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Apocalipsis Z. El principio del fin
Portada del relato La fortaleza de Loranca
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Fragmento:


Adrián revisaba la culata de su vieja escopeta mientras la escarcha aún cubría los pretéritos setos y bancos de la plaza. El aire huele a humedad, leña y miedo. Esperaba a Marta y a Salva –la improvisada escuadra de rescate: un agricultor, una estudiante de ingeniería y un ex guardia de seguridad. Así empiezan casi todas las historias actuales, piensa con amargura: con gente que debería estar en oficinas, aulas o bares, y que ahora juega a ser soldados en un mundo que apenas reconoce.

Duración: 11:27

La fortaleza de Loranca
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Texto de ajuste de pausa.

18 de Noviembre de 2024

Aún faltaban unas horas para el amanecer cuando el conductor del camión apagó el motor entre los árboles secos, a un kilómetro escaso del polígono industrial de Fuenlabrada. El silencio es denso y pegajoso en estos días, un vacío casi tangible que sólo se rompe por el chasquido de las ramas bajo las botas o los susurros de quienes no pueden dormir. Anoche, la radio crepitó con la noticia: una caravana de supervivientes quedó atrapada al norte, entre el antiguo centro comercial y el río. Niños. Estaban pidiendo ayuda urgente, voces quebradas atravesando la estática. Esas transmisiones, rara vez, terminan bien. Pero el rumor corrió por el campamento de Loranca como pólvora y, cuando se extinguió el último bidón de la hoguera, ya había un plan para intentar el rescate al despuntar el día.

Adrián revisaba la culata de su vieja escopeta mientras la escarcha aún cubría los pretéritos setos y bancos de la plaza. El aire huele a humedad, leña y miedo. Esperaba a Marta y a Salva –la improvisada escuadra de rescate: un agricultor, una estudiante de ingeniería y un ex guardia de seguridad. Así empiezan casi todas las historias actuales, piensa con amargura: con gente que debería estar en oficinas, aulas o bares, y que ahora juega a ser soldados en un mundo que apenas reconoce.

“Listos,” susurra Marta, con los ojos ausentes de quien no ha dormido en cuarenta horas. Adrián asiente y Salva, serio y compacto, ajusta la correa del machete. Llevan encima más ansiedad que munición. En Fuenlabrada, nadie gasta balas a la ligera; conseguirlas es como encontrar oro y sólo la promesa de que había niños en el grupo atrapado les convenció para cargar dos cartuchos extra.

Caminan en fila, inclinados entre los coches fundidos en óxido y los arbustos salvajes. La vía de Las Provincias está desierta, espectral, pero cada paso hace protestar el asfalto con pequeños lamentos. Los zombis son raros ya por la periferia rural, aunque en cuanto asomas la cabeza hacia la ciudad, el peligro sigue articulando cada movimiento. Los más viejos vagan torpes como autómatas desgastados, encajonados en edificios o atascados tras barricadas, pero los recién transformados –los verdaderamente letales– aún pueden estar al acecho.

Adrián recuerda las historias de su abuela sobre la guerra civil: la gente escondida, atrapada en sótanos, esperando el “toque de queda”. Ahora, el toque de queda lo dictan los chillidos lejanos de los infectados, las pocas alarmas que aún funcionan y, cada vez más, la amenaza de otros humanos, más peligrosos en ocasiones que los propios zombis.

La primera parada obligada es el supermercado DIA, o lo que queda de él. Años atrás, era un punto de reunión para saqueadores y grupos de paso; actualmente, sólo quedan vitrinas vacías, charcos de agua de lluvia bajo los agujeros del techo y los restos dispersos de antiguas expediciones. Allí, Salva detecta la primera señal preocupante: marcas frescas en la puerta abatida, como si alguien hubiese intentado tapiarla recientemente. Adrián inspecciona las huellas en el barro: pequeña, de pisadas nerviosas y desordenadas. Podrían ser niños… o alguien desesperado.

