Fragmento:
Hoy hemos revisado de nuevo los accesos. La verja principal sigue atrancada con mobiliario deportivo: porterías, bancos de gimnasio, y la estructura metálica de unas canastas. El frío le ha puesto freno a los muertos. Apenas se mueven, se quedan agazapados como perros congelados en portales o entre los coches varados. Eso nos da un poco de margen para las salidas.
Duración: 12:29
12 de diciembre de 2020
Día 0
El frío cala los huesos, y el silencio pesa más que la escarcha que cubre las calles de Fuenlabrada. Hoy decidí empezar este diario. No sé si lo hago por costumbre, por nostalgia de una normalidad perdida, o simplemente por no volverme loco. Cuando todo esto comenzó, yo era profesor interino en un instituto. Ahora, formo parte de un grupo de supervivientes atrincherados en el polideportivo municipal La Serna, rodeados de muerte y calma tensa.
Hay algo siniestro en despertar y no escuchar coches, ni niños en el patio, ni la vibración suave del metro. Solo el viento, los crujidos de los árboles y, a veces, un gemido lejano. Se acerca el invierno, y cada día parece más difícil continuar. Pero escribir me ayuda a no olvidar quién fui, quiénes fuimos aquí.
Día 1
El calendario marca que faltan trece días para la Nochebuena. Antes, estaría planificando la cena familiar, comprando turrón en el supermercado del Plaza Loranca. Ahora, cada jornada comienza buscando cómo alimentar y resguardar las veinte personas que compartimos el polideportivo. Hay de todo: una pareja de jubilados, dos familias jóvenes, tres chavales que iban en la misma clase que yo enseñaba, una enfermera, algún solitario con mirada esquiva, y yo.
Hoy hemos revisado de nuevo los accesos. La verja principal sigue atrancada con mobiliario deportivo: porterías, bancos de gimnasio, y la estructura metálica de unas canastas. El frío le ha puesto freno a los muertos. Apenas se mueven, se quedan agazapados como perros congelados en portales o entre los coches varados. Eso nos da un poco de margen para las salidas.
Manuel, el ex guardia de seguridad que antes cubría turnos nocturnos en el centro comercial, patrulla conmigo. Los dos llevamos bates de béisbol, pero desde hace meses preferimos no usarlos, no por escrúpulos sino porque el eco del golpe es como un faro en la noche para lo que queda de caminantes.
Día 2
Anoche, por la radio militar, oímos una transmisión sorda desde Móstoles. Un mensaje en clave: “Reunión al sur del río. Barricada fuerte. Se intercambia comida por medicinas.” He hablado con Ana –la enfermera–, y nos queda una caja de paracetamol y tres cajas de vendas estériles. No es suficiente, pero igual podemos conseguir algo. Nadie habla de antibióticos; son más raros que el oro.
Nuestra comida se basa en latas y lo poco que podemos saquear del supermercado Día, ya prácticamente vacío. La fruta y el pan son recuerdos. Con el frío, conseguimos que no se estropee la leche en polvo, y la pasta dura tanto como podamos racionarla.
Los chavales, que antes estaban pegados al móvil cada minuto, ahora dibujan cartas a mano; juegan a la brisca y escriben graffitis en la pared de la cafetería con rotuladores secos. Los adultos hablamos poco, pero cuando el rumor del viento lo permite y el silencio es abrumador, nos juntamos en torno a una estufa improvisada y recordamos anécdotas del “otro mundo”. Los niños preguntan sobre Papá Noel, y nos esquivamos las miradas.
Día 3
La escasez de comida nos aprieta. Hoy hemos salido con un carrito de supermercado hacia unas viviendas cercanas –antigüo barrio cerca del hospital, que dicen está plagado de muertos desde que las ambulancias dejaron de venir. Los edificios parecen tumbas en vertical. Subimos a uno: en el primero, un comedor patas arriba. Un árbol de Navidad marchito, adornos tirados por el suelo, regalos sin abrir. No nos detenemos.
Cogimos cuatro latas de legumbres, un paquete de arroz y un botellón de agua. Recuerdo la presión en el estómago: una mezcla de culpa y supervivencia. Busqué algo de utilidad entre las ruinas de la vida cotidiana de esa familia: pilas, una linterna, algo de ropa infantil. No había nadie. O sí, en la cocina, nos encontramos con una de ellas. Por fortuna, estaba congelada junto a la ventana, rígida y sin movimiento. Salimos sin hacer ruido.
