Apocalipsis Z. El principio del fin
Incubación
Guerra mundial Z: Una historia oral de la guerra Zombi
Operación ocaso
Brote
Septiembre zombie
Portada del relato La cosecha bajo los muros de Fuenlabrada
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


Muchos aún recordaban cómo todo ello empezó. Algunos, como Pablo, miraban aquellas fechas como si hubieran ocurrido en otra vida. A sus estudiantes del Aula Setiembre, donde intentaba enseñar a los niños los pilares de lo perdido y de lo que merecía la pena recuperar, les contaba que la historia se tejía de pequeños actos: “La valentía, chicos, a menudo es silenciosa. Fueron los que no huyeron del mercado aquel marzo de hace ocho años los que mantuvieron vivas las semillas de este lugar”.

Duración: 10:37

La cosecha bajo los muros de Fuenlabrada
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

28 de septiembre de 2028

El sol apenas se adivinaba tras la bruma matinal, una niebla persistente salpicada de cenizas y miasmas que cubría las llanuras amuralladas que rodeaban la Fuenlabrada superviviente. El aire tenía un matiz ácido, lejano vestigio de los incendios que hacía años barrieron la periferia en los días febriles de la caída, cuando la ciudad fue tomada calles adentro, y la humanidad misma parecía en retirada. Entonces no existía aún este Fuenlabrada, este asentamiento pertrechado, rodeado de huertos, zanjas de palos y muros construidos con lo que antaño fueron los escombros y mobiliario urbano.

Bajo ese cielo opaco comenzaron a oírse los primeros cencerros: era el amanecer del día de mercado. Los portones del norte se abrían pesadamente y entre chirridos emergían los voluntarios que patrullaban la ronda, ataviados con uniformes desparejados—restos del ejército, de policías, de seguridad privada—sobre los que colgaban armas que pocas veces coincidían su munición. Pablo, cuarenta años, antiguo profesor de historia, los observaba desde el andén de la vieja estación de Cercanías, ahora reconvertida en almacén y corazón de la comunidad. Unas pocas vías habían sido despejadas y, en ocasiones, algún pequeño vagón, tirado por tracción animal, conseguía traer grano desde Humanes o, más raramente, alguna carga de herramientas desde los talleres rudimentarios de Leganés.

Muchos aún recordaban cómo todo ello empezó. Algunos, como Pablo, miraban aquellas fechas como si hubieran ocurrido en otra vida. A sus estudiantes del Aula Setiembre, donde intentaba enseñar a los niños los pilares de lo perdido y de lo que merecía la pena recuperar, les contaba que la historia se tejía de pequeños actos: “La valentía, chicos, a menudo es silenciosa. Fueron los que no huyeron del mercado aquel marzo de hace ocho años los que mantuvieron vivas las semillas de este lugar”.

Hoy, sin embargo, la lección de historia podía esperar. Era día de mercado, y eso significaba un pulso renovado a la esperanza y el miedo. Hacía ya meses que el complejo agropecuario de la zona de Loranca había aumentado la producción. Había patatas, cebollas, algo de trigo, y gracias a la reciente apertura de la caravana del sur, bultos de café y azúcar se intercambiaban a precios inimaginables. La munición, siempre escasa, circulaba como moneda. Y estaban las semillas traídas de antiguos bancos genéticos; cada bolsita podía ser el germen de futuro para una comunidad.

Pablo cruzó la Plaza de España, cuyos árboles retorcidos florecían de mala gana tras años de nada, y se abrió paso entre grupos de comerciantes nómadas, agricultores locales y forasteros llegados de asentamientos tan lejanos como Griñón y Getafe. Hoy, Fuenlabrada era zona franca, y se respetaba una tregua tácita: aquí nadie desenfundaba, so pena de ser vetado de por vida o, peor, enviado tras los muros al reino de los muertos ambulantes.

—¡Profe! —gritó una voz aguda, y Pablo reconoció a Gala, una de las chicas más vivaces del Aula Setiembre—. ¡Han traído herramientas de Alcorcón! Dicen que hasta una polea entera, de las de verdad, para el pozo nuevo.

La emoción de Gala era el eco infantil de la esperanza adulta, y Pablo le revolvió el pelo con una sonrisa triste. Poco a poco la ciudad comenzaba a ganar terreno a la desesperanza. Uno de los últimos proyectos comunitarios era excavar ese pozo profundo, para lo cual los ingenieros improvisados demandaban piezas y mano de obra; era una obra lenta pero vitálica para recuperar la autonomía frente a las sequías.

Pablo dirigía su atención hacia la amplia avenida que antes albergaba el centro comercial, ahora convertida en una feria fortificada, donde otros puestos vendían desde salchichón curado a mantas tejidas, pasando por botellas de penicilina traídas a través de una cadena de trueque digna de una epopeya.

En los puestos más concurridos se apilaban productos codiciados: sal, pólvora artesanal, semillas de tomate y algo de harina gruesa, mezclada con cenizas para estirarla más allá de lo digno. Frente a uno de los tenderetes, una anciana vendía tortas de algarrobo y rizos de queso de cabra, vigilando a los trapicheos con un ojo que había visto más muerte de lo que uno podría contar en una vida. Aquella vieja, Doña Rita, era una figura conocida en el mercado: su nieto fue uno de los primeros torturados por los saqueadores, y ella misma se granjeó respeto cuando organizó a las mujeres para resistir un asalto armado el tercer invierno tras la caída.

El sonido de fragua marcaba el tiempo desde una nave adyacente al polideportivo: era allí donde los muchachos aprendices, en turnos de doce horas, fundían metales reciclados y daban forma a piezas para carros y armazones de tracción animal. Se sabía que en julio se había inaugurado la primera línea de molinos de viento, lo que había supuesto un salvavidas energético; ya no era necesario sacrificar leña ni arriesgarse a expediciones más allá de los perímetros seguros.

