14 de diciembre de 2026
El frío había llegado temprano aquel invierno. Bajo cielos grises y encapotados, las murallas de lo que antaño había sido un anodino pueblo castellano recogían a una comunidad de supervivientes con cicatrices tan profundas como el recuerdo de una España que ya no existía. El silencio alrededor de las murallas era tan denso que podía sentirse el peso del propio aire. Como cada mañana desde que los días comenzaron a consumirse en largas noches heladas, la gente despertaba con el corazón atenazado por tres amenazas cotidianas: la escasez, las hordas, y, quizás la más sutil, el miedo a los otros humanos.
Era diciembre de 2026 y el mundo estaba irremediablemente cambiado. La mayoría de los viejos tenían recuerdos del pasado, pero los niños pequeños solo conocían la vida tras los muros: el olor a humo de leña, el siseo de las estufas improvisadas en cada puerta, el murmullo de los adultos repasando siempre las mismas historias para no perderlas. En la plaza mayor, donde antes pastaba una fuente y los tiovivos alegraban las fiestas patronales, ahora se concentraban los barriles de agua recogida de las últimas lluvias limpias, los sacos de harina que escaseaban más con cada semana y, sobre todo, el puesto de vigilancia desde el que se oteaban los alrededores.
Samuel abrió los ojos antes del alba, cubierto por mantas ásperas, junto a su hija Clara. Llevaban tres años viviendo entre los setenta y nueve supervivientes que, tras muchas penurias, habían convertido Valderredonda, un pueblo cualquiera de Castilla y León, en una de las comunidades fortificadas más robustas de la región. Samuel apenas tenía treinta y siete años, pero sentía el cuerpo como si hubiera vivido dos vidas. Pensó en su esposa, perdida durante el gran éxodo de 2021, y en cómo, pese a todo, seguía confiando en la posibilidad de algo parecido a la esperanza.
Decidió levantarse antes de que el sol terminara de despuntar. No era el único: Martín, uno de los regentes del consejo, también recorría ya las murallas para el relevo de la guardia nocturna. Samuel sintió el crujido de la nieve bajo sus botas improvisadas, hechas con retales de cuero recogidos de las ruinas de un zapatero, y saludó a Martín con un cabeceo. El otro respondió escuetamente. La confianza no era fácil, incluso entre ellos.
—Hoy toca revisar el lado este —dijo Martín—. Han visto movimiento en la carretera.
Samuel asintió, echó un vistazo al horizonte y comprobó su vieja escopeta, cuyo cañón había sido retocado con hierro de los tractores abandonados. Los zombis sobrevivientes, aquellos que seguían “funcionando” después de más de seis años, eran menos activos con el frío, pero aún rondaban por las comarcas en busca de carne. Peor aún, hacía semanas que un grupo nómada merodeaba la frontera de su territorio: humanos armados, desesperados, peligrosos. El hambre mordía tanto como los muertos.
—Al menos con esta nieve les costará llegar —musitó Samuel.
Martín esbozó una mueca.
—Eso nos da tiempo. Pero también a ellos les basta con esperar que bajemos la guardia.
Sobre el muro de piedra, escarchado y repuesto con barro y tablas de puertas antiguas, Samuel oteó con el catalejo que había logrado rescatar del colegio local, cuando aún esperaban que los niños regresaran algún día a las clases. El silencio era absoluto, salvo algún ladrido lejano o el graznido de los cuervos, atraídos por la carroña de la vieja gasolinera, allá al fondo de la carretera.
Bajo la muralla, se fue reuniendo poco a poco el pequeño consejo de supervivientes. Aquella mañana tenían que decidir la duración del reparto de raciones. La cosecha del verano, aunque mejor que la de otros años, había acabado maltrecha por la irrupción de una horda en la carretera, a finales de septiembre: media docena de invernaderos destruidos y dos miembros menos para el invierno. La leche era un lujo, los huevos valían más que el oro, y la harina era celosamente racionada.
Jamás habría pensado Samuel, en su juventud en Valladolid, que viviría una asamblea en la que discutir si un niño podría tomar una taza de leche extra a la semana equivaldría a discutir salvar o arriesgar una vida.
Alrededor del barril de agua, Estrella, la médica —aunque solo tenía un par de manuales, algo de experiencia y mucha voluntad—, exponía la última tanda de casos de tos y fiebre. Los inviernos golpeaban a los más delicados, y para los nuevos nacimientos que iban apareciendo en la comunidad, las palabras “antibiótico” o “termómetro” eran ya piezas arqueológicas, pronunciadas siempre en voz baja y con resignación.
—Pedro ha empeorado de la pierna —informó Estrella—. La herida huele peor cada día. Necesito más penicilina, si queda. O toca arriesgarse a buscarla fuera.
La expresión en los adultos fue de temor y resignación. Salir de los muros era un riesgo, sobre todo si el sol apenas salía y el albor de la mañana era el único momento en que los muertos se mostraban lentos.
Martín resopló. Como siempre, las miradas recayeron en Samuel, por ser uno de los mejores exploradores de la comunidad. Él bajó la cabeza, acariciando la escopeta.
—Hoy, salgo con Damián —aceptó, sin entusiasmo. Sabía que negarse sería peor: todos recordaban los tiempos en que salir a buscar comida o medicinas era cuestión de vida o muerte.
Mientras el consejo discutía las raciones, Samuel regresó a la casa común, donde Clara, de diez años, leía en voz baja a un grupo de cinco niños pequeños. Los mayores querían que aprendieran a leer y escribir, para no perder del todo el pasado. El libro, uno de los pocos que habían rescatado —un tomo de cuentos populares—, era su tesoro más preciado.