Día 4
Hoy, uno de los niños tiene fiebre. Ana me pidió raudamente buscar otra manta; no podemos perder a nadie por enfermedad. La situación es compleja: se propaga el frío más rápido que la esperanza. Los abuelos apenas salen del saco de dormir y temen por el invierno más que por los zombies.
El rumor entre nosotros es que el ejército, si queda, se ha retirado a la periferia de Madrid, dejando a los municipios del sur por su cuenta. Nos llegan ecos de Móstoles y Parla, lugares donde han montado verdaderos muros de escombros y fuego, pero la mayoría son historias, exageraciones de supervivientes, o puro miedo convertido en leyenda.
Día 5
Ha amanecido con una nevada fina cubriendo las pistas de baloncesto. Hemos salido solo dos a buscar leña y vigilar el perímetro. Es una paradoja cruel: la nieve nos protege de los caminantes y, a la vez, pone a prueba nuestra resistencia y la escasez de recursos sanitarios.
Los mensajes por radio han cesado. Ahora, de vez en cuando, sólo recibimos interferencias o música interrumpida por el chisporroteo del estático. Es inquietante pensar en la soledad más allá de estas paredes, en si habrá más personas, más grupos resistiendo en otras escuelas u hospitales.
A veces me obsesiona pensar qué habrá sido de la Biblioteca de Loranca, de los otros profesores, de mis alumnos. Sé que no sirve de nada, que solo queda mirar el presente, pero el pensamiento se cuela como el frío bajo la puerta.
Día 6
Hoy hemos discutido la posibilidad de mudarnos a un edificio más pequeño para economizar calor. El polideportivo es demasiado amplio; el gasto energético es inmenso, y nos cuesta controlar todos los accesos. La idea es inquietante: abandonar nuestro refugio tras meses de esfuerzo, pero las necesidades obligan.
Por la tarde, algo insólito: tres disparos. Vienen del oeste, cerca de la autopista, donde las urbanizaciones arañan lo que antes era campo. Nadie se atreve a investigar. Podría ser otro grupo, o peor, alguno de los saqueadores que, según rumores, arrasan los pisos buscando cualquier resto de comida o abrigo.
Día 7
Después de mucho debatirlo, hemos acordado mover el campamento al colegio público José Hierro, más fácil de defender. Mañana saldremos al alba. Dejar el polideportivo casi se siente como traición, pero nadie lo dice en voz alta. Por la noche, cada uno recoge sus pocas pertenencias y algunas fotografías familiares. Yo guardo este cuaderno, mi vieja bufanda y una linterna que apenas alumbra.
Antes de dormir, Ana reza en voz baja, y el murmullo se extiende. No todos creen, pero todos callamos y nos abrazamos, temblando bajo las mantas y los recuerdos del mundo que fue. No sé si la fe servirá de algo, pero la desesperación conecta a la gente más que cualquier discurso.
Día 8
El traslado ha sido agotador. Caminamos en grupo, pegados, siempre atentos a la calle, con los más jóvenes y heridos en medio. La ciudad parece otra, vacía, blanca bajo la luz sucia del invierno, salpicada de coches abandonados y bicicletas oxidadas. En la rotonda de la calle Francia, vimos un pequeño grupo de muertos, encogidos y lentos, como si el frío los mantuviera dormidos.
El colegio está más limpio de lo que esperábamos. Cerramos las puertas con muebles y anclamos una cuerda a la entrada principal. Nos instalamos en el gimnasio, improvisando áreas de descanso y lugares para cocinar. Por la tarde, dos voluntarios han salido en busca de leña y utensilios, y yo he revisado las aulas. Me impactó ver los murales infantiles, las pizarras con frases de bienvenida a la Navidad. Tanta inocencia encapsulada en la catástrofe da una rabia infinita.
Día 9
Esta noche ha sido dura. El pequeño Lucas, de seis años, sigue con fiebre. Ana hace lo que puede con lo poco de botiquín. La madre implora y yo rabio contra la impotencia. Sé que el invierno no ha hecho más que empezar y faltarán medicinas antes que comida.
