Fragmento:
Esta noche es la gran feria de intercambio, el primer intento formal desde antes de la plaga de establecer ferias regulares bajo protección armada. Tenemos acuerdos de tregua con dos asentamientos cercanos, uno en Moraleja de Enmedio y otro en Parla, controlados por líderes que, hasta hace apenas dos años, habrían sido poco más que matones. Ahora, sin embargo, la jerarquía lo es todo: quien promete orden, reparte comida, y ahuyenta a los zombies, gobierna.
Duración: 12:44
17 de noviembre de 2027
Cuando la luz se fue de Fuenlabrada, no fue de golpe, ni repentina como el trueno de las viejas bombas de los primeros meses de la plaga. Fue, más bien, como si la ciudad hubiera decidido, gota a gota, despegarse del tiempo. Cada farola que se apagaba era una memoria, un rincón de la vida anterior que se marchitaba; y sin embargo, cuando llegó el otoño de 2027, sobre las rotondas y edificios de ladrillo rojo, la esperanza titilaba de nuevo, casi tanto como esos generadores oxidados que zumbaban en el mercado central, debajo de las viejas torres.
Nuestro asentamiento era uno de los que había sobrevivido al gran invierno, y a la larga ansiedad de los años sin garantías. Veíamos cómo la propia Fuenlabrada se había encogido hasta sus barrios centrales mientras las zonas periféricas quedaban al capricho de los merodeadores, de las bestias o de los propios zombies, rezagados y cada vez más torpes pero aún capaces de sembrar el terror en una noche sin luna. Aquí, en el cruce de la calle Leganés y la avenida de Europa, nos habíamos apretado unas ciento setenta almas, rodeados de palés, puertas arrancadas, tablones y metal soldado a golpe de improvisación, formando una muralla que nunca hubiese imaginado en mi infancia.
Me llamo Gabriela Martín, tengo veintinueve años, y soy una de las responsables de las patrullas nocturnas. A veces me despierto llorando, soñando con un metro repleto, o la puesta de sol sobre el parque de Loranca. Pero esta noche, sólo sueño con la paz de no escuchar disparos, ni gritos, ni el rumor inquietante de los muertos agolpándose en la verja.
En el mercado, bajo el cobijo que da la vieja lonja, las lámparas de aceite iluminan las mesas de intercambio. Se huele a humedad, a cebollas, a hierro y a cuero mojado. El eco de las botas y el susurro de las transacciones llenan el aire; paquetes de harina, cartuchos de caza, piezas de bicicleta oxidadas que se tasan como oro. Las caras, graves, curtidas por el hambre, brillan ante lo más valioso de todo: semillas. El rumor llegó hace un mes, que desde el norte de Madrid, siguiendo la línea de vías del tren, un grupo había traído esquejes y semillas de bancos genéticos. No era sólo un truque: era una promesa de futuro.
Yo vigilo con la mano apoyada en la culata del rifle mientras el bullicio entre las cajas y las lonas protege el miedo común. El consejo de la comunidad decretó hace dos semanas que debía duplicarse la guardia tras el asalto de un grupo nómada a las afueras de Humanes. Ellos no eran como nosotros, y tampoco como los saqueadores caóticos de los primeros años. Más bien, eran soldados de la guerra nueva, una que no enfrentaba a muertos y vivos sino a vivos contra vivos, por cualquier migaja de civilización.
Esta noche es la gran feria de intercambio, el primer intento formal desde antes de la plaga de establecer ferias regulares bajo protección armada. Tenemos acuerdos de tregua con dos asentamientos cercanos, uno en Moraleja de Enmedio y otro en Parla, controlados por líderes que, hasta hace apenas dos años, habrían sido poco más que matones. Ahora, sin embargo, la jerarquía lo es todo: quien promete orden, reparte comida, y ahuyenta a los zombies, gobierna.
Oigo pasos, y me tenso. Es Lucho, el mecánico uruguayo que se asentó hace tres inviernos. Anda con una linterna, guiando a tres forasteros. Chatarras, ruedas de bici, armas improvisadas en mochilas remendadas. Cada forastero pasa bajo la atenta mirada de los nuestros, y la norma de no quitarse los guantes ni la bufanda salvo bajo techo está más viva que el fuego de la vieja fragua.
—¿Demasiado nerviosa, Gaby? —me pregunta Lucho, medio en broma, mientras me entrega una nota doblada.
