18 de diciembre de 2020.
Dallas amaneció con una quietud extraña, como si la ciudad misma hubiera contagiado la enfermedad que, desde hacía casi un año, la sacudía. El aire frío arrastraba polvo y papeles viejos por el centro, donde los ventanales de los rascacielos reflejaban el primer sol invernal sobre calles abandonadas y autos herrumbrados. Craig Thomas, envuelto en un abrigo militar acolchado, recorría a pie las siempre transitadas avenidas que ahora parecían trozos olvidados de otra época, una ciudad fosilizada bajo el peso de la muerte y el miedo.
Su destino era un supermercado WinCo, a ocho manzanas de su refugio: una pequeña escuela primaria fortificada junto con otros setenta y tres sobrevivientes. La escasez de comida se había vuelto crítica con la llegada del invierno. Los jardines improvisados morían bajo las heladas; las despensas, saqueadas una y otra vez, ya sólo contenían restos enlatados y algunas bolsas de arroz duro. Nadie quería salir más allá del perímetro de vigilancia a menos que fuera imprescindible. Los zombis se movían menos en el frío tejano, pero su presencia seguía siendo una amenaza constante: los veías arremolinados como muñecos rotos junto a las rejas de los solares, en los accesos de los edificios, o bloqueando las calles secundarias con sus cuerpos insensibles temblando bajo el viento.
Craig tenía frío, pero lo que más lo inquietaba era la sensación de que todos, vivos y muertos, estaban atrapados en un gigantesco paréntesis. Arrastraba un carro oxidado sin ruedas, que cargaba a la espalda con una correa. Su machete militar —desecho de las tropas que desertaron meses antes— colgaba del cinto. Por encima del abrigo, un chaleco antitrauma le cubría el pecho. Escuchaba, una y otra vez, el sonido de sus propios pasos y, de vez en cuando, el gorgoteo de alguna cosa que ni él mismo quería identificar del todo.
La última vez que había practicado el recorrido, el supermercado aún mostraba puertas intactas. Ahora, frente a los grandes ventanales cubiertos de polvo y sangre seca, Craig percibió movimiento adentro. Sujetó con más fuerza el machete y el viejo revólver enfundado, pegándose a la pared. Sujetó el estómago con una mano mientras calculaba cada respiración: si alguien lo había visto, la huida sería imposible. Cuando el sol apenas le rozó la mejilla, se obligó a cruzar de un salto los metros finales hasta las puertas, que forzó con la palanca.
Dentro, la oscuridad apretaba las estanterías. El aire tenía esa mezcla típica de podredumbre y plástico quemado. A lo lejos, oyó el tintineo de una lata rodando. Craig —pegado a la pared, al acecho— avanzó como una sombra, hasta que el frío del pasillo de congelados lo convenció de que allí no encontraría nada útil. Apurando el paso, alcanzó la zona de almacén, donde los refrigeradores abiertos exhalaban olor a muerte, y donde sólo encontró un zombi atrapado entre dos carritos, que forcejeaba sin fuerza contra las barras metálicas. Craig bordeó la criatura y tanteó los anaqueles hasta encontrar algunas latas de frijoles y dos bolsas de arroz que levantó como si fueran oro.
Un portazo rompió el silencio. Instintivo, Craig rodó al suelo tras un exhibidor de cereales y asomó la cabeza. Una figura se colaba por la entrada: era alta y delgada, tenía el rostro cubierto con un pañuelo rojo y llevaba una escopeta recortada. Detrás, se adivinaban otros dos cuerpos: una joven y un hombre mayor, ambos con mochilas voluminosas. Craig no pudo evitar sentir alivio: humanos, no infectados. Pero el alivio duró poco: las bandas saqueadoras eran tan peligrosas como cualquier horda, y el hambre volvía cruel a cualquiera.
Jugándose el pellejo, Craig levantó la voz:
—No soy hostil —anunció en voz alta, intentando contener el temblor de pánico que se colaba en sus palabras—. Sólo quiero comida, como ustedes.
El grupo apuntó las armas hacia él. La escopeta era, de lejos, lo más intimidante de la sala.
—Muestra las manos —le espetó el mayor, con voz árida. Craig obedeció. Bajando el machete, se alzó cubriendo apenas las latas de frijoles.
La joven, de ojos ojerosos y cabello sucio, bajó un poco la pistola:
—¿De dónde vienes?
—De la escuela de la 8a y Maple —dijo Craig—. Hay niños y ancianos. Sólo busco comida para todos.
