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Portada del relato Ciudad amurallada: El renacer de Fuenlabrada
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Fragmento:


Dentro de la ciudad, el bullicio matinal recordaba, distorsionado, los antiguos tiempos. No el tráfico, ni el metro, ni las prisas del horario laboral. No. Aquello era una sinfonía diferente: carretas de ruedas remendadas, el sonido de gallinas y cabras protestando porque las obligaban a moverse cada mañana, el murmullo de mujeres y hombres organizando la jornada agrícola, y por encima de todo, las campanas de hierro, que señalaban el mercado semanal, uno de los momentos más esperados.

Duración: 10:48

Ciudad amurallada: El renacer de Fuenlabrada
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Texto de ajuste de pausa.

15 de noviembre de 2028

Las primeras luces del alba apenas rozaban las cúpulas metálicas de los tejados reciclados cuando los centinelas de la muralla despejaron al fin el paso norte. El aire de principios de noviembre, helado y punzante, arrastraba polvo entre las calles limpias y ásperas, señal de que la noche había estado tranquila: ningún aullido, ningún disparo; sólo el golpeteo lejano de los martillos sobre la herrería municipal y el siseo de los hornos calentando metal para la jornada que comenzaba.

“¡Puerta!” gritó una voz desde el adarve, y abajo varios hombres y mujeres, tapados con abrigos de lonas cosidas y cuero, empujaron la improvisada compuerta de pino y acero. Era extraño pensar que Fuenlabrada, que antes de la caída apenas tenía importancia para el resto de Madrid, se había convertido en uno de esos experimentos exitosos de nueva ciudad fortificada. Nada en sus tranquilas urbanizaciones y parques infantiles anticipaba que un día esas mismas pistas de skate y canchas de fútbol serían plazas de mercado, tabernas, plazas de armas, campos de tiro improvisados o almacenes de pólvora.

Simón levantó la cabeza desde su puesto de vigilancia y, frotándose las manos enguantadas, se dispuso a avisar al puesto de mando. La noche anterior había sido una de esas en las que dormir era privilegio de los codiciosos de la seguridad; él había patrullado buena parte del perímetro, pendiente de cualquier crujido entre los matojos o rastros de algún saqueador merodeando. Hacía semanas que no veían zombis, pero seguían apareciendo, como si surgieran de las rendijas más oscuras o de cadáveres nunca removidos en los suburbios. De alguna forma, aún podían infectar a un incauto con sus dentelladas, pero los viejos, torpes y en estado de descomposición avanzada, se arrastraban lenta e inútilmente hasta caer de nuevo.

Dentro de la ciudad, el bullicio matinal recordaba, distorsionado, los antiguos tiempos. No el tráfico, ni el metro, ni las prisas del horario laboral. No. Aquello era una sinfonía diferente: carretas de ruedas remendadas, el sonido de gallinas y cabras protestando porque las obligaban a moverse cada mañana, el murmullo de mujeres y hombres organizando la jornada agrícola, y por encima de todo, las campanas de hierro, que señalaban el mercado semanal, uno de los momentos más esperados.

La plaza mayor de Fuenlabrada —antes un cubo de cemento sin alma junto al ayuntamiento, ahora decorado con emblemas improvisados y múltiples banderas de color tierra— era la zona hormigueante del día. Allí confluyeron las caravanas nómadas, precedidas siempre por un escuadrón de lanceros y arqueros; supervivientes de Leganés y Humanes, que traían grano y algo de carne seca, en busca de herramientas y medicinas. Desde Móstoles, dos familias empujaban un carruaje restregado de estiércol tirado por un burro famélico, con sacos de patatas y cebollas.

Simón descendió las escaleras de la muralla, deteniéndose un instante a observar los carteles pegados en las paredes: avisos de trueque, reclamaciones por robos menores, un cartel rudimentario dibujando una pala y un tipo sonriente —el “Vivero de Tomás”, que ofrecía semillas de espinaca a cambio de aceite o munición artesanal—, y el último, con la simple imagen de una flecha y una luna creciente: el símbolo de los Guardianes Nocturnos, la pequeña milicia interna que actuaba casi como una policía comunitaria.

