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Portada del relato La última frontera: Segovia entre murallas
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Fragmento:


Eran poco más de las ocho de la tarde, y el cielo ya sangraba tonalidades púrpura y gris. Miró a su alrededor: hombres y mujeres embozados, ojos endurecidos por meses de miedo. Eligió el rincón más seguro del almacén y depositó la caja, asegurándose de que nadie la viera anotar el inventario en el cuaderno de tapas azules. En ese papel, con una caligrafía firme y apretada, llevaba la cuenta de las horas, los víveres y los turnos, como quien se aferra a los restos de una vida ordenada.

Duración: 12:39

La última frontera: Segovia entre murallas
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Texto de ajuste de pausa.

3 de Septiembre de 2026

La noche caía sobre Segovia como un manto pesado y expectante, mezclando aromas de leña reciente con los vestigios amargos de basura quemada y carne en descomposición que llegaban, arrastrados por el viento, desde los extramuros. A lo lejos, más allá de la muralla reconstruida a fuerza de sudor, franca improvisación y sacos de arena, la silueta de la ciudad parecía inmutable. Solo que no lo era: el corazón de Segovia latía ahora con pulso incierto, nervioso, como si cada rincón de piedra escuchara un lamento perpetuo.

Tres años atrás, ningún vecino habría imaginado que el acueducto romano, esa columna vertebral de la ciudad, acabaría convertido en baluarte defensivo: la vieja piedra servía de parapeto para los centinelas, mientras las torres alzadas a toda prisa regulaban cada acceso. Las hordas menguaban –los vecinos lo murmuraban al repartirse el pan, esa masa apretada y amarga, nacida de trigo rescatado de campos nunca del todo seguros–, pero su amenaza aún era real, una plaga sin descanso. Quien se confiaba en los días tranquilos apenas sobrevivía la siguiente luna.

La luz de las hogueras trazaba círculos en la plaza principal. Un enjambre de voluntarios recontaba los sacos de grano y las latas recogidas en la última caravana: algunos parecían tan exhaustos como los caballos malnutridos atados junto a los bancos de piedra. Alrededor, el murmullo de los supervivientes flotaba como una plegaria muda.

La vida ahora era una larga sucesión de trueques, acuerdos, silencios y vigilias. En el colegio convertido en hospital, la radio chisporroteaba con voces lejanas de pueblos vecinos, señales de otros humanos, señales de esperanza. Más allá, en los límites de la zona despejada, los escombros de lo que fue un supermercado, una farmacia, una panadería, servían de frontera entre lo seguro y la podredumbre.

***

Raquel apretó el pañuelo sobre la boca mientras ayudaba a descargar la caja de conservas del carromato del sur. El aire apestaba a excremento, sudor viejo y moho. Escuchó el graznido de los cuervos y, por un momento, recordó la Segovia antes de todo esto: la ciudad abierta, los turistas del acueducto, el bullicio del mercado y el olor penetrante de los hornos de leña.

Eran poco más de las ocho de la tarde, y el cielo ya sangraba tonalidades púrpura y gris. Miró a su alrededor: hombres y mujeres embozados, ojos endurecidos por meses de miedo. Eligió el rincón más seguro del almacén y depositó la caja, asegurándose de que nadie la viera anotar el inventario en el cuaderno de tapas azules. En ese papel, con una caligrafía firme y apretada, llevaba la cuenta de las horas, los víveres y los turnos, como quien se aferra a los restos de una vida ordenada.

Junto a ella, Sergio revisaba las armas: un viejo Mauser, dos recortadas cochambrosas y una docena de flechas de fabricación casera, con puntas de hierro reutilizado. Desde la desaparición de la última batería de la furgoneta, los viajes en busca de munición eran una ruleta rusa. Habían aprendido a sobrevivir con lo que tenían, igual que todos.

De repente, la alarma de la muralla –una bocina oxidada sacada de algún camión antiguo y adaptada con cables casi milagrosos– sonó en la noche. Tres golpes cortos, dos largos. Horda a la vista.

Raquel sintió un nudo en el estómago. Se ajustó el cinturón, empuñó la lanza y salió corriendo hacia la puerta oeste. La rutina de siempre: correr, colocarse, encender los focos alimentados por el pequeño generador. Pero ese miedo, esa certeza de que cualquier error podía costar vidas, nunca se perdía.