—Demasiado tranquila, tal vez. Si todo parece en orden, es que algo no lo está, —respondo en voz baja, apartando su mano de mi hombro.
Leo la nota: “Ojo con los de la ruta sur. Han dado problemas cerca de Móstoles. Camuflan marcas, llevan prendas de los nuestros. No te fíes ni de las caras familiares.” La aprieto en el puño. La paranoia es nuestra última defensa, y el verdadero enemigo puede ser cualquiera que mire demasiado tiempo tu generador o calcule cuántos sacos de arroz te quedan.
Salgo del mercado y recorro el perímetro de la muralla improvisada. Han convertido contenedores de basura y coches volcados en bastiones, cada uno con un parapeto vigilado por una pareja armada. Lo más parecido a un ejército profesional son dos ex policías locales, un bombero jubilado y dos veinteañeros que aprendieron a disparar por necesidad y a mentir por supervivencia. Nadie aquí sabe lo que pasa más allá de Leganés, ni si aún queda vida en la antigua M-50.
En la torre de vigilancia, Mario —ex director de instituto, ahora centinela—blande unos prismáticos llenos de arañazos mientras masculla para sí mismo.
—¿Noticias del noreste? —pregunta, sin apartar la vista.
—Nada aún. Pero los de Parla deberían llegar en menos de una hora. ¿Qué has visto?
—Luces. Tres puntos, cerca del antiguo hospital viejo. No parecen linternas, más bien fogatas. Demasiado cerca.
El hospital de Fuenlabrada, ahora sólo un esqueleto de hormigón repleto de leyendas macabras, había sido zona prohibida tras el último brote. Pocos se atrevían a acercarse, pero la mera presencia de luces indicaba o temeridad o desesperación. Lanzo un susurro por el intercomunicador manual:
—A todos los puestos, alerta roja. Doble guardia este sector. Vigilar movimientos en el hospital.
Las órdenes se cumplen de inmediato. En estos años, los descuidos se pagan en sangre. Pienso en mi hermana, Laura, que falleció hace un invierno; en los viejos vecinos del bloque, en los nombres grabados precariamente en la pared de la capilla improvisada. Demasiados fantasmas circulan por estas calles rotas.
Bajo al mercado, y la feria sigue tan viva como el primer día, un mes atrás. Escucho ofertas, promesas de trueque, historias a medio susurrar sobre guerras de bandas en Alcorcón, sobre comunas anarquistas que han surgido entre los puentes destrozados del Manzanares. Apenas me acerco al grupo de intercambio, reconozco una voz: es Elena, la hija del antiguo panadero, que exhibe con orgullo un puñado de semillas etiquetadas como arroz y alubias. Un hombre alto, con barba rala y ropa remendada, ofrece a cambio una escopeta recortada y cuatro cajas de balines.
—¿No será robada? —pregunta Elena, con la suspicacia aprendida.
Él baja la mirada:
—Pertenece a mi abuelo. No hay más remedio. Pero son del grupo de Humanes, sabéis que cumplimos.
Me detengo a observar; este gesto, ceder un arma por semillas, revela la fragilidad de las viejas jerarquías. Antes, uno se sentía seguro por el alcance de su pistola. Ahora, la vida depende de cuántas bocas puedes alimentar con la cosecha del verano.
A la medianoche, los de Parla llegan con su furgón blindado, una ruina de antiguo panadero forrada con barro y alambre de espino. Traen sacos de sal y, para sorpresa de todos, dos cántaros de aceite prensado, un lujo absoluto. Reunimos a los líderes bajo la carpa central. La tregua es tensa, pues tres meses atrás hubo un altercado en un intercambio que dejó a un joven muerto de un disparo y dos heridos. Aquí, la venganza es casi un deber, salvo que ambos bandos teman a un enemigo mayor.
Raúl, nuestro representante, repite el mantra pactado: “Nada de armas a la vista, nada de discusiones sobre el pasado. Si hay deuda, se compensa con trabajo.” El hombre de Parla, un gigantón con la sonrisa torcida, asiente mientras su guardaespaldas se dedica a mirar en todas direcciones menos a la mesa.
No hay grandes gestos, ni discursos floridos; sólo manos gruesas, callosas, intercambiando promesas de ayuda ante nuevos brotes o ataque nómada. Un papel sellado con cera —rescatada de velas fundidas— consigna el acuerdo. En otras épocas habría habido sellos metálicos y tinta, pero el mundo es ahora austero.