Apenas pisó la calle, una lluvia de preguntas lo alcanzó. “¿Alguna novedad en la noche?”, “¿Vistéis movimiento al sur?”, “¿Cuándo llegan los de Getafe?”. Cambió respuestas corteses por sonrisas, omitiendo las pocas preocupaciones que le roían la mente: el suministro de pólvora era bajo, los nuevos fortines en el parque de la Solidaridad seguían sin munición, y los rumores sobre un pequeño grupo de saqueadores en el límite de la antigua M-506, tan cerca que no podía fiarse de que no intentaran entrar esa noche.

Cruzó la plaza fijándose en el centro, donde una estructura semicircular, hecha de piedras recogidas y madera excedente, era el escenario del consejo. Allí, cada pocas horas, los líderes de cada sector se juntaban a deliberar sobre el mejor modo de proteger y gestionar la ciudad. No era un gobierno real, pero sí un pacto de supervivencia sin el cual la comunidad se habría desmoronado. Por encima de todos, destacaba la figura de Doña Blanca, una mujer de más de sesenta años que había sobrevivido, según se murmuraba, a tres huidas distintas y que llevaba la cicatriz de una mordedura en el antebrazo, cortada a tiempo con un cuchillo incandescente.

Esa mañana, la sesión era a puertas abiertas. Simón se coló entre las filas de vecinos hasta quedar lo suficientemente cerca para escuchar. La discusión giraba entre la ampliación del campo de cultivo y el refuerzo de las patrullas. “Necesitamos más hombres cubriendo La Avanzada”, bramaba Manuel, el carnicero y encargado de la seguridad occidental. “Eso o traer a los jóvenes del sector cinco”, replicó Josefina, la responsable de los huertos. Era una discusión vieja, casi ritual después de cada luna llena.

Blanca alzó su bastón (el fragmento de una tubería de cobre, pulido con esmero) y el murmullo fue decayendo. “Hoy tenemos feria”, dijo, “y eso significa que vendrán forasteros. Recibiremos, pero no toleraremos desorden. Daremos tortillas de calabaza y una mano a los que traigan cosas útiles; recibiremos a los caravanas de Pinto esta tarde. Vigilad la puerta este y revisad bien cada carro”.

Simón, que aún tenía en mente el inquietante rumor de los saqueadores, se alejó para dar una vuelta por el perímetro. El olor a pan fresco y gachas de avena cocinándose en las planchas improvisadas llenaba el aire; los niños, escasos pero bulliciosos, corrían por las esquinas con mochilas viejas que usaban para cargar leña o recoger objetos útiles. Había aprendido a mirar con ojos nuevos la vida en la ciudad: la infancia sobrevivía, distinta, extrema, pero real.

El sol subía y la actividad aumentaba. En la zona sur, antes un mercadillo municipal y ahora el corazón manufacturero de la ciudad, tres herreros se turnaban turnos para enfriar hojas de acero, mientras un grupo de adolescentes bromeaba mientras amasaba barro para fabricar ladrillos. Cerca del viejo centro comercial Loranca, convertido en un almacén general y cuartel, algunos hombres mayores reparaban un generador eólico improvisado. Esos aparatos proporcionaban iluminación durante algunas horas de la tarde; cientos de velas y candiles hacían el resto.

A mediodía llegó la primera caravana importante, encabezada por mujeres robustas con cruzados de cuero y arcos largos. Traían mantas, sal y algo de papel; fueron recibidas con desconfianza y curiosidad a la vez, porque el mercado semanal era la mejor excusa para intercambiar noticias: noticias de ataques en Alcorcón, rumores de que en Villaviciosa les habían emboscado, otro corrillo asegurando que algunos ingenieros en Leganés habían conseguido activar una vieja central hidroeléctrica.