***

En la muralla, Fran, de veintidós años y mirada de años vividos, ya repartía órdenes:

“¡Luisa, contigo las bengalas! ¡Pedro y Ana, las cuerdas! El resto, pendientes a los tiros. No asoméis demasiado.”

Raquel y Sergio ocuparon sus posiciones entre dos parapetos, cada uno a cargo de una línea de flechas. El estruendo al otro lado de la muralla empezó como una queja, fue creciendo en mugidos, arrastres y luego el golpeteo inconfundible de cuerpos podridos contra piedra.

Algunos de los más jóvenes se asustaban todavía al verlos: trozos de uniforme policial mezclados con harapos civiles, cabelleras deshilachadas, ojos desorbitados, algunos incluso con la mandíbula colgando. La mayoría caminaba torpemente, peor que meses atrás; parecía que el tiempo los debilitaba poco a poco, pero los convertía en un peligro menos predecible. Lo que les sobraba en fuerza, lo perdían en velocidad... aunque bastaban dos o tres para acabar con un centinela desprevenido.

“¡Fuego!”, gritó Fran.

Los arcos escupieron flechas, las primeras antorchas volaron y una docena de cadeveres cayó. Pero la marea seguía empujando. Golpeaban contra las piedras, rebosaban rabia, se presionaban unos a otros buscando un hueco, un fallo.

Raquel disparó su lanza improvisada y vio a un zombi vestido con el chaleco de un antiguo repartidor desplomarse al pie de la muralla. Entre los disparos surgieron gritos:

“¡Ahí, a la derecha! ¡Han roto la madera!”

Un tablón mal clavado se partió. Los cuerpos comenzaron a abrirse paso, empujados por su propio peso. Sergio saltó a ayudar; otro voluntario cayó de espaldas, los pies al aire, cuando una mano gélida y grisácea casi le arranca la bota.

Un silbido de bengala iluminó la escena: Raquel, casi sin pensar, lanzó un puñado de clavos oxidados sobre la brecha y gritó instrucciones. Tres hombres taparon el hueco improvisando con una puerta arrancada de alguna casa. Detrás, la masa de zombis aullaba.

—¡Aguantad!— rugió Fran, justo cuando una bala perdida silbó sobre su cabeza.

No supieron decir cuánto tiempo duró el asedio. Cinco minutos, media hora... el peso del peligro distorsionaba el tiempo. Cuando finalmente el empuje frenó, los supervivientes aprovecharon para rematar cabezas desde las alturas. Uno de los niños, que servía de vigía, sopló un silbato fabricado con el hueso de una pata de cordero. Señal de retirada: la horda se estaba dispersando.

***

El amanecer llegó incierto. El frío de septiembre era un recordatorio de lo efímero de cada conquista. Los primeros en bajar de la muralla tropezaron con charcos viscosos; limpiaron la sangre y los cuerpos con una mezcla de ceniza y cal. Los cientos de flechas, piedras y clavos recogidos se amontonaron junto a la base del acueducto.

Raquel, agotada, se dejó caer sobre uno de los bancos de la plaza. El ruido de una radio militar sonando al fondo le devolvió la esperanza, aunque la melodía era irreconocible.

“Otro día, otra noche ganada”, musitó, frotándose las manos entumecidas.

Cerca, la docena de niños del refugio jugaban a “los zombis y los soldados”, rompiendo cualquier silencio luctuoso con sus carcajadas. Ella recordaba haber jugado de niña a médicos y enfermeras; pensó en lo triste y admirable de que aquellos pequeños nunca sabrían lo que era correr por un parque sin miedo, pero sí aprenderían a sobrevivir.

En la casona convertida en ayuntamiento, los líderes de las comunidades vecinas se reunían. Tres hombres y dos mujeres –cada uno representante de un pueblo o aldea del entorno: La Granja, Turégano, Coca, Navafría, un puñado de casas dispersas entre pinares y trigales– discutían la organización del comercio, las rutas de aprovisionamiento y, sobre todo, las señales que emplearían para alertar de nuevas hordas.

“¿Banderas rojas para alerta máxima?”, preguntó uno.

“Mejor antorchas en las torres. La noche sigue siendo traicionera”, respondió otro.

“Y cuando lleguen los nómadas, o los bandidos… que se vea humo, tres hogueras en línea”.

