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Fragmento:


Tras la inspección, la caravana fue conducida hasta la plaza central, donde se celebraba el mercado. Había un ambiente vibrante, de supervivencia orgullosa. Alrededor de la iglesia, ahora almacén, se abrían tenderetes hechos con lonas y palés. Agricultores traían mermeladas de moras, mujeres vestidas con mezclas de lo urbano y rudos mantones ofrecían huevos cocidos y requesón. Un herrero ofrecía puntas de lanza forjadas con el metal de las farolas. Los niños, siempre atentos al trueque menor, corrían entre puestos de cecina y tarros de conservas esperando robar algún mendrugo.

Duración: 11:11

Días de pólvora en Castilla
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Texto de ajuste de pausa.

14 de septiembre de 2027

Las primeras lluvias del otoño habían traído consigo un aire casi limpio, como si el cielo mismo quisiera lavar las heridas del mundo. A pesar de los restos del verano sevillano, la brisa fría que barría las llanuras de Castilla arrastraba consigo hojas secas, polvo y el rumor persistente de pasos lejanos. Ya nadie caminaba sin escuchar, sin mirar a los lados, sin cargar su arma siempre cerca. Era septiembre de 2027, y aquel día, como casi todos desde hacía siete años, se sentía como si se viviera al filo de una hoja oxidada: entre la muerte vieja y la vida recién germinada.

El asentamiento de Villaseca, dicen, fue fundado por un grupo de universitarios y campesinos fugitivos que se replegaron cuando la última ola de infectados se desbordó desde Salamanca. Allí, en la confluencia de caminos que antes traían turistas y camiones, ahora se alzaban muros de piedra, madera y chatarra. El sonido de las herramientas, el olor del pan cocido en hornos comunitarios, los gritos de los niños jugando entre los sacos de trigo... Villaseca no era un pueblo: era una declaración de guerra contra la extinción.

Yo recorría el camino que une Villaseca con lo que quedaba de Zamora, en una caravana armada que protegía el primero de los intercambios de la temporada. Hacía menos de un año, viajar así era una sentencia de muerte: las autopistas eran pasillos de hueso y rastrojo, donde las hordas de zombis aún vagaban bajo el sol impasible. Pero ahora, los viejos monstruos andaban despacio, arrastrando sus miserias en los rincones más oscuros de las ciudades ruinosas. El peligro, se decía, tenía nombre humano.

La caravana era modesta pero eficaz. Seis caballos tirando de tres carros, escoltados por un grupo de catorce adultos, todos armados con escopetas recargadas, lanzas improvisadas y, en algunos casos, viejas armas de fuego fabricadas en los talleres clandestinos de Villaseca. Yo, Raúl Mencía, era uno de los encargados de negociar nuestra carga: sacos de trigo, huevos en sal, algunas pieles y bidones de aceite vegetal. En Zamora esperábamos obtener a cambio sal, medicinas genéricas y, si la suerte nos sonreía, algunos metros de cableado eléctrico rescatados por chatarreros.

Viajábamos en silencio, atentos a los campos y las líneas de árboles que bordeaban el camino antiguo de tierra. Los nómadas, aquellas bandas de saqueadores y proscritos, solían preferir los caminos más transitados, pero la prudencia nunca estaba de más. Alguna vez le pregunté al jefe de los escoltas, un manchego de acento seco llamado Casimiro, por qué no volvían a usar las autovías. Me respondió con una mueca triste: entre los esqueletos de los camiones quemados y la visión de cientos de zombis apiñados y secos como ramas, prefería arriesgarse a una emboscada humana. Los zombis podían oír nuestros cascos y venir atraídos por el olor y el ruido. Los hombres, en cambio, sabían esperar callados con la mira fija y el dedo inquieto.

A media mañana, los carros avanzaban entre campos de cereal y trigales baldíos, salpicados de huertos que algunos colonos habían comenzado a cultivar en los últimos dos años. Atrás quedaron las ruinas de una gasolinera, ahora convertida en puesto avanzado, donde dejaron un pequeño cargamento de leña a cambio de una libreta de pólvora recién hecha. El trueque y la sonrisa eran la moneda real; la desconfianza, la nueva gramática social.

Habían pasado más de dos horas desde el amanecer cuando alcanzamos el Alto del Cuerno, una colina de suave pendiente que permitía ver Zamora en el horizonte, recortada contra el azul difuso de la mañana. De su muralla medieval, una parte había colapsado tras los bombardeos improvisados de los primeros Señoríos, gobiernos efímeros que intentaron tomar la ciudad a la fuerza. Ahora, la ciudad era una fortaleza compacta, rodeada de trincheras frescas, y se accedía sólo tras obtener permiso por radio en una frecuencia militar de baja potencia. Allí, un grupo de hombres uniformados con cazadoras negras aunque sin distintivo, nos esperaban al otro lado de la barrera improvisada de escombros y bidones.

La entrada fue tensa; nada era sencillo en este mundo. Los Guardias, una milicia formada tras el último conflicto con los saqueadores del sur, revisaban a fondo los carros, palpaban los bultos y aprovechaban para intercambiar noticias. La noticia del día era la caída de un asentamiento al sur de Benavente, devorado por un brote menor que se sospechaba había sido causado por cuerpos mal quemados. Nadie quería ser el vector de otro desastre; la vigilancia era literalmente cuestión de vida o muerte.

Tras la inspección, la caravana fue conducida hasta la plaza central, donde se celebraba el mercado. Había un ambiente vibrante, de supervivencia orgullosa. Alrededor de la iglesia, ahora almacén, se abrían tenderetes hechos con lonas y palés. Agricultores traían mermeladas de moras, mujeres vestidas con mezclas de lo urbano y rudos mantones ofrecían huevos cocidos y requesón. Un herrero ofrecía puntas de lanza forjadas con el metal de las farolas. Los niños, siempre atentos al trueque menor, corrían entre puestos de cecina y tarros de conservas esperando robar algún mendrugo.

