Fragmento:
Hoy desperté con la luz dorada de un amanecer filtrándose por la pequeña ventana tapiada de mi cuarto en el bloque sur de New Cumberland, Pensilvania. Me costó reconocer por un momento el brillo cálido y casi primaveral, después de otro invierno largo y duro. Unos años atrás, habría pensado simplemente en la fecha, tal vez anticipar el regreso de las clases o planear un viaje, pero ahora, en este nuevo mundo, los días son contados no por las estaciones sino por los ataques, las crisis de hambre o la rara llegada de una caravana. Sin embargo, este marzo se siente diferente: menos miedo en el aire, más bullicio en las calles asfaltadas y menos disparos en la distancia al amanecer. Tomé mi diario, herencia de mi madre, y decidí poner en palabras lo que ocurre, quizá para que alguien en el futuro sepa cómo fue reconstruir sobre las ruinas, cuando los zombis pasaron a ser una plaga y los humanos —nuevamente— nuestra verdadera preocupación.
Duración: 13:31
29 de marzo de 2029.
Hoy desperté con la luz dorada de un amanecer filtrándose por la pequeña ventana tapiada de mi cuarto en el bloque sur de New Cumberland, Pensilvania. Me costó reconocer por un momento el brillo cálido y casi primaveral, después de otro invierno largo y duro. Unos años atrás, habría pensado simplemente en la fecha, tal vez anticipar el regreso de las clases o planear un viaje, pero ahora, en este nuevo mundo, los días son contados no por las estaciones sino por los ataques, las crisis de hambre o la rara llegada de una caravana. Sin embargo, este marzo se siente diferente: menos miedo en el aire, más bullicio en las calles asfaltadas y menos disparos en la distancia al amanecer. Tomé mi diario, herencia de mi madre, y decidí poner en palabras lo que ocurre, quizá para que alguien en el futuro sepa cómo fue reconstruir sobre las ruinas, cuando los zombis pasaron a ser una plaga y los humanos —nuevamente— nuestra verdadera preocupación.
Los días han cambiado. Hace casi nueve años el mundo terminó de una forma brutal y rápida, como una enfermedad que te arranca la vida antes de que te des cuenta de que estás enfermo. Yo tenía diecisiete años cuando pasó. Vivía cerca de Harrisburg, en una casa prefabricada, con mis padres y mis hermanas menores. Recuerdo la última mañana de normalidad: el griterío en el instituto porque anularon un examen de química, el olor a café barato de la máquina del pasillo, la discusión ritual sobre si podíamos pedir pizza esa noche. Todo murió en semanas.
Las primeras semanas del contagio, los noticieros titubeaban entre los reportes oficiales y los videos de muertos mordiendo a enfermeros en salas de emergencia. Las órdenes de toque de queda, los avisos urgentes por la radio y luego el silencio, sólo interrumpido por los aullidos —no humanos— en las calles. Entre marzo y mayo de 2020, la vida civilizada cayó. Me parece mentira recordar que sobreviví a la guerra civil sin reglas, el hambre, el frío, y el miedo: miedo sobre todo de mi prójimo.
Hoy tengo veintiséis, pronto cumpliré veintisiete. Vivo en una de las ciudades amuralladas que surgieron hace un par de inviernos, cuando por fin pudimos limpiar parte del centro y fortificar las periferias. Los zombis siguen deambulando, pero pesan menos. Los llamamos errantes, un nombre casi simpático ya, porque la mayoría apenas camina o se arrastra por callejones abandonados. Son peligrosos, claro, y cada primavera es temporada para quemar cadáveres nuevos —no todos los que caen terminan incinerados a tiempo—, pero por primera vez, el miedo no es el olor a podredumbre, sino los rumores de nuevas alianzas humanas, bandas de saqueadores, traiciones y guerras entre líderes. Los vivos son peores que los muertos, decimos en broma, pero hay algo de verdad en eso.
Nuestra ciudad comenzó a consolidarse hace tres años, cuando grupos armados del oeste se unieron con supervivientes del sur y logramos barrer de infestados buena parte del casco urbano. Eramos, al inicio, apenas doscientas personas, refugiadas en los sótanos de la biblioteca y las oficinas del ayuntamiento, cultivando papas en los jardines municipales y cazar ratas en los desagües. Ahora somos miles. Hoy, nuestro perímetro amurallado abarca el viejo centro, tres estaciones de gasolina, varias escuelas y un hospital parcialmente funcional. Vivimos tras cercas de acero, muros de hormigón y barricadas levantadas con puertas de coches viejos y muebles rotos.
