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Portada del relato El eco de las paredes: un invierno en ruinas
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Fragmento:


Nadie reconocería la vieja Fuenlabrada en aquel invierno. Las luces de neón de Loranca, los bullicios juveniles del Parque de la Solidaridad, los comercios asiáticos de la calle Leganés, todo se había apagado bajo una nueva tiranía: la del silencio, la de la escasez y el terror. La nieve caía, sucia e irregular, sobre las avenidas desiertas, cubriendo los restos calcinados de coches, vidrios y cuerpos inertes que nadie se atrevía ya a enterrar.

Duración: 11:09

El eco de las paredes: un invierno en ruinas
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Texto de ajuste de pausa.

22 de diciembre de 2020

Nadie reconocería la vieja Fuenlabrada en aquel invierno. Las luces de neón de Loranca, los bullicios juveniles del Parque de la Solidaridad, los comercios asiáticos de la calle Leganés, todo se había apagado bajo una nueva tiranía: la del silencio, la de la escasez y el terror. La nieve caía, sucia e irregular, sobre las avenidas desiertas, cubriendo los restos calcinados de coches, vidrios y cuerpos inertes que nadie se atrevía ya a enterrar.

Mi nombre es Sebastián Toledo y aquel 22 de diciembre, justo cuando la noche más larga parecía tragarse los letreros polvorientos de la RENFE, lo único que importaba era sobrevivir un día más. Desde la azotea del antiguo centro comercial Plaza Loranca 2, podía ver la extensión de la Autovía M-506 como una cicatriz blanca y negra bordeando la ciudad. El bullicio de tráfico de otros diciembres había sido sustituido por el zumbido lejano de generadores y, ocasionalmente, por los gritos de alerta de los centinelas. Allí estaba nuestro refugio: un grupo de ochenta y dos personas, apiñadas entre los almacenes de un hipermercado, resistiendo el hambre, el frío y las dentelladas de la plaga.

La epidemia había arrasado rápido, ridículamente rápido. En marzo, bromeábamos en los bares con las restricciones del COVID y, un mes después, ya se juraba en voz baja que “lo que había en el hospital de la Princesa no era gripe ni covid ni nada de lo visto antes”. Los primeros ataques en el hospital de Fuenlabrada llenaron las redes de imágenes borrosas: un sanitario perseguido a mordiscos por una paciente violenta, un guardia de seguridad que no reaccionaba ni a los disparos de la policía. Las calles se vaciaron antes de la ley marcial. Los más prudentes —mi vecina, su hija y algunos estudiantes del campus de la Rey Juan Carlos— ya no salían ni para asomarse al portal.

A mí me sorprendió el caos en una biblioteca. Luché por encontrar cobertura telefónica para avisar a mi madre —una de tantas, atrapada en un pueblo de Toledo—, pero pronto todo fue ruido y pánico: mil personas corriendo, una turba arrasando Mercadona, pasos y gritos resonando bajo los pilares del centro cívico Tomás y Valiente. Recuerdo el fuego en la distancia y el rumor de que las primeras hordas salían ya de Madrid por la A-42, devorando barrios enteros en Leganés y Getafe.

Ahora, nueve meses después, la ciudad era solo un mosaico de ruinas, saqueos y escondites improvisados. El invierno era nuestra única ventaja: los zombis (esa palabra que nos habíamos negado a usar hasta que no hubo otra opción) se movían más despacio en el frío, sus miembros se agarrotaban y, en ocasiones, simplemente colapsaban al borde de las aceras, convertidos en obstáculos de carne congelada.

Yo formaba parte de la patrulla del Centro, encargado, junto a Pablo —un exconductor de autobuses con alma de soldado— y Fátima —una joven marroquí que en la vida anterior había sido cajera—, de mantener la barrera de carritos de supermercado reforzada con muebles y chatarra. Cada anochecer revisábamos grietas y asegurábamos trampas. Bajo la capa de nieve, las baldosas de acceso principal ocultaban clavos y botellas rotas para frenar posibles embestidas, tanto de infectados como de los saqueadores humanos que, en las últimas semanas, se volvían casi tan peligrosos.

