Fragmento:
Hace tres días, alguien encontró un transistor funcionando entre las oficinas de Parquesol. Su propietario, un tipo enjuto y moreno que responde al apodo de “Chato”, dice que lo guardó, envolviéndolo en mantas y bolsas de arroz durante el apagón. Esta noche, nos congregamos a su alrededor, en la antigua sala de profesores de un instituto reconvertido en refugio. Unas veinte personas, la mayoría harapientas, escuchando una transmisora militar de baja potencia, captada en la onda corta, reptando invisible sobre las ruinas de la vieja red eléctrica.
Duración: 11:20
14 de Enero de 2021
El silencio es una bestia extraña. Aprendí a temerlo más que a los gemidos guturales de los zombis, más que al clamor de las sirenas meses atrás, incluso más que a mi propio miedo. Hace justamente un año, Fuenlabrada era la misma ciudad dormitorio de siempre: bloques de pisos apilados como piezas de Tetris, hectáreas de cemento en los parques empresariales, y un murmullo incesante de ciudadanos madrugadores viajando a Madrid, en tren o bus, mientras la ciudad quedaba vacía y perezosa. Ahora no queda ni ese murmullo. Lo poco que queda tiembla entre las ruinas de lo que fue.
Hace tres días, alguien encontró un transistor funcionando entre las oficinas de Parquesol. Su propietario, un tipo enjuto y moreno que responde al apodo de “Chato”, dice que lo guardó, envolviéndolo en mantas y bolsas de arroz durante el apagón. Esta noche, nos congregamos a su alrededor, en la antigua sala de profesores de un instituto reconvertido en refugio. Unas veinte personas, la mayoría harapientas, escuchando una transmisora militar de baja potencia, captada en la onda corta, reptando invisible sobre las ruinas de la vieja red eléctrica.
No es la primera vez que oímos hablar de otros sobrevivientes en Móstoles o Leganés, pero sí la primera vez que alguien menciona un “mercado” en lo que fue el polígono industrial Cobo Calleja. La noticia corre como pólvora. Empiezan las especulaciones: ¿será una trampa? ¿Una montonera armada? ¿Quizá solo otra banda violenta? Pero el hambre, la escasez y la desesperación son mejores motivaciones que el miedo. Y así, en la asamblea improvisada bajo la escalera de incendios, se toma la decisión: cinco de nosotros iremos.
Eligieron a Tomaso, viejo trabajador de la EMT reciclado en herrero, a Marta “la Chica del Perro” (siempre va con un pastor alemán fiel y famélico), a la señora Nieves, mi madre, de 53 años y buena mano para el trueque, a mí —Juanjo, con 27 años a las espaldas— y a Paco, un exvigilante de seguridad. Nos entregaron toda la pólvora casera que quedaba y tres pistolas viejas, más una caja con pastillas de ibuprofeno y tres latas de sardinas. Era nuestro tesoro; casi todo lo que nos sobraba.
Salimos al alba, cruzando la Avenida de las Naciones, teñida por la escarcha. A esa hora, el aire corta la cara y uno sospecha que los zombis están más torpes; es lo que nos aconsejaron los veteranos. Caminamos en grupo compacto, alertas. Entre los setos congelados y los escombros, solo los cuervos se atreven a cantar. Las calles parecen una atracción macabra: coches cruzados en las rotondas, escaparates vacíos, carteles quemados de la Navidad que nunca celebramos. Fuenlabrada es ahora un tablero de ajedrez entre depredadores humanos, zombis errantes y ruinas silenciosas.
El trayecto hasta Cobo Calleja fue largo, entre barrios tomadas por los saqueadores y urbanizaciones fantasma. Los únicos zombis que vemos al cruzar el Parque de Loranca son harapos de lo que una vez fueron vecinos: piel como papel secante, ojos secos que no nos ven bien, pululan en los bordes de las aceras o están atrapados en portales atascados por muebles. Los esquivamos en silencio. Marta da la orden al perro, que muerde aire y gruñe, pero aprende a no hacer ruido.
