Fragmento:
Alicia, con una pistola en mano y el pelo recogido en dos trenzas, avanzaba un poco por delante, tocando de vez en cuando la cerca oxidada de un parque infantil, ahora convertido en trampa de pinchos y alambres oxidado. A lo lejos, sonó un disparo, seco, reverberando sobre el asfalto. Alicia se encogió, pero Samuel solo achinó los ojos.
Duración: 10:20
15 de noviembre de 2026.
La niebla densa apagaba los restos de lo que una vez fue la Avenida de España. Al amanecer, sólo quedaban siluetas difusas entre sombras alargadas y bultos informes de ruinas y coches abandonados. Bajo uno de los viejos puentes de Renfe, Samuel amartilló su viejo fusil, un Mauser oxidado, cuya madera astillada hablaba de muchísimos inviernos y manos distintas. La radio portátil, encajada en un bolsillo con cinta americana, crepitaba de vez en cuando con algún silbido: la clave de que los observadores de la torre aún seguían vivos allí arriba, en el hospital viejo.
Se suponía que la Plaza de la Constitución era segura, pero Samuel empezó esa mañana notando un inquietante vacío en la radio: ningún parte de los centinelas de la noche. El toque de alerta se corrió por los murallones improvisados —sacos de tierra (antes arena de la construcción, ahora ceniza recogida de los solares), muros de palés, y acero doblado procedente de naves industriales saqueadas— y las cinco campanadas sordas de una bombona golpeada resonaron por todo el barrio. Los niños, entrenados desde antes de aprender a leer, supieron tirarse al suelo y reptar a la posición de refugio más cercana.
Samuel, como jefe de cuadrilla del Sector Sur, fue el primero en internarse más allá del radio seguro, acompañado solo de la sombra cansina de Muñoz, su compañero de guardias desde hacía más de dos años, y de la joven Alicia, todavía con la audacia adolescente de quien no recuerda la vida normal y ve cada expedición como una aventura incierta.
La avenida estaba vacía a esa hora, pero no tranquila. Los cuerpos de los zombis despuntaban por los alcorques de árboles desraizados, sus movimientos lentos ya no tan terroríficos, pero sí lo suficientemente imprevisibles como para dar un susto mortal a quien bajase la guardia. Algunos parecían muñecos destartalados, huesudos y harapientos, que sólo se animaban con el olor de carne viva o el ruido.
—No huele bien, Sam —murmuró Muñoz, mirando de reojo el gran arco de la estación de Fuenlabrada Central, donde antes transitaban centenares de personas cada hora y ahora sólo se colaban ráfagas de viento helado.
—No ha habido ningún disparo —repuso Samuel—. Las hordas ya no son lo que eran… pero los jodidos merodeadores aún pueden hacer una carnicería si sorprenden a los nuestros dormidos.
Alicia, con una pistola en mano y el pelo recogido en dos trenzas, avanzaba un poco por delante, tocando de vez en cuando la cerca oxidada de un parque infantil, ahora convertido en trampa de pinchos y alambres oxidado. A lo lejos, sonó un disparo, seco, reverberando sobre el asfalto. Alicia se encogió, pero Samuel solo achinó los ojos.
—Marca la posición —ordenó alzando el walkie.
El hospital viejo era el refugio y el símbolo de supervivencia en Fuenlabrada desde hacía dos inviernos. Hacía seis calles de murallas, tiendas de campaña, pequeñas casas de ladrillos reutilizados, y una torre de vigilancia en el aparcamiento, desde donde el centinela Gómez debía haber dado el cambio de guardia hace rato. En vez de respuestas, sólo obtuvieron estática y un silencio cargado de peligro.
Cruzaron los muros de los solares donde antes estuvo la Universidad, ahora un polvoriento campo de cultivos donde los tomates raquíticos luchaban contra la tierra empobrecida y el hambre. Samuel no podía evitar pensar en lo que contaban los abuelos: supermercados repletos, terrazas llenas de risas los viernes por la noche, trenes a Madrid en quince minutos. Ahora la ciudad era un mosaico de supervivientes, milicias de barrio, mulas y bicicletas, y viejos Renaults empleados como barricadas.
Las escaramuzas con zombis se habían hecho rutinarias. Se desplazaban torpemente y lo peor era el hedor, la mancha pútrida que dejaban a su paso. Pero en los últimos meses, la mayor amenaza eran los hombres: bandas armadas saqueadoras, buscando comida o esclavos, capaces de arrasar con todo por una caja de pólvora o un botiquín guardado.
El hospital apareció entre la neblina, su fachada ennegrecida por incendios pasados. Alicia adelantó el paso, Samuel la detuvo con un gesto brusco.
—No te precipites, la puerta está abierta —susurró—. Gómez debería haberla cerrado tras el último turno.
Muñoz avanzó con la escopeta preparada. Los tres pasaron al vestíbulo, deteniéndose ante la visión inesperada: sangre, una mancha grande sobre las baldosas, pero ni rastros de cuerpos. El suelo mostraba signos de arrastre, como si hubieran sacado a alguien a rastras por las escaleras. Restos de polvo y harina de maíz —el principal alimento de la comunidad— regados por el suelo indicaban prisa o forcejeo.