Con dificultad, y no sin recelos, pactaban alianzas. Era imposible no recordar las traiciones de los meses anteriores. Algunas caravanas había desaparecido entre Arévalo y Cuéllar; otros grupos llegaban mutilados. El hambre empujaba tanto como el miedo.

Raquel participaba en los consejos, aunque a menudo sentía que su voz era solo una entre muchas. Pero esta vez, la situación era insostenible. Los almacenes habían menguado tras el último ataque y el trigo escaseaba incluso en los campos amurallados.

—Si no conseguimos semillas nuevas esa cosecha, para cuando llegue noviembre solo tendremos que repartir esperanza, y eso nunca se come—dijo, abrazando el cuaderno azul.

Un anciano, el dueño de los caballos de la caravana, le señaló con voz grave:

—Anoche, en la radio de Coca, dijeron que en la sierra han encontrado semillas de banco. De las buenas, guardadas por una familia. Pero está en la zona semiabierta, cerca de donde andan los saqueadores.

—¿Y confiamos en los saqueadores? ¿O en las balas y flechas de los bandidos?—protestó la representante de Navafría, una mujer de mediana edad con cicatriz en la mejilla.

—No hay nada seguro. Pero si formamos una partida de comercio armada, podemos intentar llegar.

El grupo debatió durante horas. Cada decisión era una apuesta contra la muerte. Finalmente, acordaron formar una caravana de ocho personas, armadas y con productos de trueque: medicinas, latas, ropa de abrigo, que ofrecerían por las semillas. Si sobrevivían, era probable que otros asentamientos confiaran en nuevas alianzas. Si fracasaban, habría un invierno de vacío.

***

La partida partió al día siguiente antes del amanecer. Raquel, Sergio, el anciano de los caballos y cinco voluntarios más. La niebla de la mañana en el valle parecía un mal presagio. Cabalgaron hasta Navacerrada, tomando caminos secundarios, evitando carreteras donde aún podían tropezar con hordas durmientes o grupos de saqueadores.

Al principio, el paisaje les resultaba familiar: ruinas de casonas solariegas, campos segados yermos y, de vez en cuando, un espantapájaros vestido con chaleco reflectante, señal de que la zona había sido despejada semanas antes. Se guiaban por marcas en árboles: dos cortes y una cruz para indicar paso seguro; una cruz invertida, la señal de peligro extremo.

La segunda noche, acamparon en un pinar. Alrededor de la hoguera, compartieron cuentos viejos y trozos de pan duro. Hablaron del pasado: de la Semana Santa en Segovia, de los festivales, del olor a café recién hecho. Y, como cada vez que alguna expedición salía, recordaban a los que no volvieron.

A la tercera jornada, encontraron los primeros saqueadores: cinco tipos sucios, armados con machetes y un rifle viejo. Después de un tenso intercambio de amenazas y promesas, aceptaron el trueque de medicinas y algo de sal por un saco de semillas envuelto en tela blanca. Nadie desenvainó, pero tampoco nadie entregó una sonrisa. El mundo era ahora una negociación perpetua.

***

El regreso fue aún más peligroso. A la entrada de Segovia, una horda pequeña les emboscó: apenas seis zombis, acuchillados y abatidos sin estruendo, pero el miedo se quedó pegado a la piel. Cuando por fin dejaron las monturas en la plaza, les recibió un coro de gritos entre alegría y alivio.

Raquel, casi llorando de cansancio, entregó el saco de semillas a Fran y a los agricultores del pueblo.

—Esto es futuro—dijo ella, y la frase quedó flotando en la plaza como una bendición inesperada.

Aquella noche, las hogueras ardieron más tiempo del habitual. No sólo por celebrar las semillas: también sabían que el invierno vendría pronto, y nada garantizaba que la siguiente partida regresara. Pero, como siempre, la esperanza y el miedo seguían danzando juntos en la Segovia amurallada.

Antes de dormir, Raquel escribió en el cuaderno azul: “Día 905 desde el colapso. Avanzamos. Plantaremos las nuevas semillas mañana. La horda fue contenida. Somos menos, pero más duros. Seguimos aquí. Segovia resiste.”

Sabía que lo escrito sobreviviría mucho más que el cuerpo. Y por una noche, al menos, soñó con el olor a pan caliente.

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