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Guerra mundial Z: Una historia oral de la guerra Zombi
Portada del relato El último juego en South Side
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Fragmento:


Esta mañana, Angelo tenía un plan y más miedo que nunca.

Duración: 11:54

El último juego en South Side
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Texto de ajuste de pausa.

18 de diciembre de 2020.

La luz entró oblicua por los ventanales rotos del gimnasio de una escuela pública abandonada, arrojando líneas de polvo dorado sobre los muebles volcados y las paredes pintarrajeadas. El sonido que llenaba el aire gris era el vaivén monótono del viento de Chicago, ese silbido casi constante desde que las cosas se rompieron del todo. Afuera, el frío de diciembre era un cuchillo, pero dentro los pisos aún conservaban algo del calor de los cuerpos que se apilaban juntos por la noche, apiñados bajo mantas de trapo y lonas recogidas cuando los saqueos oficiales aún estaban frescos y las patrullas del ejército pasaban rugiendo por la avenida.

Angelo se despertó primero, como siempre. Tenía once años y cuando escuchaba algún ruido por la noche—el arrullo lejano de un camión militar, el eco burbujeante de una horda pasando en la distancia, incluso el crujido de una rata susurrando entre las latas vacías—despertaba por completo en una fracción de segundo y solo fingía dormir para no preocupar a los otros niños. Esa mañana el hilo de luz era más débil de lo normal; la nieve se arremolinaba gruesa sobre los restos de ventanas y puertas, silenciando incluso los disparos esporádicos en la distancia.

Angelo se arrastró de la esquina donde dormían él y cuatro niños más—un bulto de cuerpos pequeños, sucios pero cálidos—y se calzó las botas desiguales que había encontrado hacía un mes en una tienda de segunda. Su hermano menor, Milo, de siete años, seguía dormido, la cabeza entre los brazos delgados y la espalda arqueada en la postura de los cachorros asustados.

En la biblioteca, que usaban como cocina y guarida de día, aún quedaban dos latas de frijoles, una bolsa de macarrones crudos y una caja de jugo sin abrir: tesoros, repartidos por igual la noche anterior. Angelo, al fondo, miró por la ventana hacia la calle engullida por la nieve. Chicago ya no era la ciudad que recordaba; ahora era un lugar de gigantes muertos, todo cubierto de polvo, de montañas de autos apilados y ríos verdes y helados que olían a muerte.

Esta mañana, Angelo tenía un plan y más miedo que nunca.

El niño revisó su mochila: cuaderno de notas (con la tabla de turnos y la lista de cosas por buscar), una navaja sin filo, la linterna de manivela que apenas iluminaba, los tres caramelos que guardaba para cuando Milo soñaba con mamá y lloraba sin hacer ruido.

Y un mapa. El mapa que robó hace dos noches de las manos de un hombre que intentó tomar su abrigo fuera de la farmacia derruida de la Wabash. Era un trozo arrancado de un viejo libro, a mano, con rutas marcadas en bolígrafo rojo y azul por entre cuadras derrumbadas y límites dibujados donde las hordas parecían patrullar de noche. Decía, con letras temblorosas: “Refugio. Comida. Agua. Niños perdidos.”

Se llamaba a sí mismo el guardián de los niños. Algunos dirían que era solo un hermano mayor, pero Angela, la niña mayor del grupo—tenía trece años y unas gafas remendadas con alambre—había dicho la noche anterior: “Si los grandes se han vuelto locos o se han rendido, entonces los niños debemos cuidarnos entre nosotros. Tú eres bueno para eso, Angelo.”

Bajó por el pasillo congelado hacia el aula que hacía de baño y despertó a Milo, musitándole las palabras amables que recordaba de su madre. Milo se desperezó, ojos enormes, y lo primero que preguntó fue: “¿Hoy también bajan los zombies al parque?”

“No si somos rápidos,” dijo Angelo. “Hoy iremos a buscar el refugio. El del mapa.”