Salen del edificio en silencio, siguiendo la pista hacia la avenida de Europa. El cielo se tiñe de violeta por la contaminación y las columnas de humo habituales. Fuenlabrada parece una maqueta gigantesca, con los colores drenados y el tiempo en suspenso. A lo lejos, un eco metálico: puede ser una verja golpeada por el viento, o algo peor. Aquí no hay jabalíes ni perros salvajes; la plaga los devoró a todos en los primeros meses.

“Ahí,” señala Marta, apresurando el paso. Entre dos bloque ruinosos del polígono despuntan siluetas. A través de los prismáticos arreglados a mano, Adrián confirma: hay movimiento, humano y pequeño. Su corazón trota más aprisa. Avanzan por los laterales, entre paredes grafiteadas de proclamas de resistencia y ventanas rotas por la desesperación. De repente, un grito amortiguado quiebra el aire.

Es Salva quien reacciona primero: se lanza entre montones de palets, machete en mano, hasta el rincón donde se acumulan carritos volcados y barriles vacíos de los talleres cerrados. Hay dos adolescentes acurrucados, uno con una venda sucia en la pierna, el otro cubriéndolo con el cuerpo. Al ver a Salva, chillan, pero Marta se adelanta, gritando: “¡Venimos a ayudar! ¡Tranquilos!”

El mayor, un chaval de quizá catorce años, trata de apartarse para proteger a su amigo herido. Marta les muestra el símbolo de la comunidad –un trapo blanco con una rueda negra– y después de unos segundos, se relajan ligeramente. Dos vidas recuperadas por ahora.

“¿Dónde están los demás?”, pregunta Adrián, mirando el solar oscuro más allá de la verja. El adolescente señala hacia el fondo, hacia el borde del aparcamiento donde las sombras parecen latir con vida propia. “Ahí. Hay una mujer y dos peques. Y hay… uno de ellos, pero no se mueve, creo.”

Se mueven rápido, formando un triángulo abierto: Adrián por la derecha, cubriéndose tras los restos de una furgoneta de reparto; Marta avanza en diagonal por la izquierda, y Salva retrocede para proteger la retaguardia con los dos chicos recién rescatados encogidos tras una valla.

En el borde del parking, entre los cascotes y lo que fue un quiosco, ven a la mujer, agazapada junto a dos niñas de seis u ocho años. No lloran; sólo miran, aterrorizadas y silenciosas. De espaldas a ellas, yaciendo contra el cemento, hay un zombi: a juzgar por el olor, lleva allí el tiempo suficiente como para que sus movimientos sean mínimos. Adrián se acerca despacio, toma el bate que cuelga de su mochila y, con dos rápidos golpes, se encarga del cadáver animado antes de que pueda reaccionar. El sonido es sordo y, por fortuna, no llama más atención.

Encienden una linterna envuelta en trapos, procurando no proyectar el haz más allá del grupo. Marta se arrodilla y habla suavemente con la mujer, que les explica entre sollozos que su caravana fue atacada al intentar buscar comida tras escuchar por la radio que había una despensa oculta en los portales antiguos del barrio. Cayeron en una trampa: los zombis llegaron primero, y luego un grupo de saqueadores humanos –tres hombres armados– les robaron lo poco que tenían. La mayoría había huido en desbandada; ellos quedaron aislados entre carros y almacenes. Adrián siente furia fría en el estómago; ya no sólo por el miedo a los muertos, sino por la certeza de que los vivos son igual de despiadados.

“Tenemos que movernos”, dice Salva, consultando su reloj destartalado. Todavía quedan al menos dos horas de relativa oscuridad, el tiempo suficiente para intentar el regreso antes de que salga el sol y las calles se llenen de ojos ansiosos, deambulando en busca de otra presa. Organizan a los chicos –el que tiene la pierna vendada apretando con un trozo de toalla improvisado, las niñas cogidas de la madre– y empiezan el lento regreso hacia Loranca.

El camino, sin embargo, es todo menos sencillo.

