Fragmento:
Esa mañana, al recibir la señal desde Parla, Lucía entendió que algo había cambiado en la región. La voz, crepitante y exigua, sola en la frecuencia, comunicó: “Se aproxima grupo armado desde Leganés. Fuerte. Siete en las calles principales. Estar listos. Código 3.” Las palabras fueron suficientes para que toda la familia supiera que se esperaba un enfrentamiento. Dar la alarma grande —el Código 3— implicaba no solo cerrar todas las puertas y reforzar las barricadas, sino también preparar armas, racionar la munición, y quedarse en los refugios hasta nueva orden.
Duración: 11:08
14 de noviembre de 2026
El frío comenzaba a filtrarse por rendijas apenas perceptibles en los muros de ladrillo, haciéndose sentir en la alborada tenuemente azulada que cubría Fuenlabrada. Una vez, hacía muchos años —aunque a Lucía le costaba recordar cómo era—, noviembre era el mes de las primeras lluvias, de paraguas apurados y pasos veloces para llegar a la estación de tren. Ahora, noviembre marcaba el regreso del hambre más cruda, agravada por la escasez de leña y el rumor constante de las hordas que aún, aunque maltrechas y casi vencidas por el tiempo, acechaban el borde sureste de la ciudad.
Lucía giró la manivela de la radio con manos entumecidas. Un zumbido grave fue seguido por el irregular parpadeo de la lámpara LED. La radio, el tesoro de su familia, esperaba captar alguna señal, alguna noticia de otros asentamientos. Desde el verano, existía una frecuencia especial pactada entre Fuenlabrada, Parla y algunos remanentes de Leganés: cada dos días, a la misma hora, compartían código para advertir de amenazas o lanzar mensajes de socorro.
“Mares de gente apilados en el olvido”, solía decir su abuela Matilde refiriéndose a Madrid, apenas visible en el horizonte cuando había suficiente luz natural. Cada vez eran menos los que recordaban la silueta iluminada de las torres, y muchos de los niños que jugaban tras los muros de Fuenlabrada pensaban que todo el mundo era ahora igual: neblina, barricadas, campos roturados a la fuerza, reparos improvisados y la amenaza constante, más que de los zombis, de los grupos aún libres y armados que se intercambiaban la muerte por unas latas de comida o un botiquín antiguo.
Cuando los ataques de los zombis disminuyeron con los años, los soldados —o lo que quedaba de ellos— comenzaron a patrullar menos. La amenaza ya no venía solo de los muertos ambulantes, sino de otras bandas, grupos de saqueadores, gente desesperada o, peor aún, de aquellas milicias cuya vida giraba en torno a ejercer el control y el miedo. Fuenlabrada, sin embargo, había resistido gracias a una mezcla de suerte, organización y una férrea memoria de las reglas acordadas en los primeros años de aislamiento. La última de esas reglas, codificada con pintura roja en las entradas a la ciudad, decía: “Nadie entra sin que todos lo sepamos”.
Lucía recordaba bien el día que llegaron los primeros refugiados desde Móstoles. Era marzo de 2022, y aún podía oler la ceniza en el aire, escuchar los disparos lejanos y sentir el temblor en el estómago que provocaba el batir de las puertas ante la llegada de extraños. Se establecieron turnos de vigilancia, zonas de cuarentena y, lo más difícil, normas para compartir la cada vez más escasa comida.
Ahora, en noviembre de 2026, Miraflor —el barrio convertido en centro neurálgico— ya estaba rodeado de palizadas dobles. Su tío Bernardo era uno de los encargados de coordinar la milicia local, compuesta, en su mayoría, por campesinos, algún ex-policía y adolescentes entrenados a la fuerza durante los asedios de 2024. Cada vez que armaban un convoy para recolectar leña o intercambiar productos en los pueblos cercanos, las madres susurraban oraciones que mezclaban viejos rezos católicos con palabras nuevas inventadas después del colapso.
Esa mañana, al recibir la señal desde Parla, Lucía entendió que algo había cambiado en la región. La voz, crepitante y exigua, sola en la frecuencia, comunicó: “Se aproxima grupo armado desde Leganés. Fuerte. Siete en las calles principales. Estar listos. Código 3.” Las palabras fueron suficientes para que toda la familia supiera que se esperaba un enfrentamiento. Dar la alarma grande —el Código 3— implicaba no solo cerrar todas las puertas y reforzar las barricadas, sino también preparar armas, racionar la munición, y quedarse en los refugios hasta nueva orden.
El consejo de vecinos se reunió en la vieja nave de la calle Cuzco. Allí, entre tablones, mantas y un mapa manchado de grasa —testigo de innumerables estrategias improvisadas—, discutieron quién se quedaría defendiendo cada acceso y quién, de entre los pocos con conocimientos médicos, podría atender eventuales heridos. Lucía asistía de oyente; aunque su tío la consideraba demasiado joven para formar parte de la milicia, todos la respetaban por su destreza con los mapas y su habilidad para moverse en silencio cuando se necesitaba un explorador.
Las horas se hicieron densas. El viento silbaba bajo los puentes del tren, y el olor a leña mojada se mezclaba con el de la comida precaria: gachas, raíz de achicoria hervida, pan duro recalentado una y otra vez. En la vieja plaza junto al ayuntamiento, unos veinte hombres y mujeres, armados con escopetas restauradas y lanzas improvisadas, discutían con susurros lapidarios sobre la mejor manera de organizar la defensa. Nadie quería derramar más sangre humana, pero todos sabían que la supervivencia era, más que un derecho, una obligación compartida.
