Fragmento:
En el interior del bar, la oscuridad era casi total. Un hilo de linterna roja, de esas viejas de cabeza, parpadea sobre los rostros tensos de los seis supervivientes de la banda de Sara. No quedaba mucho para repartir: algo de pan reseco encontrado en una panadería abandonada de la calle Atocha, dos latas de fabada, un manojo de nabos y cuatro sobrecitos de azúcar. El único lujo era un termo de café de cebada, aguado y sin sabor, preparado sobre el hornillo de butano que Marco, el más viejo del grupo, había rescatado en su última expedición a una ferretería.
Duración: 11:53
18 de diciembre de 2020
El viento helado silba entre las calles desiertas mientras el cielo gris amenaza otra nevada en Madrid. El silencio, tantas veces impensable años atrás, se agolpa entre las torres y los tejados como un sudario, cubriendo de escarcha los cuerpos inmóviles de quienes, vivos o muertos, habitan aún la ciudad. La Navidad, en otros años época de bullicio y luces, llega convertida ahora en una sombra, una palabra de cuyo significado apenas queda algún destello en la memoria de los supervivientes.
Sara escucha, agazapada junto a la ventana tapiada de lo que era un bar de Lavapiés, los crujidos que abundan en la noche. Distinguía ya los matices: el sonido seco de la madera rompiéndose bajo el peso de la nieve; el gemido metálico de una farola caña en la tormenta... Y, más temible, la suerte de gruñido gutural, como de garganta en carne viva, el arrastre de pies torpes sobre el asfalto congelado, ese ruido animal y humano a la vez, con el que los caminantes infestaban Madrid desde hacía interminables meses.
En el interior del bar, la oscuridad era casi total. Un hilo de linterna roja, de esas viejas de cabeza, parpadea sobre los rostros tensos de los seis supervivientes de la banda de Sara. No quedaba mucho para repartir: algo de pan reseco encontrado en una panadería abandonada de la calle Atocha, dos latas de fabada, un manojo de nabos y cuatro sobrecitos de azúcar. El único lujo era un termo de café de cebada, aguado y sin sabor, preparado sobre el hornillo de butano que Marco, el más viejo del grupo, había rescatado en su última expedición a una ferretería.
—Esta noche no salimos —dictaminó Sara tras el recuento de raciones—. El frío los ralentiza, pero tenemos menos posibilidades de encontrar comida ahí fuera. Mañana al mediodía intentaremos por Tribunal, o cerca de la Gran Vía. Los supermercados del norte pueden tener conservas, si no han sido saqueados.
El grupo asiente en silencio. Nadie discute, el liderazgo de Sara había quedado establecido en los peores días, aquel mayo de estampida y caos, cuando el rebaño humano aún creía en maratones de papel higiénico y encierros solidarios. Después, la solidaridad había muerto más rápido que muchos. Ahora sólo quedaban alianzas precarias, pequeñas familias armadas con cuchillos de cocina y bates de béisbol.
Marco reparte el café, con aire serio y profesional, como si aquel gesto inútil de hospitalidad pudiera aplastar el miedo. Junto a él está Andrés, que apenas habla desde que perdió a su hermano en agosto, en un fallido intento de saqueo en Sol. Julia, la chica más joven —apenas diecisiete años—, cuenta días añadiendo pequeñas cicatrices a la madera del viejo mostrador, un calendario de heridas. Y María, de la que nadie sabe más que su nombre, mira por la rendija del tablón, hacia el exterior, como si esperara ver llegar alguien del pasado.
La ciudad, mientras tanto, vive en ruinas. Las avenidas se han convertido en pasillos copados de vehículos apilados y barricadas improvisadas. El Metro, antes arteria vital de la Madrid acostumbrada, es ahora un refugio para los más desesperados y para los hambrientos. Puentes y glorietas son puntos de rifirrafe habitual; las plazas, auténticas trampas mortales donde la nieve oculta tanto cuerpos inertes como los movimientos erráticos de los muertos andantes.