Angela los alcanzó al pie de la escalera, abrazándose a sí misma bajo el abrigo de hombre que le arrastraba como una capa de princesa. Se unió al plan de inmediato, convencida por la promesa de chocolate y calor que, según el rumor, aguardaba en el refugio a salvo.

Las reglas para salir eran sencillas: moverse juntos; aventar piedras antes de entrar a cualquier esquina; evitar los coches oxidados (a los infectados les gustaba guarecerse debajo, como animales); y si alguna sombra se movía, correr. El mundo afuera era de los que corrían.

Abandonaron el gimnasio sin mirar atrás. Por Roosevelt Road todo parecía surgir a cámara lenta, debajo del cielo gris. Las calles enteras, que hace menos de un año rebosaban el rugido de la ciudad, estaban cubiertas de capas de hielo y nieve sucia. Los almacenes estaban abiertos, las vitrinas hechas añicos; dentro de algunos, aún colgaban maniquís destripados que parecían cadáveres de marioneta.

Cruzando Halsted, el olor era más fuerte: una mezcla de carne podrida y hollín, el perfume nauseabundo que precedía a una horda. La última vez que los vieron, dos niños de otro grupo desaparecieron y los adultos que intentaron rescatarlos nunca volvieron.

Angela caminaba en vanguardia, señalando con la rama de escoba que usaba como bastón. En el mapa, el refugio estaba dibujado dentro de una iglesia baptista reconvertida, en la esquina de Wabash con la 12. “Podría ser mentira”, murmuró Milo, siempre dudando. Pero los niños hambrientos son crédulos; necesitan creer para sobrevivir.

En el cruce con 13th Place, encontraron la señal: una cruz dibujada con pintura roja en la puerta de una farmacia saqueada y una flecha hacia el este. Angelo sintió que el corazón le latía tanto como el día en que todo empezó, cuando su madre le dijo que cuidara de Milo antes de salir a buscar comida y nunca volvió.

Cerca del río, solo encontraron los restos de una fogata apagada y huellas pequeñas en la nieve, algunas marcadas por zapatos de adulto y otras por pies aún más chicos. Alguien había estado allí hace poco. Bajaron hacia el sótano del edificio de la iglesia, moviéndose como estatuas entre los montones de coches abandonados. El aire estaba helado, y en la boca de la entrada, cubierto de tablas rotas, encontraron la palabra “SAFE” pintada con grafiti negro.

Angela se detuvo. “¿Y si es una trampa?”

Silencio. Nadie respiraba. Incluso Milo entendía el riesgo. Habían escuchado historias: de adultos fingiendo ayudar para atraer a los niños y después venderlos, o usarlos para trabajos forzados, o cosas peores. Pero la esperanza es un imán más fuerte que el miedo; el estómago vacío y los huesos temblando les empujaban hacia adelante.

Angelo bajó primero. El sótano olía a humedad y a tierra, mezclado con el tufo denso de cuerpos calientes. Había cajas apiladas: algo de comida enlatada (no mucha), colchonetas, frazadas remendadas. Se escuchaban susurros y el llanto intermitente de un bebé. Y allí estaban: unos ocho niños, de distintas edades, sentados alrededor de una lámpara de aceite. Dos adolescentes, uno rubio y la otra de piel oscura, alzaron la vista y levantaron las manos abiertas.

“Venimos en paz,” dijo el muchacho, la voz aflautada por el susto. “¿Traen algo para comer?”

Angela descolgó la mochila y arrojó un paquete de galletas duras que llevaba escondido. “Nosotros buscamos quedarse”, dijo. “Solo queremos calor. Y estar juntos.”

Se soplaron historias después: de padres desaparecidos, de adultos violentos, de noches enteras corriendo de los infectados y de hombres, igual de peligrosos. Formaron un círculo de seguridad precaria. Compartieron las pocas provisiones; dos de ellos tenían pastillas para fiebre, un tesoro para los más pequeños. Y por primera vez en mucho tiempo, Milo se durmió en brazos de Angelo, respirando despacio, con la tranquilidad de quien se sabe rodeado de voces conocidas.