Un niño pequeño, Mateo, observaba desde la distancia, aferrado a una rama que simulaba un fusil antiguo. Eran niños nacidos y criados tras los muros; desconocían incluso el sonido de los coches o la música que no fuese la que inventaban con botellas y latas. Lucía sintió un pinchazo de melancolía al pensar en sus propios recuerdos todavía frescos de cuando ir al cine o comer chocolate eran placeres sencillos y cómicos. Ahora, cualquier bocado debía ser ganado con trabajo, y el entretenimiento era escuchar historias sobre el mundo antes de la Plaga.
A media tarde, la amenaza tomó forma. Un pequeño grupo, armados y cubiertos con harapos, llegó desde el noroeste, precedido por el eco de disparos secos. No había zombis esa vez, solo humanos al acecho, con deseos obvios de tomar lo que encontraran. Los defensores dejaron clara su intención: dispararon al aire primero, gritaron órdenes para que no se acercaran y, por último, dejaron a la vista que dentro de los muros la fuerza era superior a la de cualquier asaltante pequeño.
El ataque nunca llegó del todo. Tras una negociación rápida y a gritos entre las dos partes, la mayoría de los asaltantes desaparecieron hacia la autovía en ruinas. Sabían bien que atacar un asentamiento organizado requería más recursos de los que tenía a mano, y nadie estaba dispuesto a morir solo por un saco de arroz y un par de botiquines de primeros auxilios.
No obstante, el regreso de la calma fue amargo. La tensión de la jornada provocó discusiones, viejas rencillas entre familias, chismes sobre qué pasaría si la milicia fallaba o los almacenes de comida sucumbían a la podredumbre. En la radio, la única noticia al anochecer fue una respuesta desde Parla: “Todo quieto ahora. Sigamos atentos. Código 1 hasta nuevo aviso”.
Esa noche, Bernardo pasó entre las casas contando cabezas y revisando puertas y ventanas. Era una costumbre diaria; a la gente, sin embargo, cada vez le costaba más dormir. Lucía, tumbada junto a su hermana pequeña en una cama improvisada junto a la estufa, escuchó los susurros de su madre: “Resistimos otro día. Mañana, tal vez, será más fácil”. Nadie se lo creía, pero decirlo ayudaba a soportarlo.
Las semanas pasaron. En diciembre, llegó el primer trueque masivo desde Humanes, y se organizó una pequeña feria junto al mercado del antiguo Centro Comercial Loranca. Los muros, fuertes y recios, ahora adornados con pintura colorida y murales improvisados, eran el fondo para los nuevos intercambios: semillas antioxidantes por jarabes, mecheros por ropa de abrigo, un viejo libro por una linterna y un puñado de pilas. Lucía descubría el valor de cada objeto; nada era inútil, nada demasiado trivial. Un diente de ajo, una perla de agua limpia, podían salvar una semana entera de infecciones o de hambre.
A pesar de la amenaza constante del exterior, dentro de Fuenlabrada comenzaban a brotar signos de esperanza. Algunos niños ya aprendían a leer, guiados por ancianos que disfrutaban del legado de historias anteriores a la Plaga Zombie. Otros, más inquietos, comenzaban a adentrarse en los solares y descampados, buscando cualquier cosa que pudiera servir para el siguiente invierno: ruedas de carros, trozos de metal, historias de antes, canciones inventadas en la penumbra de los refugios.
Las noticias de otras comunidades eran motivo tanto de temor como de alegría. A veces, llegaban rumores de que Leganés había sido asaltado y que los refugiados huían hacia el sur, o que Parla había logrado limpiar una vieja escuela y convertirla en hospital improvisado. Cada logro, por pequeño que fuese, se celebraba como si se tratase de la restauración del mundo mismo.
De vez en cuando, entre los escombros, alguien encontraba recuerdos del pasado: una camiseta del Atlético de Madrid, una fotografía de una boda, un móvil sin batería con la pantalla aún intacta. Lucía atesoraba estos hallazgos como si se tratara de joyas sagradas; cada uno era la prueba de que, alguna vez, Fuenlabrada había sido parte de algo mucho más amplio y luminoso.
Para el año siguiente, el consejo de vecinos planeaba levantar una escuela más grande y reconstruir parte de los invernaderos junto a Loranca, usando antiguos marcos de ventanas recogidos en las urbanizaciones abandonadas. Había proyectos de instalar más molinos e intentar recuperar una pequeña central de energía junto al arroyo.
Pero lo más importante era el código de señales que esa semana terminaron de desarrollar: tres luces rojas en lo alto del viejo centro comercial advertirían de ataque externo; dos luces blancas, de peligro zombi grave; una verde, de paso seguro para caravanas. Era sencillo pero eficaz, y pronto sería compartido por radio y por mensajeros a pie con las comunidades vecinas. Sabían que, mientras pudieran ayudarse y mantenerse comunicados, habría esperanza.
En las noches largas, sentados alrededor de la estufa, Lucía y su familia recordaban historias de antes. Su madre, con voz suave, contaba leyendas de un pasado de fiestas, de uvas en Nochevieja, de trenes que unían Madrid con el mar en pocas horas. Los pequeños escuchaban atentos, aunque no podían imaginar ni la velocidad ni el bullicio; ellos concebían la libertad de otra forma: el huerto sin muertos caminando, una hogaza de pan compartida entre amigos, la promesa —no siempre cumplida— de un invierno menos hostil.
Así pasaban los días en Fuenlabrada, la ciudad amurallada, donde el asedio de los muertos cedía lentamente al nacimiento de nuevas costumbres, de una memoria nueva que, entre escombros y esperanza, comenzaba a reconstruir un mundo apenas reconocible, pero, quizás, más humano y fuerte que el anterior.
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