Fragmento:
El grupo era pequeño: Nubes, el antiguo agricultor, Leonor, una enfermera jubilada; Gabriel, el último maestro del pueblo; José, herido siempre pero imprescindible, y Manu... Manu solo miraba el horizonte. Iria se abrazó la chaqueta al pecho e intentó no recordar la última vez que vio el mar, las olas teñidas de cadáveres en Gijón, el caos y la sangre lanzando gente corriente a la deriva de la supervivencia. Aquí solo había ahora, solo lo urgente.
Duración: 11:29
17 de diciembre de 2021.
Amanecía en algún lugar perdido de la provincia de Segovia, cuando Iria se levantó en la vieja escuela de Carbonero, la pocilga que su grupo de supervivientes había reforzado durante los últimos meses. El invierno había llegado como una maldición, helando la tierra, agrietando ventanas y huesos por igual. Ella, como todos, dormía con la ropa puesta y las botas bien ajustadas, por si era necesario correr antes de terminar de abrir los ojos. Desde el pasillo llegaban los pasos sigilosos de Rosa, la muchacha encargada de los turnos de vigilancia; en aquellos días nada era seguro, ni siquiera en la quietud de la escuela-fortaleza que protegían con clavos, tablones y miedos.
Las noches eran cada vez más largas y frías, pero con la llegada de diciembre también había llegado un cambio inesperado: los zombis que rodeaban las carreteras y los pueblos apenas se movían. El frío hacía más que las balas. Durante el verano, las hordas habían arrasado los pueblos pequeños hasta dejarlos vacíos de gritos, pero con las primeras nevadas los infectados deambulaban más lento. Aun así, salir de la escuela para buscar leña o comida era un acto de fe, una negociación constante entre el hambre y el horror.
Iria se asomó por la cortina deshilachada del despacho del antiguo director. La llanura aún estaba cubierta por una fina capa de escarcha y la silueta de unos cuantos muertos congelados titilaba entre los álamos del camino. Hacía semanas que los supervivientes de Carbonero no veían un grupo grande de infectados, salvo uno que llegó arrastrando los pies una noche, lo suficiente para recordarles la fragilidad de su refugio. Domaban el miedo con rutinas: revisión de barricadas, recuento de agua, reparto de pan duro y latas de fabada. El olor a humanidad y madera mojada impregnaba los pasillos.
—Arriba, todos arriba —susurró Rosa, apenas sin voz, consciente de que usarla era un lujo—. Hay movimiento cerca del huerto.
El grupo era pequeño: Nubes, el antiguo agricultor, Leonor, una enfermera jubilada; Gabriel, el último maestro del pueblo; José, herido siempre pero imprescindible, y Manu... Manu solo miraba el horizonte. Iria se abrazó la chaqueta al pecho e intentó no recordar la última vez que vio el mar, las olas teñidas de cadáveres en Gijón, el caos y la sangre lanzando gente corriente a la deriva de la supervivencia. Aquí solo había ahora, solo lo urgente.
Bajaron por el pasillo, evitando las baldosas que crujían. Rosa apuntó hacia la parte trasera del patio: junto a la verja de hierro, dos figuras tropezaban, un zombi y quizá un hombre. La diferencia era cuestión de segundos. Nubes, de manos curtidas y mirada de perro viejo, preparó un hacha oxidada. Nadie disparaba si podía evitarlo; las balas ya no se fabricaban, lo que quedaba eran reliquias compartidas con tanto miedo como fe.
El posible humano cayó de rodillas sobre la escarcha y el muerto perdió el equilibrio, resbaló sobre el barro helado y se rompió la mandíbula contra las piedras. El infectado intentó incorporarse, lento y torpe como un borracho sin rumbo, hasta que José saltó la verja y partido en dos el cráneo con una piedra. La sangre negra se mezcló con la escarcha y el aire se llenó de un hedor rancio y frío.
