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Portada del relato Ecos entre los Muros: Diario de un Superviviente en Fuenlabrada
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Fragmento:


Hoy mismo, al amanecer, escuchamos disparos lejanos en dirección a la antigua estación central. Las patrullas volvieron poco después con tres heridos: uno infectado por mordedura, que no sobrevivió ni una hora; otro con una pierna rota, herido al caer durante la huida; y el tercero apenas rozado por metralla de escopeta, probablemente de alguna banda nómada. José, el médico, dice que en total esta semana llevamos ya seis muertos, el promedio de siempre, pero lo cuenta con la voz resignada de quien ya no se permite sentir. Se nos están acabando los antibióticos, y aunque la parra de don Luis —a quien todos llaman El Boticario— da todavía algunos frutos aprovechables, la mayoría de los remedios que logramos fabricar aquí solo alivian el dolor.

Duración: 13:07

Ecos entre los Muros: Diario de un Superviviente en Fuenlabrada
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Texto de ajuste de pausa.

15 de Noviembre de 2024

Hoy ha amanecido frío, pero no tanto como el año pasado, cuando sobrevivir fue una lucha constante contra el hielo y la muerte. Me llamo Sara Torres, tengo 39 años y no sé cuántos inviernos más podré seguir anotando en este cuaderno raído que encontré en la biblioteca vieja de Parque Granada. Es 15 de noviembre de 2024 y apenas podemos reconocer la ciudad en la que nacimos. Fuenlabrada se ha transformado en algo que nadie habría imaginado hace ocho años, antes de la plaga, cuando la vida se medía en trayectos de metro, atascos en la RENFE y cafés matutinos en los bares llenos de pensionistas.

Ahora, las antiguas avenidas están protegidas por barricadas, vallas improvisadas, viejas señales de tráfico y los despojos de coches inutilizados. Los carteles de la M-506 ya no marcan direcciones, sino advertencias y códigos para los patrulleros. Hemos sellado casi todos los accesos menores a la ciudad, dejando solo dos entradas custodiadas por las milicias: una en la avenida de Europa, la otra junto al Hospital. Vale más la palabra de los líderes que la del antiguo ayuntamiento. La palabra “alcalde” ni siquiera se pronuncia aquí; el poder es de quien puede defenderlo.

Nuestro refugio principal es el polideportivo Fernando Martín. Desde hace año y medio, tras el último gran ataque de hordas de infectados que arrasó Loranca, fue fortificado. Sabemos que no es inexpugnable, pero las paredes de hormigón y las rejas nos han dado noches de sueño y algunos días de tranquilidad. Las pistas deportivas permanecen anegadas de camastros y mantas. Los niños juegan en lo que fue la cancha de baloncesto, bajo la vigía de adultos armados y atentos; el eco de sus risas, tan fugaces, recordó hoy por un instante los partidos del Fuenlabrada contra el Estudiantes antes de la caída.

Hoy mismo, al amanecer, escuchamos disparos lejanos en dirección a la antigua estación central. Las patrullas volvieron poco después con tres heridos: uno infectado por mordedura, que no sobrevivió ni una hora; otro con una pierna rota, herido al caer durante la huida; y el tercero apenas rozado por metralla de escopeta, probablemente de alguna banda nómada. José, el médico, dice que en total esta semana llevamos ya seis muertos, el promedio de siempre, pero lo cuenta con la voz resignada de quien ya no se permite sentir. Se nos están acabando los antibióticos, y aunque la parra de don Luis —a quien todos llaman El Boticario— da todavía algunos frutos aprovechables, la mayoría de los remedios que logramos fabricar aquí solo alivian el dolor.

Las bandas de saqueadores siguen siendo un problema. La semana pasada, una de ellas —según los vigías de las azoteas, probablemente venida desde Humanes— intentó saltarse el puesto de control al anochecer. Robaron dos bidones de gasolina y una caja pequeña de medicinas, disparando al aire para causar confusión. Desde entonces, la tensión en el interior de Fuenlabrada ha ido en aumento. Si se habla de miedo, aquí tiene más nombre humano que infeccioso. Llámese a los zombis plaga, llamémosles muertos, monstruos o simplemente “Ellos”, como hace la mayoría; siguen siendo un peligro, sí, pero uno que conocemos demasiado bien. Los vivos, en cambio, guardan secretos en la noche.

Hay cosas que nunca pensé que vería en mi vida: el abandono de las grandes cadenas de supermercados, convertidas en fortalezas saqueadas; las iglesias vacías usadas como depósitos de agua; la estación de Metro de Parque de los Estados colapsada, ambulancias y coches de policía escacharrados bloqueando las profundidades; la nave industrial de La Cantueña reconvertida en refugio para una decena de familias, a los que apenas vemos a menos que vengan por comida al mercado semanal.