Yo tenía cita con Julia Bermejo, representante de uno de los Consejos de Zamora. El poder había vuelto a repartirse en pequeños círculos de confianza, y eran ellas, casi siempre mujeres mayores, las que gestionaban la mayor parte de los intercambios con otros pueblos. Julia era menuda y seca, con la cara surcada de cicatrices que el frío no había conseguido borrar. Me saluda con un apretón de manos; aún recordábamos las viejas formas, aunque sin la alegría de antes.

—¿Qué traéis? —preguntó, sin florituras.

—Trigo, huevos, algo de mermelada y raíz seca, —respondí, señalando los sacos—. ¿Tenéis sal y medicinas?

Julia asintió y me condujo hasta un puesto lateral, donde una mujer de pelo plateado clasificaba frascos y cajas de cartón. Reconocí varias marcas de antibióticos genéricos y algún ungüento de los tiempos previos al colapso. La sal era un lujo: pequeños sacos grises, casi más valiosos que el plomo. El acuerdo fue rápido: la palabra dada era ley, y el castigo por el engaño, inapelable.

Cerca del mediodía, un revuelo agitó el mercado. Gritos y carreras sacudíeron la masa mientras los Guardias acudían en tromba hacia la entrada norte. Desde el puesto de Julia, pudimos ver a un grupo de figuras cubiertas de pieles y trapos, que avanzaban gritando y disparando al aire. Eran nómadas, los temidos “Errantes del Esla”, famosos por asaltar caravanas, aunque rara vez se atrevían a acercarse tanto a una ciudad amurallada.

Por un momento, la tensión fue casi insoportable. Los Guardias formaron línea, las mujeres y niños corrieron a refugiarse tras los carros. El olor a pólvora, mezcla de la recién fabricada y del miedo, flotó sobre la plaza como una nube ominosa. Los Errantes se detuvieron a distancia, alzando banderolas hechas con lonas rasgadas. Querían hablar, según gritaban a través de un altavoz distorsionado por el uso y el polvo.

Julia, que además de líder era uno de los mejores arqueros de la región, fue la primera en acercarse. Levantó la voz, con una mezcla de firmeza y resignación.

—No habrá pelea si venís por comida o medicina, pero no robéis ni amenacéis a nadie. Aquí se respeta la palabra.

La escena, a medio camino entre el Viejo Oeste y la Edad Media, me hizo recordar las historias de mi abuelo sobre la Guerra Civil, cuando los pueblos pactaban treguas para enterrar a sus muertos. Los Errantes consultaron entre ellos y uno, alto, cubierto con una capa de cuero, se adelantó.

—Hay hambruna en el valle —gritó—. Os damos herramientas a cambio de carne seca y agua limpia. Traemos también semillas.

El Consejo acordó la tregua. La plaza, que unos minutos antes era un campo de tensión, se transformó en un espacio de intercambio. Todos estábamos demasiado cansados para confiar, pero aún más para continuar la guerra.

Entre la multitud, los errantes compartieron historias: tres de los suyos habían sido devorados por una horda encontrada cerca de Tábara. Otros relataban que los zombis, ya convertidos en masas putrefactas, apenas se movían, pero de vez en cuando alguna “nueva infección” surgía en un campamento por descuido. Había menos miedo a los muertos y más recelo a los vivos.

El trato fue justo: herramientas rudimentarias, martillos y azadas forjadas con restos de maquinaria agrícola, por carne en salazón y un par de bidones de agua tratada pasado por los viejos filtros de arena de la ciudad. El trueque quedó sellado sin sangre, aunque los arcos y las escopetas seguían, discretamente, a la vista.

Aquella noche, descansé en una litera, mientras por la ventana entraba el resplandor de una luna cada vez menos temida. Desde el patio, se escuchaba el sonido de una guitarra y las voces de dos niñas que tarareaban canciones de antes, extraídas de la memoria de sus abuelas. Julia compartió conmigo una jarra de vino áspero.

—Hemos aprendido a sobrevivir, —dijo—. Pero también a recordar.

Hablábamos en voz baja, casi como conspiradores. El futuro, en aquella España deshecha y renacida a golpes, dependía de conservar esa frágil paz, de confiar en los acuerdos y de seguir labrando la tierra bajo la amenaza constante de las sombras. Recordé entonces la inscripción que alguien había tallado en la viga principal del almacén de Villaseca: “Sembrar es resistir”.

Al alba, la caravana volvió a cargar. Esta vez, llevábamos más esperanza que miedo. A lo lejos, los Errantes del Esla desaparecían por la margen del río, como animales cautelosos. En la plaza, los niños volvían a jugar, y la vida, agradecida y porfiada, retomaba su curso. El mundo estaba lejos de la salvación, pero en aquellas nuevas alianzas, en el trueque y la palabra, latía la posibilidad de un mañana diferente.

Mientras regresábamos a Villaseca, notaba en el aire un nuevo cansancio, mezcla de pérdida y resistencia. Quizá, pensé, en la fragua de la pólvora, en los mercados armados y el aprendizaje forzoso de la comunidad, nacía una forma de civilización que, algún día, podría mirar a los ojos a la muerte y sonreírle sin miedo.

El sol, de nuevo alto, recortaba las siluetas de los carros y de nuestros caballos, avanzando lentos pero decididos, igual que la nueva España: a fuego lento, marcada por la memoria, herrada por el sufrimiento y la tenaz voluntad de no desaparecer. Al volver la mirada sobre las murallas de Zamora, recé en silencio por todos los que aún seguían en pie, transformados, irreductibles, imborrables.

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