Esta mañana hice mi ronda habitual con el grupo de patrulla. Somos doce en el turno de las cinco hasta las nueve. Nos llaman “cuervos”, porque vestimos chaquetas oscuras y bandanas para la vigilancia. Nuestro objetivo: revisar los puntos flacos del muro y vigilar las entradas secundarias por si llegan errantes —o algo peor, como saqueadores. Hoy, lo único que encontramos fue un par de cadáveres hinchados en las vías viejas del tren —una mujer y un adolescente— que los centinelas mataron anoche tras colarse, mordidos, en las sombras.
Me acostumbré a la rutina de hacer guardia antes que la ciudad despierte. No hay casi zombis por aquí —la mayoría está en las ruinas de Harrisburg o en el norte, donde nunca pudimos limpiar del todo—, pero un solo mordisco puede traer la ruina. Quemamos los cuerpos en uno de los hornos comunales. Ni funerales ni rezos, sólo unos segundos de silencio y una mirada que esquiva cualquier posible parentesco.
Los supervivientes aquí han endurecido la piel. Hay niños que nunca vieron el mundo sin muros ni alambradas. Mi sobrino, hijo de mi hermana Becca —ella murió hace tres inviernos—, tiene seis años y le parece normal que los adultos salgan armados, que el pan sea lujo y que el agua potable se raciona. Su mejor amigo, Tim, nació en el refugio de la iglesia bautista, un día de lluvia en la primavera del 2023. Le enseñé a distinguir el sonido de una alarma de ataque de la campana que anuncia el fin del turno agrícola. Son los hijos del nuevo tiempo. Nosotros, los que recordamos el antes, somos extraños y poco fiables para ellos.
He dedicado las últimas semanas a trabajar como maestro improvisado en la escuela comunitaria del sector 2. Damos clase en el antiguo gimnasio del instituto, porque el edificio principal fue quemado durante las primeras purgas. El consejo aprobó ayer el segundo ciclo de alfabetización. Han llegado niños de otros pueblos, niños mudos de todo lo que vieron, con miedo de mirar a los ojos y más miedo de dormir de noche. A muchos les cuesta hablar, escribir, o siquiera confiar en los adultos.
Les enseño, junto a Sarah —mi compañera en esto, sobreviviente de las Ciudades Portuarias—, a leer viejos libros, sumar patatas y balas, nombrar estados y ríos de un país que ya no existe. Tuvimos que fabricar cuadernos copiando a mano páginas sueltas. Los lápices, igual de valiosos que munición, los racionamos con disciplina militar. La biblioteca, uno de nuestros mayores tesoros, guarda ejemplares de todo tipo; incluso reconstruir la educación es arriesgado, porque a veces los niños encuentran historias del “viejo mundo” que les parecen fábulas. La televisión, el supermercado, la democracia, Google: cosas más extrañas que un muerto andante.
Hoy nos llegó una partida de lápices —veinte, para sesenta alumnos— traída por la última caravana que cruzó desde Ohio. Llegaron en burros, bien armados, escoltados por seis hombres con escopetas caseras y una mujer que se identificó como doctora. El trato fue simple: siete cartuchos de calibre .45 y dos botellas de antibióticos vencidos, a cambio de herramientas, sal y papel. Cada transacción deja en el aire la certeza de que el mundo se ha encogido: lo que fue un país, es ahora una telaraña de ciudades aisladas, cada cual con su ley, su caudillo, sus normas. Y entre nosotros y ellos, carreteras infestadas de errantes y grupos nómadas capaces de cualquier cosa.
La caravana trajo noticias también: al este, en lo que fue Filadelfia, un grupo logró montar una especie de radio comunitaria. Se envían mensajes cortos, apenas coordenadas y precios de bienes escasos. En Pittsburgh, reportan una guerra reciente entre dos “reinos” rivales: la mitad de la ciudad en ruinas, la otra mitad convertida en fortaleza. Al sur, cerca del viejo Maryland, dicen que hay una comunidad que ha limpiado el valle y comienza a trabajar molinos de agua. Nada de eso es seguro: la información viaja por boca de mercaderes, gente de la que no siempre se puede fiar. Pero hay algo claro: la plaga ya no marca el destino, ahora lo hacemos nosotros.
Hoy, después de mi turno y las clases, caminé con mi sobrino hasta el muro sur. Allí, entre parapetos, los más viejos cuentan historias al atardecer, tradición nacida de la necesidad de recordar, de asustar, de conquistar el miedo mismo. Hay quienes están por vivir más años en la Plaga que antes de ella. El abuelo Jack, el herrero, me dijo: “Si tus niños no tienen miedo de la noche, has triunfado.” Yo aún temo a la noche, sobre todo las noches calmas, cuando no hay disparos ni pasos arrastrados, y el peligro se viste de silencio.
