Fragmento:
El plan era sencillo: llegar hasta la farmacia localizada por “Banda Levante”, asaltar la trastienda si aún estaba intacta y salir antes de que alguna patrulla de otros grupos —o algo peor— se cruzara en su camino. Y, sobre todo, evitar los arañazos. Eso era lo esencial ahora, después de los terribles rumores. Ya nadie dudaba de que el contagio se extendía incluso por el más mínimo rasguño. Había pasado de ser mito desesperado a certeza macabra, confirmada por los daños que algunos esclavistas de un grupo rival —los de “La Cala”— sufrían en su propia carne, transformándose poco a poco tras una mera grieta bajo la uña.
Duración: 12:56
7 de julio de 2022.
El sol había salido hacía menos de una hora, y los edificios altísimos de Benidorm proyectaban largas sombras sobre unas avenidas que, dos años antes, rebosaban de turistas. El asfalto levantado dejaba crecer matojos salados entre los adoquines. Los neones polvorientos y partidos de los antros de la avenida del Mediterráneo parpadeaban a su antojo cada vez que el viento conectaba, de algún modo milagroso, los cables de una farola caída. La ciudad, que nunca dormía, parecía por fin a punto de hacerlo para siempre.
Alba llevaba meses sin acercarse al paseo de Levante, temerosa de los grupos de saqueadores y, últimamente, de los rezagados: zombis que deambulaban nerviosos en busca de restos humanos o animales. Sin embargo, desde principios de julio, habían intentado limpiar algunas calles para crear una “zona protegida” donde se pudieran reunir más de cuarenta personas —toda una hazaña en ese 2022 de paredes desconchadas y noches de insomnio. Ella y dos amigos, Víctor y Mahir, habían sido enviados por el grupo del edificio Intempo para localizar una farmacia intacta y, si tenían suerte, algo de gasolina. No era la misión más peligrosa —pero tampoco la más sencilla.
Después del invierno de cuerpos amontonados en la playa, de tormentas que arrastraron huesos hasta la desembocadura del río Amadorio y tras la aparición de nuevas hordas atraídas por el imán humano del Benidorm vertical, Alba sentía una tensión larvada. Algo estaba a punto de estallar. Lo notaba en la forma que tenían los pájaros de rodear la torre Bali, en el humo de otro incendio en la vieja discoteca Manssion, en los cuchicheos de los supervivientes cada vez más asustados que se cruzaban en las esquinas de los supermercados abandonados.
Esa mañana, avanzó junto a Víctor —un chico bajo y nervioso, hijo de agricultores manchegos— y Mahir, alto y parsimonioso, con una cicatriz en la frente que le había marcado un zombi en el verano anterior. Tenían los sentidos a flor de piel —Alba por el miedo, Víctor por el hambre, Mahir porque no podía permitirse un segundo error—. Atravesaron con sigilo la avenida de Europa. Pasaron por debajo del arco derruido de la antigua discoteca Penélope, que alguien había convertido en santuario improvisado: velas, dibujos, un peluche, una cruz de palos hecha con cable eléctrico. Jamás se detenían allí. La superstición, después de los últimos brotes, era casi ley.
El plan era sencillo: llegar hasta la farmacia localizada por “Banda Levante”, asaltar la trastienda si aún estaba intacta y salir antes de que alguna patrulla de otros grupos —o algo peor— se cruzara en su camino. Y, sobre todo, evitar los arañazos. Eso era lo esencial ahora, después de los terribles rumores. Ya nadie dudaba de que el contagio se extendía incluso por el más mínimo rasguño. Había pasado de ser mito desesperado a certeza macabra, confirmada por los daños que algunos esclavistas de un grupo rival —los de “La Cala”— sufrían en su propia carne, transformándose poco a poco tras una mera grieta bajo la uña.
Descendieron hacia el mar con pasos rápidos y controlados, sin correr, sin llamar la atención. Las palmeras, secas y desplumadas, lanzaban ruidos macabros cada vez que el viento del poniente las mecía. Al pasar por la esquina de la plaza Triangular, vieron a un pequeño grupo de supervivientes con ropas desgarradas que parecían discutir a gritos por algo. Alba, instintivamente, retrocedió detrás de un contenedor quemado. Mahir la siguió. Solo Víctor se atrevió a mirar a través del cristal roto de un antiguo quiosco de prensa.
—Están peleando —dijo en voz baja, con asombro y desprecio.
—¿Por comida? —preguntó Mahir, apretando su navaja contra la palma.