Cuando llegan a la glorieta de la estación, escuchan gritos al norte, cerca del puente. Tres figuras aparecen marcadas contra el brillo enfermizo de las farolas rotas. Son los saqueadores, reconoce Marta: uno es alto y delgado, lleva un palo de golf colgando del cinturón; otro cojea visiblemente. Es el tercero quien dispara al aire, a modo de advertencia. El estruendo retumba en las paredes de los edificios. Dos segundos de silencio, y el eco despierta algo más: un gemido largo y gutural en la penumbra. Los zombis, aunque ya escasos por las afueras, aún responden cuando el ruido interrumpe la monotonía de la muerte.

“¡Corred!”, suelta Adrián, empujando a los niños primero hacia la avenida de las Naciones. Los disparos pueden atraer tanto a vivos como a muertos, y en pocos segundos los saqueadores se abalanza en la persecución. Salva echa un vistazo: no parecen dispuestos a dejar que se les escapen potenciales botines humanos. El grupo acelera, atrincherándose en los soportales de un edificio destrozado, mientras los primeros y desgarbados zombis empiezan a asomar por la carretera.

La ciudad es una trampa de embudos, piensa Marta. Edificios derruidos, vehículos volcados, túneles cegados. Aquí, cada metro recorrido puede costarte una vida. Adrián se adelanta, machete en mano, rastreando el paseo bajo puentes que huelen a podredumbre y benceno. Los niños apenas logran seguirles el paso, y la mujer rompe a llorar, casi en silencio.

Detrás, los saqueadores tropiezan con uno de los infectados: el más joven de ellos queda enganchado mientras pelea, y las zarpas del cadáver reciente reducen sus gritos a un quejido apagado. Los otros dos aprovechan la distracción para intentar flanquear al grupo. Salva se planta con el machete, cubriendo el avance mientras el resto del grupo huye un poco más allá. El encuentro no es largo; un intercambio de golpes, una bala perdida que rebota en una tapa de alcantarilla, y uno de los saqueadores queda tirado en la calzada, aturdido. El último huye cuando comprende que el ruido sólo atraerá más monstruos de los que puede manejar.

La noche termina al amanecer, justo cuando las primeras luces frías cruzan la autopista de circunvalación. Una bruma gris cubre Loranca, el enclave-campamento formado entre lo que fueron bloques residenciales de los años ochenta y las nuevas murallas improvisadas con hormigón y chatarra. Allí les reciben los vigías, tensos y expectantes, con los rifles apuntando primero, hasta que Marta iza el trapo blanco y negro. Vuelven con menos munición, más cicatrices y otro recuerdo amargo para añadir a la lista de noches sin dormir.

Dentro del campamento, los niños tiemblan de frío y hambre, pero ríen cuando ven un cuenco de caldo caliente. Los jóvenes se mezclan con otros chicos que conocen la vida sólo a través de los muros, búnkeres y estaciones fortificadas. La mujer, exhausta, se deja caer junto a una hoguera y llora, a ratos de alivio, a ratos de puro agotamiento. Salva se quita la camisa y emparcha, con manos expertas, la pierna del chico herido: dos puntos, un trozo de gasa esterilizada, una venda improvisada.

Adrián, por su parte, no puede dejar de pensar en lo cerca que estuvieron, otra vez, de no regresar. Mira a su alrededor: las murallas, los cables, los depósitos de agua, el huerto de patatas que floreció entre los adoquines. Piensa en la radio militar, que cada noche emite la misma señal temblorosa: ciudad segura, refuerzos necesarios, comida escasa. Piensa en cómo los rescates se han vuelto rutina en la nueva vida, y en cómo, poco a poco, cada noche ganada es un pequeño triunfo sobre la muerte y el olvido.

Pero también sabe que la frontera entre salvar y perder es delgada, y que Fuenlabrada –como tantas otras ciudades del viejo mundo– ya no es sino un tablero en ruinas donde la esperanza debe rescatarse a diario, entre cadáveres, saqueadores y el silencio limpio y frío del nuevo amanecer.

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