En cada esquina buscamos señales de vida humana: garabatos en muros, o marcas de tiza en los portalones metálicos. Es nuestro código para saber por dónde pasaron otros supervivientes del barrio. Nunca te detengas bajo un balcón, decían los del primer invierno. Hay quien arroja desde arriba cualquier cosa, incluso muertos, con tal de defender su casa o su botín.
La llegada al polígono nos toma casi toda la mañana. No hay guardias en las entradas principales: solo grandes puertas de naves medio abiertas, donde la oscuridad huele a aceite quemado y ratas asadas debajo de escombros. Paseamos cautos. De pronto, un silbido nos alerta: una mano humana, sujeta a una cuerda, cuelga desde uno de los andamios del aparcamiento. Es la señal de bienvenida —o advertencia— de una organización. Sabemos que alguien nos observa, y el perro de Marta lo confirma, deteniéndose y erizando el lomo.
Nos hacen pasar por un pasillo flanqueado por tambores de gasolina. Dos adolescentes armados con escopetas nos revisan. Tenemos que entregar las armas (no las municiones, esas se valoran como oro). Lo discutimos, pero Paco se adelanta con una sonrisa torcida y convence a los chicos de dejarle un par de cuchillos “por si las ratas”. Al fondo escuchamos el murmullo que tanto añorábamos: voces humanas, discusiones, risas, hasta alguna guitarra desafinada. El mercado existe. Y no es poca cosa.
Cobo Calleja fue un imperio de la logística antes del desastre. Ahora, como si el Apocalipsis fuera una feria medieval, cada nave se organiza como un puesto de trueque: en una se ofrecen medicinas a cambio de conservas, en otra baterías y cables, en otra chaquetas a prueba de mordeduras remendadas con cinta americana. Nieves regatea la única caja de ibuprofeno por una bolsa de arroz y varias latas de melocotón en almíbar. Paco consigue, tras muchas negociaciones, un kit de primeros auxilios y una venda limpia a cambio de dos linternas destartaladas.
Hay una nave entera dedicada a los documentos: los viejos pasaportes y DNI ahora sirven para encender hogueras, pero no faltan quienes buscan fotos para recordar a los que perdieron. Cerca de la entrada, una pareja mayor monta una biblioteca con libros rescatados de alguna escuela; novelas enmohecidas y enciclopedias que los críos hojean sin entender.
Por las rendijas del techo entra la luz de enero, azulada y fría, y resbala sobre los rostros cansados de la multitud. El rumor de que los zombis no aguantan el frío circula con esperanza, pero no faltan historias de grupos de saqueadores que, como hienas, merodean los mercados esperando la oportunidad para atacar.
Apenas hemos descansado una hora cuando se escucha una detonación seca a lo lejos. Todos se agazapan por costumbre. Dos hombres armados atraviesan el vestíbulo en dirección contraria al ruido, arrastrando a rastras a un niño cubierto por una manta de retales. Se dice que lo encontraron husmeando entre las sombras. Hay quien murmura que los niños solos traen mala suerte, que puede que sean señuelo de alguna banda de bandidos. Miramos a Marta, que se acerca y le ofrece al chico medio trozo de chocolate, el último del grupo. El niño se aferra a su perra como a una madre.
Alrededor del mediodía, el mercado revive. Se ve a dos músicos ensayar una trompeta y una guitarra vieja. Tocan, increíblemente, un trozo de Sabina, “Pongamos que hablo de Madrid”, y al oír la melodía sentimos que alguna parte del “viejo mundo” sigue viva, aunque sea un eco débil entre tanta muerte.
En la zona central se ha levantado una hoguera y alguien cocina un guiso que huele a gloria. Nadie pregunta la procedencia de la carne. Suele ser mejor no saber. Los supervivientes hacen cola, entregando lo que pueden: un par de zapatillas viejas, una pala; a cambio reciben un momento de calor y un cuenco de comida. En la atmósfera espesa de la nave, las voces bajan la guardia, las sonrisas se asoman tímidas. Durante unas horas, el apocalipsis da tregua.