Simón escuchó a medias mientras supervisaba el movimiento. Era difícil mantenerse ajeno a la tensión cuando cada transacción podía traer aliados, pero también peligros; los tratantes nuevos podían ser simples comerciantes o, en el peor de los casos, espías recabando información para bandas organizadas. No era raro que alguna noche, una partida de saqueadores se colase en el casco urbano: por lo general robaban comida o herramientas, pero alguna vez habían asesinado a algún desafortunado. Por eso, el secreto del éxito de Fuenlabrada residía en la vigilancia constante y la brutal eficacia para expulsar a los indeseados.

Por la tarde, en la improvisada taberna —un bar antiguo con mobiliario rescatado de varias casas, donde la bebida más popular era un licor de manzana fuerte, producido con los pocos manzanos que habían logrado cultivar—, Simón conversó con Iván, uno de los jóvenes que patrullaba el sector del cementerio viejo. “Dicen que una de las caravanas perdió a un hombre anoche”, le confesó Iván en voz baja, “un cadáver reciente. No saben si fue mordedura o si alguien de algún grupo rival lo mató y dejaron el cuerpo para que reanimase”. Simón asintió, conocía ese miedo: no sólo había que vigilar a los vivos, sino asegurar que nadie trajera la infección dentro de la muralla.

Eran cosas de las que muchas veces no se hablaba en voz alta; la gente prefería pensar que la amenaza zombi era ya historia, que sólo quedaba protegerse contra los humanos, más impredecibles, ávidos y salvajes. Pero cada cierto tiempo, un error despertaba el peligro, y la memoria de los peores tiempos volvía a apoderarse de todos.

La jornada transcurrió entre discusiones sobre el precio de la pólvora casera, la sardónica resignación ante el estado de las armas —la mayoría remiendos, fusiles oxidados, arcos y ballestas de fabricación local— y la demostración de productos imposibles de conseguir hace unos años: salami curado, pan de centeno, alguna frazada hilada a mano. El trueque funcionaba: media docena de huevos por una libra de clavos, una botella de alcohol de quemar a cambio de dos cartuchos. Los billetes eran recuerdos inútiles, con inscripciones infantiles, convertidos en papel para encender estufas.

Al atardecer, la ciudad se recogió despacio tras la jornada de mercado. Los centinelas subieron de nuevo a sus puestos, los guardianes nocturnos revisaron las puertas y aseguraron que ningún forastero permaneciera durante la noche. Los niños se refugiaron en los comedores comunes. Simón cenó en la casa comunal con otros milicianos, escuchando historias repetidas de los mayores, recordando a veces la infancia perdida, preguntándose si alguna vez volverían a tener la libertad de viajar hasta Madrid sin miedo.

Antes de dormir, subió a la muralla, contemplando la extensión irregular de la ciudad, las parcelas de cultivo más allá de la carretera de circunvalación, el perfil lejano y fantasmagórico de los altos edificios del Naranjo, donde ninguna luz brillaba. Pensó en todos los caídos, en todos los que nunca salieron de las casas cuando empezó el desastre, y en los pocos que quedaban para contar que una vez hubo un mundo diferente. La luna, alta y pálida, bañaba la ciudad amurallada de Fuenlabrada, un pequeño milagro en el silencio, y Simón juró en silencio hacer todo lo posible para protegerlo, confiando en que, entre trueques y vigilancia, aún había espacio para la esperanza.

Aquella noche la ciudad durmió con cierta calma, confiando en sus murallas, sus acuerdos y su memoria. Fuenlabrada resistía un invierno más. Quizá, si la suerte acompañaba, algún día dejarían de temer incluso a los rumores. Y quién sabe: quizá algunos de esos niños que nunca pisaron un centro comercial volverían a reír junto a una fuente, bajo el cielo limpio de amenazas. La reconstrucción, después de todo, no era ajena al viejo amor tenaz por la vida que los humanos alguna vez aprendieron a celebrar.

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