Clara levantó la mirada al reconocer a su padre, pero no dijo nada, solo esbozó una sonrisa. Samuel le devolvió la sonrisa, tratando de infundirle un coraje que a veces él mismo no encontraba.
—Vuelvo pronto, pequeña —le dijo, y le entregó la navaja suiza que fue de su abuelo—. Por si necesitas defenderte.
Clara asintió, sabiendo lo que eso significaba.
Minutos después, Samuel y Damián, un agricultor de manos fuertes y silencio inquebrantable, salieron por la puerta lateral, bien abrigados, con mochilas ligeras y las armas cargadas. Damián iba siempre al frente, Samuel cubría la retaguardia, y ambos vigilaban el entorno con la tensión de quien ha aprendido a contar los pasos con el ritmo del miedo.
En la calle principal, congelada y salpicada de escombros, visitaron primero la farmacia. Salieron por una brecha en la muralla creada para emergencias, tapada con una estructura de madera reforzada con planchas de metal. El plan era sencillo: llegar a la vieja residencia de ancianos, probablemente saqueada, pero aún en pie, donde existía la posibilidad de encontrar algún botiquín perdido o al menos vendas limpias.
Mientras andaban evitando charcos de nieve manchada, Samuel no pudo evitar recordar aquel primer invierno tras el Colapso: la gente huyendo por las autovías colapsadas, los cadáveres de zombis amontonados en las cunetas, las huidas nocturnas al rumor de pasos que no querían ser oídos. Ahora, aquello parecía mitología: el paisaje era aún desolado, pero el peligro tenía rostros menos definidos, menos multitudinarios y, en el fondo, más humanos.
La residencia permanecía en ruinas. Puertas arrancadas, habitaciones saqueadas, la persistencia de un olor agrio y antiguo. Mientras Damián vigilaba la entrada, Samuel hurgó entre estanterías a medio caer, revisó cajones con cuidado y recorrió un largo pasillo, donde las huellas en polvo revelaban que otras bandas habían estado allí hacía poco.
Al final, justo cuando la paciencia de ambos comenzaba a quedarse sin fuerzas, Samuel localizó una pequeña caja de penicilina sin abrir, dos vendas nuevas y alcohol. No era mucho, pero era más de lo que esperaban. El regreso al pueblo fue aún más tenso: varios gruñidos a lo lejos les indicaron que, aunque el frío adormecía a los zombis, la muerte nunca estaba a más de un descuido.
Volvieron a Valderredonda sin hablar, tratando de respirar el aire frío como si pudieran limpiar el alma. Entregaron el botín a Estrella, que les agradeció con una ese tipo de gratitud silenciosa y triste de quien sabe que salvar una vida podría costar otra en el futuro.
La jornada siguió con normalidad: raciones de sopa aguada, vigilancia continua en las murallas, niños limpiando los animales —aquellos pocos conejos y gallinas que quedaban—, las mujeres remendando ropa anaranjada, y los hombres revisando herramientas en el taller recuperado. Samuel se detuvo al atardecer, junto a Clara, sobre el muro helado. Desde allí, el horizonte era una maraña de campos y ruinas, con alguna columna de humo dispersa en la distancia.
—¿Algún día podremos salir? —preguntó la niña, con esa calma fría que da haber crecido escuchando disparos y relatos de terror antes de dormir.
Samuel vaciló antes de responder.
—Tal vez sí, algún día. Cuando los muertos dejen de andar y los vivos dejen de tener tanto miedo.
Clara lo miró, seria.
—Yo quiero ser como tú, papá; salir, ayudar, proteger a nuestra gente.
Samuel la abrazó, pensando en el valor y la tristeza de aquella generación: niños que no sabían nada de la televisión, ni de Navidad, ni de ir al colegio o a la playa, pero que conservaban la dignidad y los sueños, aunque el mundo alrededor estuviera cubierto de hielo y desesperanza.
Durante la noche, el pueblo quedó en silencio. Samuel hizo su ronda por el exterior de la muralla. Nadie se atrevía a dejar vacía la vigilancia. Le acompañaba la luna, rota entre nubes, y el lejano ulular del viento.
Mientras repasaba mentalmente los puntos débiles de la muralla, escuchó un murmullo bajo, casi un rezo. Era Estrella, la médica, que cerraba el día pidiendo por los vivos y recordando a los caídos. Samuel detuvo el paso, escuchando apenas el eco de sus propias oraciones: por los que luchaban, por los niños que merecían algo mejor, por la promesa de un mundo reconstruido, por el cumpleaños de su hija que llegaría en pocos días, y al que, quizás, le podrían regalar una onza de chocolate encontrado en una casa abandonada, o una libreta para dibujar.
Al entrar de nuevo al pueblo, Samuel vio que Clara seguía despierta, cosiendo con manos pequeñas junto a la lámpara de aceite. La nueva vida era dura, sí, pero en medio del terror y la miseria, seguía existiendo la ternura, la solidaridad y el impulso inasible de la supervivencia.
Por la ventana, la nieve seguía cayendo en silencio. Atrás, en la penumbra del mundo destrozado, aún vagaban los zombis, pero en el interior de la villa amurallada empezaba a nacer una esperanza distinta, más humilde, más persistente, más real. Una que ni la muerte ni el miedo habían sido capaces de destruir.
La larga noche de la humanidad proseguía, pero, bajo los muros de Valderredonda, ya se tejían los hilos de la resistencia, mientras, allá afuera, el invierno cubría de blanco todas las heridas.
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