La noche avanza, pero la banda no duerme. Los turnos de guardia se suceden con la monotonía del miedo, el mismo que impide a Sara cerrar los ojos con tranquilidad. Cada ruido puede significar el fin: un zombi que ha olfateado vida detrás de las tablas, una patrulla de saqueadores armados, tan peligrosos —o más— que los infectados. En Madrid, el mayor depredador ya no camina solo con las piernas arrastrando.
Sara recuerda, mientras lucha contra el sueño, el sonido de las últimas campanas. Eran los primeros días de septiembre, aún quedaba luz eléctrica en algunos barrios, aún se respiraba la tensa esperanza de que un ejército pudiera rescatar la ciudad. Pero entonces, el repique del reloj de la Puerta del Sol fue cubierto por el aullido de una marabunta de muertos. Gente huyó despavorida, por Gran Vía, por la Castellana, por las callejuelas medievales. Algunos locos, entre ellos el padre de Sara, intentaron organizar barricadas en el Retiro. Duraron tres días, hasta que las alambradas cedieron bajo el peso de más de dos mil infectados. Fue entonces cuando Sara aprendió a correr sin mirar atrás, a dejar atrás a los suyos, a sobrevivir y a no llorar.
A la mañana siguiente, la banda evalúa la situación. Hace días que no encuentran comida fresca. Carlos, el chico grande de Alcorcón, ha perdido quilos y el color de siempre en la piel. Su piel habla ahora del hambre, de la anemia y del cansancio perpetuo.
—Vamos a salir —dice Marco, resignado—. Alguien tiene que probar suerte, o nos morimos aquí, como ratas.
Sara asiente, toma el bate de acero y la mochila. Julia insiste en ir con ella, y aunque a Sara no le gusta la idea, sabe que dos son más rápidas para buscar y cargar lo que encuentren. Planean dirigirse a una tienda de ultramarinos cerca del Museo Reina Sofía.
Salir a la calle en diciembre de 2020 es una mezcla entre juego mortal y expedición arqueológica. Madrid parece congelada en un instante de muerte: escaparates con maniquíes vestidos a la moda del año pasado, relojes detenidos, coches convertidos en sarcófagos oxidados, farolas que tintinean con la brisa y el hielo. El aire es tan frío que corta los labios y los pulmones, y cada respiración deja un rastro efímero en la escarcha. Julia tiembla, envuelta en múltiples capas de ropa raída. El mundo es gris, y el sol apenas asoma.
Evitan las calles principales, avanzando entre coches y ruinas, atentos a cualquier movimiento a la distancia. Los brazos de un cadáver congelado se extienden desde debajo de una sábana junto a lo que fue una cafetería. Más allá, en la glorieta de Atocha, la piel azulada de un muerto reciente se une a la fila de los que esperan el deshielo para alzarse y cazar. Los zombis dormitan en las esquinas, ralentizados por el hielo, pero un solo ruido, un gesto brusco, y el infierno puede desatarse.
La tienda de ultramarinos parece desierta. Sara, tras observar desde la esquina, fuerza la puerta con una palanca improvisada. Dentro les recibe el olor a comida podrida, a moho, a aire estancado. Registran prisa, sabiendo que cualquier minuto extra puede ser letal.
—Aquí hay arroz —susurra Julia, con voz triunfal, mientras forcejea con un saco de cinco kilos a medio romper—. Y miel, y legumbres… ¡Y hasta chocolate!
—Calma, coge solo lo que puedas cargar y moverte.
De repente, un estrépito rompe la quietud del amanecer. El grito de un zombi, grave y lastimero, se oye desde la calle. Sara siente la piel erizarse; los pasos pesados y el golpeteo de cuerpos caen sobre el silencio. Deben elegir: cargar más comida, o huir de inmediato.
Julia toma el saco de arroz y la miel. Sara opta por dos latas aparentemente intactas y corre hacia la puerta trasera, sabiendo que el tiempo se acaba. Tras abrir la salida de emergencia, ambas se cuelan a un patio interior y escapan por un callejón que da a la estación del AVE. Detrás, los gruñidos empiezan a llenar la tienda y la callejona. Logran perderse entre los muros derruidos de una escuela primaria tomada meses atrás por los sin techo, ahora cadáveres congelados.