Iria y Gabriel corrieron hacia el hombre herido. Era un chaval, aún no tendría veinte años, vestía una sudadera raída del Atlético de Madrid, llena de grietas y mugre. Tenía las manos azules y los labios partidos. Sobre la frente, una herida mal cerrada. Cuando les vio, tembló y murmuró algo entre lágrimas: “Comida… por favor… Alguien me ayuda…”
La entrada de cualquier forastero era motivo de asamblea, porque cada boca extra requería raciones y cada historia escondía traiciones posibles. Pero también, consideró Iria, la humanidad se medía en gestos así, en no ser peores que el frío y la plaga. Le metieron en la pequeña enfermería, lo vendaron y lo interrogaron. El muchacho dijo llamarse Sergio, venía de Segovia capital, donde el último refugio se había perdido cuando unos paramilitares asaltaron el hospital. Había caminado durante días, esquivando muertos y saqueadores.
Aquella noche decidieron dejarle quedarse. Aportaba noticias, algo todavía más valioso que una caja de galletas: otros grupos en Santa María y Fuenterrebollo, posibles contactos por radio, rumores de una caravana que circulaba hacia Valladolid recogiendo gente y comercio. En la penumbra del aula grande, alumbrada por una mísera lámpara de gas, Iria sintió la chispa renovada de la esperanza. Si otros sobrevivían, ellos también podían hacerlo.
Los días siguientes transcurrieron entre rutinas y sobresaltos.
Iria, junto con Sergio y Manu, patrullaba las calles blancas, recuperando leña o registrando casas. Cada tanto descubrían cadáveres antiguos, algunos mutilados por lobos, otros todavía atados a la miseria de vivir muertos. Seguían buscando comida en las despensas vacías, celebraban si encontraban una lata abollada o un saco de legumbres. Atrás habían quedado las semanas en que se peleaban por cualquier cosa; ahora compartían hasta el silencio, ese silencio espeso de los apocalipsis, que solo se rompía con los disparos, gritos —o el crujido del hielo cediendo bajo unos pies demasiado débiles.
Las mujeres cuidaban el huerto invernal, consiguiendo apenas algunas patatas y cebollas pequeñas, mientras los hombres fortificaban techos y ventanas. No quedaba electricidad, pero Nubes había aprendido a improvisar lámparas de aceite usando botellas rotas y grasa animal, que robaban de algún animal atropellado en la carretera. Cada día era una conquista, cada noche un ejercicio de perseverancia.
Por las noches, Gabriel leía a los niños (los tres que quedaban) fragmentos de El Quijote o cuentos tradicionales. Pronto no quedaría papel para escribir ni libros para leer. El papel era más útil en las estufas. Y sin embargo, cada palabra contada era un acto de resistencia. Los niños escuchaban con los ojos abiertos, incluso cuando no entendían las palabras, porque en la voz temblorosa del maestro oían la promesa de que algún día podría haber otra escuela, otro mundo.
La mayor amenaza, sin embargo, ya no eran solo los muertos, sino los vivos. Al anochecer, Sergio habló de los grupos armados que dominaban las rutas desde Madrid hacia el norte. “No tienen bandera, solo hambre y armas,” dijo. “Roban a cualquiera, matan por botas o por una manta…” Recordó con estremecimiento la huida de la capital. Las calles llenas de coches quemados, los edificios aún humeantes, las hordas de muertos paralizados al sol como estatuas grotescas; sólo los humanos se movían con verdadero instinto, a veces para el mal.
Unas noches después, llegó la desgracia. Un grupo de cuatro saqueadores, dos armados con escopetas, trepó la tapia de la escuela al caer la tarde. Habían estado siguiendo a Sergio y cuando su fuego fue visible desde lejos, supieron que dentro había supervivientes. Rompieron cristales, gritaron, exigieron comida, armas y medicinas. José fue el primero en salir, con las manos en alto. Los asaltantes le golpearon, y uno de los niños lloró tan fuerte que un eco de terror recorrió todas las aulas.