La jornada comenzaba con el censo: Lorena, antigua asistente social, recorría los pasillos oscuros apuntando a cada superviviente con una linterna, confirmando que nadie había muerto durante la noche. Cuando descubríamos un cuerpo frío, solo podíamos arrastrarlo hasta la terraza cubierta y dejarlo allí, a merced del viento glacial. Ya nadie lloraba. No quedaban fuerzas para eso.

La comida era un problema diario. Nuestros víveres provenían de incursiones cada vez más desesperadas en los supermercados vaciados de La Serna o El Arroyo. La semana anterior, Hugo, jefe improvisado de la comunidad, había organizado una expedición a la nave industrial del polígono Cobo Calleja, con la esperanza de encontrar almacenes orientales con reservas de arroz y latas. De los seis que salieron, regresaron dos. Los otros, atrapados entre una horda y un coche atascado, no pudieron ni dejarnos un último mensaje.

Entre los escapados, Marta, una antigua profesora, se arrastraba ahora cada mañana junto al grupo de recogida de agua de lluvia, convencida de que sólo seguir las rutinas y escribir en su libreta podía mantenerla cuerda. Me acerqué a ella al amanecer, mientras repartíamos el té caliente (la última bolsa de hierbas que quedaba). Jadeaba por el esfuerzo, pero no paraba de tomar apuntes sobre “quién ha enfermado con fiebre esta semana”, “niños con malestar”, “adultos con heridas infectadas”. Su obsesión era registrar, como si los datos pudieran protegernos de la realidad.

“Las ratas han bajado al supermercado otra vez”, le susurré, intentando arrancar una mueca de humor, pero solo conseguí que apretase más fuerte su cuaderno. Esta era la nueva normalidad: frío, paranoia y listas interminables de bajas.

El verdadero temor venía siempre con el anochecer. Hacia las seis, cuando el sol ya no asomaba ni tras las torres de El Naranjo, la radio militar de onda corta que Hugo sintonizaba desde un pasillo interior, emitía ráfagas de noticias. Madrid estaba perdida, oficialmente. En Mostoles se habían baricado en la universidad. Había reportes de ataques recientes en Parla y Valdemoro. El Sur de la Comunidad de Madrid era, según las señales cifradas de la resistencia, un agujero negro de muerte y confusión. Solo quedábamos nosotros, y algún que otro grupo aislado, resistiendo en las sombras de los polígonos industriales y los caseríos rurales camino de Humanes.

Esa noche la alarma se disparó tres veces. La primera, por una bengala al norte, en el barrio de la Avanzada; la segunda, por un tiroteo cercano a un bloque de torres, al otro lado del Cercanías, quizás otra disputa por un refugio o por los últimos víveres. La tercera alarma, la peor, llegó a media noche, cuando Fátima bajó temblando de la azotea.

“Han cruzado el río… he visto, al menos, veinte… los que quedan de la horda. Van hacia los barrios bajos”, susurró.

Rápidamente, se activó el protocolo de máxima alerta. Apagamos todas las luces, y sólo se permitieron movimientos en los puntos de vigilancia. Los más jóvenes –Adrián, de quince, y Carla, que apenas superaba los trece– recorrieron los pasillos avisando a las familias que dormían en cajas de cartón y estanterías vaciadas. Me asignaron el acceso del sur, junto a Pablo. No podíamos permitir que los zombis alcanzaran la puerta reforzada.

El frío era tan intenso que los dedos apenas sentían el peso del machete improvisado. Afuera, bajo la farola rota que resistía milagrosamente desde el verano, distinguí el crujido inconfundible de la niebla helada mezclada con toses y gemidos distantes. El polígono industrial, con sus naves largas y oscuras, era un perfecto territorio fantasma.