Desde lo alto del muro, vi campos despejados donde antes fueron barrios residenciales. Entre los lotes crecen maíz, trigo y papas, alineados en parcelas custodiadas por milicianos. Más allá, casas destruidas, coches oxidados, restos de lo que fue un suburbio. Allí se instalan —a veces— los rezagados de las hordas, bichos lentos e inofensivos durante el día; pero basta un descuido para perder a alguien de la ronda.
No recordamos a los zombis con pánico como antes. Les disparamos desde lejos, o los evitamos con cuidado. El temor es ahora humano: los traficantes del este que cruzan para robar cultivos, los grupos de saqueadores que atacan durante ferias, los caudillos que sueñan con expandirse a costa de otras comunidades. El consejo de New Cumberland, presidido por Linda McGregor, ha llamado a reforzar el entrenamiento militar. Cada joven mayor de catorce años está obligado a asistir a las prácticas, a aprender a disparar, curar heridas, construir barricadas. Nuestro ejército es pequeño, armado con escopetas, lanzas improvisadas, y la voluntad de no ceder.
Hay rumores de una alianza regional. Dicen que el este y el norte están discutiendo pactos de defensa mutua, comercio protegido y rutas seguras entre asentamientos. De llegar a buen puerto, significaría poder ampliar nuestros cultivos y comerciar sin miedo, tal vez recuperar lo que queda del arte de la electricidad, soñar, incluso, con caminos entre ciudades fortificadas. Pero muchos desconfían. La historia reciente está hecha de traiciones.
Por la tarde, durante la asamblea de la plaza, los jefes locales discutieron el nuevo código de señales. Así como los correos se transmiten con banderas y fogatas desde las colinas, ahora han ideado una serie de sirenas y fuegos para alertar de ataques, hordas o caravanas inesperadas. Vi a Charlie, mi antiguo compañero de infancia —los dos asistimos juntos a la última clase de sexto grado antes de la caída—, tomar el relevo de jefe de ronda. En sus ojos sólo hay determinación, un cansancio melancólico que jamás se va.
En la plaza, a la luz tenue de una farola alimentada por una batería recuperada, los niños jugaban a "soldados y bandidos". Usaban palos como rifles. Reían y gritaban, inventando gestos heroicos que —tengo que admitir— me llenaron de nostalgia y tristeza. Vivimos en un mundo donde la infancia es aprendizaje perpetuo del peligro, donde la alegría existe, pero siempre a la sombra de la vigilancia. Me pregunto a veces si volverán los días en que un niño tema sólo a los monstruos imaginarios.
Me cruzó Mara, la médica joven que asiste a los partos y entierra a los muertos. Me dijo que la epidemia de fiebre que nos azotó el mes pasado parece controlada. Un par de niños no sobrevivieron, pero por primera vez en meses, el resto mejora con los antibióticos de la caravana. Mara sueña con volver a estudiar en una facultad, algún día, si logramos reabrir lo que fue la universidad. Tenemos una sala en la escuela para prácticas de enfermería, y algunos textos médicos que rescatamos de la biblioteca central. Enseñar a los niños a leer radiografías, dice, es un acto de rebeldía contra la barbarie.
Sé que muchos de nuestros problemas no tienen solución inmediata: falta el agua corriente decente, las enfermedades contagiosas matan más que las mordidas, y las disputas por tierra y armas encubren potenciales tragedias. Pero después de tantos años en la penumbra, hay una sensación extraña de posibilidad, como cuando uno ve brotar las primeras hojas verdes tras un invierno cruel.
Escribo estas últimas líneas mientras la noche cae, y el ruido de tiros lejanos marca el fin de la ronda. Los zombis, al fin, parecen una molestia menor: los errantes se arrastran por los alrededores, quemados por el sol y el frío, más animales que amenaza sofocante. Pienso en el futuro, en los hijos de mis vecinos aprendiendo a leer y a cultivar tomates, en las ferias de intercambio que surgen protegidas por acuerdos armados, en los jefes que quieren negociar en lugar de guerrear.
Las viejas historias que se repiten en la plaza hablan de cómo cayó el viejo mundo y cómo, entre ruinas, se empezó a erigir otro. Puede que algún día, si las cosas siguen como ahora, los niños vuelvan a temer únicamente a los fantasmas inventados. Mientras tanto, seguiremos aquí, entre las murallas, contando los días y atesorando pequeños triunfos: una cosecha salvada, un libro terminado, una ciudad a salvo por una noche más.
Quizá algún día alguien encuentre este diario y sepa que, incluso cuando los muertos caminaban, los vivos siguieron adelante. Quizá, al final, eso es lo que significa ser humano.
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