Pero Gabriel, el maestro, había preparado una trampa rudimentaria: una cuerda tensa, un par de latas llenas de gravilla, y una puerta que se cerraba con fuerza de resorte. Cuando los saqueadores forzaron la entrada al almacén, fueron recibidos por el estrépito de las latas, distrayendo a dos de ellos justo el tiempo necesario. Manu ya había subido al tejado por fuera y, desde arriba, arrojó uno de los tiestos de arcilla del tejado sobre las cabezas. Irrumpió una pelea extraña: torpe, sin táctica ni valor real, solo el deseo de vivir un día más.
En la confusión, Leonor atacó con un cuchillo de cocina. Iria se lanzó sobre el saqueador más joven, forcejeando entre los estantes, escuchando el jadeo sibilante y el clamor de las armas viejas. El grupo defendió a la comunidad con una fiereza nacida de la desesperación, no de la valentía. Hubo sangre en el suelo helado. Uno de los saqueadores recibió un disparo en el pecho; los otros huyeron en la oscuridad, dejando a su compañero agonizante, cuya muerte silenciosa sumó otro cadáver más al invierno.
Al día siguiente, la alarma se renovó. Había que reforzar las defensas, abrir menos fuego, depender aún más del sigilo que de la fuerza bruta. Los saqueadores volverían —si no ellos, otros igual de desesperados o crueles.
Mientras tanto, el frío se hacía implacable. La escasez de leña y comida era cada vez peor. Varias veces, Rosa y Nubes robaron piensos de una granja desierta; los convirtieron en pan duro y seco, que mojaban mínimamente con agua caliente como si fuera caldito.
Pero en medio de todo, la humanidad buscaba desesperadamente algún sentido, algo de belleza o esperanza incluso en la ruina. El día 24, una semana después del ataque, Gabriel leyó un pasaje de Navidad a los niños y a los adultos reunidos. Parecían un rebaño asustado, envueltos en mantas apelmazadas. Nadie habló de milagros. Solo los locos seguían creyendo en ellos, aunque también, tal vez, los locos estaban en lo cierto.
Sergio, el más joven, plantó unos ajos en la tierra helada cerca de la tapia. Lo hizo porque su madre se lo había enseñado, y porque la supervivencia, en realidad, era someterse al ciclo de la semilla. Leonor curó la herida de una niña con alcohol y mucha ternura. Iria subió al tejado y observó la llanura nevada: humo lejano, cucañas de hielo, figuras de muertos atrapadas por el invierno. Recordó cuando Carbonero era solo un punto en el mapa, una carretera secundaria, y ahora era la frontera última entre el hambre, el frío y la locura.
Al final de ese largo diciembre, los muertos seguían ahí, congelados pero presentes, como advertencia o como consuelo: el peor enemigo, comprendían ahora, no era el cadáver que acechaba tras una puerta, sino el miedo de volverse uno de ellos —de olvidar nombres y canciones, de que la empatía muriera y solo quedara la brutalidad.
Aquella noche, antes de dormir, Iria repasó la lista de sus compañeros: los que quedaban, los que faltaban, los que quizás encontrarían aún vivos en primavera. El futuro era una incógnita tan amplia y blanca como las llanuras de Castilla. Pero allí, al calor miserable de una estufa vieja, prometió (para sí y para todos) que pelearía por que Carbonero no fuese un simple punto olvidado entre las ruinas, sino el leve resquicio de una humanidad que no quería morir congelada junto a los muertos.
El invierno, pensó finalmente, era una tumba para los débiles, pero también un refugio para quienes aún creían que vivir tenía sentido, incluso en un mundo roto. Mientras hubiera una semilla plantada y un cuento contado al calor de una vela, la humanidad —al menos la suya— seguiría resistiendo, esperando el deshielo, la primera brisa templada, la promesa de otro día menos malo.
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