El mercado improvisado es la vida de la ciudad. Los sábados, los supervivientes comercian cualquier cosa: sacos de trigo cultivado en pequeños huertos urbanos, manojos de verduras que cultivan en cubos y bañeras, botellas de alcohol destilado a base de patata, munición fabricada en talleres amparados en naves, gallinas que son moneda de cambio y a veces, si hay suerte, una radio de largo alcance. A veces llegan comerciantes desde Leganés o Getafe, incluso uno que dice haber venido desde Toledo cabalgando una mula. Nos trajo noticias —quizá ciertas, quizá no— de laboratorios militares ocultos donde investigan una cura, pero nadie le creyó del todo.

Hoy, igual que casi todos los días, mi trabajo era en las murallas de la avenida de la Universidad. Se les llama murallas, aunque sería más justo llamarlas empalizadas: tablones de madera rescatados de obras, estanterías de supermercados, vigas de obras viejas y lo que sea que aguante un embate. Mi grupo —tres mujeres y dos hombres— tiene el cometido de repasar cada grieta, mirar el horizonte y prender las señales de humo si asoma peligro. No siempre son muertos. Hoy, una caravana de siete personas llegó desde el hospital de Alcorcón, pidiendo paso. Habían recorrido más de quince kilómetros a pie, con una carreta tirada por dos perros. Dijeron que las cosas en el norte de Madrid se están poniendo peor: bandas armadas saquean a plena luz del día, se forman alianzas de exmilitares para imponer tributos y los zombis, aunque menos numerosos, aún siembran el caos en los bloques antiguos y en tiendas abandonadas.

Por normas del consejo comunitario, acogimos a tres: una mujer embarazada, un chaval que apenas sabría decir si es mayor de edad y un hombre mayor, inválido de guerra, que solo mira al suelo y murmura oraciones mientras lo trasladan. Los otros cuatro, por protocolo, deben quedarse en observación durante tres días en la nave de cuarentena al fondo del CEART. Todos les tememos menos por los zombis que puedan cargar en el alma que por las armas que podrían utilizar contra nosotros si deciden rebelarse.

En el polideportivo, nos reunimos cada anochecer los representantes de los distintos grupos para intercambiar novedades y decidir asignación de patrullas. El consejo lo componen seis personas —ninguno elegido en urna, porque las urnas ya solo sirven de parapeto en barricadas— que se rotan la dirección de la comunidad y distribuyen tareas: cultivo, caza, vigilancia, enseñanza… Yo me encargo, junto a Francis, de las tareas educativas. A las tardes, enseñamos a los niños cosas elementales: leer y escribir, sumar y restar, y sobre todo, a sobrevivir. Tenemos una pizarra, dos decenas de lápices y una caja de libros rescatados de la biblioteca. Les narro cuentos de Platero y yo y les canto canciones antiguas, pero a la vez les muestro cómo distinguir las plantas comestibles de las venenosas, cómo escuchar el paso de un muerto en la distancia y a no confiar del todo en nadie.

Ayer mismo, un niño de nueve años me preguntó cómo era el mundo antes de la plaga. Qué se sentía al ir al cine —la antigua sala Cinesa de Loranca queda ahora tomada por los muertos, nadie se atreve a aproximarse—, cómo era ir al colegio y pedalear por las calles sin miedo. Me costó explicárselo. Por mucho que mire los postes antiguos de luz, los anuncios de Coca-Cola ya desvaídos, la fuente vacía de la plaza de España, me cuesta recordar cómo era no tener miedo. ¿Quién nos quitó esa memoria: los muertos, los vivos o el tiempo mismo?

Recuerdo bien el inicio de todo. Marzo de 2020, la noticia de una enfermedad en China, luego en Italia, España, Estados Unidos… En casa nos reíamos, algunos pensaban que era el COVID otra vez. Luego llegaron los gritos en las noches, el colapso del hospital, la llegada del Ejército cuando el brote era incontrolable. Perdí a mi hermana en los primeros meses. Su marido desapareció, y su hija pequeña, Alba, vive ahora conmigo. Es la única familia que me queda, junto con mi padre, que sigue empeñado en arar la tierra todos los días aunque apenas le responden las piernas. Tiene 67 años y dice que él vio lo peor de la transición, el paro y la crisis de 2008; dice que sobrevivirá también a esto, aunque a veces le veo llorar a solas en el pequeño huerto de la calle Portugal.

