido a fiarse más del instinto que de la vista: el peligro rara vez anunciaba su llegada de modo obvio.
Eran ya seis días desde el último avistamiento de una horda considerable: una treintena, con el andar tambaleante y el cuerpo podrido hasta el tuétano, arrastrándose por la carretera vieja en dirección opuesta al pueblo. La situación se había vuelto paradójica en esos últimos meses: los muertos aún suponían un peligro real, pero, desde el otoño, la amenaza humana era cada vez más acuciante. Bandas nómadas, saqueadores, grupos de violentos con hambre y resentimiento acumulados al borde de la locura... Las historias llegaban a Tordehumos en labios temblorosos, arrastradas como ráfagas tristes a través de una radio militar recauchutada y mensajes entre los asentamientos.
Alberto bajó de la torre y cruzó el patio principal. Allí, Julia, la médico del pueblo, hervía agua y preparaba torniquetes improvisados con fajas viejas. Lee—un adolescente magro que hablaba mezclando castellano y gallego—le narraba entre dientes, casi avergonzado, cómo se había infectado en una trifulca con merodeadores y había sobrevivido sin volverse. Había algo de milagroso en la supervivencia de algunos hasta ese noviembre: la mayoría, después de una mordedura o una herida contaminada, no tardaba en perder la razón y unirse al tropel putrefacto de los caminantes.
—¿Cómo está el frente norte? —preguntó Julia, sin alzar del todo la mirada.
—Nada raro, solo dos cuervos muy pesados y el cielo cada vez más gris. Esta noche caerá helada, seguro. Mañana la ronda será lenta. Creo que deberíamos enviar al grupo de exploradores temprano.
Julia asintió, concentradísima en su tarea. Desde hacía meses, el frío era su mayor aliado y al mismo tiempo su mayor reto: los zombis, casi congelados en el amanecer de enero y febrero, se movían con menos rapidez y eran presa fácil para los grupos de limpieza. Pero el invierno también significaba menos cosechas, mayor dificultad para cazar y una mortalidad infantil que resurgía, implacable, más allá de los muros. El hambre no daba tregua.
Junto al almacén general, Simón, uno de los dirigentes y exprofesor de historia, revisaba la lista de víveres. A su lado, los sacos se alineaban con disciplina militar: garbanzos, harina, algo de arroz y la preciada sal, que cambiaban en caravanas por medicinas o herramientas a otros pueblos fortificados. Con un trozo de carbón, marcaba las cifras en una pizarra mil veces reutilizada.
Alberto se acercó.
—El ganado ya casi no da leche. —advirtió Simón—. Si no negociamos pronto con Villalón o Medina, vamos a pasar mal el diciembre.
—Lo sé. —respondió Alberto, sintiendo el peso de esa verdad incómoda—. ¿Se sabe algo de la próxima caravana?
—La última radio cifrada informó de una llegada desde Toro dentro de tres o cuatro días, si los caminos aguantan. Pero el tramo de Villafrechós quedó destrozado con la tormenta, y el rumor de saqueadores va en aumento. Necesitamos más escolta, más armas. Munición, si es posible. Aunque últimamente las armas hechas a mano corren más que las balas.
Era cierto. Tras la caída de la red energética y las fábricas, fabricar cartuchos era un lujo al alcance de muy pocos. En Tordehumos se había recurrido a viejas escopetas charrasqueadas, ballestas construidas a partir de hojas de los arados partidos y, donde los más habilidosos, viejos revólveres medio operativos que solo usaban los veteranos.
El medio día trajo consigo la llegada de una patrulla. Tres hombres y una mujer, cubiertos de abrigos reciclados y grandes bufandas de lana tejidas durante las largas noches sin radio. Traían consigo un carro precario tirado por un par de mulas, cargado de leña y conejos cazados en los setos cercanos.
Mientras Simón los ayudaba a descargar, Alberto preguntó por el exterior.
—Vi movimiento en el cruce del canal. —contestó Diego, el jefe del grupo—. Puede que sean los mismos merodeadores que reportamos antes del mediodía. Dejamos trampas en los accesos, pero tenían perros. Escuché los ladridos antes de que nos acercáramos demasiado.
—¿Humanos? —preguntó Julia, dejando por un momento sus labores médicas para tomar nota en un cuaderno raído.
—Humanos. Unos cinco. Parecían desesperados. No intentaron acercarse más, pero debo decir que iban armados.
El consejo de la tarde se reunió alrededor del fuego, bajo la mirada de una Virgen descascarillada. Eran quince adultos y tres adolescentes que, por tradición, intervenían también en la toma de decisiones, porque los jóvenes, decían, debían aprender a gobernarse tan pronto como supieran defenderse.
Hablaron de la comida, de las trampas, de la vigilancia nocturna. Se discutió la opción de ofrecer asilo a los humanos vagabundos si aceptaban el desarme; también, se debatió su posible amenaza: entre la solidaridad y el miedo, la balanza se inclinaba cada vez más hacia la precaución.