Pasaron veinte minutos hasta que la primera figura se deslizó bajo los setos. No eran humanos. Su conducta era inconfundible: andar lento, errático, balbuceos guturales. Los que aún conservaban partes del uniforme sanitario parecían titubear, como si el frío los confundiera; otros, los recién llegados, aún vestían restos de ropa manchada de sangre.

Pablo temblaba, no sé si por el frío o por otra cosa. “Con suerte, colapsarán por el hielo antes de llegar”, murmuró, apoyando el bate con clavos en la verja.

La primera avanzadilla se detuvo a escasos metros de la barrera y, ante nuestra tensa espera, simplemente quedó de pie. Uno a uno, como estatuas de un pesebre montado por el horror, se fueron amontonando allí, bloqueando la vista y la esperanza. Durante horas, no hicimos más que mirar cómo el invierno y el hambre los transformaban en parte del paisaje.

Al amanecer, agotados y temblorosos, seguimos vigilando. La hora azul reveló la silueta de decenas de zombis congelados bajo el soportal. No se movían, y los que lo hacían parecían hacerlo a cámara lenta. Era nuestro respiro: el frío, ese enemigo cotidiano, era nuestra única arma.

Aquella mañana no hubo café, ni pan, ni consuelo. Pero sobrevivimos. Y esa era nuestra victoria.

Estamos aprendiendo también a convivir con la memoria. Hay tardes en las que, agrupados en torno a una hoguera improvisada con muebles viejos, los niños piden historias del mundo de antes. “¿Cómo era la Navidad antes?” pregunta Carla, que sólo recuerda haber visto las luces de la plaza mayor una vez.

Alguien, siempre algún adulto, improvisa un cuento. Uno sobre cabalgatas llenas de caramelos, otro sobre el tren repleto de bolsas de regalos en la estación de la Cañada. Hay quien canta villancicos, aunque se le quiebre la voz. Así mantenemos viva la esperanza. Y la esperanza, aprendemos a diario, es tan valiosa como una lata de lentejas.

Hugo, que nunca pierde la dignidad ni siquiera agora, propone asignar turnos de limpieza y racionar las últimas pastillas potabilizadoras. “El futuro sólo es una costumbre”, repite, como si de tanto repetirlo lograse levantar el ánimo de los demás.

Sin embargo, el miedo nunca descansa. Algunos se preguntan si pueden confiar en los del otro lado de las vallas, si los humanos hambrientos de otros refugios no son ya más peligrosos que los cadáveres ambulantes. La supervivencia, nos damos cuenta, es una red tensa de pactos, traiciones y pequeñas bondades cotidianas.

Con la llegada de la noche, nuestros sentidos se aguzan. Oímos, en algún lugar de la periferia, los aullidos de perros salvajes y el eco distante de disparos aislados. Los más viejos recuerdan aquel invierno de 1997, un año de nevadas intensas y apagones, pero nada comparado con la amenaza constante del presente.

Cada día es, en sí mismo, un milagro. Cada niño que sobrevive, una semilla. Cada anciano que respira, un guardián de los relatos que nos harán humanos después del horror.

Pienso en eso mientras Mariana, una joven madre, y su hijo pequeño comparten una manta junto a la estufa de gas. Les observo en silencio y me repito, convencido, que si logramos soportar esta noche, todos juntos, habrá aún un hilo de futuro.

Ese invierno de 2020 quedará grabado en quienes resistimos: como la línea entre la vida y la muerte, entre la civilización perdida y la tribu que resiste. Fuimos pocos, pero éramos una ciudad. Nuestra ciudad. Fuenlabrada. Y aunque el mundo se hubiera convertido en ruinas y viento helado, nos negábamos a morir como números en una lista o monstruos sin alma. Seguíamos, pese a todo, siendo humanos.

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