Pero el peligro nunca se va. En uno de los puestos, Tomás reconoce a una mujer rubia: fue enfermera en el hospital universitario, la última vez que la vio estaba atrincherada en pediatría. Nos cuenta a toda prisa que en Móstoles hay una horda de zombis migrando hacia el sur, guiada por el ruido de una explosión industrial. Hay que estar atentos. El mercado podría tener que evacuar al anochecer.
En la tarde, Nieves trueca los restos de los antibióticos por semillas: guisantes, lechugas y tomates envueltos en papel de plata. El futuro está en la agricultura, repiten los que entienden. Marta consigue unas agujas de coser y hilo, y yo, tras un rato cambiando dos botellas de alcohol desinfectante, logro un radiotransmisor pequeño. Sueño con que podamos hacer contacto con ese grupo de Alcorcón del que nos hablaron.
Para volver, nos unimos a una caravana improvisada: cinco o seis supervivientes más, que se nos pegan al abrigo de Marta y su perro. Decidimos dar un rodeo y evitar las avenidas más amplias, subiendo por el Parque de la Solidaridad. Nos topamos con dos zombis cerca del monumento a Lorca, torpes, de movimientos lentos y mirada vacía. Paco aprovecha y les clava un hierro en el cerebro, con una eficacia que impresiona. Los saqueadores prefieren acechar de noche, pero algún disparo aislado nos advierte que otros grupos también están migrando. La ley de la supervivencia es moverse durante las horas en que el frío adormece a los muertos y agudiza el instinto de los vivos.
Al alcanzar la avenida de la Hispanidad, ya cerca del “refugio instituto”, encontramos las primeras señales de otros retornados: velas encendidas junto a una cruz improvisada, huellas en la nieve reciente, y la luz temblorosa de una hoguera al fondo, protegida tras viejos pupitres y barricadas de libros. Somos recibidos con alivio. Marta reparte el arroz y las semillas entre las familias; Paco se encierra a curar heridas en la bodega; Nieves pone en remojo las latas de melocotón como festín privado a repartir mañana. Yo instalo el radiotransmisor sobre una vieja mesa de química.
Ya de noche, la comunidad se reúne en el pequeño comedor donde antes los profesores de literatura corregían exámenes. Se discuten las noticias, se agradece la comida y se repasa la lista de vecinos: sobrevivieron todos los que salieron. De fondo, Marta toca una melodía en el viejo piano rescatado del salón de actos, y nos permitimos un momento de esperanza. Toda la violencia y la muerte del último año parecen distantes mientras dura la música.
La radio cruje con interferencias, pero a ratos rasga la oscuridad la voz emocionada de otro superviviente, enviado desde Leganés. Habla de una feria futura en Getafe, de la posibilidad de compartir semillas, incluso de formar una alianza para defender la frontera sur de las hordas. Es solo una voz, pero es suficiente. A veces, sobrevivir es solo resistir hasta escuchar una voz amiga.
Antes de dormir, salgo a la azotea y miro las luces lejanas, fogatas esporádicas en la noche gélida de la zona sur de Madrid. Veo el bloque de la biblioteca, a oscuras, y pienso en los niños del refugio, que pronto heredarán este mundo invadido por la muerte y la barbarie, pero también por la obstinada esperanza.
Mañana mandaremos a otro grupo al mercado. El trueque ya no es solo de arroz y medicinas; es también de historias, de alianzas, de proyectos humildes. Fuenlabrada duerme, sí, pero sueña con volver a despertar. Entre zombis, hielo y miedo, la vida se empecina en buscar su camino, aunque sea en un viejo instituto, con velas y pistolas oxidadas y la extraña sensación de que aún, muy adentro, queda música por tocar.
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