El hombre mayor asintió, con una sonrisa tan cansada que apenas le quebraba el rostro.
—Queda poca, y todos pasamos hambre —dijo—. Nosotros estamos acampando en la planta eléctrica junto al Trinity.
El sonido de un gruñido sobresaltó al grupo: el zombi atrapado había conseguido zafarse, avanzando con torpeza. La escopeta estalló una vez, el cartucho de sal barría el pasillo y el cadáver cayó pesadamente. Por instinto, todos se pusieron en alerta. Afuera, un aullido entremezclado de viento y voz humana sonó demasiado cerca.
—¡Vámonos de aquí, juntos! —propuso la joven, saltando del miedo.
El mayor asintió:
—Si te unes a nosotros y compartimos lo que encontremos, regresaremos a tu refugio, y podrán venir con nosotros. La planta eléctrica es segura: tiene muros y generadores que hemos logrado encender.
Craig dudó. El instinto dictaba desconfiar, pero los días de verdadero aislamiento se sentían insostenibles. Un plus: electricidad. Era algo que no veía desde hacía meses, salvo en los relámpagos distantes en la tormenta.
Salieron juntos al aparcamiento vacío, cubriéndose la retirada. El carro de Craig chirriaba, y cada tanto las sombras entre los autos hacían que todos apretaran los dientes, esperando el tropiezo de algo que ya no era completamente humano.
En el camino de regreso, la ciudad desdoblaba su desolación en espectros: en el centro, tres cadáveres congelados se amontonaban contra un semáforo; una mancha negra sobre el asfalto indicaba un incendio reciente. En Main Street, docenas de zombis agrupados entre oficinas y bancos, quietos como estatuas bajo la helada, los obligaron a dar un rodeo por Elm Street. A esas alturas, el grupo hablaba poco y escuchaba demasiado. En la planta eléctrica, en cambio, todo cambió: el muro improvisado alrededor del perímetro, hecho de chatarra, señales de tráfico y bloques de cemento, era un improvisado fuerte. Al otro lado, la promesa de luces titilando débilmente por los generadores, y una veintena de personas asomadas armadas a los tejados y ventanas.
La seguridad era, en estos tiempos, una sensación más mental que real: el recinto tenía pocas provisiones, y lo sabían. Pero la electricidad ofrecía cierta esperanza. Craig, por primera vez en semanas, durmió caliente, envuelto en mantas bajo una lámpara de gas. Durante la cena —frijoles mixtos con agua de arroz— los recién llegados contaron historias: una abuela que aún enseñaba a los niños a leer, un mecánico que había logrado volver a funcionar el generador principal, rumores de una familia de médicos en el extremo norte de la ciudad.
El día siguiente lo ocupó el inventario: apenas quedaba lo suficiente para unas semanas. La radio militar chisporroteaba en la esquina. Alguien trataba de captar noticias: “A todas las estaciones —decía una voz envuelta en estática—, Dallas… resistencia en Old East… ayuda…”. Normalmente, la ciudad entera se sentía como una masa informe de ruido y podredumbre, pero esa noche, Craig sintió, por primera vez en mucho tiempo, que el aire vibraba con la posibilidad del futuro.
No obstante, cuando la temperatura cayó aún más y el agua de la red se congeló en las cañerías, una nueva amenaza apareció: la hambruna. Los niños se volvían más callados cada día, sus ojos hundidos y sus cuerpos envueltos en capas de ropa raída. Los adultos discutían en torno a latas abiertas, intercambiando miradas llenas de sospechas. Por la noche, se escuchaba el graznido lejano de los cuervos y, ocasionalmente, aullidos humanos salpicados por rugidos quebrados: grupos de zombis atacando a otras partidas de buscadores o, tal vez, bandas armadas acechando en la periferia.
En un consejo improvisado, con las llamas de una hoguera lanzando sombras enormes contra el muro del patio, discutieron qué hacer. Craig propuso entrevistar a los supervivientes de la planta eléctrica y de la escuela, para descubrir habilidades útiles. Había un herrero semi-profesional, dos enfermeros que antes trabajaban en el Parkland Hospital, una pareja mayor que crió gallinas hasta septiembre, y varios jóvenes delgados pero fuertes acostumbrados al trabajo duro.
El siguiente día, un niño enfermó por agua contaminada. La fiebre se propagó por la planta como una amenaza silenciosa. Sin medicinas, improvisaron una enfermería en una de las oficinas. El tiempo se volvía denso y pegajoso; las horas pasaban entre currucados a la luz de las velas y expediciones rápidas a farmacias ya casi vacías. Craig pensaba en su propio refugio perdido, la escuela, y en los compañeros que había dejado atrás.