Pero Chicago no da tregua en invierno. A la medianoche, el aire en el sótano se espesó de pronto con el golpe de algo en la puerta. Un gemido sordo, como si un buey gimiera cargando la nieve sobre su lomo. Los niños se miraron, los más grandes drogaron al resto con historias de que “solo era el viento”, pero Angelo sabía distinguir el sonido del invierno y el ruido de la muerte.

Rápidamente apagaron la lámpara y acurrucaron a los más pequeños bajo las frazadas. Angelo, Angela y el chico rubio—Eric, supo luego el nombre—tomaron lo poco que servía como armas: una pata de mesa, un cuchillo chico, una tubería. Los ruidos se hicieron más fuertes: arrastradas lentas, arañazos de dedos entumidos rasgando madera, y finalmente un chasquido húmedo al romperse una tabla mal puesta.

Eric susurró: “la horda debió seguir algún olor… tal vez el del estofado… Maldita sea…”

Angelo sintió el pulso saltar en la garganta. Sabía lo que venía: en una invasión así, la única salida era correr. Angela y él intercambiaron una mirada y supieron sin palabras que debían organizar la huida.

“Por la entrada de ventilación,” susurró ella. “¡Rápido! Antes de que entren más.”

En la penumbra, el grupo dejó la mayor parte de las mantas y los tesoros. Los niños empujaron el ventilador oxidado y uno a uno, por el orificio estrecho, se arrastraron hacia el callejón de atrás. Angelo llevó a Milo en brazos; Angela arrastraba al bebé envuelto en una sábana. Detrás, Eric cubría la salida, dispuesto a enfrentar lo que fuera necesario.

Afuera, el viento era hielo puro en la piel desnuda, pero la libertad en el aire era casi dulce. Los gemidos crecieron tras ellos, seguidos por crujidos y algún grito agudo de quienes no lograban huir a tiempo.

Se corrieron hacia la orilla del río. Desde ahí, se veía todo el skyline de Chicago, salpicado de fuegos lejanos, la Willis Tower de pie como un faro roto, bajo la sombra de las nubes de nieve. Allí se detuvieron. Angela temblaba, pero no dejó caer al bebé. Eric abrazó a la niña que lloraba en silencio. Angelo soltó a Milo, que se pegó a él, y ambos formaron un círculo con el resto.

Los muy pequeños susurraban nombres de madres y padres perdidos, algunos decían que aún podían encontrar familia si sobrevivían un día más. A veces parecía posible. Angelo, cansado, imaginó por un instante que la ciudad sería suya algún día.

Esa noche durmieron juntos, cubiertos por lonas y periódicos húmedos, con el viento ululando y los ecos de los muertos perdiéndose con las primeras luces del alba. Milagrosamente, esa madrugada, no aparecieron infectados nuevos. El frío, o la suerte, les regaló un respiro.

Por la mañana, Angela encontró un bollo de pan seco entre los descartes de una bolsa vieja y un frasco con mermelada congelada. Lo partió en once trozos. “Nuestro primer desayuno de refugiados libres,” dijo y sonrió, con los labios partidos, pero genuina.

Más allá, por encima del río congelado, se adivinaban las ruinas de un puente. Angelo desplegó el mapa y garabateó el lugar donde pasaron la noche, añadiendo una cruz y la palabra “seguros”. Era un juego inicial, pero en el fondo, era la clase de esperanza que espolea los viajes de los niños perdidos: recorrer Chicago, dejar señales para los que vendrían después, soñando con una ciudad menos rota, menos fría.

Angelo se volvió un guardián sin título, más por necesidad que por valor. Quiso prometerse a sí mismo no perder nunca a Milo, ni a ninguno de los otros, pero sabía bien que en Chicago, en diciembre de 2020, nadie podía prometer nada. Solo podía avanzar, un paso más hacia el siguiente refugio, hacia la próxima línea inscrita en el mapa de los niños perdidos. Porque, al fin y al cabo, si el mundo había muerto, solo ellos podían inventar uno nuevo, con juegos y leyendas susurradas bajo las ruinas, bajo el acecho constante de los muertos.

Y así siguieron, en silencio, hacia otra mañana blanca.

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