—Olvidamos —intervino de golpe Lucía, la panadera— que nosotros también fuimos forasteros una vez. Nadie de aquí nació en Tordehumos, salvo los más pequeños. Todos llegamos huyendo de algo, de alguien, o de los malditos muertos.
Alberto suspiró. Había llegado del sur, cuando Sevilla cayó, cruzando media España para alcanzar el rumor de un refugio seguro en Castilla. Sabía lo que era ser mirado con recelo, buscar entre basuras algo que llevarse a la boca. Aquella frontera invisible que separa a los que "están dentro" y los que "vienen de fuera" se volvía cada día más férrea.
Propusieron enviar a un emisario con algún paquete de comida y una bandera blanca: una última muestra de precaria civilización en tiempos de barbarie. Diego, sin decir una palabra, asintió y se retiró para revisar sus armas.
Ese mismo crepúsculo, mientras una nevada ligera comenzaba a posarse sobre las ruinas de la iglesia, Alberto subió a la muralla este, donde la vista permitía otear hasta el viejo cementerio. Por un instante, sintió el tirón del recuerdo: no el de la vida previa —ya casi difusa como una leyenda—, sino el de las primeras semanas del desastre. Había rabia, y cansancio, y una nostalgia extraña por las cosas mínimas: el olor del café, la timidez de una caricia, los partidos de fútbol los domingos en la plaza.
La puja entre la esperanza y el miedo era constante. Noches de insomnio, pesadillas en las que los muertos alcanzaban el muro, rugidos humanos mezclados con los chillidos de los condenados. Sin embargo, la vida seguía: entre cosechas, intercambio, rondas de vigilancia y promesas de un futuro que, de tan incierto, solo podía construirse paso a paso.
La madrugada del segundo día trajo una sorpresa. La caravana de Toro, anunciada antes, llegó tras casi veinticuatro horas de retraso, diezmada pero entera. Traían cueros curtidos, sal, algo de vino y, sobre todo, munición artesanal y semillas. Los niños corrieron a recibirlos—no por lo que pudieran obtener, sino por el asombro de ver rostros nuevos y escuchar historias de supervivencia en primera persona.
En las horas siguientes, el pueblo se transformó en una feria improvisada: intercambio de chismes, trueques de herramientas, relatos de encuentros con sectas religiosas que avanzaban por las comarcas como enjambres desesperados, promesas de ayuda mutua si el invierno arreciaba demasiado. Era una comunión de soledad y esperanza, una tregua frente a un mundo devastado.
La noche, sin embargo, añadió una nueva amenaza. Dos disparos tronaron a lo lejos, seguidos de gritos, y luego, el redoble oscuro de tambores en la distancia—una señal ya conocida para muchos del pueblo: era costumbre de bandas organizadas marcar su avance para infundir miedo. Las puertas del muro se cerraron de inmediato, las antorchas se apagaron para evitar dar pistas; guardias con arcos, ballestas y hondas ocuparon sus puestos.
El asedio, por suerte, no se materializó aquella vez. Quizá los saqueadores calcularon mal las defensas, o tal vez buscaban presionar antes de un ataque más organizado. Pero el temor —ese miedo primitivo que nunca desaparecía del todo— dejó su huella en los rostros, las conversaciones y los sueños.
En los días siguientes, la dinámica regresó a su nueva normalidad: reparar el molino de viento con ruedas de carretilla, organizar clases al aire libre para los niños que ya no recordaban internet ni la televisión, y esperar ansiosamente el intercambio de señales luminosas desde los otros asentamientos cercanos—códigos secretos de seguridad que indicaban si el camino seguía libre o si se avistaban hordas en movimiento.
Cuando finalmente el último carámbano cayó del alero al despuntar diciembre, la noticia se esparció de boca en boca: la unión de Villalón con Cuenca de Campos y Tordehumos era casi un hecho. Una alianza de tres pueblos, con cientos de personas y murallas reforzadas, para resistir no solo a los muertos, sino también a los vivos que hubieran olvidado lo que significa ser humano.
En la plaza, durante la ceremonia improvisada donde se selló el pacto con vino y pan, Julia se permitió una sonrisa. “Sobrevivir”, dijo mirando a Alberto y Simón, “ya es un acto de resistencia, pero nuestro compromiso es reconstruir. Aunque sean solo muros, huertas y palabras.”
En ese noviembre de 2024, los muros de Tordehumos resistían los embates del frío, los ataques humanos y la inercia de la desesperanza. La radio militar crepitaba cada noche con mensajes fragmentados: de auxilio, de advertencia, a veces de ánimo. Los niños jugaban alrededor de la empalizada, dando patadas a una pelota de trapo, ajenos por un momento al peso sombrío del mundo.
Y mientras el viento barría las últimas hojas de los nogales, en el corazón de España, la humanidad tejía, con gestos mínimos, un nuevo inicio entre las ruinas de la catástrofe.
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