Una mañana, la joven que antes portaba la pistola le propuso salir a buscar gasolina en los alrededores. “Si conseguimos algo de combustible, podremos usar los generadores para calentar el agua y evitar más enfermedades”, argumentó. El trayecto sería peligroso. La ruta pasaba cerca del puente sobre el Trinity, ahora cubierto de carros amontonados y, lo sabían, nido de zombis que se agrupaban ahí, incapaces de cruzar pero peligrosos como una represa a punto de romperse.
El grupo partió antes del alba: Craig, la joven —que se presentó como Amelia—, el hombre mayor llamado Freddie, y una madre con su hija adolescente. Armados con bates, machetes y la escopeta, avanzaron por las calles cubiertas de hielo. El viaje fue lento. Cualquier ruido fuerte —la caída de un cascote, el chirrido metálico de una cerca al viento— los hacía apuntar las armas. Craig guiaba, reconociendo las rutas desde su anterior actividad como conductor de Uber. Esquivaban grupos de zombis congelados en mitad de la calle, sus cuerpos rígidos, las manos alzadas como si suplicaran. Era aterrador y, a la vez, casi patético.
Encontraron el primer charco de gasolina en una camioneta destrozada, cerca de una gasolinera saqueada. Mientras Freddie, tembloroso, intentaba extraer el líquido con una manguera y una botella de plástico, Craig y Amelia vigilaban. De repente, un estrépito sacudió el silencio. En la esquina, tres sobrevivientes —hombres enormes, cubiertos de abrigos y armados hasta los dientes— surgieron de una tienda de conveniencia con gigantescos sacos sobre la espalda.
Craig gritó una advertencia. Los desconocidos, lejos de atacar, alzaron las manos.
—¿Amigos? —preguntaron.
Su acento era del sur de Texas; llevaban emblemas rojos cosidos en las solapas, pero parecía que huían, no cazaban.
—Buscamos refugio —dijo el más alto—. El puente está a punto de ceder; los zombis se están desbordando.
Amelia dudó. Freddie susurró:
—Si compartimos comida ahora, tal vez no sobrevivan hasta la próxima semana.
Pero la voz de la madre se impuso:
—Cada uno puede traer algo. No podemos rechazar refuerzos, no ahora.
Y así, el grupo creció.
Cargados con recipientes de gasolina y, por milagro, alguna medicina y más latas de comida, regresaron a la planta eléctrica menos de una hora antes de que el puente, bajo la presión de la horda de zombis y el hielo, colapsara. Por un instante, todos se congregaron en el tejado para observar cómo la corriente del Trinity arrastraba los cuerpos destrozados de decenas de muertos bajo el reflejo de la luna. La imagen era apocalíptica, pero también, insólitamente, trajo un suspiro de alivio: el acceso de la horda al norte de Dallas quedaba cerrado, al menos por el invierno.
Las noches siguientes, la planta eléctrica se convirtió en un pequeño feudo de vida entre la devastación. Entre mantas, Craig escuchó por primera vez en meses el llanto de un bebé: esperanza, aunque frágil. Amelia se le acercó una noche bajo la luz titilante de una lámpara para contarle que antes de la plaga era estudiante de arquitectura, y que soñaba con reconstruir al menos un rincón de Dallas para los niños que venían detrás. Craig sonrió, pensando que la ciudad, con sus relieves de acero y cristal, no estaba perdida aún mientras quedaran personas como ella.
Cuando la comida volvió a escasear y el frío arreció el último día del año, Craig y Amelia abrieron la última lata de frijoles junto al muro, compartiéndola con un niño que apenas podía levantarse, y una anciana que les enseñó a tejer mantas de sábanas viejas para los recién llegados. La radio militar centelleó una vez más, esta vez con un mensaje que nadie pudo descifrar. Pero, por un instante, todos juntos, en aquel pequeño puesto de resistencia frente al olvido, supieron que seguían siendo humanos.
En la oscuridad iluminada por las chispas del generador, Craig pensó que Dallas, aunque cubierta de muerte, resistía. Cada día, cada noche, cada rostro nuevo, era una victoria diminuta sobre el invierno y el silencio. En ese diciembre de 2020, bajo el frío apocalíptico y la amenaza constante, la ciudad no era sólo ruinas y zombis: era también, y sobre todo, el eco inquebrantable de quienes todavía elegían vivir.
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