Hoy hemos recibido buenas noticias: el grupo de exploración que partió hace diez días a Moraleja de Enmedio ha regresado. Han limpiado de muertos un almacén logístico y han conseguido traer de vuelta dos palés de alimentos deshidratados y un generador pequeño. Parece que lo consiguieron tras negociar con una banda rival, intercambiando tres rifles y varias cajas de munición. Uno de los exploradores escribió un mensaje en la pared del almacén: “No olvidéis nunca los nuestros". Ha circulado de boca en boca todo el día, un recordatorio de cuánto dependemos de nuestra memoria para no perder el sentido.

Entre las noticias del día, lo más comentado fue el avistamiento de una horda dispersa a la altura de la antigua universidad Rey Juan Carlos. Según el vigía de la torre más alta, apenas eran una veintena de cuerpos, pero se movían rápido, siguiendo el olfato o el sonido de algo más. No atacaron, pero bastó para que se organizaran dos patrullas de hombres armados con rifles y ballestas improvisadas. Una vieja sirena de bomberos sirve ahora de alarma. Hay quien duerme vestido y no se quita las botas ni para soñar.

La noche cae antes en noviembre. Los grupos de guardia se turnan no sólo en las murallas, sino también en los tejados y sótanos de los edificios que quedan en pie. Algunos jóvenes se han instalado en los pisos altos de los bloques de la avenida de España y del barrio de El Naranjo. Dicen que desde allí se ve toda la ciudad y que es más difícil que los zombies les sorprendan. Yo no he podido subir en meses; mi rodilla, rota tras huir de un ataque en 2022, no vuelve a ser la misma.

A veces, los niños juegan a ser héroes y asaltan las viejas viviendas abandonadas en busca de tesoros: una radio, una barra de pan duro, alguna prenda decente. Las madres castigan a los que se aventuran fuera del recinto seguro sin permiso. Hace dos noches, uno de los pequeños —Samuel, hijo de Raquel, una de las cocineras— desapareció durante horas; temimos lo peor, pero luego apareció con una caja de muñecos y dos cómics de Los Vengadores. Nadie le regañó, porque fue la primera vez en semanas que todos reímos a carcajadas, aunque fuera para espantar el miedo.

Mi amigo Pedro, que fue policía local antes de la caída, dice que la situación dentro de la ciudad está más estable que en ningún otro sitio cercano. “Aquí por lo menos mandamos nosotros. En Móstoles manda el que dispara primero, y en Leganés no manda nadie.” Ha organizado un pequeño grupo especializado en recuperación de maquinaria: han conseguido poner en marcha dos bicicletas eléctricas reparadas y están intentando salvar un vehículo todoterreno que hallaron cerca del cementerio. Saben que estas máquinas pueden ser la diferencia entre la vida y la muerte si necesitamos huir o trasladar heridos.

El cementerio, por cierto, es un lugar de respeto casi sagrado. Se visita poco. Dicen que algunos muertos no han llegado a levantarse todavía, otros sí. Hay costumbre de quemar a los difuntos apenas fallecen, lo que provoca largas vigilias nocturnas en las que todos acompañamos al familiar y participamos en los rezos o el silencio, según la preferencia de cada uno. Yo lo viví con mi hermana. Hay quien dice que es la única forma de pasar página, y que el fuego ahuyenta no solo a los muertos, sino también los malos presagios.

Esta noche toca guardia. La radio crepita cada tanto con voces distorsionadas del asentamiento de Parla, y en ocasiones, desde Getafe. Nos mantenemos en contacto a través de códigos preacordados: tres pitidos significa ataque de vivos; dos, horda inminente; un chisporroteo largo indica necesidades de ayuda sanitaria. Hoy, por fortuna, solo se han oído noticias sobre pequeñas caravanas de comerciantes que se aproximan al sur. Algunos hablan de grandes fortalezas levantadas cerca de Toledo y Aranjuez, con cientos de personas y hasta una biblioteca funcionando. ¿Será cierto? Aquí las noticias son siempre promesas y amenazas disfrazadas.

Guardo este diario bajo la losa suelta en la sala de mantenimiento. Si sobrevivo a este invierno, espero que algún día alguien pueda leerlo, entienda quiénes fuimos, cómo resistimos y descubrimos cómo construir de nuevo. Si hemos aprendido algo en este horror es que mientras seamos capaces de escribir, de compartir palabras y recuerdos, aún somos humanos y Fuenlabrada, aunque rodeada de muerte, aún late con fuerza.

Escruto la noche desde mi ventana pequeña. El silbido del viento helado trae consigo los ecos de un mundo perdido, pero también, las promesas de un futuro distinto. Fuenlabrada resiste, y yo con ella. Mañana, si seguimos vivos, será otro día para escribir.

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