Fragmento:
Al llegar a la plaza, la imagen resultaba desoladora. La fuente seca, llena de papeles empapados, un coche volcado aún humeante desde hace días, y grafitis nuevos: «Solo sobreviven los que comparten». Mariano logró abrir el trastero con manos temblorosas —a veces parece diez años mayor que en marzo—, y dentro sacamos alguna pasta seca, dos botellas de agua y una caja de galletas algo rancias. Compartimos allí mismo un trozo entre todos.
Duración: 08:55
2 de Diciembre de 2020
Tomo este cuaderno bajo la luz débil de una linterna de manivela. Es uno de los días más fríos desde que tengo memoria, pero no estoy seguro de si es por el invierno o por lo que nos rodea. Afuera, a través de los postigos, el viento azota las ventanas de este tercer piso, y en las calles de Fuenlabrada solo quedan, de cuando en cuando, algunas sombras que se arrastran; unas, seres humanos desgastados por el hambre y el miedo; otras, cuerpos de aspecto cada vez más inhumano apenas reconocibles por su forma humana original.
Hoy es mi turno de guardia y aprovecho estos minutos para escribir, aunque sé que cualquier historia que cuente podría terminar olvidada, como tantas otras voces ya silenciadas en los bloques vecinos. Mi nombre es Mónica. Nunca fui quien pensase que acabaría escribiendo en un diario, pero ahora parece un gesto importante, no por vanidad, sino para no olvidar quiénes fuimos, o quizás para advertir a quien venga detrás.
La calefacción, por supuesto, es un recuerdo lejano. No hay gas ni luz desde hace semanas; nos arreglamos con mantas, ropa superpuesta y el calor del grupo. El bloque donde me refugio antes era pura vida: suelo mancharme de nostalgia recordando el bullicio de niños, el cruce de saludos a la salida del metro, las risas desde los balcones calurosos en julio. Ahora cada piso encierra una historia de supervivencia y pérdida. Los vecinos, los pocos que quedamos, apenas asoman para compartir miradas cómplices cuando pasamos comida entre pisos o bajamos al portal en busca de agua de los aljibes improvisados.
Hoy ha tocado revisar barricadas en la entrada del edificio. Los tablones siguen firmes y el espacio de observación en la verja baja del jardín delantero permite ver la calle sin arriesgar la cabeza. Por la noche, puede escucharse a los errantes (así llamamos a los zombis) golpeando sin rumbo los cubos de basura volcados, arrastrando los pies, gimiendo muy bajo. Otras veces, el verdadero peligro son grupos de saqueadores, distintos de nosotros porque andan armados hasta los dientes y no dudan en disparar a las sombras.
Por la mañana, nos hemos reunido en casa de Mariano. Tiene la llave de un pequeño trastero en la plaza de la Constitución. Varios fuimos juntos a primera hora, bien abrigados, con palos, tubos y alguna herramienta. Jesús, el chaval que hacía de portero en el equipo de fútbol de la calle Leganés, encontró en un viejo supermercado un carro de ruedas que ahora usamos para transportar víveres. El trayecto no fue fácil: demasiados ojos observando desde las ventanas, más por miedo a extraños que por ganas de ayudar.
Al llegar a la plaza, la imagen resultaba desoladora. La fuente seca, llena de papeles empapados, un coche volcado aún humeante desde hace días, y grafitis nuevos: «Solo sobreviven los que comparten». Mariano logró abrir el trastero con manos temblorosas —a veces parece diez años mayor que en marzo—, y dentro sacamos alguna pasta seca, dos botellas de agua y una caja de galletas algo rancias. Compartimos allí mismo un trozo entre todos.
En el regreso, tuvimos que dar un rodeo al ver a un grupo moviéndose entre los quioscos cerrados. Al principio me asusté pensando que eran infectados, pero vi que se cubrían el rostro, buscaban restos y salían corriendo si oían algo. Son como animales ahora, viviendo en los márgenes de lo que queda de ciudad, un mundo aparte, un reflejo deformado de nosotros, y aún así humanos.
Los suministros escasean cada día pero tenemos un sistema de turnos tanto para buscar comida, como para agua o madera. Hace quince días, Laura y Pablo intentaron llegar a Loranca; les habían contado que allí había una farmacia aún intacta. Solo volvió Pablo, con los ojos vacíos y una pierna herida. Dice que se cruzaron con varios errantes entre los coches abandonados de la avenida de la Hispanidad y que, al escapar, tuvo que dejar atrás a Laura. Nadie le ha preguntado mucho más; en estos días, el silencio es el respeto a las pérdidas.