Samuel paladeó el miedo en la garganta. Moviéndose en formación, subieron la escalera; al tercer peldaño, notaron que la radio de los observadores caía en un bucle ininteligible: un pitido corto, dos largos, cortos... la señal de pánico programada hace un par de años para cualquier asalto humano.
Muñoz hizo la señal de detenerse. Un quejido bajo, apenas audible, salió de una de las habitaciones del ala izquierda. Alicia se asomó, apuntando con su revólver. Adentro, el joven Pedro, el centinela de la noche más joven del grupo, estaba desplomado junto a una cama improvisada hecha de tablas y colchones de auto. Tenía una venda ensangrentada sobre el torso y temblaba de frío.
Les contó lo ocurrido con la voz ronca: a las cuatro de la mañana, un grupo había saltado la tapia trasera, matado a Gómez de un tiro y arrastrado vivo a Roberto, el panadero. Buscaban medicinas, pólvora y comida, pero al ver la resistencia, se dieron media vuelta. Los saqueadores se marcharon antes del toque de alerta mayor, pero habían dejado claro un mensaje: Fuenlabrada no era inexpugnable, no lo sería nunca.
Samuel ordenó evacuar las zonas externas y preparó a las milicias para una posible incursión. Envió a Alicia y Muñoz al depósito de alimentos a asegurar el poco grano que quedaba.
Fuera, la ciudad seguía inmutable en su compás de espera perpetuo. La niebla comenzaba a levantar; los pocos vecinos que quedaban activos salieron de los refugios, algunos en busca de sus hijos, otros para organizar las patrullas de día. Era una rutina forzada, que compartía todo el pueblo desde hacía más de seis años: rotar las guardias, cultivar el suelo pobre, reparar los muros y vigilar a los forasteros. Desde hacía un año, el comercio había regresado tímidamente. Dos veces por semana llegaban caravanas desde Humanes o Parla, trayendo a lomos mulas y carros viejas herramientas, medicina, semillas rescatadas de bancos genéticos.
Las alianzas entre barrios habían funcionado —a medias. Al sur, Loranca seguía peleando contra bandas nomádas que atacan a toda luz del día, pero en el centro, cerca del ayuntamiento, habían logrado establecer un código de señales utilizado por fuegos y banderas. El peligro había cambiado, pero no disminuido.
Samuel se reunió con el Consejo Local, un puñado de hombres y mujeres curtidos, agricultores, ex policías, madres y mecánicos, cuyo único poder era la experiencia y la memoria del sufrimiento. Decidieron endurecer los intercambios con extraños y enviar emisarios a las comunidades vecinas, para advertir del ataque. Los mensajes viajarían por niños —veloces, invisibles— de escuela en escuela, convertido ahora en puntos fortificados y enlace satélite de la precaria federación del sur madrileño.
El día avanzaba y el recuento de supervivientes evidenciaba la dureza de la vida. Tres bajas, una desaparición y un herido grave. Nadie lloraba: el dolor aquí era privado, ritual, casi numinoso.
Al caer la tarde, Ali, una niña de apenas doce años, apareció corriendo desde el antiguo polígono industrial con un paquete encintado repleto de semillas. Lo había cambiado a una caravana de Getafe por una docena de telas limpias. Las semillas eran trigo híbrido, rescatadas del banco genético de Alcalá, traídas por un mulero desdentado apodado “El Rata”.
El Consejo la recibió con alegría: la posibilidad de una nueva cosecha era, para ellos, más valiosa que cualquier arma. Samuel contempló a Ali y a su pequeña hermanita que la acompañaba con una expresión de orgullo. A pesar de los saqueadores, de los zombis, de la desconfianza perpetua, había existido un logro ese día: la promesa de un futuro distinto, de pan y no solo de miedo.
Esa noche, los fuegos de guardia se encendieron temprano alrededor del hospital, murallas y casas. Alicia hizo su ronda junto a Muñoz, ambos en silencio, navegando entre pensamientos encallados ante el horizonte oscuro. Allá, hacia el río, relucía algún fuego lejano: puede que banda, puede que otra comunidad. Nadie podía estar seguro nunca.
Samuel, ya agotado, bostezó ante el consejo improvisado bajo el tótem de luces reconvertido a farol de aceite. Notó, como cada noche, el peso de la historia sobre sus hombros: nadie en Fuenlabrada era ya quien fue, todos vivían en una realidad tejida de pérdidas, esperanzas pequeñas y resistencia obstinada.
Cuando se fue a dormir, repasó la jornada con meticulosidad militar. Había perdido a un amigo, pero habían salvado la cosecha futura. La amenaza no había desaparecido, pero tampoco la vida. Las risas de los niños, las semillas nuevas y la solidaridad entre desconocidos convertidos en familia justificaban cualquier sacrificio.
Al alba, antes de que la niebla regalase de nuevo su manto de silencio, Samuel se apostó en la torre de guardia, permaneciendo atento, vigilante. La Avenida de España volvía a despertar, despacio, entre ruinas y esperanza.
En la distancia, el eco de una campana improvisada avisaba de la llegada de otra caravana. Fuenlabrada seguía viva —frágil, incompleta, pero humana—, desafiando día tras día a su propia leyenda de ruinas y resurrección.
Copyrights © 2025 zombieworld.es. Todos los derechos reservados.