Regresan al refugio poco antes del anochecer. Han perdido parte del botín, pero traen suficiente arroz como para alimentar al grupo varios días. Sin embargo, el ambiente es tenso: María ha recibido un disparo lejano desde Sol. Un grupo de bandidos armados, se calcula, patrulla buscando alimentos y mujeres. La herida es leve, pero la infección es una amenaza real.
Sara, agotada, toma la responsabilidad. Limpia la herida, le cambia el vendaje y ordena a Carlos y Marco reforzar la entrada. Saben que la noche siguiente será aún más peligrosa. Afuera, el frío les da una tregua, inmovilizando a los zombis, pero hace más letales a los vivos.
Los días pasan. El hambre y el invierno hacen estragos. El cuerpo de María, agotado, sucumbe a la fiebre en Nochebuena. Sara y Carlos la entierran tras el bar, en un parterre helado donde alguna vez jardineros municipales cuidaban rosales rojos para los turistas. Rezaron un padre nuestro improvisado, sólo por costumbre y por miedo a que el alma de María no encontrara la paz.
Tras la muerte de María, el grupo se replantea su destino. Madrid es una ratonera; la comida escasea y cada día es más difícil encontrar un rincón seguro. Marco propone marchar hacia el norte, a Castilla, donde los rumores dicen que hay menos muertos y más aldeas abandonadas con despensas intactas, y donde el frío lento puede jugarles a favor.
—Si seguimos aquí, seremos los siguientes —afirma Marco, trazando con el dedo un mapa sobre la barra mohosa—. Carretera de Burgos. Evitar pueblos grandes, tomar caminos rurales. Viajar siempre de día, nunca solos.
El grupo acepta. Huyen aún antes del alba, con provisiones a cuestas cargadas sobre carritos de supermercado. El aire es blanco, la escarcha muerde. Sara mira una última vez la silueta de la ciudad, los tejados llenos de nieve, las avenidas silenciosas y traicioneras. Nunca pensó que su casa sería, al fin, sólo un punto más en el mapa de un país devastado.
El viaje por la A1 es un infierno helado. Pasan por San Sebastián de los Reyes, Alcobendas, pueblos acallados. En la distancia, columnas de humo aprietan en el cielo: restos de hogueras, señales cifradas de grupos que puede que sean aliados, o peligros letales. Los zombis se ven menos, pero los vivos nunca dejan de ser una amenaza. Se resguardan en una gasolinera abandonada, viviendo de latas y del arroz que salvaron, compartiendo sueños sobre pueblos perdidos y huertas recuperadas.
Sara se convierte en la voz de ánimo. Recuerda a su padre hablando de la dignidad de los pueblos castellanos, de huertos viejos y gallineros, de la infinita llanura invernal donde el frío corta el hambre y silencia incluso a la muerte. Quieren creer que en algún lugar de León o de Segovia, la gente aguanta tras tapias altas y braseros de leña, cosechando patatas y recogiendo agua del deshielo.
Pasan semanas antes de encontrar un caserón aislado cerca de Aranda. Está medio derruido, pero lo rodean árboles frutales y un pozo. Allí, con otros refugiados, comparten historias y canciones que apenas recuerdan, ríen con amargura ante el eco de antiguos villancicos y la visión lejana de luces, quizás de otros supervivientes, quizás solo de cazadores armados.
En la quietud de una noche clara, Sara ve caer la nieve tras los cristales rotos. Sabe que el invierno apenas comienza y que el hambre y la muerte llamarán de nuevo. Pero en el aroma débil a puchero, en la voz de Julia contando historias a los más pequeños, en el brillo de una vela improvisada, vislumbra el germen de algo parecido a la esperanza.
Y así acaba el primer invierno de la plaga en España. Sara, una joven que nunca quiso ser líder, despide el 2020 junto a su nuevo clan, sentada alrededor de una mesa vieja, compartiendo una comida pobre y mirando un horizonte helado que promete—quizás—sobrevivientes.
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