A primera hora, el cielo comienza a volverse de un gris calizo y un chillido lejano anuncia que la noche está por terminar. Cojo aire y subo por los escombros hasta el tejado más alto de lo que fue una tienda de electrodomésticos. Desde allí, la panorámica parece un cuadro impresionista en ruinas: techos caídos, manchas de hortalizas en jardines antes primorosos, el humo de una hoguera que no apaga ni la lluvia.
Mario me alcanza, jadeando.
—Han visto movimiento raro junto al hospital. Un grupo, seis o siete. No parecen zombies, están demasiado coordinados. Querían entrar, pero han vuelto sobre sus pasos cuando uno de los nuestros hizo una señal.
—¿Seguros de que no son exploradores de alguna banda? Ya sabes lo que se dice: los que respetan las normas nunca se arriesgan tanto.
—Demasiado difícil de saber. Pero el consejo dirá que no se intente el contacto hasta que vuelva la luz del día. Las reglas son las reglas.
Ese es el nuevo mundo: reglas improvisadas, medio aprendidas, medio inventadas. En cada esquina hay una ley no escrita; en cada calle, una alianza, un secreto y un juramento. Me quedo mirando la avenida, esa espina dorsal de la ciudad. Recuerdo cuando era sólo una corriente incesante de coches y personas que vivían creyendo en la rutina. Ahora, cada metro es defendido como un castillo.
Los niños han empezado a surgir de los refugios improvisados. Son la generación de las paredes. Todos han nacido después del brote y no conocen más ley que la desconfianza y el trueque. Los mayores les enseñan a mirar con recelo, a escuchar primero y hablar después, a no confiar en las risas fáciles. Uno de los chicos, Tomás, se acerca y me señala el parque, donde una docena de mujeres planta hileras de cebollas y zanahorias bajo la atenta mirada de las otras centinelas.
—¿Cuándo crees que podremos volver a jugar allí, sin miedo? —pregunta.
No le miento, nunca les mentimos. Los niños intuyen las mentiras casi tanto como el peligro.
—Cuando las murallas no sean para defendernos sino para recordarnos lo que perdimos. Pero hoy todavía no.
La mañana avanza, y las noticias llegan como gotas: en Humanes han repelido un ataque nómada; Moraleja reporta que el brote de fiebre amarilla ha remitido; y desde el noroeste, la primera caravana de trueque retorna con cinco burros y un carrito lleno de herramientas de metal. Nos reunimos en torno a la hoguera del mercado para repartir una sopa aguada de lentejas y decidir cómo organizar la próxima guardia. El trueque continúa, mientras cada cual calcula dentro de sí cuánto puede ceder antes de poner en peligro a los suyos.
Por la tarde, subimos de nuevo a la torre. Observo a la distancia la silueta del viejo centro comercial. Se han avistado algunos zombies arrastrándose, los restos de hordas que se disuelven poco a poco mientras el tiempo hace su trabajo. Ya no corren; apenas caminan, la piel cuarteada, movimientos erráticos. Los niños les llaman “abuelos” y lanzan piedras desde lejos, aunque está prohibido acercarse bajo amenaza de perder la ración de la semana.
El día termina con una reunión en el centro. La noticia más importante no es quién ha traído qué, sino el anuncio que hace Carmen, nuestra antigua médica: “Han probado las nuevas semillas. Son viables. Si logramos defendernos hasta la próxima cosecha, duplicaremos la comida para el invierno.” Hay un aplauso contenido. El miedo, que dormía bajo la superficie, parece lavarse con cada nueva noticia de vida.
La noche llega, y de nuevo volvemos a nuestra ronda. Fuenlabrada reposa bajo la niebla. El eco de nuestra civilización perdida sigue aquí, en las baldosas, en los nombres de las calles, en la obstinada costumbre de confiar en algo, aunque no sepamos en qué. Ya no soñamos con el regreso del mundo antiguo. Soñamos con sobrevivir una semana más. Con que los niños olviden el odio y la violencia. Con que el sol salga sobre una ciudad en paz.
Mañana la vida seguirá como en este presente tembloroso, sin certezas y con pocas promesas. Pero esta noche, mientras el viento barría la plaza y el rezo improvisado de los justos y los desesperados subía con el humillo de la última hoguera, sentí, por un instante, que Fuenlabrada resistiría. No como lo que fue, sino como algo nuevo: un lugar donde la humanidad peleaba por no rendirse jamás.
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