Los niños correteaban bajo la vigilancia férrea de sus madres, muchas de ellas con narices rotas o cicatrices que atestiguaban los peores días de caos. Al pasar junto al puesto de los pescadores del embalse, Pablo se permitió una pausa: allí, los anzuelos se tejían a mano y el pescado era ahumado luego de ser capturado en las aguas turbias de un embalse que apenas recordaba el azul. Alguna vez contó a sus alumnos que ese lago artificial fue una obra de ingeniería del siglo XX, y que volver a pescar allí era una victoria sobre la muerte y el olvido.

En la esquina del mercado se habían levantado banderas de trapo: eran símbolos de las comunidades invitadas, cada una con su color y patrón improvisado. Había mucho respeto en esos estandartes, pues indicaban el pacto de no agresión y el reconocimiento mutuo, algo que no había existido los primeros años de horror, cuando toda figura armada era sospechosa y cualquier desconocido, mortal.

Pablo se dirigió al Consejo de Ancianos, representantes electos cada tres temporadas, que custodiaban la balanza y la libreta de transacciones. Allí estaba Alfonso, antiguo taxista, ahora líder respetado —“No por valor, sino por tenacidad…” solía decir, a lo cual el mercado respondía con risas y codazos—. Se saludaron con un apretón de manos.

—¿Qué tal va el día, Pablo? —preguntó Alfonso, lanzando una mirada amplia al gentío.

—Más tranquilo de lo que parece —sonrió Pablo—. Hoy se rumorea que han capturado un grupo con peste en la carretera a Moraleja. Los de la ronda nocturna dicen que venían hambrientos, pero aún con conciencia. Los zombis en esa zona ya apenas caminan.

Alfonso asintió: uno de los mayores debates en el Consejo era qué hacer con los infectados vivos. Algunos eran ejecutados de inmediato, tras una “purga” clínica —un médico, dos enfermeros, el cuchillo y el silencio—, mientras que otros eran aislados esperando un cambio improbable. “Hasta que no contemos con un remedio, no hay compasión posible”, dictaminaba la mayoría.

El bullicio crecía y la mañana cedía ante el sol, que poco a poco se abría paso entre los jirones de niebla. En el estruendo de trueques y promesas, aparecieron los jinetes de la caravana de Getafe, acompañados por una pequeña escolta armada. Eran recibidos con aplausos: traían carburo, algo de cobre y fardos de tabaco. “¡Tres cargas de penicilina!” gritó uno de los niños desde lo alto de un montón de maderas, y la noticia se extendió como pólvora encendida.

A las afueras, más allá de los límites seguros, Pablo sabía que los problemas no se marchaban con la noche. Seguía habiendo saqueadores, aventureros y algún que otro zombi lo suficientemente íntegro como para representar una amenaza real. Por eso la guardia doblaba turnos y los ingenieros se afanaban en reforzar las empalizadas, y por eso cada nuevo huerto florecido era motivo de celebración.

Avanzada la jornada, Pablo se reunió con los otros profesores voluntarios del Aula Setiembre, en la biblioteca improvisada, un refugio hecho de estanterías cubiertas de plásticos y lonas. Allí, entre libros ajados y manuales mimeografiados, discutían sobre la conveniencia de reabrir el curso siguiente con nuevos talleres: “Carpintería, herrería y sanidad básica”, propuso Marta, la enfermera instructora, y todos asintieron. Sabían que enseñaban no solo para reconstruir la cultura, sino para sobrevivir; cada lección era una semilla más firme que cualquier grano.

La tarde caía, y los trueques se ralentizaban. Algunos comerciantes emprendían el camino de vuelta, las carretas atiborradas de víveres y objetos imposibles de hallar en su lugar de origen. Otras familias se agrupaban en torno a fogatas, cocinando judías y verduras, mientras escuchaban las anécdotas de algún juglar que, entre canción y fábula, recordaba las glorias del antiguo Fuenlabrada, cuando existía el cine, el tren y el fútbol los domingos.

Pero también había ausencias. Días antes, en las rondas nocturnas, se había perdido a uno de los peones del muro sur: un mordisco, dos días de agonía y después la ejecución rápida. Esas noticias no se comentaban mucho, sólo se encomendaban a la memoria con una vela encendida y una piedra sobre el montículo de tierra.

Cuando la noche se echó encima y el mercado se recogió, Pablo se permitió un paseo hasta las almenas del muro principal. Desde allí veía el resplandor tembloroso de hogueras y antorchas, las sombras de hombres y mujeres organizando el cierre de puertas y el silencio expectante que traía la luna creciente. Allá fuera, más allá de los sembrados y las zanjas protectoras, aún podían verse figuras erráticas moviéndose entre los restos de antiguas urbanizaciones, restos y ruinas patrulladas sólo por los muertos y algún saqueador.

—Algún día, Gala —murmuró Pablo, mientras la niña observaba el horizonte—, estas tierras volverán a estar llenas de vida y de música, y la gente podrá volver a reír sin mirar atrás de vez en cuando.

Pero hasta que ese día llegara, la historia seguiría tejiéndose, hilo a hilo, en las plazas polvorientas, los mercados amurallados y los libros reescritos de la Nueva Fuenlabrada. Y aunque el pasado era ya un mito en los labios de los niños, el futuro, por fin, parecía sembrado, regado y dispuesto a florecer.

Apocalipsis Z. El principio del fin
Incubación
Guerra mundial Z: Una historia oral de la guerra Zombi
Operación ocaso
Brote
Septiembre zombie

Copyrights © 2025 zombieworld.es. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.