—Por una radio.
La disputa terminó pronto. Dos de los hombres derribaron al más joven, lo golpearon una y otra vez contra el bordillo. La sangre se filtró por la alcantarilla junto a unos caramelos derretidos en una bolsa rota. Nadie lloró. Nadie gritó. Aquella era la nueva normalidad.
Decidieron rodear la escena, pasando por un callejón lateral teñido por el fuerte olor del aceite rancio y de la carne podrida. El calor de julio hacía imposible evitar las náuseas, pero siguieron adelante. Todo a la sombra del Gran Hotel Bali, un coloso que parecía vigilarlos con decisión imperturbable.
Al llegar a la farmacia, algo llamó la atención de Alba: el escaparate no había sido destrozado por completo. En el interior, entre estantes volcados, se veía movimiento. Víctor quería entrar sin rodeos, pero Mahir la detuvo con una mano firme. Miraron juntos por un hueco en el cristal: una sombra se desplazaba rápidamente, tropezando contra mostradores caídos, gimiendo como si pidiera ayuda o suplicara que la dejasen sola.
Era una muchacha. Iba vestida con un uniforme escolar roto, la cara desencajada, la piel sucia y surcada por manchas azuladas. Tenía las uñas partidas, como si hubieran intentado excavar con ellas. Alba sintió un escalofrío que le recorrió la espalda. Llevaba semanas —quizás meses— sin ver a un infectado tan joven.
—¿Está viva? —susurró.
—Respira… —dijo Víctor, dudando—. Pero mírala las manos.
Una de las manos de la chica parecía tener un arañazo profundo, desde la muñeca al codo. La carne abombada y supurante, con líneas negras que se abrían paso hacia el hombro. No había mordisco, solo el terrorífico arañazo. El pelo pegado por el sudor. Los ojos, desorbitados, se clavaron en ellos.
—¡Abrid! —gritó de pronto la niña.
La voz era casi humana, aunque cavernosa, demasiado rota como para tranquilizar a nadie. Mahir ladeó la cabeza, calculando si debían arriesgarse. Las tripas de Alba rugían. Pensó en saltar dentro, tomar lo que pudieran y evitar acercarse a la chica. Pero entonces, la joven tropezó, cayó sobre unos frascos rotos de perfume, y un reguero de sangre nueva y fresca se esparció por el suelo.
Esa sangre alertó a algo más. Detrás, en la trastienda, un lamento gutural, oscuro, se deslizó como una serpiente. De las sombras emergió una figura de zombi adulto, tambaleante pero rápido en las distancias cortas, atraído por el inconfundible olor de la carne herida. Alba gritó:
—¡Ahora!
El grupo irrumpió con fuerza. Mahir abatió de un golpe seco al zombi adulto, hundiéndole la hoja de la navaja en el ojo, mientras Víctor se encargaba de apagar el grito inconsciente de la muchacha. Alba, temblando de miedo y coraje, abrió el acceso trasero de la zona de almacén. En la penumbra, localizó una caja de vendas, dos frascos de antibióticos y, milagrosamente, un paquete de pilas. Todo en segundos.
El enfrentamiento dejó a los tres jadeantes. La niña, semiinconsciente, repetía un mantra incomprensible. Alba no quería mirarla, avergonzada por su compasión inútil. En un mundo donde el arañazo era sentencia de muerte, dudar podía ser letal. Sin embargo, Mahir la arrastró afuera, dejando tras de sí el cuerpo del adulto y el hedor de la sangre fresca.
En la puerta de la farmacia, la luz del sol golpeó al grupo. Alba vio las mejillas rugosas y huesudas de la niña. La herida no paraba de supurar. Víctor quería dejarla allí, y lo dijo en voz alta:
—No tenemos ni tiempo ni medicinas suficientes. Está perdida.
Mahir lo ignoró. Alba no supo qué decir. Bajaron por la avenida del Derramador y tomaron rumbo hacia el poniente, cuesta arriba, en dirección a la antigua zona del mercado, convertido ahora en refugio temporal. El calor apretaba más que nunca, y el sudor les pegaba las camisetas al pecho.
Caminaron en silencio, esquivando barricadas oxidadas, coches volcados, restos de maletas y botellas vacías. La niña deliraba: a veces se agitaba, como tratando de arrancarse la piel del brazo; a veces parecía dormir, su respiración demasiado pesada y entrecortada.