Por la tarde, en la sala de profesores, encuentro libros polvorientos: manuales de matemáticas, cuentos, viejos exámenes. Me dan ganas de enseñar de nuevo, de fingir que habrá un futuro. Escribo con tiza en la pizarra: “Día 9 – Seguimos vivos”. Los chavales ríen, una mueca breve en sus rostros endurecidos.
Día 10
Al amanecer, Lucas todo sigue igual. Lo arropamos más, intentamos calentar con una pequeña fogata en un cubo metálico. He repartido las últimas chocolatinas que encontré en el traslado. Un lujo, sin duda, pero hoy merecíamos algo dulce.
Al salir al patio, el aire es puro y cortante. Desde aquí, se ve la ciudad fantasma: los bloques altos recortados en el horizonte y, más allá, las chimeneas del antiguo polígono industrial. Me esfuerzo por recordar el bullicio de antes, las tiendas abiertas, la vida vibrante.
He dedicado parte de la tarde a inventariar libros y a anotar temas de conversación o juegos para mantener a todos ocupados. El aburrimiento es un veneno lento en estos días.
Día 11
Hoy nos hemos organizado mejor. Los chicos recogen leña y escombros; los adultos cocinan y hacen turnos de guardia. Me sorprende la capacidad humana de adaptarse a cualquier infierno. Incluso se escuchan bromas tontas mientras la sopa hierve a fuego bajo. La risa, aunque breve, nos da unos minutos de resistencia contra la desesperanza.
Por la noche, he salido solo al patio. Bajo las estrellas nubladas, he llorado por todo lo perdido. Me juro a mí mismo que llegaré a una Navidad más, sea como sea.
Día 12
Lucas finalmente mejora. La fiebre cede y la calma vuelve tímidamente. Ana dice que el frío ayudó: el virus, la bacteria, lo que sea que le afectó, no era la plaga. Todos respiramos aliviados. La familia del niño agradece entre lágrimas. Hoy ha sido un día bueno, a pesar de todo.
Por la tarde, desde la ventana del aula de música, vemos la calle vacía. Solo el viento mueve los papeles sucios. Pero también, a lo lejos, entre la niebla, vemos una columna de humo. ¿Otros supervivientes? ¿Saqueadores? Mañana, enviaremos a alguien a investigar.
Día 13
El grupo de exploradores regresa. El humo venía de un campamento improvisado en la parada del Cercanías de Loranca. Un grupo de cinco personas, tres adultos y dos críos, que huían de Parla. Los trajimos con nosotros. Parecen honestos; una de las mujeres, Irene, era cajera en nuestro supermercado. Ver otra cara familiar produce una sacudida de esperanza.
Compartimos comida –escasa– y relatos de otros grupos, otras resistencias. El marido de Irene dice que escuchó, por radio, que en Alcorcón hay una “zona segura”, organizada por antidisturbios retirados. Nadie se lo cree del todo, pero la historia prende la chispa del sueño.
Día 14
Hemos organizado una clase para los niños, con cuentos y juegos. Hace mucho que no se oían risas aquí. La esperanza se filtra entre los muros helados. A veces, la memoria duele más que el frío, pero la rutina, la comunidad, y el cariño templado de los nuevos compañeros nos ayudan. Nos miramos a los ojos con cierta complicidad, un pacto silencioso de seguir vivos.
Por la noche, Ana me pide que lea en voz alta un pasaje de un libro infantil, mientras todos se agrupan en el gimnasio. Afuera, la ventisca silba. Dentro, las palabras resuenan cálidas. Por un momento, creemos que hay futuro, que si la plaga no nos vence a todos y el invierno no nos arrasa, tal vez una nueva Fuenlabrada pueda crecer sobre estas ruinas.
Día 15
Miro el calendario improvisado en la pared. Veo la Navidad cerca y no me siento solo. Nos descubrimos más fuertes de lo que pensábamos. El invierno nos ha quitado la calle, pero nos ha dado un poco de tiempo. Quizás no seamos los últimos. Quizás un día recuperemos las aceras y las plazas. Hoy, por primera vez en mucho tiempo, he soñado con la primavera.
El futuro sigue siendo incierto. Pero aquí estamos, encerrados, vivos, humanos. Y eso, al menos hoy, es suficiente.
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