El verdadero enemigo, no obstante, empieza a no ser solo el frío o el hambre, sino el miedo constante. Ayer, dos niños, Lucía y Samuel, se pelearon por una bolsa de caramelos. Sus gritos llamaron la atención de los viejos que vigilan desde la planta baja. Un par de errantes se arrimaron más tarde, mirando sin ver por el ventanal trasero, pero no llegaron a ingresar. Los desalojamos antes de que el miedo cundiera, y Samuel pasó la noche sin dormir, temblando.
Por la noche, encendemos una radio de pilas, la única que funciona bien desde hace una semana. Sintoniza REE, Radio Exterior de España, de cuando en cuando. Anoche, emitieron un mensaje de voz robótico: “Zona sur de Madrid, riesgo extremo. Ayuda imposible”. No hubo respuestas, al menos no de voces humanas, pero los mayores alcanzaron a llorar cuando escucharon esa frase. Hace meses, todavía entraban voces desde Parla, desde Móstoles, incluso de algunas barriadas al norte. Ahora, todos los mensajes parecen salidos de una cinta sin sentido o de locutores que solo buscan mantenerse cuerdos.
No todo es oscuridad y ceniza, aunque resulte difícil recordarlo. Algunas tardes, Yusef y su hija Leila organizan juegos en la escalera, siempre en voz baja y solo en el rellano central. Hay desafíos de memoria, retahílas, y cuentos. Los niños se aferran a esas historias. Un día, Leila trajo un cuaderno y les enseñó a dibujar: una casa, dos árboles, el sol; dibujos de otro mundo, sencillo y brillante.
En cuanto cae la tarde, el frío se vuelve insoportable y las conversaciones, más íntimas. Nos sentamos cerca unos de otros —Mariano, Jesús, Yusef, Leila, Samuel, Lucía y yo— y recordamos antes de marzo, los días en que la pandemia era solo miedo en las noticias, cuando la palabra “zombi” era cosa de series.
Hoy Samuel me preguntó si alguna vez volverán las navidades como antes. Dudé antes de responder. Me limité a decirle que, tal vez, en otro invierno, alguno podamos decorar un árbol juntos. Él sonrió, confiando en mis palabras como solo los niños pueden hacerlo.
El hambre se nota en las discusiones. Mariano, agotado, intenta mantener el control. Propone repartir la comida de un modo más estricto. Algunos protestan, otros asienten. Me toca mediar entre ellos, explicarles que o cooperamos o acabaremos igual que quienes vemos por la ventana, deambulando en busca de un bocado o una esquina donde morir sin ser encontrados.
Hoy hemos escuchado ruidos en la azotea. Subimos dos, Jesús y yo. Barrimos la puerta con los bates y linternas. Nada. Solo el viento haciendo vibrar un tendedero repleto de ropa raída y el arrullo lejano de perros abandonados. Los animales sobreviven, algunos salvajes, otros se acercan a lo que queda de humanos. Masticando restos de basura, peleándose entre ellos.
Decidimos reforzar la puerta del portal: cada vez quedan menos clavos, pero resulta vital mantener fuera a los que intentan entrar. El viejo ascensor es una trampa mortal; todos subimos y bajamos por las escaleras, atentos, en silencio, con los oídos afinados como si esperásemos escuchar una voz conocida. A veces, los pasillos huelen a desinfectante mezclado con sudor, miedo y humedad. Los recuerdos se funden con el presente y, mientras barro los escalones, me sorprendo pensando en mis padres, que vivían siete calles más al sur. Nunca pude volver a verlos; la última llamada fue el 20 de mayo, antes de que apagaran las antenas.
Diciembre. El mes de la esperanza, dicen. Aquí solo es el mes del aislamiento y del frío, de abrigarse como si la ropa fuera a protegerte de algo más que de la temperatura. A veces, echo de menos el bullicio del Belén en el ayuntamiento, el olor a churros en la plaza, la cola para comprar lotería. Ahora las colas se hacen a oscuras, en silencio, para recibir una taza de sopa o una pastilla de caldo. Y pese a todo, sigo escribiendo.
Decido, esta noche, dejar una última nota: mientras una parte de la ciudad se apaga y otra sobrevive agazapada, aún hay quienes conservan palabras, dibujos, poemas. Bajo la piel del miedo hay amor, solidaridad y una esperanza débil pero constante; una chispa que ningún invierno —ni siquiera este infierno de fin del mundo— logrará apagar. Si alguien lee esto, algún día, desde otro tiempo, sabed que aquí, en Fuenlabrada, aún resistíamos. Aunque solo fuera escribiendo para no olvidar.
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