Al llegar al mercado, el grupo se detuvo en el callejón lateral, protegido por tablones y un par de bidones de aceite repintados para despistar. Mahir depositó a la niña en una colchoneta raída, apartándola del resto de supervivientes. Alba dudó antes de pasarle la venda por el brazo arañado. Tiritaba, aunque hacía treinta y dos grados. Le habló en voz baja.
—¿Cómo te llamas?
—Clara… —murmuró la niña, con un hilillo de voz—. Me arañó… mi madre.
Alba la miró y le costó no llorar. Buscó la mirada de Mahir: ambos sabían lo que venía. A veces, el camino del arañazo era más lento que el de la mordedura, pero igual de implacable. Con las vendas limpias y manos temblorosas, procedieron a tapar la herida. La niña sonrió, como si agradeciese el gesto, o tal vez como si supiera que ya era demasiado tarde para cualquier otra cosa.
La tensión del grupo se palpaba en el aire. Víctor mantenía la serenidad de los que han visto demasiados muertos y han aprendido a no encariñarse. Hablaba solo con los ojos, y su mirada atravesaba a Alba, registrando su debilidad. Ella lo ignoró, enfrascada en enjuagar la herida con el poco yodo que quedaba y humedecer los labios resecos de la niña.
Las horas pasaron despacio. Por el hueco de unas persianas bajadas, la luz del sol se fue filtrando cada vez más débil. Nadie se atrevía a hablar. Sólo cuando la niña dejó de moverse del todo, Mahir puso la mano sobre el hombro de Alba.
—Ha sido mejor así —dijo simplemente.
No la enterraron. Nadie tenía fuerzas para eso. Mahir la sacó por una puerta lateral y la depositó cerca de un contenedor, después de asegurarse una, dos, tres veces, de que no mostraría signos de infección activa. Quemaron una camisa al pie del cadáver, como pedían los rituales nuevos, y se alejaron sin mirar atrás.
Alba tardó más de una hora en borrar la imagen de los ojos abiertos, fijos en el cielo sin bruma de Benidorm. Aquella noche casi nadie durmió en el refugio del mercado. Afuera, el rumor de pasos arrastrados recorrió el paseo de Levante, y nadie supo si eran zombis, saqueadores o simplemente fantasmas que nunca encontraban reposo.
Durante los días siguientes, la costra del miedo se acentuó. Los rumores sobre el “arañazo” corrieron como pólvora mal apagada. Un grupo de desertores llegó desde la playa, asegurando que un hombre habían sobrevivido al contagio durante una semana y media antes de caer, mientras otros decían que algunos niños parecían inmunes. Era mentira. Lo sabían todos: el arañazo no perdonaba.
El grupo de Alba, desgastados pero vivos, lograron entregar los antibióticos y las pilas al grupo del Intempo. No salvaron vidas, pero retrasaron la desesperación. Alba, sin embargo, sentía otra clase de cambio: tras la muerte de Clara, acentuó su aversión a las heridas, a la más mínima marca en la piel. Cada corte, cada roce, era motivo de paranoia.
Una tarde de jueves, mientras revisaba heridas menores en el refugio, descubrió en su propio antebrazo una línea roja. Había levantado un tablón esa misma mañana, y no recordaba arañazo alguno. La sensación de terror fue inmediata. Buscó a Mahir, que le revisó la herida.
—No es nada —dijo él, aunque ni siquiera él estaba seguro—. Un roce con alambre oxidado.
Durante tres días, Alba vivió en el borde de la locura. Durmió poco, vigilando en sueños la línea de su piel. Cada picor era síntoma, cada temblor señal de la náusea que precedía al final. Solo después de varios atardeceres iguales, cuando no apareció fiebre, ni dolores, ni manchas azules, se atrevió a respirar. Siguió viviendo, pero con una cicatriz nueva, invisible: la conciencia de que todo podía acabar por un simple arañazo. Ella, que había sentido compasión por una niña moribunda, de repente comprendió que ese mundo moría cada día, una y otra vez, con cada herida mínima.
El verano acabó con el rumor constante de pasos en la distancia, con las palmeras secas como guardianes de una ciudad vacía. Benidorm seguía en pie, con sus rascacielos de luto y sus playas silenciadas, esperando un milagro que no llegaba, resistiendo bajo el sol del apocalipsis.
A veces, al atardecer, Alba escuchaba el crujido de las olas. Y a veces, juraría que oía el leve rascar de uñas sobre el asfalto. El arañazo, el miedo bajo la piel, nunca se iba. Era el nuevo precio de seguir adelante.
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